¿Cuántos de ustedes han oído esa expresión? ¿Y cuántos de ustedes piensan que es cierto? Los que la defienden, argumentan que aquello que nos molesta de los demás, tenemos que mejorarlo en nosotros.
¿Será…?
A ver, piensen en alguien que les cae bien gord@… ¿ya lo tienen? Ahora analícense ustedes y con toda honestidad digan si son como esa persona. Me atrevo a decir que la mayoría no lo es, pero bueno, puedo estar equivocada, ya que no soy experta en el tema; lo digo porque yo he analizado lo que me molesta de los demás y, si bien hay muuuucho que APRENDER de esa situación, según yo, no comparto esas características.
¿Y qué es lo que tengo que aprender? Ah pues, en mi caso, a ser más tolerante y comprensiva con los demás. O sea, ¿a mí qué daño me hace la gente fresa y/o presumida? En realidad, ¡ninguno! Cada vez que veo alguien así, trato de pensar que tienen una razón de ser así. O como decía mi mamá cuando criticábamos al personaje de alguna telenovela:
—Bueno, así le ha de haber dicho el Director que lo hiciera
¿Saben qué? Mi madresanta tenía razón. Nosotros no sabemos lo que es vivir exactamente como los demás… aunque fueran nuestros hermanos de sangre y viviéramos en la misma casa, todos somos diferentes y las circunstancias nos hacen actuar de manera diferente.
Eso me lleva al tema del día de hoy: la eliminación de México del Mundial 2014.
No recuerdo si alguna vez vi un equipo de fútbol mexicano tan bueno como este. Me sorprendió tanto que no hubiera una o dos estrellitas, sino varios jugadores en verdad buenísimos, y por primera vez sentí a México como un equipo de primer mundo. El que Holanda le haya ganado hoy no quiere decir que México sea un equipo malo, solamente que ellos fueron más buenos o más hábiles que nosotros.
Peeeeeerooooooo… ahí viene el pero… para algunos mexicanos, nuestra selección sigue siendo una mediocre y ya empezaron con su odiosa y acomplejada expresión “Jugamos como nunca y perdimos como siempre”… Pero… ¿qué nos pasa? Yo lo cambiaría a “Jugamos como nunca y CRITICAMOS COMO SIEMPRE”. El día que los mexicanos nos unamos para apoyar a nuestros compatriotas –sin importar qué tan buenos o qué tan maletas son-, ese día las cosas van a cambiar.
En resumidas cuentas, si aplicamos eso de “lo que te choca, te checa” a nivel país, lo que nos toca hacer como mexicanos es creer en nosotros mismos, perdonar nuestros errores, dejar de hablar pestes de todo el mundo (deportistas, políticos, artistas, vecinos, familia, etc.) y sobre todo, ACEPTAR A LOS DEMÁS Y ACEPTARNOS a nosotros mismos.
Mientras eso no suceda, seguiremos en la lona.
Y con esto me despido. Vaya pues una calurosa felicitación y mi agradecimiento a nuestro equipazo de fútbol y a su gran Director Técnico.
El otro día me tocó presenciar algo muy bonito en el super. Me encontraba en la caja y la señora que estaba pagando platicaba muy animosamente con el cajero. Era tanta la camaradería que yo pensé que se conocían de antes. Al despedirse, le dijo la señora:
—Muchas gracias Ricky, me dio gusto platicar contigo
El cajero la despidió con una sonrisa aún más grande y apenas se hubo ido su supuesta amiga, exclamó:
—Wow! ¡Sabe mi nombre!!!!
Su ingenuidad me pareció de lo más adorable, ya que portaba un gafete que decía “Ricky”, pero a él eso pareció no importarle… ¡la señora lo había llamado por su nombre!
El buen Ricky no salía de su asombro; le pregunté si se conocían de antes y me dijo que no. Mientras pasaba mis artículos, movía la cabeza de un lado a otro con incredulidad, diciendo: “Wow, wow, wooooow!”. Todos los que estábamos a su alrededor no pudimos más que compartir su euforia.
Ese incidente me motivó y a los pocos días que fui a Sam´s quise hacer algo similar. En la salida estaba un empleado ya grande que siempre es muy serio. Como su nombre es italiano, decidí sorprenderlo saludándolo en ese idioma:
—Buona sera, Massimo!
Como si hubiera dicho las palabras mágicas, la carita del hombre se iluminó con una sonrisa… ¡la primera que le veía en varios años!
—Buona sera! – me contestó.
Salí de la tienda sintiéndome feliz y agradeciendo a la “amiga” de Ricky el haberme puesto el ejemplo.
Y es que no hay música más mágica para nuestros oídos que nuestro NOMBRE… es una especie de mantra personal. Desgraciadamente, no todo el mundo lo utiliza correctamente y para eso yo me pinto sola. Cuando me presentan a alguien, invariablemente le cambio el nombre o se lo complemento. Por ejemplo, si la persona se llama Dora, tengo que agregar “La Exploradora”, o si es Norma, le digo Norma Margarita. Eso es algo que mi papá solía hacer y se me quedó la costumbre. ¡Bueno, ni mis mascotas se escapan! Por ejemplo, cuando mi adorado gato Paco pasa cerca de mí, lo llamo para que venga:
—¡Paco…! Silencio en las bodegas…
—¡Francisco…! Probablemente voltea a verme, pero como todos los de su especie, la mayoría de las veces me ignora y sigue su camino. Entonces, no me queda más que cambiarle el nombre:
—¡Mamón…!
Jajajaja, eso no tiene que ver con lo que estaba escribiendo, ¿verdad? Pero bueno, volviendo al tema y para concluir, creo que es muy importante llamar a las personas por su nombre; es algo que no nos cuesta nada y sin embargo, significa todo. Respecto a los cambios, debemos asegurarnos que éstos no sean ofensivos y que la persona esté de acuerdo con que la llamemos así (ya me pueden ir diciendo si no les gusta como les digo, ¿eh?)
Y ahora sí, para despedirme, los dejo con esta frase de un gran conocedor de las relaciones humanas:
Últimamente me he acordado mucho de mi papá y no nada más por ser Día del Padre sino porque he estado lidiando con las consecuencias de una decisión que él y mi mamá me dejaron tomar hace muchísimos años. Les cuento.
Cuando yo tenía 10 años, Patricia mi hermana descubrió que yo tenía escoliosis. Me llevaron a consulta con un Ortopedista en Chihuahua, quien dijo que por el momento no había nada qué hacer, pero que dos años después debería de volverme a revisar. Durante ese tiempo, mi papá no se quedó cruzado de brazos y me puso unos ejercicios para contrarrestar la curvatura de la columna. Cuando cumplí los 12, nos fuimos a la ciudad de México en búsqueda de dos grandes cirujanos: el Dr. Alfonso Tohen Zamudio, maestro de mi papá en la escuela de Medicina y autor de varios libros de ortopedia y el Dr. Eduardo R. Luque (q.e.p.d.), quien en ese momento era el mejor cirujano de México. Uno de mis primos más queridos -el Gordo Esparza- estaba haciendo su residencia con él y nos lo había recomendado ampliamente.
El lugar en donde tenía su consultorio el primero era un hospital muy antiguo. Después de torturarme con un enema (¡horrooooooor!) me tomaron una radiografía; el diagnóstico fue que efectivamente necesitaba operación, pero lo peor es que tendría que durar 9 meses enyesada del cuello a la cadera… ¡plop!
Afortunadamente, nos quedaba la otra opción. Desde que llegamos a su consultorio nos dimos cuenta que era otro rollo; éste estaba ubicado en una zona muy ‘nice’ de la ciudad de México y era muy moderno. Quedé impresionada con el concepto del lugar: una agradable sala de espera y varios cuartos de exploración. Después de tomarnos los datos nos pasaron a uno de éstos, me dieron una bata y esperamos al doctor. Este entró con una gran sonrisa, revisó las radiografías, hundió su mano en mi espalda enderezándola por un momento y luego me dijo con una gran sonrisa:
—Esto se arregla fácilmente, ¿te quieres operar?
Sin pensarla ni un momento y contagiada por su entusiasmo, respondí que sí. Mis papás temblaban de miedo por dentro, pero permitieron que yo tomara la decisión. Años después, cuando leí una carta que mi papá había enviado al periódico El Heraldo de Chihuahua para el concurso “Carta a mi Hijo”, supe lo aterrados que ellos habían estado por eso. Y es que la situación era muy difícil: si no me operaba, la curvatura seguiría y probablemente llegara un momento en el que las costillas aplastaran los pulmones, pero la intervención en sí también presentaba un riesgo, ya que yo sería el Conejillo de Indias (es cierto, la operación fue filmada y utilizada por el Dr. Luque en varios congresos alrededor del mundo) y me abrirían como un pez (palabras textuales de mi primito el Gordo).
Para no hacerles el cuento largo, solo diré que la operación fue un éxito y la recuperación también… mis papás por fin pudieron respirar aliviados… claro, después de pasar el susto de su vida cuando estuve a punto de morir. Había perdido mucha sangre, pero gracias a que mi adorada madre no me quitó la vista de encima y se pudo percatar de que mis labios se estaban poniendo morados, avisó de inmediato a las enfermeras y aquí me tienen vivita y ‘blogueando’ (LOL!).
Bueno, ¿y por qué me he acordado de eso? Ah pues porque esa operación en la que me implantaron unas varillas y que me libró de un destino incierto, últimamente ha cobrado la factura en otras partes de mi cuerpo. Resulta que los ligamentos cercanos a las rodillas quedaron tan tensos que movieron la rótula de lugar. Algo similar pasó con mi hombro pues se quedó como engarrotado, haciendo que el inocente del hombrito derecho cargue con todo el peso, causando dolor e inflamación en el izquierdo y en la clavícula. Y bueno, además de eso está el pesadísimo tratamiento de 48 semanas al que tuve que someterme hace seis años por haberme contagiado de hepatitis C durante la transfusión de sangre cuando casi me moría. Afortunadamente, sobreviví tanto al tratamiento como al virus y aquel ha quedado ya erradicado de mi sangre.
Pero ¿saben qué? A pesar de que he tenido que ir a fisioterapia y debo hacer ejercicios de estiramiento de por vida y abstenerme de cargar cosas pesadas, no me arrepiento ni un segundo de haberme operado. Es más, aunque mi vida diera un giro completo a causa de esa operación, tampoco lo haría, ya que el Dr. Luque y mis padres me dieron la oportunidad de llevar una vida como la de cualquier otra adolescente: bailé, hice ejercicio, me divertí (bueno, eso de ‘hice ejercicio’ fue ya de grande pues en la escuela siempre ponía de pretexto la operación y llevaba un justificante de mi papá para no entrar a las clases de Deportes, jajaja), y años después, pude tener la dicha de ser madre. Eso sí, no me pudieron poner la raquianestesia (conocida como ‘ráquea’, ‘raquia’ o ‘epidural’) porque mi espalda no se dobla y para eso hay que hacerse bolita, pero ¡éjele, ‘quialcabos’ que ni la quería!!!
Y bueno, esos altibajos –por así decirles- me hicieron ver la importancia de tomar decisiones y de aceptar el resultado de estas.
¿Se imaginan cómo sería la vida si todo estuviera ya escrito y no hubiera que decidir nada? Yo sí. O por lo menos, así me imaginaba las cosas cuando era niña. En la escuela creía que las Madres tenían un cuaderno con toda la información de lo que sucedería cada día: qué temas se tratarían, qué preguntas haría la Madre y a quién, así como qué contestaría cada niñ@… Jajaja, ¡qué terrorífico que hasta el más pequeño detalle de nuestra vida estuviera –literalmente- ya escrito!
Creo que es mejor correr el riesgo de equivocarnos al elegir nuestro destino y luego aceptar las consecuencias. Esa es la belleza del Libre Albedrío.
Y bueno, para terminar, permítanme compartirles dos frases.
La primera, de un maestro que tuve en el Tec (el Ing. Baltazar) y que encierra muchísima sabiduría:
“La peor decisión es la que no se toma”.
La segunda, muy utilizada por mis hermanas y por mí:
Hace poco comenzamos a ver aquí en la casa una serie gringa llamada “The Middle”. Se trata de una familia común y corriente de clase media con tres hijos: dos adolescentes y un niño. El mayor (Axl) es un chavo bueno para los deportes, malo para la escuela, pero súper popular; además de eso, es el clásico hermano fregón. Sue, la de en medio, es una chava nada agraciada, aunque muy optimista y cariñosa con sus padres. El chiquito (Brick) es todo un personaje. Todo el día quiere estar leyendo, y tiene una manía muy curiosa: se susurra a sí mismo. Al contrario de Axl, ni él ni Sue y Brick son populares. Los papás, Frankie y Mike, hacen su mejor esfuerzo por educar bien a sus hijos, aparentemente sin lograrlo.
El nombre que le dieron en español es “Una Familia Modelo”. Al principio no estaba de acuerdo con ese título, ya que distan mucho de serlo, pero después de pensarla bien, me di cuenta que quedaba como anillo al dedo, ya que hacen lo mejor que pueden con lo que tienen y están conscientes de las fortalezas y limitaciones de todos los integrantes de la familia; nada que ver con los papás que siempre quieren que sus hijos sean los mejores en todo y que los presionan para que hagan esto y l’otro; de esos que les hacen las tareas y los proyectos, con tal de que se saquen una buena calificación.
Yo me pregunto: ¿Por qué en la actualidad hay tanta gente obsesionada, no solo con el éxito propio, sino con el de sus hijos? Confieso que cuando los míos eran chiquitos y descubrí su potencial, mis expectativas se fueron hasta las nubes, sin embargo tuve que ajustarlas cuando me di cuenta que a ellos no les interesaba sobresalir… es más, preferían –o prefieren- pasar desapercibidos. Créanme que batallé para aceptar esa realidad, pero lo que me ayudó a hacerlo fue recordar mi propia vida de estudiante, ya que yo nunca fui ni la más lista, ni la más popular, ni la más nada. Era una niña normal que disfrutaba ir a la escuela porque mis papás nunca me presionaron: ellos sabían que yo iba a dar lo que pudiera y quisiera dar, y así fue. Tuve años malos (primero de prepa), buenos, regulares y excelentes (primero de primaria). Aunque me encantaba hacer trabajos de la escuela y me sentía muy bien cuando sacaba buenas calificaciones (no puros 100´s, aclaro), disfrutaba de la vida. Por ejemplo, en la prepa me dio por echármela de pinta junto con mi querida prima Susanita. Eso sí, las dos teníamos nuestras agendas y anotábamos todas las faltas, para no reprobar por un descuido. No era raro que nos “sobraran” y pues teníamos que faltar… nada más por no desperdiciar, jajaja.
Sin embargo, el disfrute mayor se dio en la carrera, ya que fue cuando adquirí confianza en mí misma y supe que podía caminar sola por los pasillos – repletos de hombres, en su mayoría- y que no pasaba nada.
También, a diferencia de mis amigas, desde muy chica supe que no quería pasar los veranos estudiando. Ellas tomaban cursos para terminar más pronto la escuela… yo no…prefería llevar siempre carga máxima. Claro que cuando llegó el que debió haber sido mi último semestre, me di cuenta de que jamás volvería a caminar por esos pasillos ni a cotorrear en la cafetería y que pronto debería de integrarme a la vida productiva. ¿Saben qué hice? Dividí las materias…¡sí, un semestre llevé 4 y el otro 3, jajajaja, lo que nunca! Y no me arrepiento de nada.
Y es que la escuela no solo nos prepara para el trabajo; nos prepara para la vida misma: a base de golpes y experiencias va formando nuestra inteligencia emocional. Recordemos que en los trabajos y en el ámbito social no necesariamente triunfa el que sacaba puros dieces, el que era el más matado, ni el que estudió en las mejores escuelas. Triunfa el que conoce su valor y sabe venderse.
Las vacaciones están ya a la vuelta de la esquina. Ojalá que este tiempo nos sirva a todos para reflexionar si queremos que nuestros hijos sean felices o que sean brillantes, aunque claro, habrá quien pueda ser las dos cosas. Si este es el caso de sus hijos, felicidades. Si no, creo que es tiempo de replantear las cosas y de ver qué pueden y qué quieren hacer nuestros niños.
Recuerden que nuestra misión como padres es ayudarlos a formarse como seres independientes. No les den tanta carrilla… Si ellos disfrutan estar en ochenta mil clubes, apóyenlos. Pero si son ustedes los que quieren que sus hijos sobresalgan a costa de todo, piénsenlo dos veces.
Lo importante es que vayan por buen camino… lo demás que lo decidan ellos.
Ya para terminar, contestaré a esa pregunta que dos que tres probablemente tengan en la punta de la lengua: ¿cómo me ha ido desde que salí de la escuela? Bueno, pues mis primeros dos trabajos me los ofrecieron sin que yo los anduviera buscando y los disfruté muchísimo. Por supuesto que tuve muchos errores, pero aprendí de ellos. Después de haber trabajado varios años en lo que estudié, me retiré un tiempo de la vida laboral para formar una familia y desde hace seis años me dedico a hacer traducciones (nada que ver con mi carrera de Ingeniería Industrial en Producción) y a escribir. ¿Que si me considero exitosa? ¡Por supuesto que sí! ¿Y saben por qué? No es por el dinero (obviamente… si vieran lo que gano, jajaja) ni por el puesto. Es, simple y sencillamente, porque hago lo que me apasiona. He dicho.
Dedicado con amor a mis muñecos adorados por situarme en la realidad, a mis queridos Gordos por dejarme ser y a todos los papás y mamás del mundo que se enorgullecen de sus hijos, sin importar el lugar que éstos ocupen en el salón.
Antes de comenzar, permítanme poner aquí algo que debí de haber incluido en la publicación pasada (EL INSTANTE QUE VIVIMOS). Es una frase que tomé de un libro que me había recomendado muchísimo mi querida Cuñis muchos meses atrás y que va muy de acuerdo con lo que escribí. No lo puse antes porque no había llegado a esa parte:
“Imagínese la Tierra sin vida humana, habitada solo por plantas y animales. ¿Tendría todavía un pasado y un futuro? ¿Podríamos todavía hablar del tiempo de forma significativa? La pregunta “¿Qué hora es?” o “¿Qué día es hoy?” –si hubiera alguien para hacerla- no tendría ningún sentido. El roble o el águila quedarían perplejos ante tal pregunta. “¿Qué hora?” responderían. “Bueno, es ahora, por supuesto. ¿Qué más?”
“El Poder del Ahora” / Eckhart Tolle
Y ahora sí, sin más preámbulo…EL CAMINO DEL APRENDIZAJE
El día 9 de mayo cumplí 49 años estudiando… no sé si una carrera, maestría, doctorado, o quién sabe, tal vez apenas el kínder, la primaria, la secundaria o la prepa. Han sido 49 años en los que se me ha conocido como Laura Jurado y se me ha identificado como una mujer mexicana, casada, con dos hijos y a la que le gustan los animales y escribir. Todo eso es cierto, pero no deja de ser algo superficial. YO SOY algo más que eso… YO SOY UN SER DE LUZ, que al igual que tooooodos los demás, está aquí -en la Escuela de la Vida- para APRENDER.
En la Gunicharrita de aniversario platiqué acerca de tres lecciones específicas para mí: “Cuidar lo que salga de mi boca, ya que soy especialista en meter la pata, y ser más paciente y tolerante” (GUNISTORIAS: DE MANTELES LARGOS). Hoy, me hace muy feliz el poder decir que descubrí otra gran lección por aprender: el perdón. Aunque no me considero una persona rencorosa, ha habido tres o cuatro personas a las que me ha costado trabajo perdonar.
Una de ellas es Fulanit@ de Tal. La supuesta ofensa ocurrió hace alrededor de 30 años y durante ese tiempo fui tan ciega al no ver que esa persona solo estaba cumpliendo con un pacto que seguramente hicimos antes de nacer: enseñarme a perdonar. Lo paradójico es que Fulanit@ de Tal nunca fue importante en mi vida, digamos que fue una piedra en el camino, sin embargo l@ recordé con dolor por mucho tiempo.
Afortunadamente, Dios no nos manda a la guerra sin fusil y puso en mi camino dos eventos que me ayudaron a sanar esa herida.
El primero sucedió en Delicias, Chihuahua, cuando yo me reunía con un grupo de amigas a rezar el Rosario (cosa que ahora no va conmigo), pero especialmente a hacer oración (de eso sí, pa´ que vean, pido mi limosna). Pues bien, un día fuimos a casa de Katy, nuestra incansable coordinadora, e hicimos un ejercicio del perdón. En éste nos pedían que hiciéramos dos listas: una con los nombres de personas que nos hubieran lastimado y que todavía no perdonábamos y otra con los de aquellos a quienes debíamos pedir perdón.
Obviamente, el primer nombre que escribí en la primera lista fue Fulanit@ de Tal. Katy nos fue llevando poco a poco a reconocer nuestros errores, a pedir perdón y a perdonar. Fue algo muy bonito y liberador y lloramos mucho, sin embargo no fue suficiente…yo aún sentía mucho dolor al recordar la ofensa de esa persona.
A los pocos años, ya viviendo en El Paso, mis hijos comenzaron a ir al catecismo, y yo a pláticas para padres. Cuando casi terminábamos las pláticas, la coordinadora nos puso un ejercicio similar al de Delicias, pero un poco más profundo. Aunque nuevamente lloré mucho y me sentí mejor, aún no sanaba del todo… o al menos eso creía yo.
Meses después de que mis hijos hubieran hecho la Primera Comunión, me quedé helada al encontrarme un día a Fulanit@ de Tal, ¡viviendo a unas cuadras de mi casa! El primer pensamiento que tuve al verl@ fue de repulsión, pero conforme fueron pasando los días y me l@ seguí topando, me di cuenta un día de que por más que buscara odio hacia esa persona en mi corazón, no podía encontrarlo… ¡l@ había perdonado del todo!!!!!!
Si bien eso me llenó de una gran alegría, creo que no entendí cuál fue el propósito de tanto sufrimiento. En ese momento pensé que tenía que ver con no confiar en cualquier persona, pero hace pocos días me cayó el veinte de que había estado equivocada. La gran lección escondida ahí era EL PERDÓN.
Mentalmente le di las gracias y ahora fui yo quien se disculpó por haber albergado ese sentimiento tan feo durante tantos años.
El asunto con las otras personas no era tan doloroso como el de F de T. Los nombres de los últimos quedaron borrados desde hace varios años y el de la única persona que quedaba se eliminó como por arte de magia hace unas cuantas semanas. Así que…. ¡ya no tengo lista…! ¡Fiu…! ¡Es tan liberador no sentir cosas feas por nadie!
¿Y por qué empecé a contarles esto? Ah, pues porque en una plática a la que fuimos mi esposo y yo hace unos días nos explicaron que, según la teoría del karma, cuando hacemos daño a los demás, éste se refleja en el cuerpo que tengamos en la vida siguiente (para todas aquellas personas que no creen en la reencarnación, simplemente imagínense lo mismo, pero en una sola vida). La explicación de la expositora fue muy sencilla. De acuerdo a la filosofía que ella practica (Raja Yoga), los seres humanos tenemos tres partes:
a) Mente.- No está en el cerebro o en el cuerpo. Cuando una persona ‘muere’, tanto la energía como la mente abandonan el cuerpo.
b) Intelecto.- Es la fuerza de vida dentro de nosotros y se usa para meditar y lograr el autodominio; nos da el poder de decidir, de entender, de discriminar (o sea, de distinguir o diferenciar una cosa de otra), de juzgar. No tiene nada que ver con la inteligencia.
c) Mente Subconsciente o Sanskaras.- Graba todo -absolutamente todo- lo que hacemos, sentimos, decimos y pensamos. Nunca deja de grabar. Digamos que es el camarógrafo de nuestro espíritu. ¿Han oído de personas que -teniendo una experiencia cercana a la muerte- han tenido la oportunidad de ver la película de su vida? He aquí la explicación.
Cuando lastimamos a alguien, la mente subconsciente lo graba y el cuerpo es el que la paga. Pero eso de “lastimar” no se limita a daños grandes. El solo hecho de juzgar a alguien por su apariencia ya nos está metiendo en problemas. Por ejemplo, supongamos que vemos una persona súper fea. ¿Cómo la saludamos? ¿Con una sonrisa, o ni siquiera lo volteamos a ver? ¡Aguas! Inclusive ese mínimo detalle se graba y no queda impune.
Pero bueno, no nos desanimemos. Existe algo que nos puede salvar de todos los errores cometidos en el pasado: PEDIR PERDÓN. La expositora inclusive recomendó que cuando estemos enfermos o nos lastimemos, pidamos perdón, ahora sí que a quien corresponda, o si creemos en un Ser Superior (Dios), pedirle perdón a Él/Ella. La señora aplicó esto último una vez que se cortó mientras cocinaba. Dice que para la noche, el dolor era casi insoportable, así que ella pidió perdón a Dios por el daño causado a otras personas. Milagrosamente, el dolor se fue. ¿Suena muy mafufo? Probablemente, pero nada perdemos con probar… lo peor que pueda pasar es que no se nos quite el dolor o la enfermedad, pero les aseguro que algo se habrá movido a nivel espiritual.
Así que bueno, yo estoy muy contenta por haberme quitado el lastre de la persona número 2 de la lista y por haber entendido el propósito que la número 1 (Fulanito de Tal) tuvo al hacerme daño.
Aún me queda mucho por aprender. Mientras tanto, perdono a todos aquellos seres (en esta vida y en las anteriores) que me hayan hecho daño y pido perdón, dedicando esta canción, a quienes yo lastimé:
♪ Si acaso te ofendí, peeeerdón si en algo te engañé, peeeerdón si no te comprendí, peeeerdón perdóname mi vida
Por ser como yo soy, peeeerdón por todo tu dolor, peeeerdón por ese amor sin fin, peeeerdón perdóname mi vida ♫
Cada día escucho más y más que el tiempo está pasando rapidísimo. Yo misma soy de esta opinión, siento que los fines de semana –y bueno, cualquier día, en realidad- se llegan con una rapidez impresionante.
Hace algunos años conocí a un amigo de mi esposo (Jaume), quien me habló de una teoría que supuestamente explica este fenómeno (nótese que digo ‘supuestamente’, ya que sería muy irresponsable de mi parte asegurar algo que –independientemente de que lo crea o no- no tengo forma de comprobar): la Resonancia Schumann. Según algunas teorías, el pulso o latido de la Tierra era de 7.83 Hz o ciclos por segundo, y desde 1980 ha aumentado a 12; esto, supuestamente –otra vez-, ha hecho que el día ahora ya no tenga 24 horas, sino 16.
Más allá de hablar de cosas científicas, que no estoy capacitada para ello, quiero hacer una reflexión. Supongamos que es cierto que el tiempo pasa más rápido. Entonces, tanto lo bueno como lo malo llegarán y se irán más pronto, ¿verdad? Esto puede ayudarnos a ver la vida de otra manera.
Por ejemplo, así como yo siento que los fines de semana se llegan más pronto, estoy segura de que habrá alguna persona para quien sean los lunes los que lleguen más pronto. ¿Quién tiene la razón? ¡Pues los dos! La diferencia está en cómo nos hace sentir esa percepción, o sea, ¿vemos el vaso medio vacío (lunes) o medio lleno (fines de semana)?
Algo tan simple como esto podemos usarlo a nuestro favor. Si tenemos algún problema o situación grave, tratemos de pensar que el tiempo transcurre con más rapidez que antes, por lo tanto, muy pronto quedará atrás.
Bueno –dirán- eso suena bien, pero ¿qué pasa con las situaciones que disfrutamos? Si lo que no me gusta termina pronto, lo que amo y/o disfruto, también, ¿no? Claro, pero en esa situación, aparentemente injusta, se esconde una gran lección: Si ya sabemos (o por lo menos, así lo sentimos) que el tiempo transcurre ahora con mayor rapidez, ¡disfrutemos las maravillas que la vida pone frente a nosotros! Esta es una gran oportunidad para dejar de dar las cosas por sentado, sacudirnos las telarañas y cobrar conciencia de lo que nos rodea: la pareja, los hijos, los amigos, las mascotas, la naturaleza, encontrar una persona amable en la calle, el tener trabajo, salud, armonía, y un larguísimo etc.
Si eres de los que la vida te pasa de noche, te invito a hacer un pequeño ejercicio. Compra un cuaderno bonito, que tenga una portada que te guste, y cada día apunta por lo menos algo que haya sido un regalo para tus sentidos, una caricia para tu corazón, que te haya hecho sonreír y/o dar gracias a Dios. En este momento, por ejemplo, mi gatito bebé (Zorry) descansa en mis piernas después de darme una serenata de ronroneos y de haberme demostrado su amor de varias maneras. Lógicamente, esto va a mi cuaderno, pero no será lo único … ¡hay tantas maravillas a mi alrededor!
No te limites; anota todo lo que quieras, pero eso sí, hazlo diariamente…aunque sea solo un renglón.
Abre bien los ojos del alma y no te pierdas de nada, pues dicen por ahí que vida solo hay una. Aunque yo lo cambiaría por: “La vida que ahora tienes como Fulanito de Tal, es solo una”, al final estoy de acuerdo. Llegará el día en que muera el cuerpo que tu espíritu eligió (o que le fue asignado, no lo sé) para poder venir a la Tierra a aprender. Si hiciste bien tu trabajo, éste podrá regresar definitivamente al lugar de donde vino (al Hogar); si no, tendrá que repetir la lección. Claro que las condiciones serán ahora diferentes a las que tenías cuando vivías como Fulanito de Tal; ahora serás Menganito o Menganita de Cual, y lógicamente tendrás otro cuerpo y probablemente otra familia, otra nacionalidad, otras creencias, etc. ¿Tendrás nuevas lecciones por aprender o serán las mismas de ahora? Eso depende de Fulanito de Tal, o sea… eso depende DE TI.
Entonces: ¡Saquémosle provecho a la vida, disfrutémosla al máximo y seamos conscientes del Aquí y el Ahora, independientemente de si el tiempo se nos va o no de las manos!
Y como decía mi querido Gordo: ¡Hasta las próximas piscas! (…que si la teoría de la aceleración del tiempo no se equivoca, llegarán más pronto de lo que se espera… LOL!).