DÍA DE LA INDEPENDENCIA

Caminaba con pasos cortos pero rápidos. Nunca entendió por qué, siendo tan alta, no podía alcanzar a Jacinto, el hombrón de piernas kilométricas que conoció en la Feria de Santa Rita. No sabe qué le molestaba más, su propia imposibilidad física o la imposibilidad emocional de él, ¡pues ni que fueran árabes para que ella tuviera que caminar detrás de él, chingado!

Pero bueno, eso ya había quedado en el pasado. Ahora, por primera vez en quince años, no dependía de un hombre. Ni para que la mantuviera, ni para que se la cogiera… ¡Uta! Si Rosenda leyera esto, tiraría mi máquina de escribir. – ¿Cómo que ni para que se la cogiera? ¿Por qué tiene el que ser el hombre el que coja? ¡Me le corriges de inmediato ahí o dejas de contar mi historia, chingada madre!

Bueno, bueno, Rosenda, disculpa. Va de nuez: “Ahora, por primera vez en quince años, no dependía de un hombre. Ni para que la mantuviera, ni para que se LO cogiera”. ¿Ya? ¿Contenta? ¿Puedo proseguir?

Muy bien. Continuamos. Les decía que no dependía de un hombre. Y eso la hacía sentirse muy bien. No porque no extrañara la compañía masculina, no. Se sentía bien porque por fin, a sus sesenta y cuatro años, se había enamorado.

La conocía de toda la vida, pero nunca se fijó en ella. Bueno, sí se fijaba, pero solo en sus defectos. ¿Por qué no puedes tener el cabello como el de tu prima? ¿Qué tienes que hacer para que se te quite la celulitis? ¿Y esa pancita? ¿Y las nachas, en qué pantalón se te quedaron? ¡Uta, se la surtía cada vez que la veía! Y ella aguantaba. Y aguantaba. Y aguantaba. Hasta que dejó de hacerlo. Y enfermó.

Al principio, Rosenda no le dio importancia. Un día, una de sus compañeras del grupo de tejido, le dijo que ella estaba así POR SU CULPA. Por lo mal que siempre la había tratado.

– ¿Yo? ¡Eso no es cierto! Lo que pasa es que hay ‘andancia’. O fue la comida de la calle. O la pandemia. ¡O algo, pero no, yo no tengo nada que ver! -respondió jalando del estambre con la misma fuerza con la que quería jalar las greñas de su compañera metiche. Ya sabía que eso era imposible, primero, porque ambas eran ya dos respetables adultas mayores. Y segundo, porque los últimos pelitos de su compañera habían encontrado el eterno descanso en el cepillo.

– Yo sé lo que te digo, Rosenda. Hazme caso. Pon atención a tus palabras.

Habían pasado ya varios días desde la plática con la pelona. Una noche, Rosenda recordó esa conversación. Y pensó en todo ese tiempo que ella había aguantado sus desplantes. Y entendió que debía corresponder a tanto amor. Comenzó a verla con compasión. Le pidió perdón por agredirla. Le pidió perdón por ignorarla. ¿Que tenía ciertos atributos físicos que no eran muy de su agrado? ¡Qué importa si tenía muchos otros que le fascinaban! Pero, sobre todo, ¡qué importa, si eso era solo el estuche que guardaba la más bella perla!

Fue entonces que la vio, que realmente la vio. Y se preguntó cómo sería cortejarla. Y fue 4 de julio en su pecho.

Han pasado años de esa revelación.

Y cada vez que se ve al espejo y se grita ‘te amo’, vuelve a ser 4 de julio.

LEYENDO LAS SEÑALES

Hace rato que me estaba arreglando, no sé cómo moví la cabeza que me quedó un peinado muy estilero, con la partidura de lado, pero un poquito por debajo de lo normal (no exactamente como se ve en la foto, ¿eh?), lo que hacía que el resto del cabello cayera muy padre. Eso me recordó la foto de unas modelos archiguapas con la que había forrado uno de mis cuadernos cuando estaba en el Tec. Mi hermana Patricia solía regalarnos las revistas gringas (Seventeen y otras más) que iba leyendo, y yo me daba vuelo recortando lo que me gustaba. Esta foto era de dos chavas vestidas padrísimo, con colores fuertes (creo que rojo, azul y gris), y justamente estaban peinadas así. Recuerdo que cuando forré mi cuaderno se lo mostré a mi amigo Campe Campe, fascinada por la belleza de todo el conjunto. Su respuesta aún resuena en mi cabeza: “Ahí estás tú, eres igualita a ellas”. Más acomplejada que acomplejadoman (diríaThali), obviamente no le creí, pero ahora, cuarenta años y algunos talleres después, entiendo que cuando admiramos algo de los demás, es porque esa o esas cualidades se encuentran ya en nosotros, y que muchas veces solo están esperando su momento para salir a la superficie. Y no es que me crea modelo, pero sí sé que con la ropa, peinado y maquillaje adecuados, cualquier se ve como tal!

Así que haré una lista de las personas que admiro y de sus cualidades (por lo menos, las que más me llaman la atención). Eso me ayudará a conocer quién soy realmente.

Y ustedes, ¿se han puesto a pensar en eso? Cuéntenme a quién admiran y por qué, y díganme si les caen algunos veintes con esta reflexión.

¡TAN GÜENO QU´ERA!

¿Han visto cómo de repente un pensamiento te lleva a otro y a otro y a otro? Pues así me sucedió el otro día cuando me puse a pensar en el funeral de la mamá de una amiga. Yo no estuve ahí, pero fácilmente pude imaginar los abrazos, las lágrimas, las palabras de consuelo, los recuerdos bonitos y hasta divertidos que diferentes personas tendrían de la buena señora.

Y entonces pensé: bueno, ¿y por qué nos esperamos a que alguien muera para decir cosas positivas de él o de ella?

¿Y si instituyéramos que en los cumpleaños realmente nos volcáramos a celebrar la vida del festejado y a hacerlo sentir especial? ¡Imagínense qué bonito sería! Digo, no tenemos que olvidarnos del “Felicidades/Que tu día esté lleno de muchas sorpresas/Te mando un abrazote/Come mucho pastel…”, simplemente lo vamos a complementar con lo que diríamos en su funeral, ya que en estos generalmente se nos olvidan los defectos del difuntito.

Pues con eso de que estamos en una era de materialización gracias al prana que fluye ahora más que nunca, hace tres jueves tuve la oportunidad de presenciar mi idea hecha realidad. ¿Cómo? En el festejo de cumple de mi querido doctor Carlos Mendoza, un extraordinario médico que de la Oncología se pasó a la Acupuntura y a la Psicoterapia Gestalt. Con ello y con meditación, ha logrado mejores y más rápidos resultados para sus pacientes. Y algunos suertudotes tenemos la dicha de reunirnos con él una vez por semana para sanar, para aprender, para abrir los ojos del alma.

Me pudo encantar cómo en el festejo, uno a uno fuimos diciéndole lo que él y/o sus terapias significaban para nosotros. Hubo lágrimas, risas, abrazos, chistoretes, pero, sobre todo, mucho amor volcado hacia esa gran persona.

Yo le repetí lo que en alguna ocasión le había dicho: que me sentía muy afortunada por contar con su guía, especialmente en estos tiempos apocalípticos, que una imagen que tenía muy clara era de la Tierra vista desde el espacio, y luego un acercamiento a nosotros, su pequeño grupo reunido alrededor del Maestro, absorbiendo todo ese conocimiento e intentando entender la locura que ahora vive la humanidad. También le dije que sentía como si él fuera Sócrates y nosotros sus discípulos; le conté de la idea que había estado revoloteando en mi mente y que ahora, gracias a él, a lo que inspira, se hacía realidad.

Varios de mis compañeros le dijeron que lo veían como a un padre, que era un ángel, un hermoso ser de luz, que estaban eternamente agradecidos por su presencia en sus vidas.

El doc no cabía en sí de la emoción. Su siempre amplia sonrisa se hizo aún más grande y se quedó así por mucho tiempo. Las comisuras de sus labios eran misteriosamente jaladas por unos hilos… sí, unos hilos dorados, bañados de amor, con los que él pacientemente fue tejiendo las historias de sanación de cada uno de nosotros.

Fue realmente hermoso. Y me di cuenta de lo afortunada que soy, ya que cuento con los mejores maestros: los martes tengo la dicha de participar en el taller de narrativa del célebre novelista regio Kato Gutiérrez. ¿Han leído su blog o sus libros? ¿Han escuchado su podcast? ¡Uf! Precisamente el día que comencé a escribir esto, terminé Cuatro Segundos… ¡qué creatividad, qué manera de entrelazar historias y de salpicarlas con su bella prosa! ¡Aplausos, mi estimado Kato, en verdad que los martes son los nuevos viernes para mí, gracias por eso!

Los miércoles los estoy llenando de música, mi esposo y yo tenemos tres semanas de haber comenzado a tomar clases de canto con el extraordinario José Sandoval, quien tiene una carrera impresionante en el mundo de la música, tanto en México como en Estados Unidos. En este país, acompañó ni más ni menos que a Frank Sinatra (no es la primera vez que tomo clases de canto, desde hace varios años quise aprender, mi maestro era un joven y talentoso músico, pero se me atravesó la bronquitis y tuve que dejar las clases. Luego, hace como uno o dos años, intenté con otra excelente maestra, sin embargo, a pesar de que ella tenía muy buen método y de que es una hermosísima persona, nunca pude vencer la vergüenza de realmente soltar la voz).

Algunos domingos medito con un selecto grupo de mujeres, dirigidas por mi querida canalizadora Alexandra Treviño, a quien el destino puso frente a mí cuando entré a trabajar en los seguros. Con gran firmeza, pero a la vez con dulzura, nos lleva a enfrentar nuestros demonios.  Y ni qué decir de las asistentes, especialmente de la hermosa Claudia Delgado, ella invariablemente recibe mensajes para todas las que estemos ahí.

¿Así o más privilegiada?

Por eso, con más ganas vuelvo a mi propuesta para los cumples. Cambiemos la tan socorrida frase de funeral “tan güeno qu´era” por “tan güeno qu´eres”.

Estoy segura de que sería un regalazo para nuestra autoestima, ya que todos tenemos cosas buenas, solo necesitamos unos de otros para recordarlas.

¿Qué dicen? ¿Les late? Arre pues.