LA MAMÁ IDEAL VS. LA MAMÁ REAL – HACIENDO LAS PACES CONMIGO MISMA

El otro día me puse a buscar unos papeles y me encontré los apuntes de un curso padrísimo para padres que tomé hace como ocho años. Éste fue magistralmente impartido por Lelia Onsurez, del Hospital Thomason en El Paso.

Con tristeza, leí algo de lo que ahí estaba escrito: Cuando tu hijo te hable, debes parar el mundo para atenderlo.

Pues bien, hoy, una amiga me contó que su marido le había dicho que era una floja. La verdad, nunca he ido a su casa, así que no sé cómo la tenga, pero he visto la atención que le pone a sus hijos. Me he dado cuenta de que mi amiga no solo detiene el mundo cuando ellos la necesitan, sino que va más allá, con juegos, bailes e interminables risas. Qué tristeza que ese papá no se dé cuenta del papel tan importante que mi amiga juega en la vida de sus hijos y del regalo tan grande que les está dando. 

Eso me transportó varios años atrás y recordé que cuando yo tuve a mis hijos, me hice el firme propósito de ser una excelente mamá. Mi biblia era el libro “What to Expect When You Are Expecting” (‘Qué Puedes Esperar Cuando Estás Esperando’), así como la revista “Parents” (Padres). Esa mamá ideal se veía jugando con sus hijos, educándolos con amor, cocinando juntos, etc. Por ahí deben de andar todavía varias carpetas de cosas padres para hacer con los niños (recetas, manualidades, etc.) que yo arrancaba de la revista. Yo creo que de las 200 ideas que junté, tal vez hice una o dos. ¿Por qué? No estoy segura, pero creo que quise ir en contra de mi naturaleza.

Primero, nunca me ha gustado jugar con los niños (ni cuando era más joven; mi sobrina más grande me cuenta toda frustrada que cuando ella era chiquita y nos pedía a mis hermanas o a mí que jugáramos con ella, lo hacíamos como por un minuto y luego le decíamos que las Barbies tenían sueño; acostábamos a las muñecas y se acababa el juego, jajajajaja).

Segundo, no soy muy paciente que digamos. Cuando mi hijo mayor era muy chiquito y hacía berrinche, yo lo abrazaba hasta que se le pasaba… ¡Uf, eso me hacía sentir la mejor mamá del mundo! Todo fue que creciera un poco más, para que él y mi hija conocieran el ogro que llevo dentro: una mamá gritona, poco tolerante y pegalona (y al escribir esto, se me llenan los ojos de lágrimas, deseando que las cosas hubieran sido de otra manera y que la mamá real se asemejara más a la ideal).

Tercero, aunque quisiera ser de las mamás que cocinan con mucho amor para su familia, la realidad es que yo lo hago porque sé que es mi obligación. A veces, esa mamá ideal se apodera de mí y lo logro, pero la mayor parte del tiempo no sucede así. Y bueno, ni qué decir de cocinar con los hijos… mi paciencia casi nunca da para eso.

Cuarto, si bien mi casa no siempre está al 100%, yo invierto mucho tiempo en ella. Tal vez porque soy muy pachorruda y/o muy desorganizada (empiezo tendiendo la cama y en eso me acuerdo de que tengo que lavar, me llevo la ropa a la lavandería, pero en el camino veo unos zapatos; los tomo y los llevo a la recámara que correspondan y ahí me encuentro dos vasos sucios… después de un buen tiempo, la cama sigue sin tender, la ropa está a medio pasillo, los vasos nunca llegaron a la cocina, etc.).

Recuerdo muy bien un día cuando mis hijos eran chiquitos y yo estaba estrenando ayuda doméstica. Aunque ya había tenido trabajadora, esta señora era diferente, ya que se esperó a que termináramos de comer, lavó los platos y todo el sartenerío, los secó y los guardó, así que a las 4 de la tarde, mi casa estaba impecable. ¿Qué hice? Me salí con mis hijos al jardín y por primera vez me pude sentar en la mecedora y pude disfrutar al verlos correr y SER NIÑOS.

Claro que el gusto me duró muy poco, la señora se enfermó y dejó de trabajar y nunca conseguí otra que se fuera después de la comida.

Y créanme que para las señoras que nos gusta tener la casa arreglada y que quisiéramos más tiempo para nuestra familia, esto es algo muy importante. Tengo una amiga muy querida en el sur de México que cuenta con ayuda doméstica cinco días a la semana… Wow! Para los que vivimos en Estados Unidos, eso es algo prácticamente impensable, pues aquí ganan al día lo que allá a la semana. Por supuesto que su casa siempre está impecable, sus comidas son riquísimas y balanceadas, ella está radiante y puede dedicar tiempo a su esposo y a sus hijas.

Pero bueno, volviendo a lo que hablábamos al principio, a casi 17 años de haberme convertido en madre, estoy empezando a hacer las paces conmigo misma por no haber podido alcanzar ese estándar que formé en mi cabeza. Quiero pensar que la mamá que mis hijos necesitaban era ésta, precisamente ésta: la intolerante, la enojona… la PERFECTAMENTE IMPERFECTA, porque, ¿cómo carambas se explica que por más que yo me esforzara por ser esa mamá ideal, nunca lo haya logrado? Aunque bueno, en mi defensa, debo decir que no soy un monstruo. Gracias a Dios, sí he abrazado mucho a mis hijos, les he dicho cuánto los quiero, les he preparado sus platillos favoritos, hemos cocinado juntos (pocas veces, pero lo hemos hecho), les he contado cuentos, los he arrullado, los he chipleado y les he llevado un diario (uno para cada uno), desde que antes de que nacieran hasta aproximadamente los cinco años. Pero sin lugar a dudas, lo más importante es que he reconocido mis errores ante ellos y les he pedido perdón.

Así que, señores, si notan que su esposa está cansada, de malas, que no está con sus hijos o que se la pasa regañándolos, llamen al 1-800-ALEGRÍA DEL HOGAR. Les aseguro que eso resolverá gran parte de sus problemas. Eso sí, no sean piedras, una vez por semana es muy poquito… que sea mínimo tres.

Niños, jóvenes o adultos: recuerden que sus padres hicieron lo que pudieron, con los recursos y la información que ellos tenían en ese momento.

Por último… señoras, disfruten a sus hijos (aunque ya sean grandes, nunca es tarde), el trabajo de la casa puede esperar. Pero lo más importante, no se torturen tratando de ser lo que no son.

Y si a alguien le sirve mi experiencia, qué bien. Si no, no importa… me ha servido a mí.

¡Hasta la próxima!

VITILIGO, ESO QUE NOS HACE DIFERENTES

Un día de finales de los 80´s me encontraba platicando con un amigo a pleno sol (eran las 3 de la tarde). — ¿Qué es esta manchita? –me pregunta, señalando mi cuello. 

Me acerco al espejo de su carro y veo, por primera vez, una mancha blanca pequeñita en la base del cuello. No tenía la menor idea de qué podría ser, pero no le di importancia. A las pocas semanas, la manchita se fue agrandando y me salieron otras, primero en el cuello, luego en la espalda y en otras partes del cuerpo. 

Fui a ver a un Dermatólogo, quien me dijo que era vitiligo, una enfermedad de la que no se sabía mucho, pero que se creía era de tipo nervioso y hereditaria. Si bien, yo no me consideraba una persona preocupona, sí había estado sometida a mucha presión justo cuando apareció la primera manchita, ya que en ese tiempo preparaba mi tesis y me había topado con muchas trabas para terminarla. Por otra parte, no era la primera persona de la familia a la que se lo diagnosticaban: mi abuelo paterno, una hija de él y mi hermana lo tuvieron, aunque no tan extendido como el mío. 

Me sometí a todos los tratamientos habidos y por haber, recomendados por varios médicos y sanadores. Lo más efectivo fue una medicina que originalmente era para la psoriasis (Daivonex) y un remedio natural: ajo machado revuelto con limón y untado en las manchas, diez minutos antes de bañarme (ojo: siempre tuve cuidado de no exponerme al sol durante ese tiempo). Ambos tratamientos los seguí al pie de la letra (no juntos), pero llegó un momento en el que las manchas eran tantas que me cansé y decidí hacer las paces con la enfermedad. 

Un buen día, las manchas dejaron de salir y las que ya tenía se hicieron más pequeñas.  Sé que aún tengo unas más notorias  en la espalda, pero eso ya no me importa. 

¿Y por qué les cuento todo esto? Ah, pues porque ayer vi a una de mis sobrinas (Patita), quien se sacó la rifa del tigre al heredar también el vitiligo. Menciono lo de la rifa porque el de ella es más pronunciado que el mío y los tratamientos a los que se ha sometido han sido un verdadero calvario.  Ella constantemente trata de concientizar a la gente sobre el estigma que esto representa para muchas personas y de hecho, al final de esta gunicharrita comparto (con su autorización) una nota que escribió –años atrás- sobre el tema.  También gracias a ella conocí a una famosa modelo con vitiligo – Chantelle Brown Young (Winnie Harlow) – y al ver las fotos de esta valiente mujer, cambió mi percepción y mi concepto de la belleza.  

Pero bueno, volviendo a lo del estigma, confieso que yo he sido muy afortunada, ya que el vitiligo no me ha afectado tanto. ¿Por qué? No estoy segura, pero tengo dos teorías. Para explicar la primera, debo remontarme a mis años mozos en los que una noche me arreglaba para ir a un baile. Mi mamá se acercó solícita a ponerme maquillaje en  la cicatriz tipo zipper que “adorna” mi  espalda, ya que mi vestido dejaba ver una tercera parte de ella. Yo decliné su oferta, diciéndole que no era algo de lo que me avergonzara, sino al contrario, eso me hacía sentir única. Y lo mismo aplica para las manchas. Pero aquí viene la segunda teoría: tal vez no me ha afectado porque nunca me han salido en la cara. 

En fin, por lo que haya sido, pienso que no tiene caso dedicar tanto tiempo a tratar de “curar” algo en mi cuerpo que no me debilita, no me duele ni me va a provocar la muerte. Y contrario a lo que hice todos esos años tratando de recuperar mi color, ahora me maravillo al ver la obra de arte que es el cuerpo de mi sobrina y el de todas las personas que padecen de esta condición o de alguna otra que los haga ser diferentes. 

Debemos apreciar nuestro cuerpo, sin importar cómo sea. 

Recordemos que Dios nos los prestó para que nuestro Espíritu pudiera asistir a la Universidad de la Vida para APRENDER. 

Abracemos nuestras “imperfecciones” y más bien, veámoslas como algo que nos hace ÚNICOS e irrepetibles. 

Y ahora sí, para cerrar con broche de oro, los dejo con la nota de mi sobrina, a la que le mando todo mi cariño y agradecimiento y le deseo de todo corazón que ella también se llegue a ver como lo que es: una  hermosísima y valiosísima obra de arte. 

Vivir con vitiligo

Por Patricia Aurelia

¿Qué tanto sabes tú acerca del vitiligo? No, no se llama “Mal del Pinto”. Ese es un término ofensivo para las personas que padecemos esta enfermedad…

Estuve debatiéndome entre compartir esta situación tan personal, pero al final de cuentas, el silencio es lo peor que nos pasa.

Tengo desde que tenía la edad de siete con manchas que vienen y van. El vitiligo es una enfermedad caprichosa, un día te despiertas con una mancha, así nomas, literalmente de la noche a la mañana. Y luego de repente ves que a esa mancha le empiezan a salir “pecas” de tu color normal de piel… y si tienes suerte, desaparece, paulatinamente. Pero esa misma mancha, puede regresar- mañana, pasado, en diez años… Caprichosa. Aparentemente (porque no está comprobado al cien por ciento, porque no existen suficientes estudios…) es el mismo sistema inmunológico que ataca las células que producen melanina, pero no saben por qué.

He intentado de todo, desde soluciones preparadas en la farmacia, homeopatía, acupuntura, medicina tradicional, medicina cubana (placenta humana en hidruro de calcio) y hasta hipnosis.

Después de ocho años de no visitar a un dermatólogo, decidí que era tiempo de hacerlo nuevamente. Lo hice después del mega trauma de ver mis fotos de cumpleaños. Nadie habla de la incomodidad, del estigma con el que cargamos, porque no es una enfermedad contagiosa ni dolorosa físicamente (gracias a Dios).

Creo que la mayoría de la gente no dice nada porque no saben que decir, y aquellos que se aventuran a darte una opinión generalmente te dicen cosas como “es que eres muy nerviosa”, “dale gracias a Dios que es eso y no SIDA o cáncer.” Y sinceramente creo que por actitudes como esta, es por la que no existen avances para la cura de esta enfermedad. Ocho años después de mi última visita con un dermatólogo, inicié hace un mes y medio casi el mismo tratamiento que la ultima vez: pero esta vez con esteroides. Y no de los que te hacen crecer los músculos, sino de los que te inflan, te dan pesadillas, te traen como si estuvieses tomando café todo el día, no duermes, y te la pasas cansado. De esos esteroides.

Las pomadas que tengo que usar aparte de ser caras, literalmente me queman la piel, y su uso prolongado puede provocar estrías, y adelgazamiento de la piel. Hay días que no puedo usar mezclilla porque me arde. Hay días que hasta la ropa interior es insoportable. Pero no es SIDA ni cáncer, ¿verdad?

Aún las mismas personas que padecemos esto, no mencionamos el dolor ni el trauma que te causa ser diferente. Generalmente si nos encontramos a alguien más con este padecimiento, hablamos de que tratamientos nos han servido o no. “Mucho cuidado con las pastillas de tal nombre, terminan por amolarte el hígado” – “Ten cuidado con X o Y suplemento, no sirve y te afecta el estomago”. Nunca hablamos de como en cierta ocasión  mi hermana me tuvo que maquillar la espalda, porque yo estaba llorando antes de la boda de un familiar; o de como adapté mis trajes de baile árabe para que me cubrieran, o como en la alberca del gimnasio un niño me pregunto si Dios no me había “creado bien” (a lo cual amablemente conteste que sí, pero que se le había acabado el color). O de como batallas para escoger ropa que te cubra para que no se te queden viendo. No hablamos de como a veces tus mismos amigos se te quedan viendo, y los entiendes, pero no entiendes porque minimizan tu condición…

Si has logrado llegar hasta aquí con este articulo, te lo agradezco. Mucho. Para mí lo más importante es compartírtelo, romper el silencio.

Y te invito a que veas el trabajo de Chiara Goia, con la liga a continuación.

http://www.time.com/time/photogallery/0,29307,2023428_2196405,00.html

Termina un proyecto

Tengo varios meses abriendo el libro “Guía Diaria de tus Ángeles” (de Doreen Virtue) en la misma página. Claro que no es todo el tiempo, pero sí la mayoría de las veces. El mensaje es: “Termina un proyecto”.

Lógicamente, lo primero que viene a mi mente al leer esto, es terminar mi segundo libro.

Pues bien, hace unas cuantas semanas compartí en mi muro de facebook la emoción de haber terminado un capítulo de éste. Mencioné que eso se lo debía al encuentro con Hilda Sotelo, una persona a la que admiro mucho por ser no solo creativa y creadora, sino también por impulsar a otras mujeres a serlo. Ese día platicamos un buen rato; le conté mi frustración por no tener tiempo para el libro, ya que mi condición de esposa, mamá y ama de casa no me lo permite. ¡Ah, pero qué tal si fuera hombre…! –le dije. Y ella asintió. Y es que es raro ver a una mujer que dedique el tiempo suficiente a la escritura –o a cualquier otra cosa que le apasione-, ya que nosotras –solteras o casadas, con hijos o sin ellos, trabajando fuera o dentro de la casa- hacemos miles de actividades, por citar algunas:

a)    “Choferear” a los hijos (a la escuela, al doctor, a sus múltiples actividades, a casa de los amigos, etc.)

b)    Atender al marido (ver que tenga ropa limpia y planchada, tenerle sus comidas a tiempo y no andar todo el día fodongas)

c)     Mantener la casa limpia (haciéndolo uno mismo o supervisando a la Alegría del Hogar, si es que contamos con ella)

d)    Ir al super y a miles de mandados

e)    Quebrarse la cabeza todos los días pensando qué hacer de comer –procurando que sea algo nutritivo-, cocinar, servir, recoger y lavar los platos.

f)      Cuidar a las mascotas (llevarlas al veterinario, asegurarse de que tengan comida y agua, recoger sus gracias, etc.)

Las que trabajan, mejor dicho, las que tienen un trabajo remunerado, deben hacer todo eso, pero además:

a)    Levantarse temprano –más que los hombres, pues tardamos más tiempo en arreglarnos- para ir a trabajar

b)    Desentenderse de su familia y/o asuntos personales durante el horario de trabajo y enfocarse totalmente a éste.

c)     Viajar, si es que su trabajo así lo requiere

¿Y los hombres…?

a)    Levantarse temprano para ir a trabajar

b)    Desentenderse de su familia y/o asuntos personales durante el horario de trabajo y enfocarse totalmente a éste.

c)     Viajar, si es que su trabajo así lo requiere

Las actividades que ellos realizan fuera del trabajo:

a)    En el caso de personas como mi marido, arreglar el jardín o hacer reparaciones a la casa, después del trabajo y/o los fines de semana.

b)    También, en el caso de personas como mi marido, ayudar a recoger la cocina, a ‘choferear’ a los hijos y hacerse cargo de las mascotas.

c)     Para la mayoría, ver la tele, leer, cotorrear en facebook, salir con sus amigos, etc.

Pero por favor no me malinterpreten, esto no es una crítica a los hombres. Simplemente, las cosas son como son y por eso entendí que si quería hacerle caso al mensaje de los ángeles, debía de robarle el tiempo a alguna de las actividades cotidianas.

Bueno, pues el fin de semana pasado tuvimos puente y como no tenía que escribir la gunicharrita –por ser quincenal-, aproveché para trabajar en el libro. El hecho de contar con un blog me ayudó mucho, ya que lo tomé como si estuviera escribiendo para éste. Mi meta era terminar el libro para el lunes…y ca-si lo logro…casi. Ese día, siendo las 11:30 de la noche y faltándome el epílogo, me di una palmadita en la espalda:

—No le hace Laurita Jurado, trabajaste muy duro todos estos días y lo que te falta es muy poco – me dije con sinceridad.

Al día siguiente, mi hermana Nora me recordó de dos casos más para el libro, así que la meta de terminarlo se alejó un poco más. Durante toda la semana investigué con ella y con mis herman@s los detalles que me faltaban.

Hoy en la mañana acudí a la cita con la gunicharrita, pero como que ésta no fluía. Mi hija andaba en la casa de una amiga y mi hijo y mi esposo habían salido como media hora antes. Estando en mi recámara, cómodamente sentada en el sillón con la compu en mi regazo, escuché la puerta principal. Me sorprendió que hubieran regresado tan pronto, pues se suponía que iban a pasearse en cuatrimotos. Luego escuché un portazo y después de eso, silencio. Me levanté a ver por qué ninguno de los dos hablaba y casi se me caen los chones al ver que no había nadie. Casi temblando, le marco a mi esposo y me dice que acababan de salir de la casa, después de estar todo ese tiempo en el jardín… ¡fiu! Mi hijo fue el que entró por algo que se les había olvidado y me dio el susto de mi vida.

Al pasar por la cocina, me topé con el libro de los ángeles. Lo abrí y casi gritándome, me dicen: ¡TERMINA UN PROYECTO!

—OK angelitos, no voy a escribir el blog, sino a terminar el libro. ¡Gracias!

Y comencé a darle con ganas. Luego hice una pausa para bañarme para que mi esposo no me encontrara toda ‘fodis’.

Cuando ellos regresaron, venían con mucha hambre. Le dije a mi marido que esperara a que me cambiara, ya que me había puesto un pantalón no muy nice. Entonces él tuvo la brillante idea de traer la comida. Los dos se fueron y yo pude seguir escribiendo.

Para no hacerles el cuento largo… (redoble de tambores, por favor), terminé el libro… yay!

Ahora solamente me falta registrarlo y enviarlo a mis primeros lectores; una vez que ya no haya más cambios qué hacerle, buscar quién lo publique.

Vaya pues un agradecimiento de todo corazón a mis ángeles hermosos por haberme dado tanta carrilla con ese mensaje, una y otra vez.

Gracias a mi adorado esposo por apoyarme en este y en todos mis proyectos.

Y por supuesto, gracias a ustedes, los lectores de las gunicharritas y de los rollos que me aviento en facebook, por ser mis grandes maestros.

¡Ah! Y como hoy invoqué a los ángeles, a los seres de luz y a mis papás para que me ayudaran a terminar el libro, también el agradecimiento va para ellos.

Ya para despedirme, los dejo con estas bellas palabras de mi hermanito –por elección y por cariño- Manuel Terrazas. Como la palabra es creadora, las grabo en lo más profundo de mi ser, tomándolas como una bendición para mis escritos futuros. ¡Gracias hermanito!

“La música de las palabras está en la sinceridad de la expresión y a mi leal saber y entender, Guny posee el don de así hacerlo. Sepan cuántos… Comparte hermana del prólogo al epílogo; así sembrarás signos que formen palabras, palabras que instruyan pensamientos y pensamientos que hagan… lo que quieras que hagan, pero de vos solo esperamos el bien. Dios te bendiga y suelte la pluma de tu letra…”

-Manuel Terrazas

EL TIEMPO DE DIOS ES PERFECTO

No recuerdo quién me enseñó la frase “El tiempo de Dios es perfecto”, solo sé que es muy efectiva. Y para muestra, basta un botón (bueno, dos). 

Comencé a usarla hace ya varios años, pero en cierta ocasión su magia dio como resultado algo maravilloso. 

Mi esposo y yo vivíamos en una casa muy bonita. Un día a él le entró la loquera de cambiarnos al otro lado de la ciudad; comenzamos a ver casas…nada nos llenaba el ojo. Así duramos tres años, hasta que un buen día nuestra corredora de bienes raíces (una hermosísima persona) me llamó para avisarnos que había salido una casa a la venta a un precio bastante razonable. Me mandó la información por correo electrónico y cuando mi esposo lo leyó, me dijo que fuera a verla de inmediato. Así lo hice, dos días después (el jueves). Aunque tenía un hermoso jardín y unas áreas muy bonitas, el papel tapiz, las horripilantes alfombras, el color de la cocina y las pesadas cortinas hicieron que mis hijos y yo NO nos enamoráramos de ella. Cuando veníamos de regreso, le llamé a mi marido y le dimos el veredicto: no nos gustó. Y como dice una amiga: así se quedó. 

El sábado llevé a mi hijo a una clase de Robótica, pero nunca apareció el maestro, así que lo dejamos ir a la casa de un amiguito. Mi esposo y mi hija se metieron a la alberca y yo me puse a revisar mi correo. En eso me topo con uno que decía: “Drum meditation” (meditación con tambores). Lo abrí emocionada y vi que era justo ese día en poco más de una hora. La persona que había enviado la invitación pedía que los asistentes estuvieran ahí antes de las dos de la tarde –hora de inicio- pues habría alguien en la puerta limpiando energéticamente a quien fuera llegando. 

Viendo que sí la hacíamos, salí a alborotar a mi familia. Mi hija se emocionó mucho, mi esposo preguntó si alcanzaríamos a recoger a nuestro hijo y respondí que si salíamos lo antes posible, sí. Así lo hicimos; se cambiaron como de rayo y nos lanzamos por él. En el camino le hablé a la mamá del amiguito para pedirle que me lo tuviera en la puerta. Claro que no sirvió de nada, pues cuando me bajé por él, todavía no estaba listo. Después de unos 10 minutos que nos parecieron como 40, salimos patinando llanta. No recuerdo qué hora era exactamente, solo sé que mi esposo iba muy enojado porque no llegaríamos a tiempo. Durante todo el trayecto no hablamos y yo aproveché para repetir mentalmente “el tiempo de Dios es perfecto, el tiempo de Dios es perfecto, el tiempo de Dios es ¡per-fec-to!”. Ya casi eran las dos. Algo le pregunté y me contestó que como ya era muy tarde, nos íbamos a regresar, que solo estaba buscando el retorno… eso me dio mucho coraje, pero no dije nada… no estaba el horno para bollos. Afortunadamente, el retorno nunca apareció, por lo que mi esposo tuvo que seguir por el mismo camino y pues como ya estábamos muy cerca del lugar de la meditación, nos dirigimos hacia allá. Llegamos a las dos en punto… ¡fiu! Nada mal, pero no era lo que habían pedido. En eso, vemos que hay fila para entrar, lo cual nos daba tiempo suficiente para estacionarnos… yeeees! ¡El tiempo de Dios SÍ es perfecto! Todavía tuvimos tiempo de calmarnos un poco, ya que nos hicieron esperar unos minutos antes de que limpiaran el espacio energético de cada uno de nosotros. 

La meditación estuvo padrísima, a todos nos gustó mucho y salimos de ahí encantados y súper relajados. Cuando nos subimos al carro, le pregunté a mi esposo si le gustaría ir a ver la casa y me contestó que para allá iba. 

Apenas llegamos y a mi marido se le iluminaron los ojitos, ya que él tiene la cualidad de ver el potencial en las cosas. Nuestra agente no podía acompañarnos, pero un vecino muy amable se ofreció a mostrárnosla (él tenía acceso a la llave porque también vendía casas). Por supuesto que aceptamos de inmediato. La vimos por dentro y por fuera y ya cuando íbamos de salida, llegó una pareja que había hecho cita para verla. 

Mi esposo venía entusiasmadísimo. Cuando nos dijo que sí podíamos hacerle algunos pequeños cambios, nos emocionamos también. Llegamos a la casa y él le pidió a nuestra corredora que hiciera la oferta. Al día siguiente recibimos la gran noticia de que había sido aceptada: le habíamos ganado por poquitito a la pareja que vimos la tarde anterior. Y bueno, el resto es historia… la casa es en la que ahora vivimos y nos fascina cada rincón de ésta. 

La segunda muestra de que el tiempo de Dios es perfecto ocurrió hace más de una semana. Esta es la historia: 

Mi perro Toby andaba sacudiendo mucho la cabeza. Una amiga me había recomendado una clínica rodante y como a ella le había ido súper bien con su perrita, decidí darme una vuelta. El papelito que ella me había dado decía que atendían de 1 a 5; yo salía de una clase a la 1, por lo que le encargué a mi hijo que estuviera listo a la 1:15 para que me acompañara. Claro que llegué a la casa y el lepe estaba igual que como lo había dejado. Después de acicalarse un poco, salimos a las 2:00. Llegamos al lugar en poco más de 15 minutos, nos bajamos con todo y perro y ¡oh sorpresa!, había tres pacientes antes que nosotros. 

“Espérense, decían. No tardaremos, decían” (jajaja). 

Como hacía un calorón de poca, tuvimos que esperar en el carro, obviamente con el aire prendido. Llegaron más personas y me empecé a sulfurar cuando vi que a dos mascotas las atendieron primero que a los de la lista. Luego me enteré que ellas iban solo a que las vacunaran. 

Esperamos, esperamos y esperamos. Yo me estaba impacientando por tener el aire prendido y porque faltaba una hora para que tuviera que regresar a la casa pues nos iban a instalar el cable. Comencé a repetir mentalmente: “El tiempo de Dios es perfecto”. 

Por fin nos tocó subir al camioncito. La doctora lo revisó y, por enésima vez, el diagnóstico fue infección en los oídos (digo por enésima vez porque los perros de orejas caídas son muy propensos a ésta). Pero no solo eso traía… también tenía pulgas, cortesía de un perrito que mi hijo y la novia se habían encontrado y que estaba de entenado en mi casa, gracias. 

El asistente nos explicó que tenían que analizar la ricura que le habían quitado de las orejas para examinarlo al microscopio. 

Y como dicen en las novelas cursis: el reloj corría inexorablemente, faltando cada vez menos tiempo para que llegaran los del cable a la casa. Yo no paraba de repetir: “El tiempo de Dios es perfecto, el tiempo de Dios es perfecto, el tiempo de Dios es perfecto”, aunque, aparentemente no era así. 

Salimos un poco después de la hora en que los del cable habían dicho que estarían en la casa. Me lancé de regreso lo más rápido que pude sin dejar de repetir mi mantra. Cuando llegué a mi hogars casi me doy de topes… no había nadie. Entramos a la casa, yo bastante molesta, cuando de repente suena mi teléfono: era el técnico para avisarme que lo había agarrado una lluvia  torrencial en el centro y que llegaba en unos 15 minutos… Wow! El tiempo de Dios SÍ QUE ES perfecto!!!!!

Agradezco infinitamente a la persona que me enseñó esa frase, pero sobre todo agradezco a Dios por mostrarnos constantemente que Él/Ella nos escucha y que lo único que tenemos que hacer es hablarle. 

Y colorín colorado, esta Gunicharrita se ha acabado. 

Golpeada por la realidad

Hace unos días me golpeó la realidad de una manera muy fea. Les cuento. La semana antepasada se presentó por primera vez una señora a trabajar aquí en la casa; venía súper recomendada por una persona con la que duró años. Nos fascinó su forma de ser, toda dulce y cariñosa, dicharachera (o “dichosa” como ella dice), súper trabajadora y consentidora. Ese día limpiamos la alacena de pé a pá. Pues bien, a los ocho días volvió a venir y me ayudó a limpiar los gabinetes de la cocina. Sacamos tooooodo y los reorganizamos. Al igual que la semana anterior, le regalé algunas cosas de lo que habíamos revisado, llenando varias bolsas y una maleta. La llevé a su apartamento. Me estacioné y nos bajamos con todo el chacharerío. Me sorprendió gratamente que el lugar, el cual es un conjunto habitacional que le renta el gobierno, estuviera tan limpio. Subimos por el elevador y pronto llegamos a su puerta. Toda linda, me invitó a pasar y comenzó a enseñarme su pequeño pero acogedor hogar. Me mostró las fotos de sus hijos, los vivos y los muertos (me dio mucha ternura que a dos de éstos les tenía unos monitos de peluche, aún cuando habían muerto ya grandes). Cuando pasamos a la cocina, abrió el refri y casi me voy de espaldas cuando veo que solo tenía una naranja ya medio vieja, un aderezo y no sé qué otra cosa más (nada muy sustancioso). Le pregunté que qué iba a cenar y me dijo que ya había cenado con nosotros (acabábamos de comer un delicioso arroz y unos chilitos rellenos amorosamente preparados por ella). Como solo se había comido un chile y muy poquito arroz, le dije que le iba a dar hambre, pero respondió que no, pidiéndome que no la hiciera sentir mal. Nos despedimos con un abrazo y un beso y en cuanto me subí al carro, rompí en llanto… ¡me sentí tan miserable! ¿Por qué no le di comida para llevar? ¿De qué le iba a servir todo lo que le había regalado si nada de eso era comestible y a esas horas no podía salir a comprar nada? Sentí como si estuviéramos en tiempo de guerra, en donde el dinero no servía para alimentarse, pues no hay nada qué comprar. Recordé mi refrigerador lleno de comida y me sentí chinche… Por un momento, pensé en ir a comprarle una hamburguesa, pero tampoco la quería ofender. Decidí dejar las cosas así, pidiéndoles perdón a Dios y a ella por ese tremendo error de omisión. Lloré, lloré y lloré como por 20 minutos, prometiéndome nunca más dejarla ir sin algo para su despensa.

Aún con el corazón apachurrado, me pasé a recoger a mi hijo a la casa de un amigo. Cuando se subió al carro, me mostró, muy entusiasmado, una botella con aproximadamente 20 ranitas que había atrapado para regalárselas a su novia. Le pregunté si su mamá estaba de acuerdo y dijo que sí. Casi llegando a la casa de la susodicha, vimos una ranota (¿o sería sapo?) a media calle… Como si fuera un niño de 8 años, mi adolescente-casi adulto se bajó de un brinco y la tomó en sus manos. Tocó a la puerta de la novia. Yo lo esperé en el carro, pero pude ver la carita de emoción de la muchacha y escuchar las carcajadas de la mamá. Después de unos minutos regresa mi hijo al carro… con la ranota en la mano, jajaja, ¡no se la aceptaron! Lo mando de regreso a pedir una caja, se la dan y en el camino nos vamos esquivando ranas. Ya casi para llegar a nuestra casa, mi hijo me pide que lo deje quitar las que están en plena calle. Así lo hace y más adelante las tiramos en un estanque. El verlo tan feliz me hace dar gracias a Dios por la compasión de mi hijo y me doy cuenta que la tristeza y la sensación de “chinchez” han desaparecido.

Durante los días siguientes no puedo dejar de pensar en el incidente, pero ya sin sentimiento de culpa. Una semana más tarde, la señora regresa y cumplo la promesa que me hice.

Por todo lo anterior, los invito (y me invito también) a que independientemente de que den ropa, artículos para el hogar, trabajo o dinero a las personas necesitadas, siempre que puedan, incluyan algo de comer. Recordemos que el hambre es canija.

Muchas gracias.

ME LLAMO LAURA

Imaginen que estamos en un salón. Hay varias sillas formando un círculo y yo tomo la palabra, confesando:

  • Me llamo Laura y soy perfeccionista

… y todos contestan: 

  • ¡Hola Laura!

Ni más ni menos. Esa soy yo. Y apenas a los 49 años me cae el veinte de que así soy…bueno, casi. Soy una perfeccionista “wannabe”…uts! Para una perfeccionista que se respete, eso es una patada por detrás, pero desgraciadamente es cierto.

Bueno, pero para empezar, ¿cómo supe que lo era? La Real Academia de la Lengua Española define el término así:

perfeccionista.

1. adj. Dicho de una persona: Que tiende al perfeccionismo. 

¿Y eso qué es?

perfeccionismo.

1. m. Tendencia a mejorar indefinidamente un trabajo sin decidirse a considerarlo acabado.

Mmmmm… Pues creo que sí caigo en esa clasificación, pero ahí les va la historia:

“Yo nací… era un bebé…” (Ah no, ¿verdad?, eso lo dijo Tribilín en un cuento (historieta cómica) de los que leíamos cuando éramos niños, jajaja). 

Bueno, ya en serio, los que me conocen sabrán que tengo casi un año batallando con una colitis nerviosa y que un Iridólogo me ha ayudado muchísimo. Lo que tal vez no sepan es que hace como dos meses se me volvió a disparar el panzón de Mapimí, así que fui a ver a Elida Villarreal, una amiga que se dedica a la sanación (ella le llama “Spiritual Coaching”) y utiliza Reiki, sanación pránica, chamanismo, cristales, etc. Me ayudó mucho esa sesión, sobre todo porque trabajamos con emociones atrapadas (en particular con el coraje)  y me quitó un gran peso de encima. Sin embargo, la panza no se compuso del todo. Pasaron unos días y me fui a Chihuahua. No sé por qué, en el camino se me ocurrió que tal vez pudiera tener amibas (bueno, sí sé… pensé que si mi papá viviera, muy probablemente ordenaría un coprocultivo –qué rico, provechito si están comiendo, jajaja), así que llegando le pregunté a mi hermano el doctor Chute si eso podía ser la causa de la inflamación. Yo quería aprovechar que estábamos en México para hacerme el estudio, pero Álvaro me dijo que no era necesario y me llevó unas medicinas que, según él, terminarían con cualquier bicho que trajera en la panza. Las comencé a tomar esperanzada. Al día siguiente me fui a platicar con la doctora Rosalía Altés. Ella es médico general y también trabaja a nivel espiritual, básicamente con Reiki y la ayuda de los ángeles. Después de un rato de estar conversando, se me antojó pedirle una consulta. 

Lo primero que me dijo al ver mi panza fue: “¿Qué le preocupa?”. Y así como Élida me había explicado que los corajes se van a la parte central del cuerpo, ella me dijo lo mismo de los miedos y preocupaciones. Se puso a trabajar a nivel energético en mi pancita; de repente, me invadió un sentimiento de autocompasión y comencé a llorar. 

Al terminar, me sentí muy aliviada. Le pregunté por qué había tenido ese sentimiento y me contestó que había sido un mensaje del Ser de Luz que vive en mí (o sea, mi Real Ser) por medio del cual me hacía ver el daño que solita me estaba causando. Wow! Entonces me recordó que no hay nada que temer y me recomendó que todos los días me envolviera y envolviera a mis seres queridos en la luz de Dios. También me dijo que cuando estuviera inflamada, pusiera mis manos en el vientre y repitiera: “La luz de Dios disuelve mis miedos”. Esos dos consejos me encantaron y de inmediato los puse en práctica: el miedo desapareció por completo y con la ayuda combinada que recibí de ella, de Élida y de Álvaro, comencé a desinflamarme poco a poco. Cuando regresamos a El Paso, ya prácticamente no traía panza…yay!

Luego nos fuimos de vacaciones. Duramos una semana aturrándonos de comida y en todo momento estuve bien. Sin embargo, todo fue regresar a la casa para que una vez más, el panzón volviera a hacer su aparición… ¡Grrrr! Eso ya me había pasado antes, así que la única explicación que encontré es que yo era alérgica a mi hogars. 

Al día siguiente hablé con Élida y, con una gran frustración, le conté sobre esa extraña relación inflamación-casa. Para ella, todo estaba claro: el maldito perfeccionismo. ¿Perfeccionista yooooooo?  Fue mi primer pensamiento, ya que para mí una persona así tiene su casa impecable, da las mejores fiestas, sus comidas están planeadas a detalle, etc. (tipo Bree, la del programa Desperate Housewives). Nada más alejado de la realidad: mi casa jamás está impecable (aunque sí me gusta que esté ordenada), mis fiestas son de lo más informal que puede haber (aunque me encantaría darles ese toque”Breesco”), la comida me trauma porque quisiera tener un menú balanceado y no lo tengo, etc. 

Así se lo dije y me contestó que independientemente de que el resultado fuera una vida como la de Bree, la intención era la misma: la casa me provoca estrés porque siento que las cosas se deben de hacer a mi manera. ¡Toiiiiiin… sí es cierto!!!!!  Y comencé a pensar en esos pequeños detalles. Por ejemplo: 

  1. No me gusta que nadie me lave los platos porque pienso que no los van a dejar limpios
  2. Tampoco me gusta que los saquen de la lavadora pues no sé si se lavaron las manos
  3. Odio caminar descalza porque me ensucio los pies y se me ponen muy feos los talones
  4. Me choca que pisen los tapetes del baño con zapatos, ya que a mí me gusta pisarlos descalza, especialmente cuando salgo de la regadera. 
  5. Me da asco que no se laven las manos para cocinar, sacar algo del refri, después de ir al baño, etc.
  6. No soporto que la gente ponga las bolsas del super (que estuvieron en el piso del carro) o sus bolsas de mano en las mesas y cómodas de la cocina.
  7. O que para hacerse un lonche (sándwich) o quesadilla, pongan el pan o la tortilla encima del paquete de pan o de tortillas (porque estos estuvieron en contacto con el carrito del super).
  8. Odio que me ensucien la fibra de los platos… para eso tengo un cepillo, para quitarles bien la comida…

Y un larguísimo etc.

Sus palabras me abrieron tremendamente los ojos y supe que el perfeccionismo estaba arruinando mi vida. 

Para mi tranquilidad, me dijo que eso era muy fácil de cambiar. Yo no veía cómo, pero me sugirió que empezara por una sola cosa. 

Eso hice: de mi lista gigante de fobias y rarezas (curiosamente, todas relacionadas con la limpieza), escogí la número 4. Pero no fue algo consciente; sucedió al entrar al baño, quitarme los zapatos y pisar el tapete sin poner bien la planta porque sabía que todos los demás pisaban con zapatos y éste no estaba tan limpio. Ese “no pisar bien” fue como un toque en mi cerebro… de inmediato me volví a poner los zapatos y conscientemente pisé el tapete, DÁNDOME PERMISO DE HACERLO

Han pasado varios días de eso. Confieso que de repente se me olvida el experimento, pero cuando me acuerdo, sigo con él, sabiendo que es por mi salud física y mental. Me repito que son tarugadas y que nada de eso realmente importa. Lo único importante aquí es llevar una vida feliz, tranquila y aceptar que los demás hagan las cosas como les dé su gana.

Al final, es mi responsabilidad cuidar de esta maravillosa maquinaria que es el vehículo de mi espíritu: el cuerpo.  Por todo lo anterior, le envío un hermosísimo ramo de flores multicolores a mi Ser de Luz.

¡Perdón!!!!

p.d. Quiero aprovechar para incluir aquí una foto de Ricky, la persona de la que les conté en la gunicharrita anterior: “EL SONIDO MÁS LINDO”. Se la tomé la semana pasada que regresé a esa tienda. Le conté sobre la historia, ¡estaba fascinado! Le dije que lástima que no había incluido una foto de él y todo lindo me dijo que si quería, podía tomarla en ese momento y subirla, ¡jajaja! ‘Tons, pues aquí lo tienen: el buen Ricky.