La paleta de fresa

Tengo algunas semanas tomando el taller “Las Ocho Etapas de la Vida”, el cual está basado en la teoría de Erik Erikson. La terapeuta que nos lo imparte se llama Haydée Carrasco y estoy encantada, ya que es buenísima para explicar -¡y para dar terapia!-.  El día de ayer tuvimos la antepenúltima clase y vimos  la edad adulta –de los 19 a los 35 años. Me llamó mucho la atención que algo sumamente importante de esta etapa es la elección de pareja, ya que ésta te puede llevar a conseguir tus sueños y -por consiguiente- a ser feliz, o a enterrarlos y ser desgraciado.

Y es que ¿cuántas personas se casan o tienen una relación duradera con alguien que no saca lo mejor de ellas? Muchas.  De acuerdo a Haydée, cuando esto sucede, hablamos más bien de relaciones de codependencia que de amor. 

Muchas personas se casan porque sienten pasos en la azotea, porque creen que se les va a pasar el tren, están deslumbradas con el dinero o la posición social de la otra persona, etc. 

Si me lo permiten, antes de continuar con lo del taller, voy a abrir aquí un paréntesis para ventanear a un amigo por algo que sucedió hace más de veinte años. Habíamos ido a comer él y yo con la que ahora es madrina de mi hijo (María). En un momento de la plática salió al tema mi reciente rompimiento amoroso. A pesar de que quien fuera mi novio por más de un año tenía un sinfín de cualidades, el amor que un día nos unió dejó de existir y poco a poco me fui dando cuenta que no teníamos mucho en común. No me malinterpreten, este joven era una excelente persona formado con valores en una hermosa familia y me trataba como reina, sin embargo no éramos el uno para el otro. Así se lo conté a mi amigo (María era mi confidente y ya lo sabía) y mientras yo hablaba, él abría más y más la boca.

—¡¿Quéeeeeeee?! –y entonces dijo algo que jamás esperé de un hombre: ¿No tienes miedo de quedarte?

Sin poder dar crédito a lo que escuchaba, hice ‘¡Plop!’ como Condorito. 

Pues no, no tenía miedo de quedarme…  ¡Tenía terror de no seguir mis instintos y de unirme a alguien por las razones equivocadas, de no ser feliz y de que él tampoco lo fuera!

No sé qué sería de ese amigo de la comida, le perdí la pista hace mucho tiempo. Creo que sí se casó… espero que lo haya hecho de manera consciente y que sea muy feliz. 

En mi caso, el amor tocó de nuevo a mi puerta y heme aquí casada desde hace veintidós años con un maravilloso hombre que me apoya y me ha ayudado a ir en busca de mis sueños. 

Se cierra el paréntesis. 

Bueno, pero ¿qué pasa cuando tu pareja no saca lo mejor de ti? Que si aún no sabemos quiénes somos, esto nos va a hacer más daño que bien. 

Para explicarlo,  Haydée nos dio un ejemplo muy claro:  

Considerando que todos somos una chispa de Dios (sí, toooooodos, hasta el más jijo), vamos a imaginar que alguien en esencia es una paleta de fresa. ¿Qué pasa al entrar al vientre materno? Pues que los rollos que la mamá traiga en ese momento, los que viene arrastrando de toda su vida y la carga genética (o sea, los rollos de todos sus ancestros) se le “pegan”, en este ejemplo, sumergiendo la paleta de fresa en chocolate. 

Pues bien, esa paleta de fresa ahora con cubierta de chocolate comienza su existencia y a lo largo de su vida se le irán agregando más capas (golpes, etiquetas, penas), quizá algunas grageitas, nueces, coco, etc. El caso es que para encontrar el verdadero sabor de esa persona, hay que ir quitando capa por capa y aunque eso es un trabajo individual, el amor puede ayudar tremendamente.  Y aquí es donde entra la importancia de elegir nuestra pareja: Si te toca estar con alguien que no te ama, triste tu calavera, ya que esa persona te revolcará más y tu confusión –o tu alejamiento de tu verdadero “Yo”- será cada día mayor. 

¡Toinnnn!

¿Y qué es descubrir tu verdadero sabor? Saber qué es lo que quieres hacer con TU vida (cuáles son TUS sueños) y hacer todo lo posible por lograrlo.  Como dice acertadamente mi hermana Nora: venimos a la vida a expresar NUESTRO SER, no el SER de los demás. 

Así que ya lo sabes, SI TU PAREJA TE ALEJA DE TUS SUEÑOS, ES TIEMPO DE QUE TE ALEJES TÚ DE ELLA… cuéntaselo a quien más confianza le tengas y… mucho ojo! 

Y TÚ QUÉ HORAS TRAES

¿Y TÚ QUÉ HORAS TRAES?

Hace unos días me llegó una hermosísima presentación con motivo de la Cuaresma (El ayuno que a Dios le agrada), la cual habla de que a Él / Ella le gustaría que dejáramos de hablar de los demás, de juzgar, de estar enojados, de quejarnos, etc. y de inmediato la compartí con mis amigas de la prepa y otras personas. A todas les gustó mucho, pero los comentarios de dos de ellas (Pupis y Leonor) me dejaron pensando. 

Pupis dijo: “Hermoso, Guny y muy cierto, aunque a algunos nos hacen falta los pequeños sacrificios para fortalecernos interiormente y así poder lograr todo esto. Gracias por compartir este video tan lindo”. 

¡Toinnnn! Pupis me cayó la boca, ya que sin ser mocha, es el vivo ejemplo de lo que el amor de Dios puede hacer por una familia.

Leonor, por su parte escribió: “Qué hermoso video, ¿me dejas compartirlo? Te hace pensar muchas cosas”. Ella me hizo reflexionar y me dio la pauta para escribir esta gunicharrita.

Ambos comentarios me dieron una buena lección, pues nunca había entendido por qué la gente sigue las órdenes –para mí absurdas y obsoletas- de la Iglesia (como dejar de comer carne para aturrarse de los deliciosos platillos de Cuaresma y/o no ser mejores personas). Siempre había dicho –metichemente, claro: “Mejor que dejen de comer prójimo”. 

El asunto de la ceniza tampoco escapaba a mi ‘juzgómetro’: Si me encontraba a alguien ese miércoles exhibiendo su cruz en la frente y poniendo cara de mártir, se me revolvía el estómago.  

Ese día, mis amigas hicieron que me cayera el veinte, ya que sin darme cuenta, había caído en mi propia trampa… “mejor que dejen de comer prójimo” ¿Y tú qué horas traes? –me dije.  De repente, pude ver claramente que lo que por años había pensado de quienes hacen esos “sacrificios”, también aplicaba a mí. Así pude descubrir horrorizada la tremenda viga en mi ojo: ¡No soy mejor que aquellos a quienes he criticado toda la vida!

Por si eso fuera poco, ayer pude percatarme nuevamente de ello.  Había ido con mi marido a Sam´s a comprar algo para el jardín y mientras esperábamos a que nos lo trajeran, él se fue a ver otras cosas y yo me quedé parada en la salida. Algunas personas me sonreían y yo les devolvía la sonrisa. De repente, escuché mis pensamientos y me di cuenta que estaba juzgando: Qué feisitos niños, Qué guapa señora, Ay ese cómo se cree, Qué bonita pareja, Qué cuerpazo,  Qué comida tan poco saludable lleva esa familia, etc.).  Me sentí avergonzada de mí misma y el Espíritu (o sea, YO) regañó a la mente que está a su servicio…  ¡Yaaaaa…Deja de estar juzgando! 

Dándome cuenta de mi falta de caridad, me dispuse a ver a todos como seres de luz. Me imaginé que en el tercer ojo (el entrecejo) veía la flama de una vela y decía mentalmente: “Este es un ser de luz”, “Todos somos seres de luz“ y cosas por el estilo. Como a la cuarta persona, me traicionó el subconsciente y al ver a una chava un poco pasadita de peso, pensé: “Este es un ser de luz… ¡con unas caderas descomunales!”. ¡Jajajajajaja, qué difícil! No pude más que reír de mi estupidez y de mi incapacidad para dejar de juzgar. 

Cuando regresó mi esposo, le platiqué lo sucedido y le pregunté si él podía dejar de hacerlo. Me contestó que no, pero que cuando se descubría juzgando a alguien, lo imaginaba en otra situación, por ejemplo, si fuera su amigo o pariente, lo más probable es que no le cayera mal.

Mi mamá, por su parte, siempre se ponía en los zapatos de los demás. Cuando alguno de nosotros criticaba la actuación de alguna actriz o actor, nos decía: “Bueno mijita, es que así le ha de haber dicho el Director que lo hiciera”… Y aunque no hubiera sido así, ¿a mí qué me importa cómo se ven, cómo actúan o qué hacen los demás?

Así que, por experiencia les digo: la próxima vez que defiendan un punto con mucha pasión, tómenlo como un foco rojo y piensen un poquito si ustedes no están cayendo en lo que tanto aborrecen. O lo que es lo mismo, antes de fijarse en lo que hacen los demás, tengan mucho cuidado, no vaya a ser que alguien más llegue y les diga:

“¿Y tú qué horas traes?”

“El ayuno que a Dios le agrada”

Ayuna de juzgar a otros, llénate del Cristo que vive en ellos.

Ayuna de soltar palabras hirientes, llénate de frases que purifican.

Ayuna del descontento, llénate de gratitud.

Ayuna de enojos, llénate de paciencia. 

Ayuna de pesimismo, llénate de optimismo.

Ayuna de quejarte, llénate de apreciar lo que te rodea. 

Ayuna de presiones que no cesan, llénate de oraciones.

Ayuna de amargura, llénate de perdón.

Ayuna de egoísmos, llénate de comprensión a los demás.

Ayuna de desaliento, llénate de esperanza eterna en Jesús.

Ayuna de todo lo que te separe de dios, ¡llénate de Amor!

El ayuno que yo quiero es este: 

Suelta las cadenas injustas

Desata las correas de yugo

Deja libres a los oprimidos

Acaba con todas las opresiones

Comparte tu pan con el hambriento…

Hospeda a los pobres sin techo

Dale ropa al desnudo

Entonces invocarás al Señor y Él te escuchará…

NAVIDAD EN FEBRERO

Hoy es ocho de febrero de 2015. Acabo de despertar y lo primero que hice fue sacar a mis tres perros y darles de comer. Caminando por el pasillo, mis ojos se encontraron con nuestro hermoso árbol de Navidad… -y aquí se oye el sonido de un disco al rayarse- ¿Quéeeee? ¿Un árbol de Navidad en pleno febrero? Sí, leyeron bien. Y no solo eso, en el patiecito interior aún tenemos esferas colgando de un árbol y otras adornando las macetas.  ¿Me volví loca, o qué? Pues no, nunca he estado más cuerda, pero este año decidí que esos adornos me llenaban el alma y que no tenía por qué privarme de ellos. Hice un consenso con mi marido y mis hijos y todos estuvieron de acuerdo en que lo dejara (bueno, en realidad les pregunté solamente por el árbol, no por lo de afuera, pero pa’l caso es la misma). Mi hijo sugirió que cambiáramos los adornos del árbol con cada temporada. Al principio, me pareció una tarea titánica y totalmente agringada, pero ahora que lo pienso mejor, no es una mala idea. Si bien, no lo dividiría como la mercadotecnia lo hace (día de San Valentín, primavera, Pascua, de la Madre, del Padre, verano, la Independencia, Acción de Gracias, otoño y nuevamente Navidad), probablemente podría comenzar con dos tipos de adorno: primaverales y los que ya tengo y de ahí ir viendo qué se me ocurre. 

Y es que estamos tan acostumbrados a vivir bajo las normas de la sociedad que muchas veces nos privamos de cosas que nos gustan. 

Esta decisión me hizo recordar a la mamá de unas queridas amigas mías: la señora Martha Alvídrez de Aguayo. En su casa se podía encontrar el árbol de Navidad en pleno junio, ya sin ninguna esfera y bastante maltratado porque los gatitos que ahí vivían se daban vuelo colgándose de las ramas como mini Tarzanes, ¡se veían muy simpáticos!

Obviamente, como adolescente nunca lo entendí (y confieso que ni de adulta, jajaja), apenas ahora a casi 30 años de distancia, entiendo el por qué. 

La señora Aguayo era una mujer sumamente alegre y parlanchina que disfrutaba la vida al máximo sin importarle lo que los demás pensaran de ella. Algunas veces te abría la puerta en camisón aunque no se acabara de levantar ni estuviera a punto de acostarse… me imagino que simplemente tenía calor y quería andar cómoda. 

Siempre te recibía con una gran sonrisa y te platicaba vida y obra de todo el mundo… no le paraba la boca, jajaja. Una vez me tocó ir a hacer un trabajo a casa de mi prima Susanita con unas amigas. Todas llegamos muy puntuales… todas, menos Adriana, hija de la señora Aguayo. Le pedí el teléfono a mi prima y me fui a hablar a una de las recámaras para poder oír entre tanta boruca. Me contestó su mamá:

—Hola señora, ¿cómo está? Habla Laura Jurado, estoy buscando a Adriana

—Hola mijita, yo muy bien, gracias. Fíjate que no sé si está porque hace rato escuché ruidos en la cocina, me asomé y estaba Carlos comiendo con unos amigos. Uno de esos niños es hijo de una señora que conocí en el super y bla, bla, bla… Por cierto, Marcela se fue a una fiesta anoche y bla, bla, bla. Nombre, pero Chivín trajo un perro y bla, bla, bla, y yo pensé que Curro se había ido a la tienda y bla, bla, bla, aunque más bien creo que Elsa es la que salió con Víctor porque bla, bla, bla, pero Claudia se ha de haber quedado…bla, bla, bla. Y mi marido no ha llegado del Tec porque bla, bla, bla.

Esa conversación duró como media hora!!!! Mis amigas se asomaban a cada rato a ver si iba a venir Adriana o no y yo solo podía hacerles señas de que aún no lo sabía, jajaja.

Por fin, sin decirme nada de lo que yo realmente quería saber, remata la ilustre señora Aguayo:

—Ay bueno mijita, ya no me estés quitando mi tiempo, ¿eh? Adiós. 

¡Jajajajajajajajajajajajajajajajajajaja, casi me tiro al piso a reírme y todas las amigas junto conmigo!

Y es que así era la señora… ella vivía la vida y hacía lo que disfrutaba, sin importarle para nada lo que los demás pensaran de ella. En este caso, le gustaba platicar y aprovechaba cualquier momento para hacerlo. 

A todos nos caía súper bien.

Dos años después, Adriana y yo entramos a la Escolta del Tec y un 10 de Mayo fuimos a dar gallo con los de la Banda y la otra Escolta (varonil). Era una serenata muy diferente, ya que lo que se tocaba primero eran marchas militares. ¡Ah, pues la señora Aguayo, toda acoplada, salió a disfrutar de la serenata en vivo y en directo, pero no solo eso, también les decía a los muchachos qué marcha tocar, ¡jajajajaja, se las sabía todas!!!

En verdad era un deleite estar cerca de ella. Y bueno, a 18 años de haber dejado su cuerpo físico, sigue inspirando con su forma de ser y desde el Otro Lado aplaude mi decisión de dejar el arbolito de Navidad. 

Ojalá que todos lleguemos a ser tan alegres y despreocupados de la opinión de los demás como lo fue ella. 

Su paso por esta Tierra en realidad fue muy corto, pero por fortuna lo vivió como ella quiso. Que esta gunicharrita sea un pequeño homenaje a esa señora de la hermosa sonrisa, a quien le mando un abrazo gigante y otro para su esposo, hij@s y niet@s. 

¡Gracias por sus enseñanzas, señora Aguayo!

AL ACECHO DE MIS PENSAMIENTOS

No cabe duda que los comienzos tienen algo especial: la enjundia se siente en el aire. Este enero, por ejemplo, lo empecé con el pie derecho al asistir con mi esposo a una plática sobre pensamiento positivo. Esta fue organizada por la misma señora que el año pasado inspiró la gunicharrita “Como la luz de una vela”. 

Invité a varias de mis amigas y todo ese día estuve intercambiando mensajes con ellas. Poquito antes de las seis de la tarde, recibo uno de mi amiga Claudia, diciéndome que iba saliendo de su casa. “¿Por qué tan temprano? –pensé, si la plática era a las 7:30. Luego recordé que ella vivía en Horizon y esto era del otro lado de la ciudad. 

Mi esposo llegó como a las 6:40, le di de comer y le dije que tendríamos que salir a las 7:15. A las 6:55 me entra la duda del horario y abro el correo con la invitación… ¡la plática era a las 7:00! Le llamo a la organizadora (con la que ya había hablado dos veces ese día) y le pregunto si podemos llegar un poquito tarde. La señora como que se saca la onda, pero al decirle que llego en diez minutos, me dice que está bien. A las 6:58 le digo a mi marido, corro a lavarme los dientes y salimos derrapando llanta. Afortunadamente, el lugar quedaba a tan solo cinco minutos, así que llegamos justo cuando la señora terminaba de presentar al expositor, un joven español. 

Nos sentamos a escuchar. El chavo comenzó preguntándonos por qué habíamos ido a la plática, cuál era nuestra misión, quiénes éramos. Luego pasó a los pensamientos, los cuales –nos dijo- son semilla y energía.  Semilla  porque son creadores… de lo bueno y de lo malo; energía porque tienen la habilidad de transformar nuestro estado de ánimo. 

Nos hizo ver que nuestras circunstancias actuales son producto de nuestros pensamientos pasados (¡bien por eso!). 

A continuación se dispuso a clasificarlos:

  1. Pensamientos Útiles (los que sirven para llevar a cabo nuestras rutinas: ‘me voy a bañar’, ‘voy a preparar tal cosa de comida’, etc.)
  2. Pensamientos Inútiles (preocupaciones y elucubraciones,  por ejemplo, ‘ay, fulanito viene en la carretera, ojalá que no le pase nada’ o ‘híjole, se me hace que zutana no me saludó por lo que le dije el otro día… sí, eso ha de haber sido, pero qué payasa, ¿por qué se enoja?… bla, bla, bla’.
  3. Pensamientos Positivos (esto es obvio, ¿no? Por ejemplo: ‘qué rico bañarme con agua calientita’, ‘qué felicidad tener a mi familia’,  ‘adoro a mis gatos’, ‘qué amable la gente con la que me topo’ etc.).
  4. Pensamientos Negativos (‘todos son unos idiotas’, ‘fulanita se cree mucho’, ‘no soporto a X persona’, ‘el dinero no me alcanza para nada’, ‘odio mi cuerpo’, etc.)

El joven  expositor nos explicó que no necesitamos pelearnos con nuestros pensamientos, simplemente estar conscientes de ellos y así poder elegir cuáles queremos tener. Luego hicimos una pequeña meditación en la que deberíamos de sembrar un pensamiento positivo. Claro que yo tenía tanto sueño que me dormí, pero a la mayoría de los asistentes les gustó mucho. 

Nos dejó tarea para la semana: convertirnos en los guardianes de nuestros pensamientos, o sea, estar conscientes de su presencia e identificarlos. 

Salimos de ahí congelándonos (hacía un frío de la tiz y habíamos dejado los zapatos afuera), pero encantados con esa valiosísima información que habíamos recibido. 

De inmediato me puse –como dice el título- al acecho de mis pensamientos, ¡es padrísimo estar consciente de ellos! Desde entonces he tenido algunos negativos, muchísimos útiles, otros inútiles (no de preocupación, sino tratando de adivinar por qué actuó de determinada manera una persona que me lastimó e imaginándome todo lo que dice… ¡qué desgastante  y la neta, qué inútil!) y muchos otros positivos, la mayoría de agradecimiento. 

¡Ah, pero eso no es todo lo que aprendí en la semana! Al día siguiente de la plática me fui a la primera clase de un taller que estoy tomando: “Ocho Etapas”. No les voy a contar de qué se trata, pues es otro rollo. Solamente les quiero compartir algo que ahí aprendí y que también estoy empezando a poner en práctica. Haydée –la terapeuta- nos sugirió que todas las noches identificáramos algo de lo que estemos agradecidas y algo de lo que no nos sintamos orgullosas (y aquí es donde entran los pensamientos positivos y los negativos que tuvimos en el día o los que tengamos en ese momento). Cuando escuché esto, me acordé que unos tres o cuatro años atrás, yo había comenzado algo similar con mis hijos. La diferencia era que debíamos escribir muchísimas cosas de las que estábamos agradecidos (no recuerdo el número… ¿20? ¿50? No sé, solo sé que era algo excesivo, por lo cual la práctica no nos duró ni una semana). 

Esta versión más ‘light’ me entusiasmó e hice planes para saliendo de ahí pasar a una tienda a comprar un cuaderno súper bonito y tal vez unas plumas de gel de colores para comenzar esa misma noche. Sin embargo, mi hija me cambió la pichada al pedirme que fuera por ella a la escuela porque se sentía mal (estaba muy resfriada). 

Esa noche, mientras me lavaba la cara, me acordé de lo que iba a comprar y dije para mis adentros: ‘¡Chin, no fui por el cuaderno! Bueno, pero a ver… ¿qué hubiera escrito hoy?’ Les juro que en menos de dos minutos ya tenía una larga lista de cosas qué agradecer y una o dos de las que me arrepentía o no me sentía tan orgullosa. En ese momento me di cuenta que no necesitaba un cuaderno bonito ni unas plumas de gel de colores… es más, no necesitaba escribirlo, ese “corte de caja” mental fue suficiente para aterrizarme. 

Y claro que no tenemos que esperarnos a la noche para hacerlo. Hace unos días, por ejemplo, salí al jardín y mi corazón se llenó de gratitud al disfrutar del aroma de la chimenea, los rayos del sol en un día frío, mis tres adorados perros corriendo, el hecho de tener a mi marido trabajando ese día desde la casa, que ese día había venido la Alegría del Hogar y mi casa lucía impecable… y por si eso fuera poco y no me cupiera ya más amor en el corazón, de allá arriba me mandaron mi pilón al escuchar de repente un sonidito que me parecía conocido; al voltear hacia los árboles, veo no un pájaro carpintero, sino ¡dos!

En ese momento maté dos pájaros (valga la redundancia) de un tiro: identifiqué muchos pensamientos positivos y escribí en mi cuaderno mental todo aquello que agradecía hasta ese momento. 

Con una gran sonrisa y sintiendo un calorcito especial en mi corazón, entré a mi casa y di gracias por estar consciente de aquellas cosas que en ese momento me hicieron sentir la mujer más afortunada del mundo. 

Y colorín colorado, la gunicharrita se ha terminado. 

Como la luz de una vela

Para empezar con esta historia, voy a hacerles una pregunta individual: “¿Quién eres…?”

Al principio la respuesta puede parecer muy lógica, pero conforme comenzamos a pensar, nos damos cuenta que nuestro nombre, o una descripción de nuestra apariencia física no puede describirnos. Inclusive si me dan una descripción de lo que hacen, puede ser algo confuso, ya que durante el día representamos distintos papeles: esposa/o, secretaria, ingeniero, papá, mamá, doctora, albañil, amiga/o, hija/o, vecina/o, compañero de la escuela, etc. ¿Cuál de todas estas personas eres tú? Con cada uno de estos papeles surge un aspecto diferente de nuestra personalidad. Pero hay algo que va más allá de todo eso y en un momento lo voy a explicar. 

Comenzaré contando que hace unos días, mi esposo, mi hija y yo fuimos a una plática interesantísima que me hizo comprender quién soy y cambió la percepción que tenía de mí misma y de mi entorno. 

Faltaban unos minutos para que diera inicio la charla. La expositora, una señora de mediana edad, nos recibió con una voz muy dulce y una hermosa sonrisa. 

Debo confesar que en cuanto pasamos al salón me gané una tachita para la tabla de propósitos de la que hablé la Gunicharrita pasada (¿se acuerdan?). Bueno, pues con la pena, pero les voy a contar por qué. La expositora era una señora hindú, y me llamó la atención ver que había varias personas de esa nacionalidad en el lugar (casi siempre solo hay una o dos). En eso vi a otra señora –claramente mexicana- vestida con una túnica muy larga y un pantalón. Lo primero que pensé fue: “Ay no manche, ni que fuera muy hindú…”, afortunadamente, luego de unos minutos comprendí que eso no era de mi incumbencia y que la señora podía vestirse como le diera su gana. Me di cuenta que yo en lo que debería fijarme era en su espíritu y no en su apariencia. Luego de esa metida mental de pata, comenzó la plática. 

La expositora comenzó  a explicarnos lo que se supone ya sabemos: 

QUE TODOS  SOMOS SERES DE LUZ VIVIENDO TEMPORALMENTE EN UN CUERPO FÍSICO 

(sí todos, hasta aquellos que consideramos de lo “piorrrr”).

Desgraciadamente, muchas personas actúan como si el cuerpo fuera lo más (¡o lo único!) importante. Lo más grave de eso –siguió la señora- es que cuando nuestra conciencia está en el cuerpo físico y no en el espíritu, Dios no nos puede ver ni escuchar (¡plop!). De acuerdo a esta teoría, necesitamos dejar que nuestra luz brille para que Dios nos pueda encontrar. 

Al principio esto me sonó medio raro, pues ¿qué no Dios es todopoderoso y puede sacarnos de donde nos encontremos? Pues sí, sí lo es, pero así como es todopoderoso, también es respetuoso, y nos dio libre albedrío.  Entonces recordé que las oraciones para los difuntos son muy importantes porque para muchos de ellos –los que no actuaron bien mientras estuvieron en la escuela de la Tierra- las oraciones son la única manera de ascender a la luz… de llegar a Dios. 

La señora entonces comparó al ser humano con un reino, en donde el cuerpo y los sentidos son los súbditos, y el espíritu es el rey que tiene su trono en el entrecejo. ¿Por qué ahí? Pues porque para tener las cosas bajo control, el rey (o el conductor si se compara al cuerpo con el vehículo de nuestra alma) debe de sentarse en un lugar en donde tenga acceso a los controles y donde pueda obtener toda la información necesaria para tomar decisiones. Dado que nuestras acciones comienzan con un impulso del cerebro, y toda la información que viene de los ojos, oídos, etc., es transmitida a éste, el alma entonces se sienta en el centro de nuestra frente, en un lugar cercano al cerebro. 

Como en cualquier monarquía, el rey debe encargarse de vigilar y corregir a sus súbditos. En este caso, mediante una “audiencia” al final del día o en cualquier momento que lo crea necesario. 

Por ejemplo, supongamos que alguien viene a contarnos un chisme y nosotros no solo lo escuchamos, sino que hasta contribuimos poniendo de nuestra cosecha. Bueno, pues ahí es donde entra el “Rey” (nuestro Espíritu) a dar una amorosa reprimenda a los sentidos:

“A ver, Oídos, hoy les vinieron con un chisme y ustedes lo escucharon todito… ¡Eso no se hace! ¿Cómo saben si lo que les dijeron es verdad? Y aunque así fuera, ¿a ustedes qué  les importa? ¡Muy mal hecho, que no se vuelva a repetir!”

“A ver, Boca, ¿por qué hablaste mal de fulanito de tal? Dijiste cosas que no debías, ¿qué no sabes que puedes lastimar con las palabras? Espero que de aquí en adelante utilices el don del habla solo para decir cosas buenas, ¿entendido?”

Y así por el estilo. 

Esto me tomó por sorpresa, pues aunque yo sí acostumbro a hablar conmigo misma, nunca me había dirigido a mis sentidos. Por ejemplo, cuando hago algo malo, me recrimino diciendo: “¡Ay Lauritajurado, Laurita Jurado!”. Aunque bueno, esto lo uso en situaciones que no son realmente importantes, como que se me caiga algo, que me equivoque de hornilla al cocinar, que no guarde un documento, etc. Y bueno, el hecho de llamarme por mi nombre y no de dirigirme al sentido involucrado en la falta, solo hace más difícil que comprenda que en esencia soy solamente un hermoso punto de luz. 

¿Entonces qué? ¿Esto significa que no debemos poner atención al cuerpo? Para nada. Nuestro cuerpo es el vehículo del espíritu, y es absolutamente necesario para aprender, porque aquí en la Tierra, la mayoría de las personas no podemos ver, escuchar o sentir a un espíritu si no tiene cuerpo. Por ejemplo, ahorita que estaba escribiendo esto, llegó mi adorado Paco (para los que no lo conocen, es el gato más hermoso del mundo). Lo cargué, y durante unos minutos mi espíritu se llenó de una inmensa alegría al poder tocar su pelaje suavecito, escuchar su tranquilizante ronroneo, y ver su carita perfecta. Si Paco o yo no tuviéramos cuerpo, no lo hubiera podido hacer, ¿verdad?

Por lo anterior, debemos de estar agradecidos con el cuerpo que nos ha sido prestado, y cuidarlo de la mejor manera. Y qué mejor que tratarlo como una madre amorosa trataría a su hijo, ¿no? 

Por ejemplo, cuando nos sintamos cansados o enfermos, lo correcto –según esta teoría- es acariciarlo (ella lo hacía en el brazo) y decirle: “Ya me di cuenta que te sientes mal, pero no te preocupes que yo te voy a cuidar… mira, te voy a dar X cosa que te hará sentir mejor y te voy a llevar a la cama para que descanses”. 

De igual manera, a la hora de comer, bendecir nuestros alimentos y pedir a Dios que remueva toda impureza de ellos para que nuestro cuerpo se beneficie. Entonces, con mucho amor, decirle a éste: “Mira, te voy a dar esto de comer, te va a hacer mucho bien”. 

Siguiendo este método, la hora del descanso nocturno se puede convertir en algo muy especial. Para esto, tenemos que emular a las personas que van a la universidad en su carro y al final del día regresan a su casa, estacionando éste para que pase la noche. Pues bueno, también el espíritu hace algo parecido. Cuando llega la noche, lleva a su vehículo a un lugar donde pueda descansar (cama), ‘se baja y se va’ a su casa… al Verdadero Hogar, donde lo espera su Padre/Madre. Nótese que puse ‘se baja y se va’ entre comillas, ya que no dejamos el cuerpo, solamente nos conectamos con Dios a través de nuestro Espíritu. Según la expositora, si al irnos a dormir cobramos conciencia de esto y nos despedimos temporalmente del cuerpo para ir a nuestro Hogar, tendremos el sueño más reparador que jamás hayamos imaginado. Al día siguiente, lo primero que debemos hacer al despertar es dar las gracias a nuestro Padre/Madre, decirles “¡Buenos días!”, agradecidos de haber pasado la noche en nuestro amoroso Hogar, y subirnos a nuestro carro. Durante el transcurso del día, tener siempre presente que como somos una chispa de luz de Dios, somos entonces los reyes, y los sentidos  son los súbditos. Entonces, mirar a todas las personas como el ser de luz que son, dejando atrás las etiquetas. No debemos ver si son altas, chaparras, gordas, flacas, ‘buenonas’, morenas, güeras, pelirrojas, católicas, budistas, protestantes, agradables, desagradables, guapas, feas, mexicanas, gringas, pochas, australianas, nacas, elegantes, sinceras, traidoras,  y un larguísimo etcétera. 

Esto es más fácil de entender si comparamos la flama de dos velas… ¿qué tan diferente es una de la otra? ¡Son exactamente lo mismo! La luz siempre será luz, y eso es algo que debemos recordar todos los días a toda hora. Y ya para terminar, les dejo un ejercicio: cuando se encuentren con alguien, véanlo al entrecejo e imaginen que ahí está la flama de una vela… verán cómo cambia su percepción acerca de esa persona. 

Si nos acostumbramos a hacer esto constantemente, habremos dado un salto cuántico en nuestra evolución espiritual y nos ahorraremos muchas lágrimas y dolores de cabeza. 

Para despedirme, los dejo con la misma pregunta del principio, esperando que ahora sí ya sepan la respuesta: 

Y tú… ¿quién eres?

EL ARETE PERDIDO DE MI MADRE

Mi mamá murió hace 10 años… bueno, ella no, solamente lo hizo su cuerpo físico. Cuando eso sucedió, ninguno de sus seis hijos se atrevió a tocar sus cosas, para no entristecer más a mi papá. Meses más tarde, le preguntamos si no le molestaría que sacáramos todas sus pertenencias de la recámara. Contestó con un lacónico: “hagan lo que quieran, a mí me da igual”. Entonces, nos juntamos las cuatro mujeres a repartirnos las joyas de la corona. El procedimiento fue así: cada quien escogió lo que más le gustaba, separándolo en un montoncito; luego, las demás revisamos lo que las otras habían elegido. Lo que a todas o a algunas de nosotras nos gustaba, lo rifamos. Así me hice de los aretes de bola de oro, tan característicos de mi mamá. 

Con el resto de las cosas fue igual. Antes de cumplirse el segundo aniversario luctuoso, mi papá emprendió la graciosa huída, dejándonos –ahora sí- completamente huérfanos, por lo que –meses después- nos dispusimos a repartir todo lo que quedaba. Las cuatro mujeres hicimos un inventario de todos los objetos de la casa, en el cual no incluimos ni la ropa ni las lociones del Gordo… de eso se encargaron mis hermanos, como en su tiempo las mujeres lo hicimos con lo de mi mamá. El proceso fue igual que con las joyas: preguntábamos quién estaba interesada en ese mueble, adorno, utensilio o foto en particular y si no había nadie más que lo quisiera, se lo dábamos a esa persona. Virgilio –el mayor- había dicho que solo le interesaban el órgano Wurlitzer que mi papá había comprado en los 70´s y la foto de mi abuelo Nicasio Jurado con su amigo, el entonces Presidente Francisco I. Madero. Álvaro, por su parte, solo quería fotos, pero nosotras, como buenas viejas quisimos todo lo demás.  Todos estuvimos de acuerdo en que el órgano fuera para Virgilio, pero a las fotos les sacamos copias y luego rifamos los originales. Esa rifa tuvo que realizarse varios meses después, ya que no pudimos terminar todo de un jalón. En esa ocasión, solo estábamos Nora y yo, así que con los hijos de Thalía de testigos, procedimos a la rifa. Curiosamente, Álvaro se sacó la mayoría de ellas, lo cual nos dio mucho gusto y llegamos a pensar que a mi mamá también y que desde el cielo lo animaba diciendo: ¡Eso mijito!

Aparte de los aretes de bola, tengo otras cosas que me recuerdan a mis papás. Las más significativas: un juego de té que alguien regaló a mis papás en su boda y que fue hecho en el Japón ocupado; un aplastador de madera para tortillas de harina que mi mamá le había heredado en vida a mi esposo para sus sopes; un frasco muy bonito de café con hojas de laurel que ella me había regalado una vez que se lo chuleé; una caja de acero inoxidable del Gordo, llena de tijeras y otros chunches médicos, así como su precioso maletín. 

Pues bien, el otro día vi los aretes de mi mamá y pensé en ponérmelos. De repente me pasó por la cabeza la idea de que se me podían perder, pero como íbamos de viaje, decidí que quería que mi mamá nos acompañara y me los puse. Nos paramos un momentito en Walmart, me bajé y compré algo. Luego llegamos a otra tienda cerca de Cloudcroft, solamente a curiosear. Nos paramos en el pueblo y comimos en un restaurante. Cuando me subí al carro, me di cuenta que solo traía un arete… la sangre se me fue a los pies, pues recordé el pensamiento que tuve en la mañana. Pensé que se podía haber atorado en la bufanda que me acababa de quitar, pero no. Lo busqué en el carro, en mi ropa, por todas partes y nada. Me podía mucho no haberle hecho caso a mi intuición y pensé que mis hermanas se iban a enojar conmigo. Inmediatamente después me calmé, diciéndome que solamente era algo material que ya había cumplido su ciclo conmigo. Si había soltado a mi mamá… “cuantimás” un arete, ¿no? Entonces me tranquilicé, sabiendo que mis hermanas pensarían igual que yo.

Estuvimos fuera por tres días y medio. Cuando regresamos, hablé con Nora mi hermana, quien me contó que estaba muy triste porque había perdido las llaves de su casa. En eso recordé el arete y le conté lo ocurrido. Por supuesto que ella le dio el mismo enfoque que yo. De repente, una idea cruzó mi mente… me dirigí al lugar donde guardo mis joyas y… ¡ahí estaba… solamente me había puesto uno, jajaja! Tomé el arete y lo besé, dándole gracias a mi mamá y a los ángeles por haberlo cuidado. No cabe duda… Si amas algo, déjalo ir.