Shantelle

Lo más pesado no es cambiar de cama cada tercer día ni tener que mostrar su sonrisa hueca a periodistas y fans metiches cuando lo que realmente quiere es rayarles la madre y gritarles que la dejen en paz. No. Lo más pesado es pensar que su abuela puede morir en cualquier momento porque nadie de su familia ha pasado de los sesenta y ella está por cumplir los cincuenta y nueve.  Lo más pesado también es no poder abrazar a Princess cuando todo sale mal, cuando el ser famosa solo le deja un hueco en el alma.

Ese día era un miércoles cualquiera. Mentira. Para ella no existían días así. Todo giraba alrededor del basquet: la comida, el descanso, las terapias, el entrenamiento.

¡Ah qué ganas tenía de que acabara la temporada para poder irse a casa de su abuela Shaquana, acurrucarse con ella en su amplia mecedora de ratán y cargar día y noche a su adorada Princess! Ahí no había horarios, por lo menos no para ella. Su abuela y sus tías la consentían demasiado, parecía que querían compensar el hecho de que su mamá la hubiera abandonado de chiquita por irse a probar suerte de bailarina a Las Vegas. Y es que Lashonda Williams era demasiado hermosa, demasiado sexy, demasiado inmadura como para pasar sus mejores años cuidando bebés. Aunque fuera solo uno. Aunque fuera la niña más tierna y menos demandante del mundo. Así es, la pequeña Shantelle ni siquiera lloraba cuando tenía hambre, solo chupaba sus manitas esperando que cayera el maná del cielo. Y claro que este nunca caía, y menos cuando su mamá -entonces de dieciséis años y con la calentura queriendo escapar de sus brevísimas tangas- se iba con el galán de turno dejándola encerrada. Nadie se explica cómo es que la bebé resistió a los fríos de Detroit en ese cuartucho de mierda. De no haber sido por doña Chonita, la portera del edificio que parió a diecisiete hijos en su natal Zacatecas y tenía ojos en la nariz, la suerte de Shanti hubiera sido muy diferente. Un martes de Febrero, Mientras limpiaba las escaleras, doña Chonita detectó un olor a podrido. Achis, ¿qué es eso que huele tan hediondo? Metió sus regordetas manos a los bolsillos del delantal -sí, a su eterno delantal a cuadritos y con holanes rematados con un bies blanco en la parte superior, que tenía remiendos en los remiendos. Tomó el manojo de llaves, y como el mejor sabueso caminó puerta por puerta hasta encontrar aquello que se regodeaba en golpear sus células olfativas en una sinfonía de moléculas: en medio de la sala, en una caja de cartón donde tiempo atrás hubo unas botas grises, una plasta impresionante de caca cubría gran parte del pequeño cuerpecito de una bebé negrita. Las moscas zumbaban a su alrededor, enojadas porque sabían que el festín acabaría pronto. -¡Virgen bendita, pero qué es esto Dios mío? La pobre bebé no tenía fuerzas ni para abrir sus ojitos. Se encontraba en un estado avanzado de deshidratación, y por si eso fuera poco, tenía caca de cucaracha por toda la cara. Doña Chonita quería agarrar a la desgraciada de la madre y aventarla por la ventana, gracias a Dios que andaba de puta porque si no, sí lo hubiera hecho. Abrió su viejo Nokia y marcó al 911. Los paramédicos llegaron en menos de cinco minutos y detrás de ellos entró una trabajadora social, ¿o era trabajador? Ah caray, esas modas de ahora eran incomprensibles para la humilde portera. ¿Qué les cuesta a estos muchachitos pendejos decidirse por uno de los dos sexos? Ah no, pero ahí andan con esa mamada de que son andróginos. ¡Andróginos mis huevos! -dijo doña Chonita en voz muy baja mientras le daba el pase a dicho personaje. Los paramédicos ya habían comenzado su labor, lo hacían con tanta rapidez como si de eso dependiera su vida. Bueno, no dependía la de ellos, pero sí la de la pequeña. La limpiaron, la desinfectaron y le colocaron una sonda para ponerle suero. La bebé apenas pudo medio abrir los ojos y les dedicó una mueca que quiso ser una sonrisa. Los héroes anónimos, ahí donde la ven dos fortachones de más de dos metros, sintieron cómo un liquidito salado les empañaba la vista y le prometieron que harían todo lo posible por salvarla.

Otra que lloraba pero a moco tendido era Doña Chonita, recriminándose por no haberse dado cuenta antes de lo que estaba sucediendo en el trescientos ocho.

  • Cálmese señora, gracias a Dios y a usted la niña aún vive, va a ver que se va a recuperar, dijo la trabajadora/trabajador social.

Y así fue. Las autoridades localizaron a la familia de Lashonda, quienes obtuvieron la custodia de la bebé y estuvieron de acuerdo en que la hija debía pagar por su crimen. Fue enviada a la cárcel del condado donde el 90% de las presas eran latinas. Pero como dije, Lashonda era demasiado sexy y los guardias de la prisión pronto la bautizaron como Lashonda la Cachonda. Ella no entendía nada, no sabía español, pero su nuevo apodo le causaba gracia, y tras acostarse con todo el personal y con el juez que dictaría su sentencia, logró salir hasta con una carta de recomendación.

Ni siquiera preguntó por su hija. En su mente solo tenía una cosa fija: convertirse en bailarina exótica.

Pero bueno, volvamos a ese miércoles en que se disputaría el pase a la final. Despertó nostálgica como siempre, deseando que aunque fuera solo por un día, su desayuno no hubiese sido fríamente preparado, calculando cada gramo de carbohidrato, cada porción de proteína, cuidando que la grasa y la fibra no sobrepasaran la recomendación diaria. ¡Lo que daría por poder desayunar wafles con tocino y manzana frita!

La voz de su entrenador la sacó de sus pensamientos. Tenía hambre, sí, pero aún no era capaz de decir que quería desayunar. No. Esperaba a que Phillip le dijera que bajara al comedor. ¿Hasta cuándo vas a pedir lo que quieres Shanti? -le decía una y otra vez su psicóloga, pero ella no encontraba esa fuerza para expresar sus deseos, y como el ser la mejor basquetbolista de los últimos treinta años le había permitido tener todo lo que deseaba sin siquiera abrir la boca, no tenía prisa por resolver ese asunto.

-Coming dear! -gritó mientras brincaba de la cama para dirigirse al baño, ya que sus intestinos comenzaban a trabajar en el preciso momento en que abría los ojos. Siempre que estaba en ese trance, daba gracias a Dios por su perfecta digestión. Luego se daba un regaderazo con agua fría para activar la circulación y se limpiaba la lengua con una U de metal. A pesar de que solo podía pasarlo unas dos o tres veces porque si seguía se vomitaba, lo hacía pensando en lo contento que su hígado se ponía al ayudarlo a eliminar toxinas. Posteriormente se lavaba los dientes y al terminar le echaba un chorrito de agua oxigenada al cepillo.

No tenía ni que pensar qué ponerse. Para eso estaba Morita, su asistente japonesa, que para su clase de Pilates le había elegido unos leggins morados de leopardo, un brassiere deportivo del mismo color, una cortísima blusa amarilla que se empeñaba en dejar ver cada pulgada de músculo de su abdomen. Ah, y por supuesto unos calzones de algodón orgánico color azul turquesa y sus calcetines favoritos, morados también pero con los dedos amarillos.

Ver su ropa bien acomodadita en la cama la puso de buen humor. Y sintiendo que el baño se había llevado esa nostalgia inútil, ese descontento por la vida, dio gracias a Dios porque sabía que estaba viviendo un sueño, y decidió, al menos por ese día, cambiar de actitud. Solo por hoy. El recuerdo de su tía Virginia, fiel testigo de la eficacia de AA, vino a su mente.

Devoró la comida, fingiendo que cada bocado de esos alimentos tan perfectamente balanceados eran en realidad sus platillos favoritos. ¡Mmmmh, pollo frito… mmmmh, pudín de plátano… mmmh pastel de elote! Y así entre juego y juego terminó su desayuno.

Se lavó los dientes, y mientras esperaba que se le bajara la comida para no vomitar encima del Reformer, salió a meditar a la terraza. Lo hacía todos los días, era el secreto de su éxito. Shanti se visualizaba triunfadora, se sumergía tanto que hasta podía escuchar el rugido de la gente enloqueciendo con su juego perfecto y ver la cara de felicidad de sus compañeras, de Phillip, de su abuela, de sus tías, de los miles de fanáticos que pagaban lo que fuera por verla jugar. Sí, ella experimentaba todo eso, e invariablemente, se hacía realidad. ¿Brujería? No, física cuántica.

Diecisiete minutos y veintidós segundos después abrió los ojos y suspiró sintiéndose renovada. Bajó al área de Pilates. Algunas de sus compañeras ya estaban ahí. Se saludaron rápidamente, ajustaron sus máquinas, y contrayendo el abdomen, dedicaron los siguientes cincuenta minutos a estirar, fortalecer y dar tono a sus músculos. Ese día tocaba trampolín, yay! Era uno de los ejercicios favoritos de Shanti, bueno, todos, pero ese y el que hacían al final para estirar los músculos de la parte posterior de las piernas eran lo máximo. En este se acostaban boca arriba en el Reformer, ponían los dedos de los pies en la barra y empujaban los talones hacia enfrente. La orden era mover los pies como si estuvieran corriendo, pero ella se pasaba por el Arco del Triunfo las instrucciones. Mal se acostaba cuando ya estaba estirando las dos piernas por igual. ¡Era orgásmico, no quería que terminara! Sin embargo, como eyaculador precoz o marido poco motivado pero cumplidor, en un minuto se le acababa el veinte. Ni hablar.

Lo que seguía era una deliciosa zambullida en la piscina para relajarse. Claro que antes de echarse el clavado se daba un regaderazo, pues le sudaba hasta el apellido.

Su traje de baño color verde perico hacía resaltar su piel, la cual tenía el clásico brillo de la gente de color. Y aquí hago una pausa, ¿cómo que gente de color? ¿Y los demás qué somos? ¿Gente de forma o gente de qué? Me no comprende las frases hechas, así que hagan de cuenta que no dije nada y permítanme corregirlo: su traje de baño color verde perico hacía resaltar su piel, la cual tenía el clásico brillo de las afroamericanas y aunque no era un sexy chiquini sino un traje de baño de una sola pieza, Shanti parecía modelo de Playboy. Ni hablar, había heredado los genes sexosos de la madre. Claro que ese sex appeal se acababa al momento de ponerse el uniforme. Con sus shorts de cholo, todos aguados, y sus camisetas se veía todo menos sepsi.

En fin. Después de relajarse media hora en la piscina, se dio un regaderazo y pasó al comedor. El ejercicio le había abierto el apetito. Devoró todo lo que le pusieron enfrente: pasta con brócoli, pimiento morrón, zucchini, champiñones, queso mozzarella y crema agria, acompañada de unos ricos panecitos de ajo con harta mantequilla y un trozo enorme de salmón con miel de abeja del Gólgota (o alguna mamada de esas), aceite de oliva y limón.

Mr. Thomas, el entrenador general les tenía prohibido socializar para que no gastaran energía y la reservaran para el juego. Parecería una regla chirulera pero a él le había funcionado muy bien. Y pues ya tenía cincuenta años como coach y jamás había perdido un partido, así que lo que hacían las jovencitas después de comer era salir a los jardines con un buen libro y una jarra grande de suero de sabor.

Media hora de lectura y pa´dentro. A dormir se ha dicho.

Quince minutos después, ya estaban todas rozagantes.

Shanti brincó a la regadera. Nuevamente se duchó con agua fría y se dio un baño de aviador. ¿Para qué volver a enjabonarme todo si nomás el aquellín y las axilas me sudaron? -reía pensando en lo acertado de ese nombre.

También nuevamente encontró su ropa bien acomodadita en la cama. Con gran emoción se puso el uniforme, recogió su cabello con una liguita, besó la foto de su abuela que siempre llevaba consigo y bajó a reunirse con el equipo.

¿Recuerdan que les dije que Mr. Thomas jamás había pedido un partido? Pues siempre hay una primera vez, no sé si fue por habérselos contado, pero después de un juego reñidísimo, las Panteras de Minessota cayeron ante las Amazonas de Carolina del Norte.

Aquello era la locura. Las Panteras habían sido las favoritas durante toda la temporada y ahora que se disputaban el pase a semifinales habían quedado eliminadas. Nadie daba crédito a lo que estaba sucediendo. Shanti veía todo como en cámara lenta, pero no le afectaba de la misma manera que a sus compañeras a pesar de que sus famosos tiros de tres le habían fallado en dos ocasiones. Lo que ella veía era la casa de la abuela, esperándola con sus olmos imponentes, con sus rosales morados, blancos y amarillos, con sus mecedoras azules en el porche de la casa, sus tías entrando y saliendo con jarras y jarras de sangría y limonada, escuchando embelesadas todas las historias que su única sobrina tenía para contarles. Y ella ahí, en medio de todos, sentada en el jardín, disfrutando de Princess y su constante ronroneo, se dejaba querer.

Y entonces supo que estaba bien perder porque lo que para unos era una derrota, para ella era un gran regalo. Y sonrió.

Laura Jurado / Junio 2021

Carta a mi Españolito

Mi rey: si me muero y te encuentras esta carta, es una tarea del taller de Kato, ¿eh? Pensando en que te ibas a sacar de onda si la leías, la había hecho de un hombre hacia una mujer, pero creo que eso está peor, así que aclaro: los personajes y las situaciones son ficticias. ¿Quén lo queye a él?

Mi españolito:

Me encuentro estudiando para el examen final del doctorado, de pronto me asalta el recuerdo de tus labios carnosos recorriendo cada parte de mi cuerpo, mordisqueándolo, lamiéndolo, provocándolo.

¿Qué es todo esto que me haces sentir? ¡Yo que juraba que moriría siendo una vieja solterona, ahora agradezco al Universo por haberme permitido encontrarte para que voltearas mi mundo de cabeza!

Mis amigas se han cansado ya de advertirme que no me ponga de pechito, que no te crea todo lo que me dices, mas ¿cómo no hacerlo? ¿Cómo no enamorarse de esa voz ronca, de tu bellísimo acento? A ver dime, ¿quién puede resistirse a tus encantos? Yo no puedo, me rindo. Hubo un momento en que intenté hacerlo, no sabía nada de ti.

Recién llegado de España, te paseaste por la universidad una tarde en que todo era más gris que nunca. Llovía como suele llover en la ciudad de México, como si Tlaloc se ensañara conmigo por haberme dejado pisotear por mi jefe. ¿Hasta cuándo te vas a defender, pendeja? Aunque suene a cliché, aproveché la lluvia para llorar, aproveché los truenos para gritar a mis anchas, a media explanada.

Tú me veías, no sé si divertido o conmovido. Te acercaste corriendo hacia mí, pensé que me ofrecerías tu paraguas, estaba equivocada; lo botaste en la primera banca, me tomaste de la cintura… comenzamos a bailar. Yo estaba como hipnotizada, jamás alguien tan bello había siquiera volteado a verme.

  • ¿Ya estás mejor? -preguntaste secando mis lágrimas.
  • ¿De qué? No estaba llorando, era la lluvia
  • ¡Ah claro!

Reímos.

Me ofreciste tu abrigo que previsoramente te habías quitado para que no se mojara. Me lo puse… aspiré tu loción… olía a bigote. Olía a aquello que tanto deseaba… sentí un cosquilleo.

Coqueto, te ofreciste a llevarme a tu casa para que me secara. Sabiendo en lo que me estaba metiendo, accedí. Era el perfecto departamento de soltero. Te confieso que mi primer pensamiento fue: Hijo de su madre, a cuántas viejas invitará este…

Saludaste al portero, sentí su mirada como enjuiciándome, como si en ella se hubieran conjuntado las miradas de mis beatos padres, de mis tías las de la vela perpetua, del pinche cura hipócrita del pueblo, de los Caballeros de Colón. Me valió madre, ya me habías hipnotizado. Si en ese momento me hubieras pedido un riñón, te lo habría dado con gusto. Aunque no, no era eso lo que querías. Lo que tú buscabas era algo que yo no sabía que tenía.

El cosquilleo se hizo más intenso cuando me besaste.

Aún recuerdo minuto a minuto, segundo a segundo todo lo que vivimos.

Todo era nuevo para mí, jamás nadie me había besado. Fuiste muy tierno conmigo, muy paciente, eso te lo voy a agradecer siempre. Una a una fuiste quitándome cada prenda, dizque para que se secaran. Mis ojos no podían ver otra cosa que tu bello rostro. Cuando me quedé desnuda frente a ti, comencé a temblar. Me envolviste con una cobija, me acostaste frente a la chimenea, te quitaste la ropa. Yo no quería verte. Bueno, sí, aunque me moría de la pena. Tú comprendiste que esa sería mi primera vez… ¡fuiste tan tierno! Me preguntabas si estaba bien si me besabas, si estaba bien si me acariciabas, si estaba bien si mordías mi cuello, si besabas mis orejas. Yo asentía con la cabeza, insisto, me moría de la pena, mas no quería que pararas.
Eran mil sensaciones desconocidas. Eran veintiocho años de pasión reprimida. Cuando me dijiste que querías hacerme tuya, lo primero que vino a mi mente fueron las cursis novelas de Corín Tellado. Por primera vez me sentí como esas amazonas que ella tan bien describía: solo me faltaban los vaqueros ajustados.

Fui tuya no una, sino ¡dos, cuatro, siete veces! La verdad es que perdí la cuenta cuando dejó de importarme que mis papás o las monjas del colegio pudieran estarme viendo. Ese cosquilleo se convirtió en una retroexcavadora que revolvía mis entrañas, haciéndome querer más de ti.

Así hemos pasado nuestras noches. Hoy se cumplen exactamente tres meses, bendigo al cabrón de mi jefe por haberse robado mi proyecto. Bendigo mi pendejez, bendigo la lluvia, bendigo al avión que te trajo de la Madre Patria a mis brazos.

Gracias mi vida por existir, gracias por amarme tanto como te amo yo a ti.

Tuya por siempre,

Mariana.

EL CHOLILLO

Desde niño soñaba con ser piloto. Le encantaba ese aire de masculinidad que emanaban los grandes de la pista, esa actitud de mírenme qué chingón soy.

En su ciudad se realizaban domingo a domingo unas carreritas pedorras, pero para él (y el resto de los habitantes de Nueva Rosita) eran las 500 millas de Indianapolis. Se iba desde las ocho a la pista Hermanos Reyes para vivir lo más cerca posible eso que tanto lo apasionaba. Tomaba dos camiones, los choferes ya lo conocían y lo dejaban subir gratis a cambio de que les consiguiera autógrafos de los pilotos.

El corazón se le salía cuando el camión abandonaba la carretera y enfilaba hacia el Autódromo por un camino de terracería. ¡Ya casi llegamos! – gritaba emocionado, como si el chofer no lo supiera.

  • ¿Qué onda, cholillo? ¿Tan temprano y ya por acá? – lo saludaba Beto, el encargado de la taquilla, echándole el tufo en la cara.
  • ¿Qué onda mi Beto? -contestaba sin hacerle el feo.

El Cholillo, como lo conocían todos, era muy querido, ya que como decía su abuelita, sabía granjearse a la gente.

  • Pásale, ya te está esperando el Rulis para que barras las gradas
  • ¡Ya estás mi Beto, gracias!

Y con mucha enjundia comenzaba a trabajar desde temprano; apenas terminaba una tarea, corría con el Rulis para ver qué más se ofrecía.

Lo más emocionante era cuando le pedía que lavara los carros de carreras. Se sentaba al volante y recorría las mejores pistas del mundo, coronándose siempre campeón. Veía el orgullo y la felicidad en la cara de tolteca de su papá, quien finalmente se había convencido de que debía dejarlo realizar su sueño y hasta se había convertido en su entrenador; los otros pilotos levantándolo y paseándolo con su copa por toda la pista, el público gritando su nombre y pidiéndole autógrafos, las mujeres abalanzándose sobre él. Y aquí es cuando su sueño se desinflaba. Algo no estaba bien con esa película. A pesar de haber visto muchas veces en la vida real que todo piloto que se respetara debía de traer mínimo dos viejas gordibuenas, las mujeres no tenían cabida en su mundo.

¿Sería porque era apenas un niño de diez años? Mmmm… no, ya que cuando se hizo adolescente siguió sintiéndose igual respecto al sexo opuesto. Le exasperaban sus cambios repentinos de humor, sus síes disfrazados de noes, sus voces chillonas y estridentes, su falta de lealtad. A él lo que realmente le emocionaba era pensar en los pilotos. ¡No manches! Cerraba los ojos y los veía con sus trajes súper ajustados que no dejaban nada a la imaginación! Bueno, esos son los toreros, pero así los imaginaba el Cholillo, los vestía y los desvestía a su antojo.

Un día, el piloto más famoso de esa época, Santiago Corvera, lo descubrió viéndole el trasero.

  • Ora pinche Cholo, ¿qué te traes? ¿A poco eres puñal o por qué me ves las nalgas?
  • Nooooo, ¿cómo crees mi Santi? A mí lo que me gustan son las viejas, si te estaba viendo es porque con ese traje el que parece puñal eres tú.
  • ¡Jajajajaja, te la llevaste cabrón!

Lo bueno es que el tal Corvera se la creyó todita, tanto, que terminando la carrera lo invitó por fin a una de sus apoteósicas fiestas de la victoria.

Estaba seguro de que esa noche quedaría grabada en sus recuerdos como la peor de su vida. Santiago le endilgó a una de sus amiguitas, quien gustosa dijo que le quitaría lo cherry. ¿Qué no te das cuenta de que si quiero con alguien es contigo, pendejo? -le gritaba con los ojos al guapérrimo piloto.

Tomándolo de la mano, Zulema lo condujo a uno de los bungalows. Desde que vio que su atuendo coordinaba perfectamente y que traía las uñas más arregladas que ella, sospechó que se encontraba ante un caso de Homo Sexualis. Al escucharlo hablar, supo que había acertado, por lo que le ahorró el mal trago y le dijo que su secreto estaba a salvo con ella. Sacó un cigarro y lo invitó a encuerar a sus demonios.

El Cholillo suspiró aliviado. Nunca había tenido el valor de contar lo que sentía, pero con Zulema las palabras salían con facilidad de su escondite.

Esa noche se convirtieron en los mejores amigos, y semanas después, inventaron que eran novios.

Siendo Nueva Rosita una ciudad demasiado tradicionalista, eso era lo mejor que podían hacer. Santiago se convirtió en una especie de padrino y vio con buenos ojos su relación. Quería mucho a Zulema y le encantaba la idea de que dejara atrás esa vida licenciosa (como dirían las distinguidas damas de la vela perpetua). También sentía un cariño especial por el Cholillo, le inspiraba mucha ternura, así que se dedicó a entrenarlo pasándole todos sus secretos. Nadie se sorprendió cuando el joven piloto se coronó campeón estatal.

A partir de ese momento, el éxito fue su fiel compañero, carrera a la que entraba, carrera que ganaba. Sus papás también estaban muy contentos por su “noviazgo” con Zulema y esperaban ansiosos el molito. Él les callaba la boca con las carretadas de dinero que les mandaba.

Para ellos y para todo el mundo, Mauricio Zavala, alias el Cholillo, era el hombre más afortunado del planeta. Nada más alejado de la realidad. No soportaba el acoso de las muchachitas haciendo sus-bocas-de-pato mientras intentaban conquistarlo con sus chiquifaldas o de las mujeres ya más maduritas con sus escotes hasta el ombligo. ¡Por Dios, se les ve hasta el queque, me van a sacar los ojos con esas cosotas, qué asco!

Pa´acabarla, el ambiente no ayudaba en nada, los pilotos a todos tiros querían endilgarle alguna vieja, les valía madre que tuviera novia.

 Mi querido Mau, estás a punto del colapso, se dijo un día al verse en el espejo antes de una carrera y no reconocer su propia imagen. ¿Quién eres güey? ¿Cómo te metiste a mi vida? ¡Ya déjame en paz! Llorando, comenzó a dar de manotazos al espejo, lo que hizo que se arruinara su perfecto ‘maniquiur’ y terminó por desmoronarse. Si él fuera tan macho como todos pensaban que era, quebraría el pinche espejo de un puñetazo, pero ni eso podía hacer bien.

¡Ahhhhhh! ¡Ya no puedo máaaaaaaas! -gritó Mauricio y junto con él, gritó el niño de diez años que se emocionaba viéndole las nalgas a los pilotos.

Santiago lo encontró en el piso.

  • ¿Qué te pasa cabrón? ¿Estás bien?
  • No, no estoy bien! Mi vida es una farsa! Yo no quiero ser piloto!

Y abrazado a su padrino, el Cholillo confesó aquello que solo Zulema y él sabían.

  • ¿Y por qué te hiciste piloto pues, cabrón?
  • ¡Porque de chiquito me gustaban las carreras, pero cuando fui creciendo me di cuenta de que realmente lo que me fascinaba era estar rodeado de hombres! Pero ya estoy hasta la madre, ya no soporto mentir! Quiero ser yo… lo de Zulema son puras piñas, nos queremos mucho pero solo como amigos.

La cara de Santiago se fue transformando mas no por oír lo que el Cholillo le decía, sino porque toda la escudería había escuchado la confesión.

Antes de que pudiera decirles algo, el más chaparrito del grupo dio un paso al frente y dijo:

  • ¡Cuéntanos algo que no sepamos!
  • Ah cabrón, ¿cómo que ya sabían?
  • Pues claro, se te nota mi rey!!! Pero no te apures, no eres el único, mira, aquí el Gustavo, el Mike y el Tomás también son del club de los muerde-almohadas
  • Eh eh, ni máis, yo soy sopla-nucas dijeron los tres al mismo tiempo, lo que hizo que todos soltaran la carcajada y le hicieran bolita al buen Mau.

Bueno, ya, ya, que esto no es Mujer Casos de la Vida Real y tenemos una carrera por ganar. ¡Vámonos! -dijo Santiago, emocionado por la gran muestra de madurez que esos jovencitos habían dado.

¿Y LA LIMONADA APÁ?

El día de ayer tenía los mismos planes que había tenido los últimos sábados y domingos, levantarme, dar de comer a los perros, tomar mis suplementos y la proteína, y sentarme a dos ignacias a sacar dos de mis más grandes pendientes: las millas que recorrí el año pasado (para la declaración de impuestos) y la revisión de Mamá con Soda.

¿Revisión? ¿Cómo para qué o qué? Pues porque después de varios meses en un taller de narrativa con el gran Kato Gutiérrez (un regio que hace honor a su gentilicio), me di cuenta de lo que es literatura en verdad. Y con esto no estoy satanizando a mi primer bebé literario, si lo escribí y publiqué fue simplemente porque sentí el impulso de hacerlo, mas nunca pensando que ganaría el Premio Nobel con él.

Así que un buen día me animé a contratar sus servicios de tallereo (corrección de estilo), y ahora tengo una descomunal tarea frente a mí.

Hace ya casi un mes que me envió el primer paquete con sus observaciones, y todavía es hora de que no me siento a trabajar en ellas.

Y bueno, ayer que no sé por qué fregados decidí ponerme a lavar ropa y lavar platos en lugar de hacer lo que había dicho, de repente me cayó el veinte al sentirme súper culpable por postergar -una vez más- mis pendientes. Y me di cuenta de que estaba haciendo las cosas no solo con desgano sino así como “¡chin, otro fin de semana desaprovechado!”.

Ese descubrimiento no me gustó en lo absoluto, ya que me pude percatar de que NO ESTABA EN EL AQUÍ Y EN EL AHORA y eso me producía una especie de ansiedad.

¡Ah cabrón! ¡Y yo que juro que cuando la vida me da limones hago limonada! ¡Nombre… nada más alejado de la realidad!

Y me di cuenta de que eso me pasa en muchas otras ocasiones, así que ahí les va una lista de las que me acuerdo:

Cuando estoy apurada y alguien me intercepta para contarme algo y yo me frustro, NO HAGO LIMONADA.

Cuando veo el polvo en mis muebles y quiero huir a Las Malvinas porque no tengo ayudante, NO HAGO LIMONADA.

Cuando alguna amiga quiere desahogarse diciendo únicamente cosas negativas y yo me desespero, NO HAGO LIMONADA.

Cuando un cliente potencial me dice que no y yo me agüito, NO HAGO LIMONADA.

Cuando estoy platicando con alguien que no me deja emitir palabra y me empiezo a traumar porque no puedo hablar de lo que A MÍ me sucedió o de cómo YO lo resolvería, en lugar de simplemente escuchar, NO HAGO LIMONADA.

¡Ups!

Confieso que al principio me desinfló un poco el hecho de ver de frente a mi lado oscuro, pero sé que estaría peor si nunca lo hubiera descubierto.

En fin, espero ser la única en el mundo a la que le pase eso, pero por si las dudas, los invito a pensar qué están haciendo con sus limones.

¡Abursito!

TORIBIA LA TORONJA

Laura Jurado 2021

Desperté con los rayos del sol. Mi primo el viento me mece suavemente haciendo que mi cuerpecito roce las hojas amorosas de mi padre/madre.  No soy más grande que una pelota de golf, pero ninguna de mis hermanas lo es, así que eso no me quita el sueño.

Tengo hambre, tan solo con pensarlo, mi papá/mamá abre una válvula ubicada en la ramita que me sostiene y me alimenta con la cantidad correcta de nutrientes.

Volteo para abajo… ¡qué hermoso se ve todo desde aquí! Mis hermanitas comienzan a despertar, y con la ayuda de nuestro primo, nos ponemos a jugar a ver quién alcanza el tronco. ¡Tramposas! ¿Pues cómo lo voy a alcanzar si me tocó estar casi en la orilla? Pero no importa, las risas de mis hermanas y las porras de los pajaritos que parecen llegar de todos lados, hacen que pronto me olvide de ese impedimento.

Veo a lo lejos cómo la casa comienza a llenarse de vida. Estefanía abre las ventanas de par en par y hasta acá escucho que comienza a cantarle a Juan y a Lucía:

Buenos días mis amigos

Otro día llegó ya

Que gocéis el día entero

Paz y felicidad

Ese sol de mediodía

Nos invita a trabajar

Él nos brinda su alegría

Y nos hará triunfar… y con esta última estrofa la veo que se dirige hacia la puerta, desesperada porque no logra despertarlos pero la vocecita de Lucía la hace regresar: tururururu. Escucho las risas de los tres, y mis hermanas y yo soltamos la carcajada junto con ellos.

¡Ay cómo me gusta ese ritual de mi querida familia!

Don Carlos, el papá de Estefanía, ya ordeñó las vacas y está terminando de recoger los huevos. Al escuchar las risas de los niños y de su hija, se descuida, y Camelia, la gallinita pinta sale corriendo, trepa por el tronco de papá/mamá y se desplaza por la rama que me sostiene.

  • ¡Hola Toribia! ¡Hola niñas! -saluda con esa voz estridente que tanto enerva a las otras gallinas.
  • ¡Hola Camelia!!!! -contestamos todas al unísono.

Yo me siento la toronja más importante del mundo por contar con su amistad. Camelia es mi confidente, y aunque tenemos poco de conocernos, nos une un cariño muy especial.

Camelia está hoy más feliz que de costumbre. Me cuenta que ayer llevaron a un nuevo gallo porque el pobre de don Polito ya estaba más pa´llá que pa´cá.

  • ¿Y qué tal? ¿Ya te pisó?
  • ¡Ya!!!!!! ¡No sabes… entró al gallinero cerrándole el ojo a todas, pero en cuanto me vio, se olvidó de las demás y se puso a hacerme el amor con tanta delicadeza y tanta calma que casi me desmayo de la emoción, y entre pisada y pisada se puso a contarme su vida… Me platicó que por su fama de galán, ninguna gallina lo ha querido tomar en serio y la verdad es que él se siente usado. Hubo un momento en que percibí un dejo de tristeza en su voz, así que abrí mis alas y lo abracé lo más fuerte que pude.
  • ¡Ay Camelia, qué emoción!
  • ¡Sí Toribia, estoy enamorada! -y diciendo esto levantó las patitas y se fue de espaldas hasta el suelo.
  • ¡Camelia! ¡Camelia! ¡Auxilio! ¡Alguien que venga a levantarla! -gritábamos mis hermanas y yo desaforadas.

Romualdo, el gallo nuevo, escupió la lombriz que apenas comenzaba a engullir y salió corriendo para dar  respiración de pico a pico a su amada.

Camelia no parecía reaccionar. Desesperado, Romualdo salió corriendo a buscar a don Carlos. Camelia abrió los ojos solo para hacerme un guiño. Entendí perfectamente lo que me quería decir.

¡Romualdo! ¡Romualdo! Me parece que necesita más respiración de pico a pico!!!

El apuesto gallo regresó y la tomó con delicadeza entre sus plumas. ¡Despierta por favor, quiero que seas la mamá de mis pollitos!

Don Carlos, que había llegado a ver por qué tanta trifulca, le dijo:

  • ¡No sea mamón, bastante pagué por usted como para que sea crea galán de telenovela! ¡Ámonos… a jalar! -y diciendo esto último, le dio un patadón que lo aventó hasta el gallinero.

Camelia no podía creer lo que escuchaba. ¿Don Carlos diciendo eso? ¡Pero si es un alma de Dios!

Se sentía mareada… a lo lejos escuchó su nombre. Abrió los ojos y lo primero que vio fueron los ojazos de Romualdo.

– ¡Camelia mi amor, gracias a Dios estás bien!

ROGER

Laura Jurado 2021

Las palabras del médico retumbaban en su cabeza: Su esposa tiene una mancha en el pulmón, tenemos que hacer una serie de pruebas para poder darle un diagnóstico.

  • ¿Qué? ¿Mi esposa? ¿Pero por qué? ¡Apenas tenemos cuatro meses de casados! ¿Está seguro doctor?
  • Cálmese Rogelio y escuche lo que le estoy diciendo.
  • Pues lo estoy escuchando, pero el que no parece comprender es usted. ¡Tenemos tantos planes! ¡Usted no me puede estar diciendo esto!

El doctor Piña movió la cabeza de un lado a otro tratando de entender la desesperación del joven cantante.

-Ahorita lo único que podemos hacer es esperar. Me dijeron que usted dará un concierto mañana por la noche, ¿es así?

– Sí.

– Pues váyase a su concierto, disfrútelo y el lunes temprano ingresamos a su esposa para hacerle los estudios.

Rogelio salió del consultorio sintiéndose como personaje de caricatura, de esos que traen un yunque amarrado al corazón.

Arrastrando los pies se dirigió hacia el estacionamiento de la planta baja donde lo esperaba Colette, su asistente, al volante de un precioso Audi. Había rentado ese auto para impresionarla y así ganar puntos para llevársela a la cama.

Ahora esa idea le parecía ridícula, ¿qué fregados andaba haciendo, conquistando jovencitas cuando tenía al amor de su vida en casa?

-Sí que la has regado -se dijo, sintiendo cómo las lágrimas le quemaban las mejillas.

– ¿Estás bien Roger?

La voz ronca de su asistente lo irritó aún más. Le hizo una seña de que no quería hablar y cerró los ojos.

Esa noche volvió a enamorarse de su esposa. Hicieron el amor no sé cuántas veces. Ninguno de los dos tocó el tema, pero ambos sabían que podían estar a punto de perderlo todo.