Hablando de tamaños…

Dedicada con amor para mi querido Gordo. 

Mi papá era enemigo acérrimo del cigarro (como se conoce en México a los cigarrillos). Paradójicamente, ellos dos habían tenido sus queveres  por muchos años, desde los 18 (o más bien desde antes, pero a esa edad fue cuando lo retomó ante la negativa de mi abuelo de seguirle pagando las clases de Canto con el maestro Pierson –el mismo de Jorge Negrete). A los 38, un buen día prendió un cigarro y de repente, algo cambió. ¿Qué estoy haciendo? –pensó. Sabe feo, mancha los dedos y los dientes, hace daño, es mal ejemplo para los hijos (ya tenía cuatro)… ¡Se acabó…! Y aplastó con determinación lo que sería el último cigarro de su vida.

Desde ese momento comenzó su lucha contra el tabaquismo. A cuanto “fumón” (como le encantaba decirles) se encontraba, le tiraba el mismo rollo. Lo único que recuerdo de esa plática era el final: “Supongamos que el fumar no va a adelantar su muerte, que la rayita hasta donde debemos de llegar no se mueve. Si esto es cierto, una persona que no fuma, caminará hacia ella de forma natural, sin embargo, un “fumón” lo hará en medio de gran dolor (y aquí actuaba la escena, caminando como si se estuviera quemando las patrullas), pues las cerca de 4000 sustancias nocivas que el cigarro contiene, tarde o temprano harán mella en su salud.” 

Mucha gente, al escuchar esta plática, le entregaba voluntariamente sus cigarros y él los exhibía orgullosamente en las repisas de su consultorio. 

Pues bien, yo no fumo, no tomo, no bailo pegado ni embarro mocos en la pared, pero esos tamaños que mi papá tuvo hace cincuentaytantos años, los tuve yo también a finales del año pasado, para ser exacta, el 27 de diciembre. Ese día tomé la determinación de dejar algo que ya se había convertido en adicción -la mayoría de ustedes ya sabe de qué hablo-: el famosísimo ‘feis’. 

Caí en sus ciber-garras a mediados del 2011. Reconozco que gracias a él he pasado momentos buenísimos, reencontrándome con viejos amigos, haciéndome amiga de viejos conocidos y de uno que otro desconocido (bueno, ni tanto, la mayoría son amigos heredados de mi hermano el Doctor Chute); aprendiendo de todo lo que la gente comparte (sí, inclusive de las cosas que no me gustan, ya que eso me dice a gritos que debo ser más tolerante), alegrándome con sus triunfos y apoyándolos en sus momento de dolor; y sobre todo, pero sobre todo (dijo López Dóriga), enriqueciendo mi carrera de Escritora Wannabe, ya que la mayoría de ustedes se ha tomado el tiempo de retroalimentarme y de hacerme saber cuando algo que escribo les gusta y eso, amigos, es para mí como si estuviera en el mejor curso para escritores (gracias a ustedes he sabido de qué lado masca la iguana…). 

Sí, fue algo muy bueno, pero llegó el momento en que yo también me di cuenta que tenía un grave problema de adicción. Esto sucedió paulatinamente:

– A principios del 2014 comencé a cerrar completamente el FB de mi teléfono para ver si el tener que poner de nuevo el correo y la contraseña me detenían un poco de usarlo (eso me duró como una o dos semanas nada más)

– Mi lugar preferido de lectura (el baño, ahí disculpen) se convirtió en un lugar para “feisbuquear”, desplazando a Ekhart Tolle, Deepak Chopra, Ramtha, Yohanna García y varios autores más.

– Los semáforos en rojo eran islas a las que yo podía nadar y revisar mi facebook aunque fuera solo por un minuto. Lo mismo sucedía con las tiendas. 

– Cualquier pensamiento que cruzara mi mente, cualquier cosa que captara mi atención, cualquier chiste que mis hijos dijeran… yo tenía que publicarlo de inmediato… y si era con fotos, mejor (por eso dejé de fotografiar a mis hijos, ya que nuestra política siempre ha sido no subir sus fotos). Y claro, tenía que estar revisando si alguien me había dado un ‘Me Gusta’ o un comentario… no por nada, a veces me salía “Libérate de la Necesidad de ser Aprobado” en el libro de Mensajes de los Ángeles de Doreen Virtue. 

– A veces tomaba el celular para revisar el feis, pero con sentimientos encontrados. Como en piloto automático, algo me decía “Ándale, revísalo” y mi otro Yo contestaba molesto “¡Pero si no quiero…!” y soltaba el teléfono.

– El colmo fue que comencé a soñar que alguien me agredía en facebook o que yo la regaba y publicaba algo vergonzoso…  Esas veces me levantaba de la cama, prendía la compu o el teléfono y revisaba angustiada el feis, suspirando de alivio al comprobar que solo lo había alucinado… ¿así o más adicta?

Todos estos detalles me hicieron darme cuenta que me estaba perdiendo de vivir en la vida real por vivir cibernéticamente. Dejé de leer, de estar con mi familia, de disfrutarlos, de salir con mis perros (ah porque al perder tanto el tiempo, solo podía suspirar viendo mi hermoso jardín mientras lavaba los platos, deseando tener unos cuantos minutos para estar ahí afuera y simplemente SER). 

Así que un buen día, decidí que mi cajita de huevos ya estaba completa (y por supuesto eran de gallinas no enjauladas –cage free-, jajaja) y di el paso que jamás pensé que daría: hice mi semi-despedida del feis. Mi hija, emocionada, quitó la aplicación de su teléfono y del mío, aunque ella volvió a caer al día siguiente (lo cual no debe de importarme… yo no vine a vivir su vida, sino la mía). Por eso mismo decidí no cerrar la cuenta, sino revisarla de vez en cuando  y créanme que cada vez que lo hago, siento el cariño de todos ustedes. 

Ahora sigo pegada al teléfono cuando estoy en la casa, pero la mayor parte del tiempo es para escuchar las bellísimas meditaciones  y pláticas de Susana Majul. Ahora hasta tengo veinte minutos –antes o después de ir a alguna de mis clases o al super, de lavar, recoger y/o hacer la comida) para sentarme tranquilamente, aquietar mi mente y respirar de manera consciente. Inclusive, me duermo escuchando alguna de esas meditaciones con audífonos. 

Tengo tiempo de leer (terminando en menos de tres días el libro “Cometas en el Cielo” del escritor afgano Khaled Hosseini), de escribir, bueno… hasta de ver una que otra película. 

Lo más importante, sin duda, es que me siento feliz con ese pequeño gran cambio en mi vida. A ver cuánto me dura el gusto, dirán algunos… pues sí, a ver, pero por el momento esto es lo que quiero y el haberlo logrado me llena de una gran satisfacción. 

Normalmente terminaría la gunicharrita con un: “Y tú… ¿qué cambios harás este año?”, pero si algo aprendí del caso de mi papá y del mío propio es que las cosas llegan cuando tienen que llegar. Todo es cuestión de hacerle caso a tu intuición, de escuchar esos mensajes que la Presencia Yo Soy que vive en ti te manda. Y de repente, sin pensarla, te darás cuenta que tu cajita de huevos está por fin completa y que es tiempo de actuar.

Fin de Año en Sacramento

Lunes 29 de diciembre de 2014

Como frecuentemente nos sucede, hoy nos despertamos (por segunda ocasión en dos semanas) con la llamada de un vendedor. Normalmente sería algo odioso, pero como eran ya las ocho de la mañana y a las once saldríamos de viaje, más bien lo agradecimos. 

Yo me levanté a despertar a mis hijos. Ricardo había pasado muy mala noche, ya que aaaaaaalguien lo había contagiado de un resfrío (¿o gripa?) tremenda. 

Todo empezó un día después de haber regresado de Chihuahua. Me había levantado como a las nueve para arrancarme a Hobby Lobby a ver qué había quedado de Navidad. Al sacar a mis perros y darles de comer me di cuenta que había llovido durante la noche, pero hasta que me subí al carro, vi las montañas nevadas. ¡La vista era espectacular! Estuve como unas dos horas probablemente en la tienda y cuando llegué a la casa, comencé a sentirme cansada. Me caí medio gorda, pues casualmente siempre que ando fuera me siento de maravilla, pero nada más regreso a la casa y me entra la fatiga (o se me inflama el estómago… bueno, eso ya casi no me pasa). 

No me acuerdo si ese día lavé o ya lo había hecho el día anterior, lo que sí sé es que no hice de comer, ya que a mi esposo se le antojaron unas tortas de la calle. Conforme pasaban las horas, mi cansancio aumentaba y comencé a sentir que me dolían todos los huesos –especialmente el cuello y la espalda-. Eso hizo que el antojito de mi marido me supiera a gloria, ya que pude comer mi torta en el sillón de nuestra recámara, viendo una película (lo que nunca…).

Para no hacerles el cuento largo de lo mío, les diré que a partir de ese día y hasta el día de ayer (o sea, durante tres días, o dos y medio) me dolía la cabeza, la garganta, el oído izquierdo, los huesos, tenía escalofríos y me sentía excesivamente cansada. Como buena hija del doctor Jurado, me receté 400 gramos de ibuprofeno (que no me hicieron ni cosquillas), mis pastillas maravillosas de Vida Inmune (y digo maravillosas porque no me había enfermado desde que comencé a tomarlas o el resfrío me había durado un día), crema de tomillo untada en la garganta, aceite de tomillo en un algodoncito en el oído, aceite de tomillo y de pino enano untados en los pies, pecho y espalda, así como lechita caliente de almendras y de arroz con ajo picado y chocolate (esto último me quitó el dolor de garganta en cuanto me lo tomé). Afortunadamente, ayer en la tarde-noche comencé a agarrar vuelito, con lo cual pude lavar –en episodios. Y es que a mí me pasa algo muy raro… cuando voy a salir de viaje, tengo que tener toooda la ropa lavada y la cocina recogida, si no, no puedo hacer maletas, jajaja, ¿qué rara, verdad?

Bueno, pues en la noche mi hija me pidió las Vida Inmune y mi hijo me dijo que se sentía terriblemente mal: tenía calentura, dolor de huesos, de cabeza, bla, bla, bla. Como a mí nadie me peló en estos días, quise hacerme la occisa –no literalmente, jajaja-, pero lo vi tan enfermito al pobre que no pude resistirme. Le di lo mismo que yo tomé y aparte un Antiflu-des. En la noche lo fui a revisar y todavía tenía poquita calentura, pero ya no temblaba. Repetimos la dosis muy temprano y amaneció mejor (y yo también; tuve ya la energía suficiente para terminar de hacer las maletas).

Mientras yo me bañaba, mi esposo y mi hija –que ya se sentía mucho mejor también- fueron por una de las alegrías del hogar (mi adorado Zorry) que estaba en la guardería. Se supone que lo íbamos a dejar todavía esta semana, pero decidimos mejor que se quedara en la casa, al fin que nuestros amables vecinos le darían sus vueltas (como a los perros). 

Cuando llegó Zorry, estaba como enojado con todos nosotros, no se dignaba a vernos a los ojos y se retorcía si lo cargábamos, jajaja, pobrecito, lo que él quería era olfatear toda la casa. Mi esposo tuvo un momento de locura cuando me dijo que qué tal si nos lo llevábamos…afortunadamente de inmediato se dio cuenta que no era la mejor opción. Eso me hizo saber lo mucho que se ha encariñado de nuestro bebé. 

Bueno. Salimos poquito después de las 11 de la mañana, yo llegué a “la Guolmer” a comprar algo de último minuto, mientras ellos ponían gasolina. 

El plan era pasar el fin de año en un lugar para campamentos en Sacramento, Nuevo México, cerca de Cloudcroft. Habíamos quedado de irnos en caravana con unos amigos de Delicias con los que ya habíamos pasado algunos fines de año, pero ellos aún tenían cosas qué hacer. 

Nos fuimos por Alamogordo. Entramos a la ciudad –sin querer- y pasamos frente a un restaurante donde ya habíamos comido alguna vez: Waffle & Pancake Shoppe. Nos estacionamos, saboreándonos ya las delicias que probaríamos… y cua, cua, cua, cuaaa… estaba cerrado. Ni hablar. Entonces nos pusimos a buscar una tienda de abarrotes. Lo más cercano fue una naturista; me bajé a ver si vendían ajo natural. El lugar era estilo “Cielo Vista Natural Market”, la tienda de mi amiga Marcela en El Paso. Yo no sé si veo muchas películas, pero me pasó lo que siempre me pasa cuando voy a otra ciudad: me imagino que me mudo a ese lugar y me visualizo interactuando con la gente… ¡me encanta!

Bueno, pues a lo único que llegaban en esa tienda era a ajo picado con aceite de oliva o cápsulas. Me decidí por lo segundo. Mi esposo se compró un café y regresamos al carro para seguir a Cloudcroft. En el camino nos paramos en una tienda que también ya conocíamos: The Tunnel Stop. Ahí habíamos comprado unos jabones, una vez que fuimos a acampar con unos amigos. El lugar era bastante hippioso, había cuadros, velas, joyería, adornos, esculturas, etc. Constaba de varios cuartos, uno de ellos era muy amplio y tenía grandes ventanales (como un invernadero). Cuando entré en él, agradecí el calorcito del sol, la vista de unos geranios enormes y el paisaje nevado a través de las ventanas. 

Seguí revisando minuciosamente la tienda hasta que me topé con una hermosa pintura de un gato azul enmarcada en dorado. La volteé para revisar el precio, pero como no traía mis lentes, no sabía si costaba $25 ó $75. Deseando que fuera la primera, se la fui a mostrar a mi esposo –como siempre, con la esperanza de que me dijera que la comprara-, pero él solo dijo “ah” (así, sin signo de admiración) al verla, luego “¿Queeeeé?” al comprobar que eran $75. Decepcionada, me regresé a poner el cuadro en su lugar (la verdad yo tampoco hubiera pagado tanto…). Al entrar de nuevo en la tienda, me topé con un gato real. No puedo decir si era hermoso o no, porque salió corriendo en cuanto me vio. 

Nos subimos nuevamente a la camioneta y por fin llegamos a Cloudcroft. Nunca habíamos estado ahí en invierno, la vista era espectacular. Yo sentía como si estuviéramos dentro de una película (sí, cómo alucino, ya sé, jajaja). En lo que mis hijos y yo nos cambiábamos los tenis por botas y nos poníamos gorros y bufandas, mi esposo se fue a dar una vueltecita por el pueblo. Una vez arreglados, nos dispusimos a caminar para buscar un restaurante. Confiando en la sabiduría de los lugareños, le pregunté a una muchacha que iba pasando, dónde nos recomendaba comer. Amablemente, la chava nos dijo que el mejor lugar era un café que apenas habíamos pasado. Le marqué a mi esposo y nos vimos todos ahí. Como la comida en el lugar al que iríamos más tarde estaba programada para las 5:30, pedimos algo ligero. Yo me comí un croissant (vulgo, cuernito) de pavo con queso, lechuga y tomate. ¡Estaba riquísimo!

Terminamos de comer y nos dirigimos a Sacramento. Nunca habíamos ido ahí, a mi esposo se lo había recomendado un amigo del trabajo. Lo único que sabíamos era que se trataba de un lugar para retiros de la iglesia metodista, pero que también estaba abierto al público. En el camino me di cuenta que se me había perdido un arete que había pertenecido a mi mamá y que yo había heredado. Comencé a recriminarme porque en la mañana me pregunté si no era mejor ponerme otros, pero como siempre, había decidido que quería que mi mamá viniera con nosotros (ya sé, es un pensamiento absurdo… ella siempre va conmigo aunque no traiga sus aretes). Lo busqué por todas partes pero no lo encontré. Entones pensé que no importaba… se trataba de algo material, así que hice las paces con el destino y conmigo misma. 

En medio de la nada, encontramos una tiendita. Nos paramos pensando que era como la anterior, pero no… solo había papitas y así. Seguimos en el carro y de repente se nos atravesaron corriendo tres preciosos venaditos. Más adelante vimos un letrero que decía “Bienvenidos a la Asamblea Metodista de Sacramento” (bueno, obviamente el letrero estaba en inglish). Subimos por un caminito y llegamos por fin a nuestro destino. El lugar era hermoso… tenía un laguito en el centro y las cabañas a los lados. La señorita que nos atendió en la recepción se portó de lo más amable. Entramos a nuestra habitación a esperar que dieran las 5:30 para irnos a comer. No nos habíamos podido volver a comunicar con nuestros amigos. Ya en el comedor, después de mucho insistir, entró la llamada. Estando mi esposo a medias con las indicaciones de cómo llegar, se fue la señal. Como ya estaba obscuro, los pobres se dieron una tremenda perdida y llegaron una hora y media después. Ya para eso nosotros habíamos terminado de comer y les habíamos dejado la comida en su habitación. Como dos años antes nos habían dado un palizón en el Trípoli, estaban ansiosos por repetir la hazaña. Regresamos al comedor y jugamos como por dos horas. Para no herir susceptibilidades, no diré quién ganó… solo diré que no fueron ellos, jajajaja. A la hora de regresar al cuarto, el frío estaba tremendo; afortunadamente, la calefacción hizo que no lo sintiéramos. Nuestros amigos nos regalaron un libro: “Cometas en el Cielo” de Khaled Hosseini. No recuerdo si lo empecé a leer esa noche o me esperé al día siguiente. Lo que sí sé es que me saqué la rifa del tigre al tocarme dormir en la misma cama con mi hijo… ¡Se sentía tan mal el inocente! Tenía calentura y le dolía todo, nos estuvo despertando varias veces. 

Martes 30 de diciembre de 2014

Como dije en el relato anterior, esa noche me saqué la rifa del tigre al dormir en la misma cama con mi hijo enfermo, pues el pobre dio mucha lata. Por eso, me dio mucha risa cuando el ingenuo de mi marido me dice a las 10 y cachito que nos levantamos: “Ya tuvo mejor noche, ¿verdad? Llegó un momento en que ya no se despertó para nada”. Y yo, con las ojeras hasta el piso, le contesto: “Sí, después de las 8:20 de la mañana ya no se despertó…”, jajaja. 

Pues bien, la hora del baño fue todo un show. Para empezar, la cortina era casi del tamaño del hueco… casi… o se salía el agua por un lado o por el otro. Luego, ésta salía con una fuerza que parecía que te estaban enterrando agujas en el cuerpo; eso sí, la temperatura estaba deliciosa… ¡calientita, calientita!!! 

Nos fuimos al comedor a las 12, ya con nuestros amigos. Después de la comida, los señores y tres de los pubertos (mi hijo se sentía todavía de la tiz…) se fueron a andar en 4×4´s, mientras que mi amiga y yo nos retiramos a nuestras respectivas habitaciones. Creo que ella se durmió, yo comencé a leer el libro (o le seguí… les digo que ya no me acuerdo si lo empecé el día anterior o no). Me gustó, pero solo pude leer un rato, ya que los que andaban en el paseo regresaron pronto para irnos a Cloudcroft. Nos fuimos en la camioneta de ellos… mi amiga, los niños y yo nos dimos una buena mareada y casi besamos la tierra, o que diga, la nieve, cuando llegamos al pueblo. Nos estacionamos en la calle principal (de las dos que tiene, jajaja, no es cierto, tiene más): la Avenida Burro y yo me lancé al restaurante del día anterior (Dave’s Cafe) a ver si alguien había encontrado mi arete. Por desgracia, no fue así. Entonces comenzamos a caminar, ya era un poco tarde y solo quedaba una tienda abierta. Entramos. El olor a incienso –que normalmente no me molesta- me revolvió el estómago tremendamente. Me fui a la parte trasera donde encontré unas unas botas gris con morado para la nieve que me fascinaron. Sin embargo, pudo más mi fascinación por mi dinero, ya que los ilusos querían 180 dólares por ellas…. ¿Quéeee? Si los pies son míos, hubiera dicho mi papá. En fin. Salimos de ahí… hacía un frío jijo (-12 C que se sentían como -22), así que raudos y veloces nos subimos a la camioneta para ir a un restaurante que nos habían recomendado. Después de perdernos un poco, llegamos a Big Daddy´s Diner. El lugar estaba súper calientito. La mesera que nos atendió era una gringa altota y medio bronca, pero muy buena onda, hasta se puso a hablarnos en español. Digo que era medio bronca porque a pesar de que se esforzaba por agradar, era muy brusca y no sonreía. El payaso de mi marido comenzó a cotorreársela preguntándole si no hablaba francés. Al fin ordenamos (en inglés, los muy contreras, jajaja). Yo pedí unas enchiladas rojas, pues alguien nos había dicho que estaban muy ricas y así fue.

 Cuando la muchacha nos trajo la cuenta, nos dijo que era la primera vez que atendía a un grupo como el nuestro. ¿Cómo? –le preguntamos. “Así, tan platicadores. La mayoría solamente ordena y ni nos toma en cuenta”. Fiu…! –dije para mis adentros, pues yo pensaba que mi marido le había bajado el avión a la chava cuando le preguntó si hablaba francés. 

Nos despedimos de ella y de camino a Sacramento llegamos por gasolina y papitas (no había nada más). 

Regresamos al campamento, Ricardo todavía no estaba recuperado por completo. Esa noche ya no quisimos jugar, ya era muy tarde. Yo ya estaba picada con el libro y me quedé leyendo un rato más. 

Miércoles 31 de diciembre de 2014

Nos levantamos para desayunar a las 8. Hacía tanto frío afuera que yo preferí no bañarme. Desayunamos, Ricardo se sentía mejor. Regresamos a la habitación, todos se fueron a patinar sobre hielo en Cloudcroft y yo me quedé feliz… Me bañé, me puse una ropa calientita, leí, escribí y hasta me metí un ratito al feis. Horas más tarde regresaron pues tenían una cita para tirar con arco. Después de eso, se volvieron a subir a las motos. Para entonces, el libro ya estaba súper interesante, yo quería que se quedaran más tiempo, pero no. Regresaron fascinados con tanta actividad y a las 5:30 nos fuimos todos al comedor. Apenas terminamos, nos regresamos al cuarto, Willy a dormir, yo a leer. 

A las 9:30 ahí vamos de regreso al comedor. Sacamos las papitas, ellos un quesito y otras botanas. Willy nos sirvió lo que quedaba de una botella de Lambrusco y comenzamos a preparar todo para el último partido de trípoli del año. Claro que nuestros amigos –los cuatro, no solo los adolescentes- estaban más ocupados en subir fotos al feis que en poner atención. Por fin, agarraron la onda –incluidos mis hijos- y nos dispusimos a jugar. 

En un cuarto contiguo al comedor estaba un Pastor con su familia, quien todo lindo, nos trajo unos fierros especiales para asar bombones y faltando unos minutos para la medianoche, una botella de jugo de uva. Después de darnos nosotros el abrazo, fuimos a hacer lo mismo con ellos. 

Seguimos jugando. De repente me dieron muchas ganas de hacer pipí. Aunque habíamos estado hablando de un soldado que dizque se aparecía ahí, me armé de valor y entré al baño. Este constaba de dos cubículos. Entré al que estaba más lejos de la puerta y en la clásica posición de aguilita (ahí disculpen, jajaja) solté mi agüita amarilla (para los que no son ochenteros, así decía una canción, OK? Jajaja). De repente, comencé a sentir las piernas mojadas….¡ ´che excusado, la taza era mucho más chiquita de lo normal y pues con un poquito de Lambrusco entre pecho y espalda, no le atiné al centro, jajaja… lo peor es que no solo me salpiqué las piernas… volteé a mi derecha y tenía toda salpicada la pared y el piso del siguiente cubículo, jajajajajajaja! Le pedí a mi cuerpecito que terminara. Afortunadamente, me hizo caso y pude limpiar todo mi batuque antes de que alguien más entrara (lo bueno es que solo era pipí… ¿qué tal si hubiera traído diarrea? Jajajaja). 

En fin… seguimos jugando hasta las 2:30 y de plano nos retiramos porque a las 8 teníamos que desayunar para agarrar carretera. Aunque me moría de ganas de seguir con el libro, ya no pude leer, pues se me hacía feo tenerle la luz prendida a mi marido. 

Jueves 1 de enero de 2015

Nos levantamos más a fuerza que con ganas. Nos fuimos a desayunar… yo traía el estómago súper revuelto, supongo que por la desvelada (y por el medio vaso de Lambrusco… bueno, el cuarto, porque ni siquiera me lo terminé). 

Terminamos de hacer las maletas, nos despedimos de nuestros amigos y del personal del lugar y regresamos a El Paso. 

A unas seis millas de Cloudcroft vimos una tienda en el camino (Old Apple Barn Fudge). Yo la verdad no tenía muchas ganas de llegar, pero mi esposo me alborotó…y qué bueno que lo hizo, el lugar estaba padrísimo. Tenía mil detallitos y cosas bonitas. Salimos de ahí con un angelito azul hermoso de lámina, de buen tamaño, varios paquetes de incienso, un angelito pequeño y otras cositas… entre ellas, por supuesto, un cuadrito de ‘fudge’ para mí. 

Nos estuvimos un buen rato en la tienda. Cuando llegamos a Alamogordo, ya tenía mucha hambre y por suerte, el restaurante del otro día, ahora sí estaba abierto. Aunque tuvimos que esperar a que nos dieran una buena mesa, valió la pena esperar. Me comí unos huevitos con chorizo que me supieron a gloria. 

En poco tiempo llegamos a la casa; los perros y Paco se mostraron felices de que hubiéramos vuelto, aunque Zorry parecía todavía un poco indiferente. Una hora después, me senté a disfrutar de las últimas páginas de “Cometas en el Cielo” , que devoré como cuando era adolescente. Este libro me hizo cobrar conciencia del horror que viven millones de personas en Afganistán y lloré de impotencia al saber que no se puede adoptar (o que es extremadamente difícil) ni siquiera a uno de los miles de huérfanos que viven en condiciones infrahumanas. Sin embargo, buscando en internet encontré que el autor del libro -Khaled Hosseini- tiene una fundación, en la que no solo se puede donar, sino también comprar cosas hechas por mujeres afganas (que en su mayoría son el único sostén de la familia). Yo me enamoré de una bolsa multicolor, la cual pediré en estos días. Los precios son razonables; los invito a echar un ojito (y si se puede a poner su granito de arena) a http://khaledhosseinifoundation.org/products-artisans.php.

Y bueno, ya para terminar…  Me quedé en que me senté a leer. Pues bien, apenas me había sentado en el sillón, cuando llegó Zorry a saludarme como era debido: con unos buenos topes en la cara que hasta me tiraron los lentes. 

Y colorín colorado, el relato de fin de año ha terminado. 

ABRAZANDO A MIS PINCHES TIRANOS

Esto que voy a platicar a continuación ya lo he dicho en otras gunicharritas, pero siento la necesidad de compartirlo una y otra vez, ahora convirtiéndolo en el punto focal de la historia. Ahí les va pues:

Últimamente me he convencido más de la importancia de hacer un alto en nuestras vidas para identificar a nuestros pinches tiranos, como acertadamente llama Carlos Castañeda a todos aquellos que nos hacen la vida de cuadritos.

Me gusta salirme de mi drama personal y visualizar a la persona (o personas) con las que tengo conflicto, fuera de la Tierra, platicando animadamente junto a mí, pues estoy segura de que no hay nadie que quiera hacerme daño nomás porque sí y viceversa. Realmente creo que todo obedece a algo más grande que un simple berrinche…o inclusive, que un verdadero odio. 

Y es que eso lo he pensado más en este último año, no solo cuando me pasan cosas desagradables, sino cuando alguien me cuenta sus desgracias.

Para mí, es como una manera de escaparme de lo que llamamos realidad. Es ir al punto donde todo se originó y ver la creación del plan maestro de mi vida: mi aprendizaje. Ahí veo a mis pinches tiranos hablándome amorosamente y diciéndome cosas como: “…entonces yo voy a hacer (y como diría mi sobrina Patita: inserte una mega-gachada aquí) para que tú aprendas el valor de (el perdón, la caridad, la abnegación, el agradecimiento, la familia, la amistad, la honradez, o güarever). En ese estado ideal, yo sonrío a esa o esas personas y mi corazón desborda de amor y de gratitud por ella (s). Al final, nos fundimos un abrazo, rodeados de nuestros Maestros y Guías, de los Ángeles y, por supuesto, de Dios. 

Ya de regreso de mi “escape”, puedo ver con otros ojos a quien me hace sufrir y si me doy cuenta, puedo pedir perdón –mentalmente o mejor aún, en persona- a aquellos para quienes yo sea su pinche tirano. 

Así que, mi regalo de fin de año para ustedes, mis queridos lectores, es sugerirles que hagan lo mismo. Cuando se sientan ofendidos o heridos por alguien, dense un momento para reconocer la maravillosa enseñanza que se esconde tras esa acción. Les aseguro que se sentirán más ligeros después de eso. 

A todos los que yo amorosamente –no lo olviden, jajaja- he fregado, lastimado o herido… gracias por permitirme ser parte de su aprendizaje. Recibo esos violincitos y esas ralladas de madre con mucho orgullo. Y a los que me han ayudado a crecer a lo largo de mi vida… todo mi amor y agradecimiento (y un que otro violincito también, jajaja).

¡Gracias por un gran año!!!!

MI OTRA FAMILIA

¡No puede ser… hace ya casi un mes que publiqué la última gunicharrita! ¿Por qué? Porque he andado tremendamente ocupada –como todo el mundo- y aunque he tenido momentos de inspiración, no me he dado el tiempo de sentarme a cristalizarlos con pluma y papel… o más bien, con dedos y compu. Pero… ¿saben qué?  No me he mortificado por ello. ¿Se imaginan? Ya  bastante estrés tengo como para echarle algo más.

Y bueno, pues sí… este mes ha sido de mucho estrés y de mucho correr, pero también de grandes demostraciones de amor. Dios me ha premiado, rodeándome de gente hermosísima (amigos y familiares) que con su cariño hacen que mi corazón se sienta pleno.

Una de esos momentos de plenitud sucedió hace unas semanas, cuando asistí a una ceremonia con tambores. Mis hijos y mi esposo se habían ido a pasear en cuatrimoto y de ahí les pegó la loquera y se fueron al rancho con unos amigos muy queridos.

El día estaba hermoso, yo iba bien preparada por si hacía frío, pero no necesité ponerme nada más. Llegué a donde se iba a llevar a cabo la ceremonia, saludé a Sobha  (la mera mera del lugar, una mujer súper sencilla y espiritual)  y le entregué una pintura de mi talentosa y bella paisana, Josefina Membrila. Semanas antes, yo había ido a comprarle unos cuadros para mi casa y en cuanto vi esa, pensé en donarla al centro… claro que cuando la tuve en mi casa, por poco me arrepiento, pero recordé las palabras de Josefina: “Las pinturas dicen con quién se quieren ir y dónde quieren estar”, así que hice caso a mi primer impulso. Sobha se mostró sorprendida y agradecida a la vez, le gustó mucho la pintura y me pidió que la acompañara al patio. Ahí se encontraban ya varias personas reunidas alrededor de una fogata y había unas más haciendo fila para que  Lynn y Frances (otras que parten el queso ahí y que también son hermosas) limpiaran su campo energético con hierbas. Saludé con un abrazo fuerte a Frances y pude sentir su aprecio sincero. Me emocionó mucho que me dijera que tenía una energía muy bonita… bueno, me emocionó y me sorprendió, ya que el día anterior había tenido una mega discusión con una persona muy allegada. En fin, saludé también al chamán que iba a conducir la ceremonia: su siempre sonriente y agradable marido Raúl, a Teresa y a Norma, dos amigas a las que yo había invitado y que me llevan años luz en el camino espiritual (al igual que la mayoría de las casi 50 personas que ahí se encontraban).

Sobha entregó la pintura a Raúl, quien la colocó en un lugar especial dentro del círculo sagrado, para ser bendecida durante la ceremonia.  Yo fui por una silla y me senté alrededor de la fogata. A dos lugares de mí estaba Terrie Marie y nos saludamos con un gran abrazo. Tiempo atrás, ella y yo trabajamos juntas en su libro de mensajes de los ángeles, tuve el privilegio de traducirlo al español, y digo privilegio, pues en cuanto comenzaba a leer los mensajes, me llenaba de una paz muy especial.

Raúl ‘Gray Wolf’ dio inicio a la ceremonia dándonos la bienvenida. Haciendo gala de todo su carisma y buen humor, nos explicó la mecánica: él comenzaría tocando su tambor y todos nos uniríamos con nuestras sonajas o tambores (dos años antes yo había comprado una sonaja hermosa en Santa Fe y por fin se me haría estrenarla…¡yupi!).

Para comenzar, nos pidió a todos que nos pusiéramos de pie y con todo respeto, saludamos a los cuatro puntos cardinales. No recuerdo ya qué representaba cada uno de ellos, solo me acuerdo que el último tenía que ver con los ancestros… cuando ‘Gray Wolf’ los mencionó, sentí una emoción muy grande al pensar en los míos y me sentí muy cercana a ellos.

Luego comenzamos a tocar. En total fueron como cinco “canciones”…¿o cómo se les llamará… piezas? Bueno, no sé, el caso es que una de ellas fue muy padre, con muchísima intensidad y el objetivo fue generar la mayor cantidad de energía para enviarla a la Madre Tierra y al Padre Cielo. Cuando ‘Gray Wolf’ nos lo indicó, todos bajamos las manos al mismo tiempo y con mucho ímpetu, lanzamos la energía a la Tierra e inmediatamente después, las subimos, lanzándola hacia el cielo. Fue algo muy breve pero intenso que me dejó sumamente relajada.

La última, la favorita de ‘Gray Wolf’, también era mi favorita… obviamente no puedo explicar la tonada con palabras, solo puedo decir que la disfruté muchísimo.

Y aquí voy a hacer un paréntesis para platicar lo que sucedió en otra ceremonia con tambores. En esa ocasión nos habíamos reunido en casa de Lynn y la persona que dirigió la ceremonia (no recuerdo si fue Raúl u otra persona -Víctor Manuel-) nos pidió en determinado momento que cerráramos los ojos y comenzamos a meditar; minutos después, escuché claramente el rugido de un oso atrás de mí… ¡el sonido era tan fuerte que hasta me asusté y abrí los ojos, pensando que me toparía con él! Obviamente no había nada… el oso estaba en otra dimensión. Eso realmente me fascinó y más cuando alguien me dijo que probablemente se trataba de mi animal de poder. (Se cierra el paréntesis)

Cuando la ceremonia terminó, comenzamos a salir -de uno por uno- del círculo sagrado para dirigirnos a un laberinto, el cual sería inaugurado esa tarde. Ya casi para salir, me topé con Víctor Manuel, la persona de la que hablaba en el párrafo anterior, y me dio muchísimo gusto verlo, ya que ha estado muy enfermo y lo noté repuesto (Víctor Manuel (médium) es a quien le llegó la cancón de “Sabor a Mí” unos días antes de que mi tío Luis dejara su cuerpo físico… ¿se acuerdan? (Ver “Pasarán más de mil años” en este blog)).

En fin. Ya en el laberinto, saludé a Lynn, quien con un abrazo me dijo mil cosas y pude sentir su bellísima esencia.  Ella y Frances fueron las encargadas de recorrerlo –y bendecirlo, supongo- por primera vez y una vez que dimos la vuelta al círculo externo, los que quisieron, entraron para caminarlo de principio a fin.

De ahí pasamos al comedor donde saboreamos las delicias que entre todos llevamos y yo platiqué con mis lindas amiguitas de Unity: Teresa y Norma. La borlotera de Teresa organizó la sesión de fotos y el tiempo de despedirse se llegó pronto.

Al salir de ahí, el corazón no me cabía en el pecho. Sentí una inmensa gratitud por haber encontrado en esta vida a mi otra familia -mi familia espiritual- y me sentí inmensamente feliz de poder pertenecer a este hermoso grupo.

¡Gracias Sobha, Lynn, ‘Gray Wolf’, Frances y Víctor Manuel por hacerlo posible!

Mi mamá, a diez años… tan cerca

En tres días se cumplirán diez años de un evento sumamente importante en la vida de mi madre: la culminación de sus estudios en este plano. ¿Y qué fue lo que estudió? La vida.

Mi hermosa madre se graduó con honores en Caridad, Compasión, Empatía, Amor, Entrega Total y probablemente algunas otras materias que ahorita no me vienen a la mente.

Ella regresó al Hogar, dejando aquí el vehículo que la transportaba. Sus compañeros de estudios, sus alumnos y maestros, nos encargamos de ponerlo en la tierra para que se reintegrara  a ésta.

Fue una bella ceremonia a la que nos acompañaron tantos y tantos amigos y familiares, algunos en espíritu y otros en persona. Aunque la despedida era para ella, nuestro grupo de estudio denominado familia se vio alimentado por todas esas muestras de cariño: abrazos, tarjetas, llamadas y flores.

Y de eso han pasado ya diez añotes.

Durante todo ese tiempo, mi mamá ha venido a saludarnos, a abrazarnos, a darnos consejos…a reiterarnos su amor. Jamás la había sentido tan cerca; y es que como alguien bien dijo: “Su ausencia nos llenó de su presencia”.

Yo no sé si ya haya comenzado de nuevo sus estudios con otro vehículo, o si está trabajando en algún lado, aunque me inclino a pensar que un alma tan pura como la de ella se encuentra más bien ayudando en otro plano. Y tengo motivos para hacerlo, ya que muy al principio de su partida, una doctora nos dijo que la veía recibiendo a los niños que terminaban su experiencia aquí en la Tierra.

También, con esa misma doctora, ella ha estado presente en las sesiones de curación de algunos miembros de mi familia y míos; ha sido portadora de buenas noticias y en particular, me ha seguido aconsejando.

Y ni qué decir de las innumerables veces que me ha visitado en sueños y que he podido tocar su brazo gordito y fresco, escuchar su bella voz, disfrutar de su sonrisa, de sus abrazos… y sentir su inmenso amor.

Pero bueno, ese trabajo no se limita a su familia, una amiga mía vivió una experiencia increíble con ella y con mi papá que ya había dejado también su cuerpo físico. Todo empezó hace algún tiempo, cuando le regalé un perfume que había sido de mi mamá. Cuando ella dejó este plano, decidimos repartir sus cosas entre sus hijos (o más bien entre las hijas, pues los hombres casi no quisieron nada)  y como ese perfume había sido un obsequio de mi parte, mis hermanas me dijeron que me quedara con él. Lo usé un rato y luego me puse a pensar a quién dárselo. Pasaron por mi mente algunas personas, pero no me latía ninguna de ellas… hasta que pensé en mi amiga Carmen. Ella lo recibió emocionada, sabiendo que había pertenecido a un bello ser. Pues bien, tiempo después, cuando hospitalizaron a mi amiga, yo fui a visitarla y a llevarle un nuevo perfume (pero del mismo), pues ya se había acabado el otro. Estuve solo unos minutos para no cansarla y le entregué su regalo. Al día siguiente, Carmen me llamó y como no escuché el teléfono, me dejó un recado. Muy contenta, me decía que se sentía mejor, que se acababa de bañar, que se había puesto el perfume y… en eso se le quebró la voz: “Ay amiga, a qué no sabes quién está aquí… ¡tu papá y tu mamá!…” comenzó a sollozar y terminó con un “Luego hablamos”.

Lógicamente, me emocioné mucho al escuchar su mensaje y le regresé la llamada de inmediato. Mi amiga estaba ya más tranquila y me contó que en cuanto se puso el perfume, vio a mi papá parado a los pies de la cama, con su bata blanca y a mi mamá con un vestido de flores chiquitas, sentada justo en la silla en la que yo había estado (había dos en la habitación). Wow!!! Aunque ninguno de los dos había hablado, esa visión le dio a mi amiga la certeza de que todo iba a salir bien y así fue, gracias a Dios.

Aunque suene un poco frío, yo no la extraño… Se extraña aquello que ya no se tiene, así que, ¿cómo hacerlo, teniendo todas estas manifestaciones?

Estoy segura de que cuando llegue el momento de mi graduación, ella y mi papá estarán en primera fila y me ayudarán a cruzar el puente que me llevará de regreso al Hogar. Mientras tanto, los sigo disfrutando así: irradiando amor por todos lados y demostrando que la muerte no existe. 

Y ya para concluir, con motivo de estos primeros diez años, envío un abrazo apretadísimo a ese bello espíritu que me tocó por madre y me uno a la celebración por el aniversario de su Nueva Vida.

¡Los quiero, Gordos… FELICIDADES MAMÁ!

La naturaleza, una gran maestra

Últimamente me he puesto a pensar que la sabiduría de las personas mayores les viene –en su mayoría- de observar la naturaleza, aunque por culpa de la tecnología, esto cada vez es más raro. ¿A poco no? Antes, la gente pasaba más tiempo en el campo, o si vivían en la ciudad, no estaban tan encerrados como nosotros en nuestras casas, que nos la pasamos conectados a algún aparato.

Y es que no cabe duda de que Dios hizo todo perfecto. En alguna ocasión ya había escrito aquí (yo, no Dios…LOL) sobre cómo Él/Ella nos dejó pistas en la naturaleza y en nuestro propio cuerpo (LECCIONES ESCONDIDAS) y ahora, al contemplar mis hermosos crisantemos y rosales, vuelvo a pensar más o menos lo mismo. Sus flores marchitas me han enseñado que debemos despojarnos de lo viejo para que pueda llegar algo nuevo. 

Sí, qué bueno que hayamos tenido X o Y logro, X o Y amor, pero si estos ya forman parte de nuestro pasado, debemos darle vuelta a la página y cortarlos (como a las flores secas), para que surja algo nuevo en nuestra vida. 

Un claro ejemplo de esto es mi querida amiga Fulanita de Tal, a quien le mataron al esposo hace ya cinco años y no deja de pensar en él ni de sufrir por su ausencia. Por supuesto que le encantaría volverse a enamorar, pero piensa que nunca va a encontrar a nadie como él. Yo le digo que tiene razón…puede encontrar a alguien mejor, pero claro que no la convenzo…sigue aferrada a su dolor. 

Por otra parte, tengo contactos en facebook que lo único que publican son sus triunfos pasados… Cuando veo eso, me doy cuenta que no viven el presente y me quedo con las ganas de saber cómo son en realidad. En fin…

La naturaleza también es una gran maestra para enseñarnos la importancia de estar en el lugar adecuado si queremos crecer sanos y sentirnos plenos. 

Esto lo escuché apenas hace unos días, cuando una doctora muy intuitiva le preguntó a una persona que conozco:

— ¿Eres feliz haciendo lo que haces? 

Él titubeó un poco y contestó con un tímido “pues sí”.  La doctora de inmediato supo que algo andaba mal y le dijo que tenía que cambiar. Y es que esta persona se acostumbró a vivir con dolor hasta que llegó a pensar que eso era normal. 

A los pocos días, tres de mis plantas (un geranio, una hiedra y una Julieta) vinieron a corroborar eso que la doctora decía. 

A la primera, hace meses la coloqué debajo de un pino, pues se me estaba muriendo. Si bien mejoró un poco y hasta comenzó a echar hojas grandes, nunca pude lograr que floreara. Entonces la cambié a donde le da el sol directamente y le cae el agua de los aspersores… ahora tiene unas flores hermosas y brotes por todos lados. 

La segunda se veía aparentemente sana, la tenía en un pasillo y la regaba cuando me acordaba. Para evitar que se fuera a morir por falta de agua, decidí cambiarla al mismo lugar que el geranio. Sorprendentemente, a los pocos días se puso como si hubiera pasado la noche bajo la lluvia… ¡hermosa!

La tercera me la regaló precisamente mi amiga de la que les acabo de contar. Hace varios años me dio un piecito para que mi hijo hiciera un proyecto de ciencias y aunque la he cambiado y cambiado de lugar, la planta cuenta con apenas algunas hojas. Afortunadamente, la naturaleza vino en su ayuda (con la lección que aprendí de las otras) y en estos días la sacaré de la tierra y la pondré en agua (en cuanto consiga un recipiente apropiado). 

Lo mismo pasa con las personas. El ser humano vino a esta vida a ser feliz, a ser pleno. Si lo que estás haciendo actualmente no te hace sentir así, cambia. ¿Qué? Tu trabajo, tus amigos, tu pareja, tus hábitos…qué sé yo. Afortunadamente estamos equipados con una especie de “antenitas de vinil” que nos ayudan a tantear el terreno y saber cuándo poner pies en polvorosa. Yo lo he hecho en varias ocasiones, especialmente en lo que se refiere a personas. Por ejemplo, alguna vez llegué a un grupo dizque de mujeres sensibles, espirituales, maduras, fregonas, pero con el paso del tiempo me di cuenta de que mi percepción inicial estaba muy lejos de la realidad. La mayoría eran huecas y excesivamente vanidosas. Jamás me sentí completamente aceptada, yo era una cara más en su foto de cumpleaños; se desvivían en elogios (por supuesto que no para mí, sino entre ellas mismas), haciéndonos sentir poca cosa al resto de las mortales. Un día, afortunadamente, me di cuenta de ello y me alejé, conservando solamente la amistad de la minoría que sí es auténtica. 

Hay otro caso, el de la clásica “prima del amigo”. Ella decidió terminar con una relación formal porque se dio cuenta que aunque su novio era todo lo que cualquier mujer podría soñar, ya no lo amaba. Un día, salió a comer con dos amigos, un hombre y una mujer. Cuando les soltó la noticia, el chavo casi se atraganta… 

— ¿Quéeeeee? Pero, ¿qué estás loca? ¿Cómo se te ocurre terminar con él, a tus 25 años????? ¿No te da miedo quedarte solterona???? 

¡Jajajaja, las dos mujeres no salían de su asombro, jamás se imaginaron que un hombre pensara así!

Afortunadamente, la prima de mi amigo conoció luego al amor de su vida y hasta la fecha están felizmente casados y tienen una hermosa familia. 

Y esto es algo que todos podemos hacer. Por desgracia, muchas personas se quedan en donde están –y con quien están- por miedo a lo desconocido o porque piensan que la vida es así. No es cierto, la vida no debe ser sufrimiento. Claro que éste existe, pero no debe ser una constante en nuestras vidas. 

Así que, sal ahora a contemplar la naturaleza, escucha sus sabios consejos y reflexiona sobre tu vida. Tal vez te sorprendas con tus pensamientos. 

Muchas gracias a ti por leerme y a la creación por guiarme. Hasta la próxima.