¡Estamos de regreso / Susy y Pachita!

¡Hola, hola!

Híjole, ¡hacía tanto que no escribía para el blog que me emociona el volver a hacerlo!

¿Qué fue lo que pasó? ¿Por qué lo dejé?  Pues porque unos rusos hackearon el sitio, y como yo andaba tan ocupada con el trabajo, no le di la importancia que debía. Y para acabarla de amolar, se me olvidó renovar el dominio (elblogdelaurajurado.com) y lo perdí.

Por fortuna, casi dos años después, el genio que me ayuda con todo lo técnico me sugirió que comprara otro dominio (elblogdelaurajurado.net), así que ya me recuperó todos los archivos y los pasó al sitio nuevo.

Y bueno, han pasado muchas cosas desde la última publicación, pero una de las más emocionantes es ¡el lanzamiento de mi tercer libro!

¡Así es, el mes pasado, mi cuento ilustrado “Susy y Pachita”, salió a la venta!

En este libro abordo el tema del bullying, y muestro cómo la crítica puede hacer mella en la autoestima de una persona, y también ofrezco una manera de hacerle frente a esto.

¿Cómo surgió la idea?

Todo empezó hace unos cinco o seis años, cuando una hermosa persona -Ale Treviño, con quien hice clic desde el momento en que la conocí- me invitó a unirme a su grupo de meditación los domingos a mediodía. En este, Ale siempre empezaba pidiéndonos que bajáramos un rayo de luz por nuestra columna vertebral, por las piernas, por los pies, y que de ahí siguiéramos bajando el rayo a través de unas raíces que salían de estos, hasta llegar a encontrarnos con la Madre Tierra, y que ella nos devolvería un rayo rojo. Regresábamos a nuestro corazón, donde poníamos ese rayo rojo, para de inmediato subir nuestra energía por la coronilla y llegar hasta el Creador de Todo lo que Es, recibir un rayo azul y ponerlo también en el corazón. Una vez teniendo estos dos rayos, un tercero brotaría de nuestro corazón, un hermoso rayo dorado, que, junto con los otros dos, formaría la llama trina.

Bueno, pues cada vez que hacíamos ese ejercicio yo me imaginaba a mi Gunita (mi niña interior) deslizándose por las raíces como por una resbaladilla, y en el fondo de la Tierra se encontraba con la Pachamama. Esta la recibía emocionada, la cargaba y ambas daban vueltas y vueltas, felices de verse de nuevo. Lo mismo con el Creador de todo lo que es, mi Gunita hacía todo eso. Como era una sensación muy bonita, yo quería que todo mundo lo practicara, pero no sabía por dónde empezar.

Hasta que una vez me encontré a una persona a la que quiero y que sé que me quiere, pero que me provocaba una tremenda inseguridad. ¿Por qué? Porque sabía que me iba a decir algo de mi peinado, de mi ropa, de mi cutis, etc. Y no es que sea una mala persona, todo lo contrario. Sé que lo hacía por ayudarme a que me viera mejor, pero sí me estresaba si un día me la topaba en la calle y yo no andaba arreglada. Un día entré a la recámara de mi hija, entonces como de veintitrés años. No dije ni una palabra, ella no me dio oportunidad, pues apenas me vio, me dijo en un tono agresivo: “¿Qué?”.

Yo creo que mi hija es bruja, porque por supuesto que ya iba a decirle algo sobre su vestimenta, maquillaje o algo por el estilo. En ese momento me cayó el veinte y me di cuenta de que me estaba convirtiendo en esa persona, por lo que sonreí y le dije: “Nada, que qué bonita te ves…” Una sonrisa en su rostro disipó toda agresividad, y muy contenta, me dijo: “¡Gracias!”.

Wow! Me felicité por darme cuenta a tiempo de lo que había estado haciendo con la auto estima de mi hija, y dije: Ya tengo una historia para unir al ejercicio de la meditación.

Y me puse a escribir. Originalmente, el libro iba a ser para adultos, pues ni modo que a un niño le dijera que bajara a su niño interior por las raíces… (en todo caso, sería su bebé interior y eso estaría demasiado loco). Pero bueno, los adultos no son los únicos con problemas de autoestima, ¿verdad? Entonces se me ocurrió que el personaje central fuera una niña, y así, en medio de la fantasía, todo mundo podría hacer el ejercicio y beneficiarse de él. No podía dejar fuera la fuerza que nos dan los ancestros ni lo maravilloso que sería nuestra vida si nos viéramos de la forma en que Dios nos ve, por lo que los añadí a la historia.

Y así fue quedando la historia. Ya solo me faltaban las ilustraciones. Intenté hacerlas yo misma con Leonardo, una inteligencia artificial, pero el resultado fue desastroso, y como no tenía tiempo de hacer una descripción ultra detallada de cada dibujo para que el buen Leo hiciera su trabajo, me avoqué a buscar quién lo hiciera.

Platicando con mis cuñados, me dijeron que por qué no se lo pedía a un sobrino político… ¡y en eso me acordé que el hijo de mi hermano el mayor también dibujaba hermoso!

El resultado fue espectacular. Las ilustraciones de mi sobrino Iván Jurado (@okumist.art) expresan a la perfección lo que quise decir en el cuento.

Luego eché mano de otra sobrina (Patita Payán) para que me lo tradujera al inglés, pues para eso se pinta sola, por lo que a Susy y Pachita la pueden leer tanto gringos como hispano-parlantes.

A la fecha (mediados de junio de 2026) He tenido dos presentaciones en Ciudad Juárez, una en la Feria del Libro de la Frontera y otra en el Festival del Libro y las Artes, gracias a la editorial El Nido del Fénix. Ahí tuve el gusto de conocer a Juana María Alarcón, quien me hizo el favor de comentar el libro en la primera de ellas y de fungir como maestra de ceremonias. La persona que lo comentó en esta segunda feria, fue mi amiga de la infancia, Verónica Avitia Legarda.

¿Qué les puedo decir? Estoy muy agradecida con todas las personas que de una manera u otra me han acompañado en este sueño: mi marido, mis hijos, la novia de mi hijo, mi sobrino Iván, Horacio Saavedra -el editor-, Juana María, Lorena García Terrazas, Verónica, Juan José Monarrez, Piva Martínez, Pedro Aguilera, Rigo Chávez, Rita Magallanes, Susy Cats, Esteban, Abrilita, Susana Liévano y su hermana Boli, Margó Herrera, Marcela y Carmen Aguayo, Miriam Carrillo, mis sobrinas Patita y Paulina Payán, Mayra Ropele, Yolanda Miranda, y creo que son todos, espero que no me falte nadie.

Estoy a la espera de cuadrar otra presentación, ahora en la ciudad de Chihuahua, y mi tirada es también presentarlo en El Paso.

En fin, comparto con ustedes mi alegría y les comento que pueden adquirir el libro (tapa dura, tapa blanda, inglés, español) en Amazon (aquí también en versión digital), Barnes and Noble, Walmart, y no sé qué mercados más, además de directamente conmigo.

Y bueno, también quiero pedirles de favor que por favor escriban su reseña en Amazon. Eso me ayudaría muchísimo, ya que así Susy y Pachita adquieren más visibilidad, y lo que yo quiero es que más gente refuerce su auto estima, y que más gente tenga cuidado en cómo le habla a los demás, pero también, a ella misma.

Y como decía mi papá: ¡hasta las próximas piscas!

P.D. Vida, ¡más de esto por favor!

DÍA DE LA INDEPENDENCIA

Caminaba con pasos cortos pero rápidos. Nunca entendió por qué, siendo tan alta, no podía alcanzar a Jacinto, el hombrón de piernas kilométricas que conoció en la Feria de Santa Rita. No sabe qué le molestaba más, su propia imposibilidad física o la imposibilidad emocional de él, ¡pues ni que fueran árabes para que ella tuviera que caminar detrás de él, chingado!

Pero bueno, eso ya había quedado en el pasado. Ahora, por primera vez en quince años, no dependía de un hombre. Ni para que la mantuviera, ni para que se la cogiera… ¡Uta! Si Rosenda leyera esto, tiraría mi máquina de escribir. – ¿Cómo que ni para que se la cogiera? ¿Por qué tiene el que ser el hombre el que coja? ¡Me le corriges de inmediato ahí o dejas de contar mi historia, chingada madre!

Bueno, bueno, Rosenda, disculpa. Va de nuez: “Ahora, por primera vez en quince años, no dependía de un hombre. Ni para que la mantuviera, ni para que se LO cogiera”. ¿Ya? ¿Contenta? ¿Puedo proseguir?

Muy bien. Continuamos. Les decía que no dependía de un hombre. Y eso la hacía sentirse muy bien. No porque no extrañara la compañía masculina, no. Se sentía bien porque por fin, a sus sesenta y cuatro años, se había enamorado.

La conocía de toda la vida, pero nunca se fijó en ella. Bueno, sí se fijaba, pero solo en sus defectos. ¿Por qué no puedes tener el cabello como el de tu prima? ¿Qué tienes que hacer para que se te quite la celulitis? ¿Y esa pancita? ¿Y las nachas, en qué pantalón se te quedaron? ¡Uta, se la surtía cada vez que la veía! Y ella aguantaba. Y aguantaba. Y aguantaba. Hasta que dejó de hacerlo. Y enfermó.

Al principio, Rosenda no le dio importancia. Un día, una de sus compañeras del grupo de tejido, le dijo que ella estaba así POR SU CULPA. Por lo mal que siempre la había tratado.

– ¿Yo? ¡Eso no es cierto! Lo que pasa es que hay ‘andancia’. O fue la comida de la calle. O la pandemia. ¡O algo, pero no, yo no tengo nada que ver! -respondió jalando del estambre con la misma fuerza con la que quería jalar las greñas de su compañera metiche. Ya sabía que eso era imposible, primero, porque ambas eran ya dos respetables adultas mayores. Y segundo, porque los últimos pelitos de su compañera habían encontrado el eterno descanso en el cepillo.

– Yo sé lo que te digo, Rosenda. Hazme caso. Pon atención a tus palabras.

Habían pasado ya varios días desde la plática con la pelona. Una noche, Rosenda recordó esa conversación. Y pensó en todo ese tiempo que ella había aguantado sus desplantes. Y entendió que debía corresponder a tanto amor. Comenzó a verla con compasión. Le pidió perdón por agredirla. Le pidió perdón por ignorarla. ¿Que tenía ciertos atributos físicos que no eran muy de su agrado? ¡Qué importa si tenía muchos otros que le fascinaban! Pero, sobre todo, ¡qué importa, si eso era solo el estuche que guardaba la más bella perla!

Fue entonces que la vio, que realmente la vio. Y se preguntó cómo sería cortejarla. Y fue 4 de julio en su pecho.

Han pasado años de esa revelación.

Y cada vez que se ve al espejo y se grita ‘te amo’, vuelve a ser 4 de julio.

LEYENDO LAS SEÑALES

Hace rato que me estaba arreglando, no sé cómo moví la cabeza que me quedó un peinado muy estilero, con la partidura de lado, pero un poquito por debajo de lo normal (no exactamente como se ve en la foto, ¿eh?), lo que hacía que el resto del cabello cayera muy padre. Eso me recordó la foto de unas modelos archiguapas con la que había forrado uno de mis cuadernos cuando estaba en el Tec. Mi hermana Patricia solía regalarnos las revistas gringas (Seventeen y otras más) que iba leyendo, y yo me daba vuelo recortando lo que me gustaba. Esta foto era de dos chavas vestidas padrísimo, con colores fuertes (creo que rojo, azul y gris), y justamente estaban peinadas así. Recuerdo que cuando forré mi cuaderno se lo mostré a mi amigo Campe Campe, fascinada por la belleza de todo el conjunto. Su respuesta aún resuena en mi cabeza: “Ahí estás tú, eres igualita a ellas”. Más acomplejada que acomplejadoman (diríaThali), obviamente no le creí, pero ahora, cuarenta años y algunos talleres después, entiendo que cuando admiramos algo de los demás, es porque esa o esas cualidades se encuentran ya en nosotros, y que muchas veces solo están esperando su momento para salir a la superficie. Y no es que me crea modelo, pero sí sé que con la ropa, peinado y maquillaje adecuados, cualquier se ve como tal!

Así que haré una lista de las personas que admiro y de sus cualidades (por lo menos, las que más me llaman la atención). Eso me ayudará a conocer quién soy realmente.

Y ustedes, ¿se han puesto a pensar en eso? Cuéntenme a quién admiran y por qué, y díganme si les caen algunos veintes con esta reflexión.

¡TAN GÜENO QU´ERA!

¿Han visto cómo de repente un pensamiento te lleva a otro y a otro y a otro? Pues así me sucedió el otro día cuando me puse a pensar en el funeral de la mamá de una amiga. Yo no estuve ahí, pero fácilmente pude imaginar los abrazos, las lágrimas, las palabras de consuelo, los recuerdos bonitos y hasta divertidos que diferentes personas tendrían de la buena señora.

Y entonces pensé: bueno, ¿y por qué nos esperamos a que alguien muera para decir cosas positivas de él o de ella?

¿Y si instituyéramos que en los cumpleaños realmente nos volcáramos a celebrar la vida del festejado y a hacerlo sentir especial? ¡Imagínense qué bonito sería! Digo, no tenemos que olvidarnos del “Felicidades/Que tu día esté lleno de muchas sorpresas/Te mando un abrazote/Come mucho pastel…”, simplemente lo vamos a complementar con lo que diríamos en su funeral, ya que en estos generalmente se nos olvidan los defectos del difuntito.

Pues con eso de que estamos en una era de materialización gracias al prana que fluye ahora más que nunca, hace tres jueves tuve la oportunidad de presenciar mi idea hecha realidad. ¿Cómo? En el festejo de cumple de mi querido doctor Carlos Mendoza, un extraordinario médico que de la Oncología se pasó a la Acupuntura y a la Psicoterapia Gestalt. Con ello y con meditación, ha logrado mejores y más rápidos resultados para sus pacientes. Y algunos suertudotes tenemos la dicha de reunirnos con él una vez por semana para sanar, para aprender, para abrir los ojos del alma.

Me pudo encantar cómo en el festejo, uno a uno fuimos diciéndole lo que él y/o sus terapias significaban para nosotros. Hubo lágrimas, risas, abrazos, chistoretes, pero, sobre todo, mucho amor volcado hacia esa gran persona.

Yo le repetí lo que en alguna ocasión le había dicho: que me sentía muy afortunada por contar con su guía, especialmente en estos tiempos apocalípticos, que una imagen que tenía muy clara era de la Tierra vista desde el espacio, y luego un acercamiento a nosotros, su pequeño grupo reunido alrededor del Maestro, absorbiendo todo ese conocimiento e intentando entender la locura que ahora vive la humanidad. También le dije que sentía como si él fuera Sócrates y nosotros sus discípulos; le conté de la idea que había estado revoloteando en mi mente y que ahora, gracias a él, a lo que inspira, se hacía realidad.

Varios de mis compañeros le dijeron que lo veían como a un padre, que era un ángel, un hermoso ser de luz, que estaban eternamente agradecidos por su presencia en sus vidas.

El doc no cabía en sí de la emoción. Su siempre amplia sonrisa se hizo aún más grande y se quedó así por mucho tiempo. Las comisuras de sus labios eran misteriosamente jaladas por unos hilos… sí, unos hilos dorados, bañados de amor, con los que él pacientemente fue tejiendo las historias de sanación de cada uno de nosotros.

Fue realmente hermoso. Y me di cuenta de lo afortunada que soy, ya que cuento con los mejores maestros: los martes tengo la dicha de participar en el taller de narrativa del célebre novelista regio Kato Gutiérrez. ¿Han leído su blog o sus libros? ¿Han escuchado su podcast? ¡Uf! Precisamente el día que comencé a escribir esto, terminé Cuatro Segundos… ¡qué creatividad, qué manera de entrelazar historias y de salpicarlas con su bella prosa! ¡Aplausos, mi estimado Kato, en verdad que los martes son los nuevos viernes para mí, gracias por eso!

Los miércoles los estoy llenando de música, mi esposo y yo tenemos tres semanas de haber comenzado a tomar clases de canto con el extraordinario José Sandoval, quien tiene una carrera impresionante en el mundo de la música, tanto en México como en Estados Unidos. En este país, acompañó ni más ni menos que a Frank Sinatra (no es la primera vez que tomo clases de canto, desde hace varios años quise aprender, mi maestro era un joven y talentoso músico, pero se me atravesó la bronquitis y tuve que dejar las clases. Luego, hace como uno o dos años, intenté con otra excelente maestra, sin embargo, a pesar de que ella tenía muy buen método y de que es una hermosísima persona, nunca pude vencer la vergüenza de realmente soltar la voz).

Algunos domingos medito con un selecto grupo de mujeres, dirigidas por mi querida canalizadora Alexandra Treviño, a quien el destino puso frente a mí cuando entré a trabajar en los seguros. Con gran firmeza, pero a la vez con dulzura, nos lleva a enfrentar nuestros demonios.  Y ni qué decir de las asistentes, especialmente de la hermosa Claudia Delgado, ella invariablemente recibe mensajes para todas las que estemos ahí.

¿Así o más privilegiada?

Por eso, con más ganas vuelvo a mi propuesta para los cumples. Cambiemos la tan socorrida frase de funeral “tan güeno qu´era” por “tan güeno qu´eres”.

Estoy segura de que sería un regalazo para nuestra autoestima, ya que todos tenemos cosas buenas, solo necesitamos unos de otros para recordarlas.

¿Qué dicen? ¿Les late? Arre pues.