LA AMABILIDAD, ESA HERMOSA CUALIDAD QUE NO CUESTA NADA… ¿O SÍ?

Antier tuve que ir a la estación de policía a reportar un accidente de tránsito. Nada serio, un besito que un señor cargando en su maleta ochenta abriles le dio a mi camioneta el sábado pasado. Me dirigía a mi clase de Pilates, y tómala que dando vuelta hacia una calle más transitada nada más sentí el golpe: ¡pum! El pobre señor se había pasado el semáforo en rojo. Nos “orillamos a la orilla”, nos bajamos, y después de comprobar que ambos estábamos bien, le pedí su licencia y su seguro.

¡Ay, discúlpeme señorita, esta mañana no tomé mi café! No pasa nada, lo importante es que los dos estamos bien.

Diez o quince minutos más tarde nos despedimos, y como ya había faltado a Pilates la semana pasada, me dirigí al estudio para -aunque sea- hacer ejercicio una media hora.

Apenas llevaba unas dos cuadras cuando me asaltó la duda: ¿deberé ir o mejor le aviso al seguro (y a mi marido)? El sonido de metal rozando con la llanta me dio la respuesta. Me paré en una calle menos transitada y le llamé al seguro, luego a mi marido y finalmente a la policía (no había nadie que tomara mi reporte, me dijeron que llamara el lunes). Mi esposo, no sé por qué, como que se enojó, pero como buen caballero, llegó en cinco minutos a rescatar a su dama.

  • ¿Pues no que había sido un besito?
  • Pues sí, ¿no? Pero no te preocupes, ya hablé al seguro y el señor va a pagar todo.

Mis palabras no disminuyeron en nada su preocupación ni hicieron que de sus labios brotara una sonrisita. Se puso a revisar los daños, y tras jalar un poco la defensa hacia él, logró que dejara de rozar con la llanta.

  • ¿Vas a ir a otro lado? Yo creo que es mejor que ya no salgas en esta camioneta

Y pues sí tenía varios pendientes, pero estaba consciente de que lo primero era lo primero, así que nos regresamos a la casa.

El lunes se me olvidó hacer lo del reporte de policía, que, si bien no era obligatorio, lo recomendaba la aseguradora, así que el martes saliendo del gimnasio me pasé a la Estación.

Me atendió una señorita que lo que tenía de bonita lo tenía de grosera, maleducada, malencarada y jetona (aunque estos dos últimos sean sinónimos, se los ganó). Le dije a lo que iba, y al comentarle que el buen señor y yo habíamos intercambiado información, casi casi me regaña por ello.

  • Ya no se puede hacer nada, contestó sin expresión.
  • ¿Cómo que nada? Yo hablé el sábado y la persona que me atendió supo que el señor me había dado sus datos.
  • Pues no. Ya no podemos asignar a un detective para que investigue.
  • ¿Y quién quiere que investiguen nada, disculpe? El señor reconoció que fue su culpa y su seguro va a pagar todo.
  • Pues no. No podemos hacer nada.
  • ¿Y entonces para qué me dijeron por teléfono que hablara o viniera el lunes?
  • Pues puede llenar este reporte en línea o por teléfono nada más.
  • Jelou… eso es lo que quiero!!!

Para esto, la vieja jetona hablaba muy bajito. Como en tres ocasiones le dije que no le escuchaba, y la muy “#$%& teniendo el micrófono frente a ella, se movía apenas un milímetro… pero hacia un lado, no hacia enfrente!!! ¡Ay qué frustración! De inmediato vino a mi mente la querida señora Rosa Isela Meléndez, con quien trabajé muy de cerca cuando -junto a otras maravillosas personas, como el Licenciado Roberto García- fundamos la Sociedad Protectora de Animales de Delicias y la Región.

La señora Meléndez, que era (y sigue siendo) toda una dama, nos contaba que cuando le tocaba ser atendida con desgano por alguna persona, les decía: No te gusta lo que haces, ¿verdad?

Estuve a un pelito de decirle eso a la fulana, pero no lo hice por collona… me dio miedo que por trabajar en la policía pudiera tomar represalias.

Al día siguiente fui al taller que me indicaron en la aseguradora, las personas con las que interactué me atendieron muy bien, lo mismo que la muchachita que mandaron de la renta de carros a recogerme.

¡Ah, pero todo fue llegar a Enterprise para que me dieran ganas de decirle lo mismo al hombrote (un joven de veintitantos años, altote y musculoso) que me atendió! ¿Por qué? Pues porque nunca sonrió, y de manera mecánica me pidió mi licencia, tarjeta de crédito y seguro.

Esa actitud -y la de la ruca del día anterior- me hicieron reflexionar sobre la amabilidad.

¿Qué les cuesta? -pensaba. ¡Tan fácil que es sonreírle a la gente y tratarlos bien! De hecho, me sorprende cuando las personas que atiendo (en los seguros) agradecen mi amabilidad.

 ¡Es que no me cuesta nada, al contrario, creo que mi vida sería horrible si tratara mal a la gente! Además, fue lo que siempre nos inculcaron mis papás.

Sin embargo, luego recordé a mi hijo, quien es muy buen muchachito, pero batalla para sonreír a personas que no conoce, o con quienes no convive mucho, como mis amigas, por ejemplo.

¿Por qué lo hace? ¿Por grosero? No, mi hijo en realidad es tímido (todo lo contrario de Catalina, quien tiene la sonrisa a flor de piel… ¡y eso me encanta!). Eso me hizo pensar que probablemente el hombrote y la amargada también lo son.

¿Qué puede hacer una persona que nomás no puede ser amable, ya sea por timidez o por jetonez, pero que entiende que la primera beneficiada si cambia de actitud va a ser ella?

Si es tímida, recordar que las demás personas no necesariamente saben cómo te sientes. Muchos de los grandes actores se siguen poniendo nerviosos frente al público o frente a las cámaras. Ay sí, pero ellos son actores y yo no. Bueno, nadie te está pidiendo que repitas un soneto de Shakespeare frente a trescientas personas. Lo único que tendrías que hacer (si quieres…) es respirar profundo, RECORDAR QUE LOS DEMÁS SON TAN HUMANOS COMO TÚ, y sonreír, lo demás viene por añadidura. Una sonrisa te abre puertas, derriba barreras. ¿Por qué? Porque a todos nos gusta que nos traten bien. No creo que haya alguien que disfrute de una mala cara, ¿tú sí? I don´t think so. ¿Te imaginas que alguien estuviera ansioso por verle la jeta al cajero del banco? ¿Por saludar a la vecina geniosa sabiendo que lo va a dejar con el ‘buenos días’ en la boca? No. El mundo no funciona así. En realidad, tendemos a buscar a la gente que nos hace sentir bien y a evitar a la que no.

Bueno, pero ¿y si no es timidez sino ganas de chingar al prójimo o falta de empatía? Lo mismo: empieza sonriendo. Y RECUERDA QUE LA VIDA ES UN BÚMERAN (boomerang para los que no sabían que así se dice o también bumerán). Tiras buena onda, se te regresa buena onda. Tiras mierda, se te regresa mierda. ¿Qué quieres atraer? Me parece que es fácil la decisión.

Me viene a la mente la bellísima canción “Don´t let it show” (The Alan Parsons Project), traducida al español como “Finge que no” y magistralmente interpretada por Mimí la de Flans. Así tú, finge que no te da flojera sonreír; finge que no te choca que lleguen los clientes a tu ventanilla y trátalos bien. Comienza fingiendo, sonríe, sonríe, sonríe, que tu cerebro no sabe la diferencia entre lo real y lo actuado. Llegará el momento en que la sonrisa saldrá de forma automática, y para entonces ya estarás acostumbrado al torrente de endorfinas, serotonina y dopamina que ese sencillo acto libera y a las reacciones positivas que obtendrás de las personas con quienes convivas.

Bueno, aquí están mis cinco centavos. Mientras tanto, seguiré sintiéndome muy orgullosa por haber tenido los padres más amables y serviciales del mundo.

Nos dieron buen ejemplo Gorditos queridos, ¡gracias por ello!

El Perejilazo

Se dirige al baño a retocar su maquillaje. Con su trajecito de blusa sin espalda y minifalda azul cielo de brillitos se pinta la boca en un tono claro, como arena. Lo que ve en el espejo le gusta. Sonríe, y toda su confianza se desploma al descubrir que ha estado dando, no el perejilazo, sino el espinacazo, y peor aún… ¡en el labio inferior! Sí, quién sabe cómo tres pedazos de espinaca (uno un poco más grande que una moneda de 25 centavos -o una cora, como dicen los spanglishparlantes-, otro medianillo y uno chicuelón) salen de su boca a saludarla. ¡No mames! ¿Desde cuándo traigo esta asquerosidad??? ¡Ay no, qué oso! Intenta quitarse los pedazos con agua, pero no puede. Busca un pedazo de papel, no hay. ¡Chetos! ¡Ah ya sé, en el baño de los operadores debe de haber!

Atraviesa media cafetería, tratando de no sonreír. Las miradas de todos están puestas en su escote, ¡fiu! ¡Qué bueno que me puse esta blusa! Sorteando a los trabajadores que avanzan poco a poco con su charola de comida, sus ojos se alegran al medio ver un montón de papeles color estraza. Compermiso, compermiso. Aliviada, toma dos y se regresa al baño. Cuando tiene los papeles a tres centímetros de su boca, un olor nauseabundo la saluda burlón. ¡Hola! ¿Te crees mosca o qué? Sus ojos se abren como prosti en acción y avienta los papeles llenos de caca. ¡No pinche mameeeeeees, qué ascoooooooo! El color beige de sus uñas adquiere unos matices cafesosos. ¡Voy a vomitar! ¿Y ahora cómo chingados me limpio?

Corre al baño de las operadoras, abre la puerta y ve que una viejita está usando el único lavabo que hay, pero ni siquiera se está lavando las manos, la señora ocupa todo el espacio con su bolsa negra de orillas blancas y deshilachadas y su pañalera gris que en sus buenos tiempos fue verde pistacho. La viejita le sonríe con su único diente y le pregunta si quiere limpiarle la cola a su sobrina, una mujer de unos cuarenta y cinco, cuarenta y siete años, claramente afectada de sus facultades mentales.

  • ¿Quéeee?
  • ¡Sí, mija, te pago! Es que yo ya no puedo hacerlo porque me canso.
  • No señora, lo siento, con todo respeto, no creo que pudiera hacerlo… me vomitaría. Ahora si me permite, tengo que lavarme las manos.
  • Ah claro que sí, mija, dispensa.

Sale del baño después de haberse casi acabado el jabón. La propuesta de la viejita y lo sucedido minutos antes la dejan pensando. ¡No mames, qué cosa tan más bizarra me acaba de pasar! ¿Qué me querrá decir el universo con esto? Mmmmm… ¿Que si estoy tratando de limpiar la mierda que hay en mi vida y alguien viene a que me embarre más, TENGO LA CAPACIDAD DE DECIRLE QUE NO? ¡Síiiii! ¡Eso es! Pinche Enrique, no te la vas a acabar. Hasta aquí llegaste cabrón. ¡Se acabó tu pendeja!

Echando su cabello para atrás, y taconeando con enjundia enfila hacia el despacho del licenciado Martínez.

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POR LA BUENA

  • Buenas tardes señoritas, ¡pero miren nada más qué guapas vieneeen!
  • Ay muchas gracias licenciado, usted no hace malos quesos, a ver si me saca a bailar al rato, ¿eh?
  • ¡Cállate pendeja, que no viene solo, ahí está la odiosa de su esposa!
  • Ay, ya la vi… me cae que si yo no tuviera miedo, le decía a la doña las metidotas de mano que me da su marido por debajo de la falda… ¡ya hasta ni calzones me pongo!
  • ¿Y por qué dices que si no tuvieras miedo? ¡Eres la puta más descarada que conozco!
  • Ándale, eh cabrona, que si yo no tuviera miedo, le contaba que su maridito y nosotras hacemos unos tríos que ni los de McDonald’s!
  • ¡Cállate pendeja, ya se te subió! ¡Te dije que no revolvieras tequila con cerveza, güey!
  • ¡Me vale pito! Me cae que si no tuviera miedo, también le exigía a mi lic que me comprara un carrito para ya no levantarme tan temprano… eso de tener que agarrar tres camiones para llegar a la maquila está cabrón. Luego ando todo el día con el chocho apestando a sudor de mil colas…
  • ¡Guácala cochina, vas a hacer que me mee de la risa! Pero pues si a esas vamos, que me compre también uno a mí… ¡má… pos’ esta!
  • Cálmate, no es como que lo vaya a hacer, además yo lo vi primero, y pues no sé mana, yo cada día me enamoro más de ese cabrón. Neta que antes de morir quisiera que Diosito me concediera que la vieja se largara o se muriera y que él se casara conmigo.
  • Ora sí que te volviste loca, ¡no eres mas que una simple operadora venida a más, pinche Bertha!
  • ¿Qué te pasa pendeja? ¡Si yo no tuviera miedo del karma, me cae que te mandaba unos cholos a que te dieran una buena madriza!
  • ¿Ah sí? ¿Harías eso güey? ¡Pues ya te puedes ir largando de mi casa, pinche piruja arrastrada!
  • ¿Qué pasa señoritas? ¿Todo bien? Necesito verlas a las dos en el saloncito que está al fondo de ese pasillo, ¿me pueden acompañar? -dijo el Tom Cruise de la maquila, barriéndolas lentamente con las pestañas de su ojo derecho.
  • ¡Sí licenciado!
  • ¡Salud amiga, por la buena!
  • ¿Por la buena qué güey?
  • ¡Por la buena cogida que nos vamos a dar!
  • ¡Saaalud!

Toby

Nadie nace sabiendo todo. Bueno, habrá unos cuantos elegidos que sí, pero yo no soy de esos.

Cuando nos cambiamos a Estados Unidos solo teníamos a Ron, un Cocker Spaniel, quien fue nuestro primer bebé. Ignorantes de muchas cosas, nunca lo operamos. No sabíamos que el número de perritos crecía exponencialmente y que muchos de ellos terminaban abandonados a su suerte y/o sacrificados en el antirrábico. Con esa ignorancia se lo presté un día a mi amiga Marcela Atkinson para que cortejara a su perrita Nala y pues ese par nos hizo abuelas.

Años más tarde, cometimos otro acto que ahora muchos reprobamos, y con justa razón: compramos un cachorrito de Golden Retriever a una familia que a eso se dedicaba. Sí, ahora lo veo todo diferente, pero bueno, ese era nuestro nivel de conciencia. Le pusimos Manolo, y en nuestra defensa, les diré que a ese sí lo esterilizamos (de hecho, no me acuerdo si llegamos a esterilizar finalmente a Ron o no).

Luego nos regalaron un gatito (Gatichico), quien vino a llenar ese vacío que solo los amantes de los gatos pueden entender.

Más tarde, cuando nos cambiamos a esta casa, invitamos un día a comer a nuestros amigos Sol y Joe. Me lancé a Walmart a comprar todo para unas hamburguesas, y cuando venía de regreso, me cerró el ojo un carro lleno de cachorritos de Golden Retriever que estaba estacionado, y pues ya entrados en gastos me traje uno. Sí, ya sé, mi nivel de conciencia seguía pa´la chingada.

Al poco tiempo llegó Jesusito (otro Golden Retriever de mega alcurnia), regalo de nuestros amigos Marisa y Rogelio, y meses después, Paco, el único gatito con ojos delineados que adoptamos de un albergue. ¿Qué pasó con Gatichico? Pues que tuve a mal dejarlo salir a sabiendas de que los gatos no se enamoraban de las personas sino del terreno, pero no pude resistir el verlo con ganas de salir a disfrutar de tanto árbol. Nunca regresó.

Después llegaron: Zorry (también adoptado, pero de otro albergue), el buen Beno (cruza de no sé qué ovejero, rescatado de las garras de una vieja que lo tenía en un mini espacio a la intemperie -en pleno invierno, grrrr-), Matute (un espectacular Gigante de los Pirineos adoptado de Canhijolandia, el albergue de mi amiga Bella en Chihuahua), Sasha (mi niña hermosa, una Pointer, también de los canhijos de Bella) y finalmente, Lola (una dizque cruza de Labrador y Ovejero Australiano que nos regalaron, y aunque está feisita como murciélago, ya sentimos que la queremos).

Pues bien, los últimos que quedaron de todos ellos fueron Toby, Beno y Dolores.

Toby resultó el más mandilón y faldero de todos y se enamoró perdidamente de mi marido. Una vez que nos fuimos de vacaciones y lo dejamos junto con los otros en la guardería, nos habló mi vecina para decirnos que le habían llamado del lugar, ya que la habíamos puesto de contacto de emergencia. Resulta que el niño no quería comer, estaba muy triste. Ella muy linda se ofreció a recogerlos, llevarlos a nuestra casa y atenderlos mientras no estuviéramos. ¡Por supuesto que le tomamos la palabra y Toby fue el más feliz!

Como vieron en las últimas fotos, recientemente tuvimos que comprarle unos calcetines antiderrapantes porque se le abrían las patitas como a Bambi.

Pero eso no fue todo. Hace unas semanas dejó de comer. Yo intuí que ya no le gustaban las croquetas, y ni cómo llevarle la contraria, estoy convencida de que no es la mejor comida para los pobres animales. Me puse a investigar y encontré un video de una veterinaria que prepara la comidita de sus perros, y ayudada por mi hijo, pude incorporar un poco más de nutrición al plato de mis bebés.

Sin embargo, desde la semana pasada empezó Toby a hacerle el feo nuevamente a la comida, y también le dio diarrea y vómito. Mi hijo sugirió que le diéramos pollo, pero como ya era noche y no teníamos, le preparó un arroz. Se lo engulló. Durante los días siguientes esa fue su dieta: pollo y arroz. Luego volvimos a incorporar poco a poco la otra comidita casera y las croquetas, y ahí la llevaba.

Hace unos días comenzó a vomitar y a respirar muy curioso, la verdad es que nos extrañó porque siempre había sido muy saludable (a excepción, claro de los gusanos del corazón que contrajo hace unos años). Eso fue este fin de semana. El lunes siguió igual, por lo que el martes tempranito hice cita para llevarlo al veterinario. Me dieron cita para las 11:30.

Esa mañana se levantó a ver a su amor (o sea mi marido) y se estuvo un buen rato con él en el jardín. Me tardé en darles de comer, antes de poder servirles noté que Toby tenía rato en la misma posición: parado en cuatro patas, miraba despacito para un lado y para el otro, como comiéndose el jardín con la mirada. Yo creo que duró así una media hora. Salí para ver cómo estaba, se veía que había seguido vomitando.

Al poco rato salí con la comida y me extrañó que no viniera. Dejé los platos de Beno y Lola y lo busqué por todo el jardín. Me empecé a paniquear porque no lo encontré por ningún lado, por un momento pensé que se habría caído a la alberca, pero no. Lo busqué en los arbustos donde se resguardó Sasha sus últimos días. Nada tampoco. Entonces lo busqué en otros arbustos, y ahí estaba, muy paradito viéndome. Le acerqué su plato con pollito, ni me peló. Entonces se lo dejé ahí y me fui a bañar.

Al rato salí para revisar si había comido. El plato estaba intacto. Para esto, mi niño ya se había ido para otro lado, cerca de la cocina. Traté de meterlo para que mi hijo no batallara cuando se lo llevara al veterinario, pero por más que traté, no pude moverlo. Bueno -pensé-, le hace bien estar en contacto con la Madre Tierra.

Arreglada ya para una junta, abrí la cochera pasaditas las 11. En eso me grita mi hijo: ¡Ven rápido, no sé qué le está pasando! Salí al patio (precisamente por el club de Toby) y lo encontré tirado. Mi hijo estaba verdaderamente angustiado, le decía a Toby que no se muriera y me preguntaba qué hacíamos. Cuando me acerqué, supe que su bella alma estaba dejando ese viejo cuerpecito: se le notaba en sus ojitos, como vacíos ya, y poco a poco se le fue yendo la lengua de lado. – No hay nada que hacer, hijo, yo creo que ya se está muriendo. ¿Sigue respirando?

Y en eso, todo terminó. El perrito más bueno (o uno de los más buenos) concluía su ciclo en esta tierra y en nuestras vidas. No fue un perro espectacularmente bello por fuera ni se sabía trucos ni nada, pero su alma o eso que lo habitaba, era hermosa.

Mi esposo, que originalmente iba a encontrarlos en la veterinaria, llegó a la casa. Dice que fueron por un edredón para subirlo a la camioneta y llevárselo para ser cremado, y que cuando regresaron con él, estaban Beno y Lola junto a mi niño.

Lola, como siempre, acurrucada junto a él. No sé si entendía que estaba entrando de golpe a la orfandad. 

La vida sigue. Todos mis hermanos y mi Cuñis nos mandaron mensajes muy bonitos. Virgilio me habló, también me dijo cosas muy lindas, y por supuesto terminó con un dicho ranchero (el muerto al hoyo y el vivo al pollo). Lo curioso es que aquí quedó perfectamente, ya que el pollito que había reservado para Tobitas, se lo cedió a mi familia.

Estas fotos son de ayer en la mañana. Creo que su bonhomía (o en este acaso, bonperría) le ganaron una muerte tranquila y poco dolorosa.

Vaya pues un abrazo grande a mi querido Tobillitas quien ha cruzado ya el Puente del Arco Iris. Ahora corre libre junto a todos sus hermanitos y espera ansioso el momento en que se vuelva a reunir con su amado.

¡Te querremos siempre mi niño, gracias por todo y por tanto!

El Paso, Texas, septiembre 28, 2021

La Verito en Seúl

Toda su vida soñó con este momento.

Recordaba perfectamente el día que le preguntaron en kínder qué quería ser de grande. ¡Aeromoza! -contestó con una sonrisa, dejando ver lo que en cuestión de meses sería catafixiado con el Ratón Pérez.

-No sé por qué no me sorprende tu respuesta, Verito, ¿será porque no hablas de otra cosa? -dijo la miss en tono entre burlón y divertido.

Sus papás deseaban otra profesión para ella. La mamá quería que fuera ginecóloga pues tenía la bizarra idea de hacerse su examen anual con ella. El papá, por su parte, quería que fuera contadora como él y como todos los Gómez Junco.

  • ¡Cuántos muchachitos darían lo que fuera por tener la mesa puesta mijita! Mira que hacerle feo al mejor despacho de contadores de Tamaulipas!

Pero Verito no era fácil de convencer, ni siquiera cuando su novio amenazó con terminar la relación si no desistía de ingresar a la Escuela de Aviación. Podía ceder en muchas cosas. Bueno, no solo podía, ¡lo hacía! En efecto, Vero cedía en muchas cosas, por no decir que prácticamente en todas, menos en lo que tenía que ver con su sueño.

  • Pues hazle como quieras mi cielo, bastante hago con aguantar que seas siempre tú el que decide desde qué ropa me debo poner hasta a qué amigas debo conservar.
  • Achis achis los mariachis, ¿y ‘ora qué mosca te picó? ¿A qué vienen tantos reclamos?
  • A nada en particular. Tú sabes que te amo y que nada de eso me importa, pero también sabes que ser sobrecargo es lo que más quiero en la vida.
  • Sí, ya vi, lo quieres más que a mí.
  • Ay ya, no te hagas el sufrido, mejor llévame a la casa antes de que mi papá te haga bailar un zapateado.

Y así, Vero Gómez Junco defendió aquello para lo que había nacido. Entró a la escuela y pronto se convirtió en la favorita de los maestros, gracias a su empeño y dedicación. Logró graduarse con los alumnos que habían empezado un año antes que ella y a nadie le extrañó que la eligieran para dar el discurso de despedida.

A nadie le extrañó tampoco que Verito fuera contratada por una de las aerolíneas más importantes del mundo: Air Korea, de hecho tuvo que pedirles permiso de comenzar siete días después de lo que ellos querían para poder asistir a su graduación y preparar lo necesario para la mudanza, ya que el centro de operaciones estaba en Seúl.

  • Papi, Manuel me puede acompañar a Atlanta, dijo Verito así como que no quería la cosa durante el baile de graduación
  • ¿No será mucha molestia?
  • ¿Cómo cree señor? Sería un honor que me permitiera escoltar a su hija para que no se vaya sola.
  • ¿Y no quieres mejor llevarla hasta Seúl? Digo, y de una vez adelantan la luna de miel, ¡porque de seguro para eso la quieres llevar!
  • ¡Viejo, cómo dices eso? ¡Respeta a la niña!
  • ¡Pues que me respete ella! ¿A quién se le ocurre semejante plan? Por supuesto que no, jovencito. Mi esposa y yo la vamos a llevar hasta Seúl, ahora que si quiere acompañarnos, puede hacerlo, pero usted paga su boleto.
  • Ay papá, puras vergüenzas contigo, me cae que si no estuviera tan contenta no te perdonaría este lapsus groserus.
  • Ay bueno ya, mejor váyanse a bailar Verito, que yo me encargo de este viejillo renegado. Y diciendo esto, le plantó un tierno beso en la mejilla.

Recordando esa escena, Verito sonrió. Cuando llegó a la sala de espera, pensó que se había equivocado de aerolínea. Air Korea. ¿Air Korea? ¿Y por qué hay tanto mexa, preguntó a María, la jefa de sobrecargos que era de Campeche.

-Ah pues vinieron a la boda de un político.

Vero tomó eso como un buen augurio.

Para su sorpresa, todos los pasajeros subieron mostrando el más absoluto respeto. -Mira tú, lo que no hacen en su país, lo vienen a hacer afuera. Bueno, por lo menos no enseñan el cobre.

Se movía como pez en el agua, ayudando a las personas a encontrar sus lugares y acomodando sus pertenencias en la parte superior.

Cerraron las puertas.

Y aquí estaba, a punto de decir lo que tantas veces había practicado: Señores pasajeros, solicitamos prestar atención a las instrucciones de nuestro avión. Por favor tengan cuidado al abrir y sacar objetos de los compartimientos, bla, bla, bla…

– Ándale chihuahuita, es tu turno -dijo María .

– ¿Chihuahuita? Yo soy de Tamaulipas señora

– P´al caso es lo mismo, está en el norte, ¿no? Dale mijita, sé que lo vas a hacer muy bien. Vienes más recomendada que Marilyn para una despedida de soltero.

– Va pues.

Y tomando un gran respiro, comenzó:

Señores pasajeros, solicitamos prestar atención a las instrucciones de nuestro avión. Por favor tengan cuidado al abrir y sacar objetos de los compartimientos… y justo en el momento que decía eso, una güera oxigenada casi le parte la cabeza a un pelón al tratar de sacar su mochila.

-Ora ora!

-Oh excuse me sir!

(¿Excuse me? Ay sí, muy gringa, ¿no? Bueno, qué me importa). Como decía, favor de tener cuidado al abrir y sacar objetos de los compartimientos superiores ya que pueden caer y dañar a otras personas (y al decir esto le echa unos ojos de pistola a la güerosca). Los juguetes a control remoto y celulares deben permanecer apagados a partir de este momento. (Y el grupito de adolescentes pendejos, pegados a sus pinches iPads y iPhones. Ay hijos de su madre, ahorita que termine se los confisco!). No está permitido fumar a bordo. La señal de encendido indica que debe abrochar y ajustar su cinturón de seguridad. Abróchelo de esta manera (hey, así pendejetes!) y ábralo levantando la tapa así. Recomendamos mantener su cinturón de seguridad ajustado durante el vuelo (especialmente esos lepes chillones, no los quiero corriendo por todo el pasillo). Este avión cuenta con ocho salidas de emergencia.

A este punto, la pobre de Verito quería llorar. Nadie la estaba pelando, ni siquiera el viejillo asqueroso de gazné azul turquesa que la había desnudado con la mirada cuando pasó junto a ella para acomodarse en su asiento.

De pronto se vio en el gran comedor de su abuela. Todos los adultos platicando de cosas que ella o no comprendía o no le importaban. Tratando de impresionar a esa señora a la que solo veía una vez al mes, le dijo que quería ser sobrecargo. ¿Y cuál fue la respuesta de doña Carlota? -Ah. Y ajustándose los anteojos, se volteó para seguir platicando con quien tenía a su lado.

Ese recuerdo la hizo enojar y moviendo la nariz como mi Bella Genio les cambió la cara a los distraídos pasajeros y les puso la de su odiosa abuela.

¡Ahora me oyes porque me oyes viejilla estirada!

En su mente tomó de la mano a la pequeña Verito, aquella que todos los días practicaba las instrucciones, respiró profundo, y con una gran sonrisa continuó:

-Señores pasajereichons, les suplico su atencienchon porque si no me peleichon me correreichon

Eso fue más que suficiente para captar la atención de todos los pasajeros. Estos, entre risas ahogadas y caras divertidas, hasta le aplaudieron cuando terminó.

Lo hizo usted muy bien señorita chihuahuita, de hecho nunca había visto a nadie manejar así a la gente, ¡bienvenida al equipo!

Las otras sobrecargos todas coreanas, estaban sorprendidas con la respuesta que la joven mexicana había obtenido del público y emocionadas también le aplaudieron, augurándole el mejor de los futuros.

¡TAN GÜENO QU´ERA!

¿Han visto cómo de repente un pensamiento te lleva a otro y a otro y a otro? Pues así me sucedió el otro día cuando me puse a pensar en el funeral de la mamá de una amiga. Yo no estuve ahí, pero fácilmente pude imaginar los abrazos, las lágrimas, las palabras de consuelo, los recuerdos bonitos y hasta divertidos que diferentes personas tendrían de la buena señora.

Y entonces pensé: bueno, ¿y por qué nos esperamos a que alguien muera para decir cosas positivas de él o de ella?

¿Y si instituyéramos que en los cumpleaños realmente nos volcáramos a celebrar la vida del festejado y a hacerlo sentir especial? ¡Imagínense qué bonito sería! Digo, no tenemos que olvidarnos del “Felicidades/Que tu día esté lleno de muchas sorpresas/Te mando un abrazote/Come mucho pastel…”, simplemente lo vamos a complementar con lo que diríamos en su funeral, ya que en estos generalmente se nos olvidan los defectos del difuntito.

Pues con eso de que estamos en una era de materialización gracias al prana que fluye ahora más que nunca, hace tres jueves tuve la oportunidad de presenciar mi idea hecha realidad. ¿Cómo? En el festejo de cumple de mi querido doctor Carlos Mendoza, un extraordinario médico que de la Oncología se pasó a la Acupuntura y a la Psicoterapia Gestalt. Con ello y con meditación, ha logrado mejores y más rápidos resultados para sus pacientes. Y algunos suertudotes tenemos la dicha de reunirnos con él una vez por semana para sanar, para aprender, para abrir los ojos del alma.

Me pudo encantar cómo en el festejo, uno a uno fuimos diciéndole lo que él y/o sus terapias significaban para nosotros. Hubo lágrimas, risas, abrazos, chistoretes, pero, sobre todo, mucho amor volcado hacia esa gran persona.

Yo le repetí lo que en alguna ocasión le había dicho: que me sentía muy afortunada por contar con su guía, especialmente en estos tiempos apocalípticos, que una imagen que tenía muy clara era de la Tierra vista desde el espacio, y luego un acercamiento a nosotros, su pequeño grupo reunido alrededor del Maestro, absorbiendo todo ese conocimiento e intentando entender la locura que ahora vive la humanidad. También le dije que sentía como si él fuera Sócrates y nosotros sus discípulos; le conté de la idea que había estado revoloteando en mi mente y que ahora, gracias a él, a lo que inspira, se hacía realidad.

Varios de mis compañeros le dijeron que lo veían como a un padre, que era un ángel, un hermoso ser de luz, que estaban eternamente agradecidos por su presencia en sus vidas.

El doc no cabía en sí de la emoción. Su siempre amplia sonrisa se hizo aún más grande y se quedó así por mucho tiempo. Las comisuras de sus labios eran misteriosamente jaladas por unos hilos… sí, unos hilos dorados, bañados de amor, con los que él pacientemente fue tejiendo las historias de sanación de cada uno de nosotros.

Fue realmente hermoso. Y me di cuenta de lo afortunada que soy, ya que cuento con los mejores maestros: los martes tengo la dicha de participar en el taller de narrativa del célebre novelista regio Kato Gutiérrez. ¿Han leído su blog o sus libros? ¿Han escuchado su podcast? ¡Uf! Precisamente el día que comencé a escribir esto, terminé Cuatro Segundos… ¡qué creatividad, qué manera de entrelazar historias y de salpicarlas con su bella prosa! ¡Aplausos, mi estimado Kato, en verdad que los martes son los nuevos viernes para mí, gracias por eso!

Los miércoles los estoy llenando de música, mi esposo y yo tenemos tres semanas de haber comenzado a tomar clases de canto con el extraordinario José Sandoval, quien tiene una carrera impresionante en el mundo de la música, tanto en México como en Estados Unidos. En este país, acompañó ni más ni menos que a Frank Sinatra (no es la primera vez que tomo clases de canto, desde hace varios años quise aprender, mi maestro era un joven y talentoso músico, pero se me atravesó la bronquitis y tuve que dejar las clases. Luego, hace como uno o dos años, intenté con otra excelente maestra, sin embargo, a pesar de que ella tenía muy buen método y de que es una hermosísima persona, nunca pude vencer la vergüenza de realmente soltar la voz).

Algunos domingos medito con un selecto grupo de mujeres, dirigidas por mi querida canalizadora Alexandra Treviño, a quien el destino puso frente a mí cuando entré a trabajar en los seguros. Con gran firmeza, pero a la vez con dulzura, nos lleva a enfrentar nuestros demonios.  Y ni qué decir de las asistentes, especialmente de la hermosa Claudia Delgado, ella invariablemente recibe mensajes para todas las que estemos ahí.

¿Así o más privilegiada?

Por eso, con más ganas vuelvo a mi propuesta para los cumples. Cambiemos la tan socorrida frase de funeral “tan güeno qu´era” por “tan güeno qu´eres”.

Estoy segura de que sería un regalazo para nuestra autoestima, ya que todos tenemos cosas buenas, solo necesitamos unos de otros para recordarlas.

¿Qué dicen? ¿Les late? Arre pues.