Carta a mi Españolito

Mi rey: si me muero y te encuentras esta carta, es una tarea del taller de Kato, ¿eh? Pensando en que te ibas a sacar de onda si la leías, la había hecho de un hombre hacia una mujer, pero creo que eso está peor, así que aclaro: los personajes y las situaciones son ficticias. ¿Quén lo queye a él?

Mi españolito:

Me encuentro estudiando para el examen final del doctorado, de pronto me asalta el recuerdo de tus labios carnosos recorriendo cada parte de mi cuerpo, mordisqueándolo, lamiéndolo, provocándolo.

¿Qué es todo esto que me haces sentir? ¡Yo que juraba que moriría siendo una vieja solterona, ahora agradezco al Universo por haberme permitido encontrarte para que voltearas mi mundo de cabeza!

Mis amigas se han cansado ya de advertirme que no me ponga de pechito, que no te crea todo lo que me dices, mas ¿cómo no hacerlo? ¿Cómo no enamorarse de esa voz ronca, de tu bellísimo acento? A ver dime, ¿quién puede resistirse a tus encantos? Yo no puedo, me rindo. Hubo un momento en que intenté hacerlo, no sabía nada de ti.

Recién llegado de España, te paseaste por la universidad una tarde en que todo era más gris que nunca. Llovía como suele llover en la ciudad de México, como si Tlaloc se ensañara conmigo por haberme dejado pisotear por mi jefe. ¿Hasta cuándo te vas a defender, pendeja? Aunque suene a cliché, aproveché la lluvia para llorar, aproveché los truenos para gritar a mis anchas, a media explanada.

Tú me veías, no sé si divertido o conmovido. Te acercaste corriendo hacia mí, pensé que me ofrecerías tu paraguas, estaba equivocada; lo botaste en la primera banca, me tomaste de la cintura… comenzamos a bailar. Yo estaba como hipnotizada, jamás alguien tan bello había siquiera volteado a verme.

  • ¿Ya estás mejor? -preguntaste secando mis lágrimas.
  • ¿De qué? No estaba llorando, era la lluvia
  • ¡Ah claro!

Reímos.

Me ofreciste tu abrigo que previsoramente te habías quitado para que no se mojara. Me lo puse… aspiré tu loción… olía a bigote. Olía a aquello que tanto deseaba… sentí un cosquilleo.

Coqueto, te ofreciste a llevarme a tu casa para que me secara. Sabiendo en lo que me estaba metiendo, accedí. Era el perfecto departamento de soltero. Te confieso que mi primer pensamiento fue: Hijo de su madre, a cuántas viejas invitará este…

Saludaste al portero, sentí su mirada como enjuiciándome, como si en ella se hubieran conjuntado las miradas de mis beatos padres, de mis tías las de la vela perpetua, del pinche cura hipócrita del pueblo, de los Caballeros de Colón. Me valió madre, ya me habías hipnotizado. Si en ese momento me hubieras pedido un riñón, te lo habría dado con gusto. Aunque no, no era eso lo que querías. Lo que tú buscabas era algo que yo no sabía que tenía.

El cosquilleo se hizo más intenso cuando me besaste.

Aún recuerdo minuto a minuto, segundo a segundo todo lo que vivimos.

Todo era nuevo para mí, jamás nadie me había besado. Fuiste muy tierno conmigo, muy paciente, eso te lo voy a agradecer siempre. Una a una fuiste quitándome cada prenda, dizque para que se secaran. Mis ojos no podían ver otra cosa que tu bello rostro. Cuando me quedé desnuda frente a ti, comencé a temblar. Me envolviste con una cobija, me acostaste frente a la chimenea, te quitaste la ropa. Yo no quería verte. Bueno, sí, aunque me moría de la pena. Tú comprendiste que esa sería mi primera vez… ¡fuiste tan tierno! Me preguntabas si estaba bien si me besabas, si estaba bien si me acariciabas, si estaba bien si mordías mi cuello, si besabas mis orejas. Yo asentía con la cabeza, insisto, me moría de la pena, mas no quería que pararas.
Eran mil sensaciones desconocidas. Eran veintiocho años de pasión reprimida. Cuando me dijiste que querías hacerme tuya, lo primero que vino a mi mente fueron las cursis novelas de Corín Tellado. Por primera vez me sentí como esas amazonas que ella tan bien describía: solo me faltaban los vaqueros ajustados.

Fui tuya no una, sino ¡dos, cuatro, siete veces! La verdad es que perdí la cuenta cuando dejó de importarme que mis papás o las monjas del colegio pudieran estarme viendo. Ese cosquilleo se convirtió en una retroexcavadora que revolvía mis entrañas, haciéndome querer más de ti.

Así hemos pasado nuestras noches. Hoy se cumplen exactamente tres meses, bendigo al cabrón de mi jefe por haberse robado mi proyecto. Bendigo mi pendejez, bendigo la lluvia, bendigo al avión que te trajo de la Madre Patria a mis brazos.

Gracias mi vida por existir, gracias por amarme tanto como te amo yo a ti.

Tuya por siempre,

Mariana.

EL CHOLILLO

Desde niño soñaba con ser piloto. Le encantaba ese aire de masculinidad que emanaban los grandes de la pista, esa actitud de mírenme qué chingón soy.

En su ciudad se realizaban domingo a domingo unas carreritas pedorras, pero para él (y el resto de los habitantes de Nueva Rosita) eran las 500 millas de Indianapolis. Se iba desde las ocho a la pista Hermanos Reyes para vivir lo más cerca posible eso que tanto lo apasionaba. Tomaba dos camiones, los choferes ya lo conocían y lo dejaban subir gratis a cambio de que les consiguiera autógrafos de los pilotos.

El corazón se le salía cuando el camión abandonaba la carretera y enfilaba hacia el Autódromo por un camino de terracería. ¡Ya casi llegamos! – gritaba emocionado, como si el chofer no lo supiera.

  • ¿Qué onda, cholillo? ¿Tan temprano y ya por acá? – lo saludaba Beto, el encargado de la taquilla, echándole el tufo en la cara.
  • ¿Qué onda mi Beto? -contestaba sin hacerle el feo.

El Cholillo, como lo conocían todos, era muy querido, ya que como decía su abuelita, sabía granjearse a la gente.

  • Pásale, ya te está esperando el Rulis para que barras las gradas
  • ¡Ya estás mi Beto, gracias!

Y con mucha enjundia comenzaba a trabajar desde temprano; apenas terminaba una tarea, corría con el Rulis para ver qué más se ofrecía.

Lo más emocionante era cuando le pedía que lavara los carros de carreras. Se sentaba al volante y recorría las mejores pistas del mundo, coronándose siempre campeón. Veía el orgullo y la felicidad en la cara de tolteca de su papá, quien finalmente se había convencido de que debía dejarlo realizar su sueño y hasta se había convertido en su entrenador; los otros pilotos levantándolo y paseándolo con su copa por toda la pista, el público gritando su nombre y pidiéndole autógrafos, las mujeres abalanzándose sobre él. Y aquí es cuando su sueño se desinflaba. Algo no estaba bien con esa película. A pesar de haber visto muchas veces en la vida real que todo piloto que se respetara debía de traer mínimo dos viejas gordibuenas, las mujeres no tenían cabida en su mundo.

¿Sería porque era apenas un niño de diez años? Mmmm… no, ya que cuando se hizo adolescente siguió sintiéndose igual respecto al sexo opuesto. Le exasperaban sus cambios repentinos de humor, sus síes disfrazados de noes, sus voces chillonas y estridentes, su falta de lealtad. A él lo que realmente le emocionaba era pensar en los pilotos. ¡No manches! Cerraba los ojos y los veía con sus trajes súper ajustados que no dejaban nada a la imaginación! Bueno, esos son los toreros, pero así los imaginaba el Cholillo, los vestía y los desvestía a su antojo.

Un día, el piloto más famoso de esa época, Santiago Corvera, lo descubrió viéndole el trasero.

  • Ora pinche Cholo, ¿qué te traes? ¿A poco eres puñal o por qué me ves las nalgas?
  • Nooooo, ¿cómo crees mi Santi? A mí lo que me gustan son las viejas, si te estaba viendo es porque con ese traje el que parece puñal eres tú.
  • ¡Jajajajaja, te la llevaste cabrón!

Lo bueno es que el tal Corvera se la creyó todita, tanto, que terminando la carrera lo invitó por fin a una de sus apoteósicas fiestas de la victoria.

Estaba seguro de que esa noche quedaría grabada en sus recuerdos como la peor de su vida. Santiago le endilgó a una de sus amiguitas, quien gustosa dijo que le quitaría lo cherry. ¿Qué no te das cuenta de que si quiero con alguien es contigo, pendejo? -le gritaba con los ojos al guapérrimo piloto.

Tomándolo de la mano, Zulema lo condujo a uno de los bungalows. Desde que vio que su atuendo coordinaba perfectamente y que traía las uñas más arregladas que ella, sospechó que se encontraba ante un caso de Homo Sexualis. Al escucharlo hablar, supo que había acertado, por lo que le ahorró el mal trago y le dijo que su secreto estaba a salvo con ella. Sacó un cigarro y lo invitó a encuerar a sus demonios.

El Cholillo suspiró aliviado. Nunca había tenido el valor de contar lo que sentía, pero con Zulema las palabras salían con facilidad de su escondite.

Esa noche se convirtieron en los mejores amigos, y semanas después, inventaron que eran novios.

Siendo Nueva Rosita una ciudad demasiado tradicionalista, eso era lo mejor que podían hacer. Santiago se convirtió en una especie de padrino y vio con buenos ojos su relación. Quería mucho a Zulema y le encantaba la idea de que dejara atrás esa vida licenciosa (como dirían las distinguidas damas de la vela perpetua). También sentía un cariño especial por el Cholillo, le inspiraba mucha ternura, así que se dedicó a entrenarlo pasándole todos sus secretos. Nadie se sorprendió cuando el joven piloto se coronó campeón estatal.

A partir de ese momento, el éxito fue su fiel compañero, carrera a la que entraba, carrera que ganaba. Sus papás también estaban muy contentos por su “noviazgo” con Zulema y esperaban ansiosos el molito. Él les callaba la boca con las carretadas de dinero que les mandaba.

Para ellos y para todo el mundo, Mauricio Zavala, alias el Cholillo, era el hombre más afortunado del planeta. Nada más alejado de la realidad. No soportaba el acoso de las muchachitas haciendo sus-bocas-de-pato mientras intentaban conquistarlo con sus chiquifaldas o de las mujeres ya más maduritas con sus escotes hasta el ombligo. ¡Por Dios, se les ve hasta el queque, me van a sacar los ojos con esas cosotas, qué asco!

Pa´acabarla, el ambiente no ayudaba en nada, los pilotos a todos tiros querían endilgarle alguna vieja, les valía madre que tuviera novia.

 Mi querido Mau, estás a punto del colapso, se dijo un día al verse en el espejo antes de una carrera y no reconocer su propia imagen. ¿Quién eres güey? ¿Cómo te metiste a mi vida? ¡Ya déjame en paz! Llorando, comenzó a dar de manotazos al espejo, lo que hizo que se arruinara su perfecto ‘maniquiur’ y terminó por desmoronarse. Si él fuera tan macho como todos pensaban que era, quebraría el pinche espejo de un puñetazo, pero ni eso podía hacer bien.

¡Ahhhhhh! ¡Ya no puedo máaaaaaaas! -gritó Mauricio y junto con él, gritó el niño de diez años que se emocionaba viéndole las nalgas a los pilotos.

Santiago lo encontró en el piso.

  • ¿Qué te pasa cabrón? ¿Estás bien?
  • No, no estoy bien! Mi vida es una farsa! Yo no quiero ser piloto!

Y abrazado a su padrino, el Cholillo confesó aquello que solo Zulema y él sabían.

  • ¿Y por qué te hiciste piloto pues, cabrón?
  • ¡Porque de chiquito me gustaban las carreras, pero cuando fui creciendo me di cuenta de que realmente lo que me fascinaba era estar rodeado de hombres! Pero ya estoy hasta la madre, ya no soporto mentir! Quiero ser yo… lo de Zulema son puras piñas, nos queremos mucho pero solo como amigos.

La cara de Santiago se fue transformando mas no por oír lo que el Cholillo le decía, sino porque toda la escudería había escuchado la confesión.

Antes de que pudiera decirles algo, el más chaparrito del grupo dio un paso al frente y dijo:

  • ¡Cuéntanos algo que no sepamos!
  • Ah cabrón, ¿cómo que ya sabían?
  • Pues claro, se te nota mi rey!!! Pero no te apures, no eres el único, mira, aquí el Gustavo, el Mike y el Tomás también son del club de los muerde-almohadas
  • Eh eh, ni máis, yo soy sopla-nucas dijeron los tres al mismo tiempo, lo que hizo que todos soltaran la carcajada y le hicieran bolita al buen Mau.

Bueno, ya, ya, que esto no es Mujer Casos de la Vida Real y tenemos una carrera por ganar. ¡Vámonos! -dijo Santiago, emocionado por la gran muestra de madurez que esos jovencitos habían dado.

¿Y LA LIMONADA APÁ?

El día de ayer tenía los mismos planes que había tenido los últimos sábados y domingos, levantarme, dar de comer a los perros, tomar mis suplementos y la proteína, y sentarme a dos ignacias a sacar dos de mis más grandes pendientes: las millas que recorrí el año pasado (para la declaración de impuestos) y la revisión de Mamá con Soda.

¿Revisión? ¿Cómo para qué o qué? Pues porque después de varios meses en un taller de narrativa con el gran Kato Gutiérrez (un regio que hace honor a su gentilicio), me di cuenta de lo que es literatura en verdad. Y con esto no estoy satanizando a mi primer bebé literario, si lo escribí y publiqué fue simplemente porque sentí el impulso de hacerlo, mas nunca pensando que ganaría el Premio Nobel con él.

Así que un buen día me animé a contratar sus servicios de tallereo (corrección de estilo), y ahora tengo una descomunal tarea frente a mí.

Hace ya casi un mes que me envió el primer paquete con sus observaciones, y todavía es hora de que no me siento a trabajar en ellas.

Y bueno, ayer que no sé por qué fregados decidí ponerme a lavar ropa y lavar platos en lugar de hacer lo que había dicho, de repente me cayó el veinte al sentirme súper culpable por postergar -una vez más- mis pendientes. Y me di cuenta de que estaba haciendo las cosas no solo con desgano sino así como “¡chin, otro fin de semana desaprovechado!”.

Ese descubrimiento no me gustó en lo absoluto, ya que me pude percatar de que NO ESTABA EN EL AQUÍ Y EN EL AHORA y eso me producía una especie de ansiedad.

¡Ah cabrón! ¡Y yo que juro que cuando la vida me da limones hago limonada! ¡Nombre… nada más alejado de la realidad!

Y me di cuenta de que eso me pasa en muchas otras ocasiones, así que ahí les va una lista de las que me acuerdo:

Cuando estoy apurada y alguien me intercepta para contarme algo y yo me frustro, NO HAGO LIMONADA.

Cuando veo el polvo en mis muebles y quiero huir a Las Malvinas porque no tengo ayudante, NO HAGO LIMONADA.

Cuando alguna amiga quiere desahogarse diciendo únicamente cosas negativas y yo me desespero, NO HAGO LIMONADA.

Cuando un cliente potencial me dice que no y yo me agüito, NO HAGO LIMONADA.

Cuando estoy platicando con alguien que no me deja emitir palabra y me empiezo a traumar porque no puedo hablar de lo que A MÍ me sucedió o de cómo YO lo resolvería, en lugar de simplemente escuchar, NO HAGO LIMONADA.

¡Ups!

Confieso que al principio me desinfló un poco el hecho de ver de frente a mi lado oscuro, pero sé que estaría peor si nunca lo hubiera descubierto.

En fin, espero ser la única en el mundo a la que le pase eso, pero por si las dudas, los invito a pensar qué están haciendo con sus limones.

¡Abursito!

TORIBIA LA TORONJA

Laura Jurado 2021

Desperté con los rayos del sol. Mi primo el viento me mece suavemente haciendo que mi cuerpecito roce las hojas amorosas de mi padre/madre.  No soy más grande que una pelota de golf, pero ninguna de mis hermanas lo es, así que eso no me quita el sueño.

Tengo hambre, tan solo con pensarlo, mi papá/mamá abre una válvula ubicada en la ramita que me sostiene y me alimenta con la cantidad correcta de nutrientes.

Volteo para abajo… ¡qué hermoso se ve todo desde aquí! Mis hermanitas comienzan a despertar, y con la ayuda de nuestro primo, nos ponemos a jugar a ver quién alcanza el tronco. ¡Tramposas! ¿Pues cómo lo voy a alcanzar si me tocó estar casi en la orilla? Pero no importa, las risas de mis hermanas y las porras de los pajaritos que parecen llegar de todos lados, hacen que pronto me olvide de ese impedimento.

Veo a lo lejos cómo la casa comienza a llenarse de vida. Estefanía abre las ventanas de par en par y hasta acá escucho que comienza a cantarle a Juan y a Lucía:

Buenos días mis amigos

Otro día llegó ya

Que gocéis el día entero

Paz y felicidad

Ese sol de mediodía

Nos invita a trabajar

Él nos brinda su alegría

Y nos hará triunfar… y con esta última estrofa la veo que se dirige hacia la puerta, desesperada porque no logra despertarlos pero la vocecita de Lucía la hace regresar: tururururu. Escucho las risas de los tres, y mis hermanas y yo soltamos la carcajada junto con ellos.

¡Ay cómo me gusta ese ritual de mi querida familia!

Don Carlos, el papá de Estefanía, ya ordeñó las vacas y está terminando de recoger los huevos. Al escuchar las risas de los niños y de su hija, se descuida, y Camelia, la gallinita pinta sale corriendo, trepa por el tronco de papá/mamá y se desplaza por la rama que me sostiene.

  • ¡Hola Toribia! ¡Hola niñas! -saluda con esa voz estridente que tanto enerva a las otras gallinas.
  • ¡Hola Camelia!!!! -contestamos todas al unísono.

Yo me siento la toronja más importante del mundo por contar con su amistad. Camelia es mi confidente, y aunque tenemos poco de conocernos, nos une un cariño muy especial.

Camelia está hoy más feliz que de costumbre. Me cuenta que ayer llevaron a un nuevo gallo porque el pobre de don Polito ya estaba más pa´llá que pa´cá.

  • ¿Y qué tal? ¿Ya te pisó?
  • ¡Ya!!!!!! ¡No sabes… entró al gallinero cerrándole el ojo a todas, pero en cuanto me vio, se olvidó de las demás y se puso a hacerme el amor con tanta delicadeza y tanta calma que casi me desmayo de la emoción, y entre pisada y pisada se puso a contarme su vida… Me platicó que por su fama de galán, ninguna gallina lo ha querido tomar en serio y la verdad es que él se siente usado. Hubo un momento en que percibí un dejo de tristeza en su voz, así que abrí mis alas y lo abracé lo más fuerte que pude.
  • ¡Ay Camelia, qué emoción!
  • ¡Sí Toribia, estoy enamorada! -y diciendo esto levantó las patitas y se fue de espaldas hasta el suelo.
  • ¡Camelia! ¡Camelia! ¡Auxilio! ¡Alguien que venga a levantarla! -gritábamos mis hermanas y yo desaforadas.

Romualdo, el gallo nuevo, escupió la lombriz que apenas comenzaba a engullir y salió corriendo para dar  respiración de pico a pico a su amada.

Camelia no parecía reaccionar. Desesperado, Romualdo salió corriendo a buscar a don Carlos. Camelia abrió los ojos solo para hacerme un guiño. Entendí perfectamente lo que me quería decir.

¡Romualdo! ¡Romualdo! Me parece que necesita más respiración de pico a pico!!!

El apuesto gallo regresó y la tomó con delicadeza entre sus plumas. ¡Despierta por favor, quiero que seas la mamá de mis pollitos!

Don Carlos, que había llegado a ver por qué tanta trifulca, le dijo:

  • ¡No sea mamón, bastante pagué por usted como para que sea crea galán de telenovela! ¡Ámonos… a jalar! -y diciendo esto último, le dio un patadón que lo aventó hasta el gallinero.

Camelia no podía creer lo que escuchaba. ¿Don Carlos diciendo eso? ¡Pero si es un alma de Dios!

Se sentía mareada… a lo lejos escuchó su nombre. Abrió los ojos y lo primero que vio fueron los ojazos de Romualdo.

– ¡Camelia mi amor, gracias a Dios estás bien!

ROGER

Laura Jurado 2021

Las palabras del médico retumbaban en su cabeza: Su esposa tiene una mancha en el pulmón, tenemos que hacer una serie de pruebas para poder darle un diagnóstico.

  • ¿Qué? ¿Mi esposa? ¿Pero por qué? ¡Apenas tenemos cuatro meses de casados! ¿Está seguro doctor?
  • Cálmese Rogelio y escuche lo que le estoy diciendo.
  • Pues lo estoy escuchando, pero el que no parece comprender es usted. ¡Tenemos tantos planes! ¡Usted no me puede estar diciendo esto!

El doctor Piña movió la cabeza de un lado a otro tratando de entender la desesperación del joven cantante.

-Ahorita lo único que podemos hacer es esperar. Me dijeron que usted dará un concierto mañana por la noche, ¿es así?

– Sí.

– Pues váyase a su concierto, disfrútelo y el lunes temprano ingresamos a su esposa para hacerle los estudios.

Rogelio salió del consultorio sintiéndose como personaje de caricatura, de esos que traen un yunque amarrado al corazón.

Arrastrando los pies se dirigió hacia el estacionamiento de la planta baja donde lo esperaba Colette, su asistente, al volante de un precioso Audi. Había rentado ese auto para impresionarla y así ganar puntos para llevársela a la cama.

Ahora esa idea le parecía ridícula, ¿qué fregados andaba haciendo, conquistando jovencitas cuando tenía al amor de su vida en casa?

-Sí que la has regado -se dijo, sintiendo cómo las lágrimas le quemaban las mejillas.

– ¿Estás bien Roger?

La voz ronca de su asistente lo irritó aún más. Le hizo una seña de que no quería hablar y cerró los ojos.

Esa noche volvió a enamorarse de su esposa. Hicieron el amor no sé cuántas veces. Ninguno de los dos tocó el tema, pero ambos sabían que podían estar a punto de perderlo todo.

RAMIRO

Laura Jurado 2021

Ramiro caminó de prisa por el estacionamiento. Su compañero de aventuras, un BMW plateado que le habían dado sus padres como regalo de graduación – lo esperaba ansioso para llevarlo a la cita más importante de su vida.

Su mente repasó lo que acababa de suceder, y soltó una carcajada al caerle el veinte de que todos esos años de sometimiento por fin quedaban atrás.

  • ¿Qué chingados me estás diciendo Ramiro? – ¿Cómo que quieres terminar la relación?

Las palabras de Ana Cecilia se escuchaban ahora tan lejanas… la verdad nunca pensó que tendría los tamaños para poner fin a un proyecto que solo a ella le emocionaba.

Y es que aquello que comenzó como un bello noviazgo se complicó demasiado al aceptar trabajar para ella. Ana Cecilia dejó de ser aquella persona divertida de quien se había enamorado perdidamente en la universidad. Hasta su cuerpo había cambiado, quien fuera la chica más bella del estudiantado ya no caminaba erguida, ya no sonreía…

Pero bueno, eso gracias a Dios ahora quedaba atrás… Ramiro suspiró aliviado al darse cuenta de que ahora era él quien decidiría su futuro. Un futuro sin Ana Cecilia.

Estacionó su carro junto al de Rocío, y por bajarse corriendo, por poco pisa al gato de Cristina, la hija de la portera. Saludó a don José, que como todas las noches ofrecía sueños disfrazados de cachitos de lotería. Sintiéndose el hombre más afortunado del mundo por haber vencido a sus demonios, le compró no uno, ni dos, sino todos los que quedaban, y con una gran sonrisa, se los regaló a Cristina. Esta no supo qué decir, y antes de que su mamá la obligara a devolvérselos, ya Ramiro había entrado al edificio y subía la escalera de dos en dos.

Cuando estuvo frente a la puerta de Rocío, comenzó a repasar lo que tantas veces había imaginado que le diría.

Su corazón latía a mil por hora. No sabía por dónde empezar… el recuerdo de aquella noche en casa de sus papás le quemaba la sangre… Aún podía verla… cerró los ojos y se transportó a ese mágico momento. Su amiga de toda la vida lo había invitado para enseñarle su nuevo telescopio, o por lo menos eso le había dicho, pero la actitud de Rocío dejaba ver que había algo más.

Tomándolo de la mano, lo condujo por la escalera de servicio hasta la azotea. Le había vendado los ojos. Ramiro, emocionado y confundido, se dejaba llevar. ¿Estoy alucinando o la chaparrita me anda tirando los perros? Nooo, no creo. Además ya sabe que yo ando con Ana Cecilia… bueno, pero… ¿y si sí? Ay güey! La idea de echarse una canita al aire con Rocío no le disgustó en lo absoluto.

Tenían años de conocerse y de contarse todo.

Y llegaron a la azotea. Rocío le pidió que se agachara para quitarle la venda de los ojos. Así lo hizo y Ramiro pudo percibir su perfume. No mames… pinche chaparra, hueles a pecado, güey!!! Ese pensamiento fue cobrando fuerza cuando vio lo que le esperaba: una mesa adornada como de revista, dos sillas, queso, pan y vino.

Quiso preguntarle qué rollo con eso, pero la veía tan emocionada que no dijo nada.

  • De seguro que has de estar pensando que estoy loca, ¿verdad? Pero no digas nada y solo déjate llevar, pues necesité muchos huevos para hacer esto.

Y diciendo lo anterior, se pegó a su cuerpo y comenzó a moverse al compás de una romántica canción de Michael Bublé.

¡NO MA-MES! Ahora sí se destrampó la chapis… Ah cabrón, qué rico se siente abrazar a esta güey. Y qué bien huele… mmmh!

Y valiéndole madre Ana Cecilia, buscó sus labios. Rocío respondió a ese beso con todo su ser… ¡Nunca la habían besado así!

No hablaron ni una palabra, pero la comunión que se había dado entre ellos los alimentaba.

Esa noche se despidieron soñando con repetir ese mágico momento.

Al día siguiente, Ramiro estaba entre emocionado por lo que había pasado con la Chaparra y arrepentido por haber traicionado a su prometida.

Sin embargo, antes de que tomara alguna decisión, se enteró de que la muy cobarde se había ido sin decir nada a nadie, y por más que él insistió, ella nunca contestó a sus mensajes.

Pasó casi un año.

Un buen día, Ramiro se enteró de que ya había regresado. ¡No lo podía creer! Esta vez  no la iba a dejar escapar, pero antes debía finiquitar aquella relación que lo ahogaba.

En eso, la voz de Rocío lo sacó de sus recuerdos: ¡Voy!