AGUAS

Dicen que cuando el río suena es que agua lleva… ¡En la torre! Ya me pusieron a pensar dos personas que en los últimos meses me han dicho algo que me ha sorprendido bastante. 

La primera fue una señora muy querida a la que hace tiempo adopté como mamá. En una ocasión que me dio un regalo “nomás porque sí”, le dije que me daba mucha pena recibirlo, que para qué se había molestado y todas esas babosadas que uno acostumbra decir. Su respuesta me dejó de a seis: “Aguas mijita, porque no aceptar los regalos que te hacen los demás raya en la soberbia”… ¡Ploooop! 

  • ¿Por qué? –pregunté asombrada con cara de ¿cómo-chingados-si-soy-bien-linda?

La buena señora procedió entonces a explicarme que así como yo disfruto enormemente al dar, cuando no acepto un regalo o me siento mal porque me lo están dando, le estoy quitando a la otra persona la satisfacción de verme gratamente sorprendida. 

Su lógica me dejó pensando y llegué a la conclusión de que tenía razón, ya que algo que disfruto mucho al salir de vacaciones es comprar recuerditos para amigos y familiares y el ir encontrando algo significativo para cada uno de ellos me hace muy feliz. 

Recordé también una vez que gané dinero en efectivo (creo que como 1,500 pesos de hace casi 30 años) en un concurso. Emocionada, decidí dividirlo en ocho partes para compartirlo con mis hermanos y mis papás. Todos se mostraron muy contentos, solo un@ de ell@s (no voy a decir quién) no lo quiso aceptar, diciéndome que me hacía más falta a mí. Si bien entendí su razonamiento (esa persona ya trabajaba y ganaba mucho más de lo que yo le estaba dando), no pude dejar de sentir un nudo en la garganta al ver cómo mi muestra de cariño era rechazada. Claro que ese detalle no fue lo suficientemente importante en mi vida, ya que hasta hace unos pocos meses, seguí repitiendo la conducta de mi herman@ al no sentirme digna de recibir algún regalo (¡Ay, para qué te molestas, qué pena!). Por fortuna, la plática con mi mamá adoptiva me hizo conectar de nuevo con ese sentimiento que había estado dormido por muchos años y pude hacer ‘clic’ (o lo que es lo mismo, ¡vengan los regalos que los acepto con gusto, jajaja!)

La otra persona que me puso a pensar es alguien a quien conozco poco pero que admiro mucho. Quejándome yo del desmadre que mi hijo tiene en su cuarto, ella me contestó que quizá él solamente está imitándome… ¡Toñoñoñoñóooooon! Mi mente viajó de inmediato a mi closet, ya que le traigo unas ganas enormes desde hace meses.  Entendiendo la conexión entre una y otra cosa, le dije: 

—Tiene razón, mi closet también es un desmadre, pero créame que no tengo tiempo de arreglarlo. 

Y ahí fue cuando vino el segundo jalón de orejas:

—No tiene tiempo… OK… Decir que no se tiene tiempo para hacer algo es ser SOBERBIO… ¿Usted cree que si Laura (´ora yo) deja de hacer alguna de las múltiples actividades, el planeta Tierra va a dejar de girar (e hizo la representación con las manos, simulando que el planeta se detenía, emitiendo un chirrido)? ¡Pues no!!! A nadie le deseamos que se enferme o tenga un accidente y vaya a dar al hospital, pero cuando esto sucede… ¡no pasa nada allá afuera!!!! ¿Por qué? Porque no somos IN-DIS-PEN-SA-BLES y el pensar lo contario denota soberbia. 

Toin, toin y más toin!!!! 

¡Es cierto! Y de pronto recordé la frase mamona que la mayoría de las mamás solemos decir, hasta poniendo cara de mártires y dándonoslas de ‘muy acá’: 

—“Es que las mamás no nos podemos enfermar…” y con voz de Armando Hoyos: ¡Cá-lle-se! … o como decían unos amigos: “¡No sea mamón!” (por cierto, esa frase le encantaba a mi mamá y cuando veía a alguien muy mamilas, la decía sin que la otra persona se diera cuenta, jajajaja).

Es cierto, somos personas muy ocupadas, pero la naturaleza se encarga de desmentirnos cuando nos resfriamos o peor aún, cuando nos viene alguna otra enfermedad grave Y EL MUNDO SIGUE GIRANDO: Alguien más hace de comer en nuestras casas, las mantiene limpias, sirve de chofer de los hijos y un larguísimo etcétera. 

Y aquí queda perfectamente la frase de una famosa modelo de los años 70’s u 80’s que leí cuando era una adolescente cursi que se la mantenía copiando frases y citas citables de libros y revistas (han de disculpar que no sean las palabras exactas, pero no encuentro la libreta en la que la apunté):

“Mi consejo para quienes desean ser modelos es que NO SE TOMEN DEMASIADO EN SERIO.  Deben recordar que si aparecen en las portadas de las revistas no es porque hayan firmado un importante tratado de paz, sino porque el color de su cabello combina con el lápiz labial”.

¡Bien! 

Así que, de todo corazón, mil gracias a esas dos maravillosas personas por hacerme ver la realidad. ¡Y a ponerlo en práctica!

La pausa del medio siglo

Una pausa en el camino a medio siglo de distancia.

¿Recuerdan que en la gunicharrita anterior les conté que para celebrar mis 50 primaveras pensaba irme a un retiro de meditación en silencio? Pues bien, por primera vez en muchos años, pasé mi cumple de una manera totalmente diferente a lo de siempre y quiero platicarles cómo me fue. 

Esto sucedió en Las Cruces, Nuevo México, en un lugar que unos sacerdotes franciscanos tienen especialmente para retiros.

¿Sacerdotes? ¿Retiros? No se asusten, yo no soy nada religiosa, aunque cuando era adolescente sí me atraía mucho lo que la iglesia católica hacía. Junto con mis hermanas Thalía y Nora participaba en el grupo de oración de San Felipe (en Chihuahua). Nos juntábamos los sábados, cantábamos y hacíamos oración. Los domingos nos íbamos muy temprano al Hospital Central a cantarle a los enfermos… mi mamá nos decía que más bien íbamos a martirizarlos, ¡jajaja! Una vez hubo un retiro en la ciudad de Delicias y tuve la fortuna de ir. Fue solo de un día, salimos muy temprano y regresamos como a las 11 de la noche, creo. No recuerdo muy bien qué hicimos, solo  que cantamos y que el ambiente era increíblemente hermoso. 

Luego crecí y desarrollé una alergia por la religión. A pesar de eso, volví a ir a otro retiro, en esta ocasión para matrimonios,  en el mismo lugar del de la semana pasada. También fue muy bonito. 

El de mis 50 años (10 después del de matrimonios) sería el primero que no tuviera nada que ver con la religión… bueno, si acaso un poco con el budismo, pero en realidad era más bien iba a ser una práctica espiritual.  

Y se llegó el día. El registro era de 3 a 5, pero yo -a la moda Jurado Alonso- llegué después de las 6, ya que tuve que ir por mis hijos a la escuela, llevar a la alegría del hogar al camión, comer y pues ya entrados en gastos, aventarme unos quince minutos de “Drop Dead Diva” con mi marido… de despedida. 

Subí las maletas a mi camioneta… fue una sensación muy rara irme yo solita, pero me di ánimos pensando que así había nacido y que cuando mi cuerpo muriera, así también regresaría al Hogar. En el camino apagué el radio para ir entrando en el silencio. Llegué a las Cruces (o Kruces, para los pochos) en un santiamén y  me dirigí al lugar del retiro. Me estacioné entrando a la derecha y sonreí dando gracias a mis angelitos adorados de mamá y de papá porque –para variar- me tenían el lugar de la mera orilla (como siempre se los pido para evitar los portazos). 

Bajé primero un pastel que había comprado en Sam’s, ya que todos teníamos que llevar algo y eso fue lo primero que me topé al entrar a la tienda… ¡se veía delicioso! Llegué directo a la cocina y ahí me encontré a Frances, la coordinadora. El voto de silencio todavía no comenzaba, así que me presentó a Michael Freeman, quien sería nuestro guía durante el fin de semana (Michael es uno de los fundadores de un monasterio contemplativo en Nuevo México: Southwest Sangha).

Frances guardó el pastel en el refri y me entregó la llave de mi cuarto. Regresé al carro por mis cosas y después de dejarlas en la habitación, me dirigí a la sala de meditación, a donde ya estaban entrando algunas personas; dejé mis tenis cerca de la puerta y me senté entre dos señoras. En total, éramos como 30 personas  (20 mujeres y 10 hombres), con edades que fluctuaban entre los veintipocos hasta los chochenta y muchos.  No me lo esperaba, pero Michael comenzó pidiéndonos a todos que nos presentáramos y que dijéramos por qué habíamos ido al retiro. Nos explicó que a partir de esa noche ya no deberíamos de hablar y que en lo posible, evitáramos establecer contacto visual con los demás. Como no éramos los únicos en el centro (había también un grupo de diáconos), nos pidió que no nos molestáramos ni los juzgáramos si los escuchábamos hablar en los pasillos o a la hora de la comida, pues ellos no tenían por qué guardar silencio. 

Luego procedió a explicar la agenda. Esa noche meditaríamos por un buen rato y a las 9 podíamos ir a dormir o continuar meditando por todo el tiempo que quisiéramos… o bien, irnos a nuestra habitación y regresar a cualquier hora de la noche. A las 6:30 del día siguiente, él pasaría por los pasillos tocando una campanita para despertarnos y a las 6:45 habría una clase de Chi Gong. A las 7:15 meditaríamos y a las 7:45 nos iríamos a desayunar. 

Algo no tenía sentido, así que levanté mi manita para preguntar si aparte de ser un retiro sin hablar, era también un retiro sin bañarse, ya que solo nos daban 15 minutos para estar listos, jajaja. Y es que sin celular (nos habían pedido que lo dejáramos en el carro) y sin reloj (yo nunca uso), iba a estar muy cañón levantarnos, lo bueno es que Frances -mi compañera de habitación- dijo que ella se encargaría de  despertarme (como era la mera mera de ahí, tenía un teléfono para emergencias). 

Bueno, después de todas esas instrucciones, Michael dijo “se cierra la rosca pum, el que hable o se ría, bachicha pum” y comenzamos a meditars. El tipo de meditación que Michael practica se llama Vipassana, que es con la que Buda alcanzó la iluminación y consiste en centrar la atención en algo a lo que podamos regresar cada vez que nos asalta un pensamiento. Ese algo iba a ser nuestra respiración, ya que –dijo- es lo único que tenemos seguro desde que nacemos hasta que abandonamos el cuerpo. Lo que se busca con Vipassana es estar conscientes o alertas en todo momento, no se trata de no tener pensamientos, sino de que cuando estos aparezcan, reconocerlos y etiquetarlos como tales y volver a la respiración, sintiendo cómo entra y cómo sale el aire. 

Esa tarde-noche, cerré mis ojitos, le puse atención a una o dos respiradas y… zzzz… ¡caí como tronco!  Creo que me desperté cuando nos dijeron que nos podíamos retirar, jajaja, ¡qué pena! Claro que Michael ya nos había explicado que no pasaba nada si nos dormíamos, ya que muchos de nosotros no nos dábamos cuenta de lo cansados que realmente estamos… ¡y sí!

Me urgía llegar a mi camita… ¡estaba agotada! Me lavé la cara y los dientes, me puse la pijama, mis cremas y nuevamente… zzzzzz, o más bien… ¡ZZZZZZZ!

Al día siguiente –mi cumple-, Frances y yo abrimos los ojos casi al mismo tiempo. Ella tomó su teléfono y solo me lo mostró para que viera la hora. Mientras ella se metía a bañar, yo me puse a contemplar la mañana y a dar gracias por este medio siglo de vida. ¡El día era hermoso! En el jardín había cuatro cuervos con unas colas majestuosas, como haciendo una especie de danza. Caminaban hacia las orillas (cada uno hacia la suya), levantaban la cabeza al cielo y regresaban al centro. Yo no entendía qué significado podía tener eso, pero me quedé embelesada observándolos. Primero pensé que tenían que ver con mi cumpleaños, o sea, uno por década, pero eran cuatro, no cinco. Luego me imaginé que tenía que ver con mi  familia, la de origen o la que yo formé con mi marido, pero  tampoco tenía mucho sentido, así que me gustó más pensar que tenía que ver con un saludo a los cuatro puntos cardinales… eso me emocionó mucho. 

Cuando Frances terminó, me metí rápido a bañar, utilizando una gorra para el cabello, ya que no me iba a dar tiempo de secármelo. Me arreglé lo más pronto que pude y cuando estaba a punto de salir de la habitación, vi que Frances me había dejado un libro y una barrita energética en mi cama… ¡mi regalo de cumple, qué detalle! Cerré la puerta del cuarto sintiendo mucho gozo y paz. 

Llegué a los ejercicios cuando ya iban a la mitad. La mañana era muy fresca, pero con los movimientos del Chi Gong, pronto entramos en calor. Cuando terminamos, Michael sonó la campana y nos dirigimos a la sala de meditación. Afuera del lugar tuve otro regalote: un gatito anaranjado hermoso que se acercó con toda la confianza a mí… ¡y se dejó cargar! Ronroneaba muy diferente a Paco, Zorry o cualquier otro gato. Una vez más, di gracias porque este cumpleaños estaba lleno de pequeños grandes detalles.

Meditamos, en esta ocasión no me dormí para nada y aunque diferentes pensamientos comenzaron a hacer su aparición, pude identificarlos, etiquetarlos y mandarlos a la… ah no, verdad… pude volver a centrar mi atención en la respiración. 

A la media hora, Michael nos dijo que nos fuéramos a desayunar en silencio y que cuando termináramos, el que quisiera podría practicar Karma Yoga (disciplina a través de la acción). 

Pasamos al comedor, desayunamos muy rico, lavamos nuestros platos y cubiertos, los secamos y los volvimos a envolver en un pedazo de tela (que cada quien había traído), dejándolos en nuestras respectivas mesas. Ya para salir, le di las gracias a Frances en un susurro por mis regalitos. 

Pasé un momentito a la habitación para el clásico “dientes y pipí” y regresé con Michael para el Karma Yoga. Casi me voy de espaldas cuando veo que eso era nada más y nada menos que…. ¡trabajo, jajajaja! A unos nos puso a desyerbar, a otros a barrer y así. Cuando me preguntó qué quería hacer, le dije que acariciar al gato, pero no “capeó”, jajaja.

Desde el día anterior me había llamado la atención que cada vez que alguien entraba a la sala de meditación, hacía una reverencia a una cabeza de madera. Aproveché ese momento para preguntarle a Michael quién era esa persona. Me explicó que se trataba de Kwan Yin, la personificación femenina de Buda (o la Maestra de la Misericordia y del Amor).

Terminamos nuestro trabajo y de 9:15 a 11:45 continuamos con la meditación. En esta ocasión nos dijo que alternáramos la práctica sentados con la meditación caminando. Esto último debíamos hacerlo a paso normal, pero estando conscientes de lo que estábamos haciendo. Por ejemplo, notando que habíamos dado el paso con la derecha, luego con la izquierda y seguir fijando nuestra atención en nuestra respiración. 

Al terminar, pasamos al comedor (poquito antes de las 12). Había tres mesas con comida para nosotras y otras para los del otro grupo. La comida era vegetariana, por lo que me di vuelo probando nuevas recetas. Al llegar a la mesa de los postres, había un pie, el pastel de chocolate que yo había llevado y dos más con letreritos de “Feliz Cumpleaños” para otra señora (que ni fue) y para mí… ¡Esa Frances!!!! Se me salieron las lágrimas… con una sonrisota regresé a mi mesa y le di las gracias. El pastel era de zanahoria… mi favorito cuando no es muy dulce. Este estaba ¡riquisisisisísimo! Tanto, que me tuve que servir dos rebanadas. No sé en qué momento me di cuenta que los del otro grupo no tenían postre, así que le pregunté a Frances si le podía llevar el pastel de chocolate. Me dijo que sí y mientras yo lo ponía en una de sus mesas, ella fue a avisarles, ya que se habían ido a otro lado a comer. 

Comenzó a dolerme la cabeza, pero no traía ninguna pastilla. 

De 1:15 a 5:45 continuamos con la meditación y cenamos (comimos tarde, pues) antes de las 6, para regresar a la meditación a las 7. Luego hubo una sesión de discusión. Michael nos dijo que estaba seguro que la práctica de ninguno de nosotros había sido perfecta, pero nos aseguró que era normal. Eso me tranquilizó, ya que no pude aventarme ningún viaje como los que acostumbro cuando hago una meditación guiada. Solamente tuve una visión con un gran mensaje de algo que estoy trabajando en mi vida. 

Para ese entonces, sentía que la cabeza me iba a estallar. En uno de los recesos me encontré a Michael y a la señora que nos dio las clases de Chi Gong, quienes me dijeron que era exceso de energía. Me fui a mi habitación y me di unos golpecitos utilizando la Técnica de Liberación Emocional (EFT en inglés). Luego me limpié un poco con Sanación Pránica y me dormí. Cuando desperté, el dolor había desaparecido. Claro que todo fue que estornudara, para que el hijo de su madre regresara… ¡grrr!

En fin, esa noche terminamos a las 9 y me fui derechito a la cama. 

Ahora fue al revés, las veces que me despertaba, sentía el dolor (poquito, pero latente), pero en cuanto me levanté, éste desapareció por completo. Como era temprano (antes de las 6) y me quería lavar el cabello, le gané el baño a Frances (ella seguía dormida). Cuando me estaba bañando, recordé que había tenido un sueño muy especial con una persona con la que había tenido un altercado meses atrás. Me pareció algo muy bonito y significativo. 

Me arreglé  y salí de la habitación para unirme al grupo de Chi Gong y luego proseguimos con la rutina, la cual fue básicamente la misma del día anterior. En esta ocasión no le entré al Karma Yoga y me fui a buscar al gatito anaranjado. 

A las 10:30 tuvimos una sesión de preguntas y respuestas y algo muy importante, el cierre. Michael nos explicó que en la vida debemos cerrar todo. Por ejemplo, bajarle a la taza del excu después de usarla, guardar cada cosa una vez que ya no la vamos a utilizar, lavar nuestros platos, secarlos y guardarlos, etc. Dice que si no lo hacemos así, el caos comienza a surgir… y si no le creen a este señor, los invito a que se den una vuelta por el cuarto de mis hijos (o por mi clóset, la cochera, la despensa, etc., etc.!!!), jajaja!

Continuó  mencionando el incidente del pastel de chocolate y me preguntó qué había sucedido… que por qué se los había regalado. Contesté que se me había hecho muy feo que nosotros teníamos cuatro postres y ellos ninguno. Entonces dijo algo que me dejó pensando. Que en el momento en que me vio llevando el pastel a la otra mesa, su “niñito” se había enojado y había dicho “¡Mío, mío, mío!”. Otro señor dijo que pensaba que él había sido el único… ¡yo no hallaba ni dónde meterme! Y es que el día anterior nos había dicho que a veces los adultos reaccionábamos como niñitos pensando que todo nos pertenecía. 

La plática siguió y como a los diez minutos levanté la mano para disculparme con todos por haber tomado una decisión unilateral, pensando solo en el otro grupo y no en el nuestro. Esa disculpa no fue necesaria, todos estuvieron de acuerdo en que había estado bien y Michael señaló que solo quería que nos diéramos cuenta cómo funciona nuestra mente… ¡fiu!

Algunas personas dieron las gracias, compartiendo lo que les había parecido el retiro y a las 12 en punto, éste terminó. Me despedí de las personas que me topé y regresé a mi casa, con ganas de ver a todos los integrantes de mi familia (humanos, perros y gatos) y feliz de haber vivido ese cumpleaños tan inusual. 

Si bien, no fue –como ya lo dije- un viaje como los que a veces surgen cuando practico las meditaciones guiadas, sí fue, sin lugar a dudas, un gran regalo para mi conciencia: el poder estar presente, por más de un día, en el Aquí y el Ahora. 

¡Gracias a Frances y a Michael por hacerlo posible!!!

Y como decía mi papá: ¡Hasta las próximas piscas! (y no, no va con z). 

El mejor regalo para mi primer tostón

CORRIGIENDO EL RUMBO

La muerte es una constante en nuestras vidas, pero últimamente –como dijera mi ilustre hermano Virgilio- se está muriendo mucha gente que no se había muerto antes. No, ya en serio, últimamente he visto a la muerte más de cerca: mi perro Manolito, mi tía Libia y mi amigo Eugenio. Los dos primeros eran ya muy grandes, por lo que su partida  no fue tan inesperada (aunque no por eso, menos dolorosa), pero mi amigo tenía apenas 49 años. Y bueno, aunque él y yo no nos veíamos desde 1998, Facebook nos acercó de nuevo hace pocos años y pudimos restablecer esa amistad que comenzó cuando estudiábamos la carrera. Campe (como le decía mi mamá) fue siempre una persona optimista, alegre, entusiasta y emprendedora que venía de una familia muy amorosa y sencilla. Los dos pensábamos más o menos igual en cuanto a la espiritualidad y cuando volví a tener contacto con él me di cuenta que había crecido mucho en ese aspecto. 

Su muerte me dolió porque era el primero de mis amigos que se iba… a pesar de que nuestra relación no era muy estrecha, los dos formábamos parte de “la bola”. 

Pero no solo eso, también me sacudió pues sirvió para que reflexionara sobre mi propia muerte. El hecho de saber que él estaba muy bien espiritualmente hablando, me dio la certeza de que su retorno al Hogar sería inmediato. 

Y ahí fue donde comencé a pensar en mí… en lo que estoy haciendo por la parte más importante de mi existencia: MI ESPÍRITU.

A los pocos días me llegó una invitación por correo electrónico para un retiro de meditación en silencio (que no tiene nada que ver con ninguna religión, afortunadamente, porque como ustedes saben, me salen ronchas). Yo tenía conocimiento de ese retiro desde hace varios años y aunque siempre me habían dado  muchas ganas de ir, me detenía el hecho de que siempre coincidía con mi cumpleaños y el día de las madres (se me hacía feo con mi esposo y mis hijos). Sin embargo, el llamado era ahora más grande, por lo que le dije a mi esposo que eso quería de regalo para mi llegada al Tostón… ¡y me inscribí!

Y bueno, este retiro no podía haber llegado en mejor momento, ya que el 8 de abril (o sea, un poco más de tres semanas) comencé a desintoxicar mi cuerpo, al decidir dejar de ser parte de un sistema que explota, maltrata y tortura a los animales: me volví vegetariana. Esta fue una decisión que anhelaba tomar desde hace 22 años y aunque SUPUESTAMENTE sí quiero mucho a los animalitos, nunca había hecho nada realmente importante por ellos como reunir el valor para ver los videos de los rastros o de las granjas o simplemente dejar de consumir esos productos. 

Pues bien, ese miércoles 8 de abril tuve una plática muy larga con mi amiga Nancy N., quien también anda en la misma onda que yo. Comenzó a contarme sobre un libro muy interesante, cuando dijo algo que en éste se menciona y que me pareció tenía todo el sentido del mundo: “Cuando comemos la carne de un animal o algún producto de estos, nuestro estado de ánimo se altera y podemos tener depresión, irritabilidad, ansiedad, agresividad, etc.”. Al pensar en la tortura a la que se somete a los animales para consumo humano, creo que es lógico que al comerlo absorbamos todo eso (y si no me creen, vean “
Como Agua para Chocolate”).

A diferencia de hace 22 años que fue mi primer intento, ahora no cambié a lonches de queso y quesadillas (de queso, recuerden que soy norteña). Me puse a buscar recetas en libros, revistas e internet y desde entonces estoy comiendo más nutritivo y variado que nunca. Y mi familia también, ya que aunque les sigo preparando carne, pollo y pescado, les sirvo de lo que yo como. 

Y es que ese era un aspecto que también me detenía… ¿qué les iba a dar, si ellos no querían ser vegetarianos? Hasta que comprendí que el cambio es PERSONAL y que cada quien es responsable de su propia vida y de sus propias decisiones.  Lo único que yo puedo hacer es darles una alimentación más nutritiva y balanceada y dejar de preocuparme  por lo que ellos hagan o dejen de hacer. 

Solo me han pasado dos cosas desde que cambié mis hábitos alimenticios: mi sudor (ustedes disculpen) ya no huele mal, al contrario, ahora es como dulzón… y no, no tengo problemas con mi olfato, jajaja. 

La segunda –y más importante- es que en dos ocasiones he sentido como si trajera otra persona dentro de mí que trae toda la pila del mundo: alegre, con mucha energía y un gozo indescriptible. Me imagino que es mi espíritu, feliz de verme hacer algo por el (escultural, jajaja) cuerpo que me han asignado en esta vida y por los otros seres sintientes que comparten conmigo este bello lugar llamado Tierra. 

Pero eso no es todo… Como bien lo dijo Paulo Coelho: “Cuando realmente quieres algo, el Universo conspira para que lo logres”:

A las dos semanas de haber cambiado mis hábitos alimenticios dio inicio la Cumbre de la Revolución Alimenticia con tres entrevistas diarias que reforzaron en mí el deseo de hacer algo por mi salud, los animales y el planeta. 

Así que aquí estoy, a punto de llegar al tan temido -para muchos- cumple 50 previsto para el 9 de mayo, decidida a tomar más en serio esta aventura del espíritu, que es la que me puso en este hermoso lugar.

Y desde ya, me uno a las muestras de cariño que año con año me hacen sentir la persona más consentida del mundo y comienzo siendo la primera en expresarlo: 

¡Felicidades porque este es, sin duda, el mejor de tus cumpleaños…yay!!!!!

El segundo año de Gunistorias… Yay!

¡Y llegaron los terribles dos años!!! Ah no, ¿verdad? Eso es solo en los niños. Corrijo: ¡Y llegaron los fabulosos dos años!!! Así es, nuevamente nos ponemos de manteles largos, en esta ocasión, para celebrar el segundo año de vida de mi bebé gunistorias. Hasta el momento, escribir las gunicharritas y recibir retroalimentación de quienes me hacen el honor de leerlas ha sido sumamente enriquecedor. Historia tras historia voy aprendiendo un poco más de esta maravillosa pasión. 

Y bueno, hoy quiero dedicar la gunicharrita a aquellas personas que me han externado su deseo de escribir y que me han pedido asesoría. 

Primero que nada, gracias a ellas por la confianza. Para los que no lo saben, yo estudié Ingeniería Industrial en Producción, trabajé unos años en mi carrera y ahora me dedico a hacer traducciones, en su mayoría del inglés al español. Mi incursión en el mundo de las letras se dio un poco antes de que el espíritu de mi mamá abandonara su cuerpo físico y me dejara con un montón de recuerdos atorados en el corazón.

Sin darme cuenta de que estaba formando el esqueleto de mi primer libro, un día comencé a vaciar en un cuaderno algunas cosas que recordaba de mi familia (frases célebres, mascotas, apodos, señoras que habían trabajado en la casa, etc.), pero aunque eran simplemente listas, nos reímos mucho todos cuando se los leí durante la cena de Nochebuena del año 2003. Casi un año después, mi mamá dejó este plano y a los pocos meses, toda la gratitud que yo sentía por haber tenido una familia y una madre como ella se agolparon en recuerdos pugnando por salir al exterior… y mi nueva faceta de escritora (wannabe, si ustedes quieren) comenzó, cristalizando esos recuerdos en “Mamá con Soda”, mi primer libro. 

Cuando  lo llevaba a medias, Carmen Almeida -una amiga de la secundaria- vino a mi casa de visita, por lo que aproveché para mostrarle lo que llevaba escrito y le dije que quería entrar a la universidad para tomar algún curso de escritura creativa o algo así. Después de leerlo, ella me sugirió que no estudiara nada, pues eso simplemente haría que mi forma de escribir perdiera su frescura y me alentó a seguir adelante con mi proyecto. 

Así lo hice y en agosto de 2011 tuve el lanzamiento del libro en el hermoso museo “Quinta  Gameros” de la ciudad de Chihuahua y dos meses después, uno en el Consulado General de México en El Paso, Texas.

¿Que por qué me tardé tanto? Pues porque yo era un ama de casa, traductora y mamá de niños chiquitos que solamente escribía cuando tenía tiempo. 

Del libro obtuve diferentes respuestas, la mayoría fueron –afortunadamente- positivas (que los hice reír, llorar, reflexionar). Solo hubo tres personas que me dijeron algo diferente. Una de ellas fue mi hermano Álvaro, quien me sugirió que para la segunda edición no me clavara tanto en detalles (fechas, por ejemplo). Otra amiga  –la periodista Paty Giovine- me dijo que se había quedado picada con el asunto de los novios, ya que no quise tocar el tema, pero cuando le expliqué que lo había hecho por no incomodar a mi esposo ni a las parejas de mis amigas y primas, lo entendió. De la tercera persona prefiero omitir su nombre, solo diré que me hizo pasar un trago amarguísimo, pues no solo me hizo saber que no le había gustado el libro, sino me dio como diez ejemplos de por qué era –según su criterio- la peor porquería que había leído en su vida. Y aclaro, ni él es crítico literario ni yo le pedí su opinión, él me preguntó si me interesaba saberla… ¡y vaya que “se fue jefe” con ella!

En fin, ese mismo año entré a Facebook y comencé a publicar todo lo que me venía a la mente. Ahí empecé a tantear el terreno y poco a poco fui aprendiendo cuáles cosas gustaban de mi forma de escribir y cuáles no. 

Dos años después nació este nuevo bebé, gunistorias.com, el cual me ha dado un sinfín de satisfacciones pues he podido expresar y transmitir mis sentimientos a todo aquel que me distingue con su lectura. 

Así que bueno, aunque no soy una experta en el ramo, en el tiempo que llevo escribiendo me he dado cuenta de algunos factores fundamentales que pueden ayudar a aquellos escritores de clóset:

  1. Escribe cuando así lo sientas, cuando venga del corazón. Por ejemplo, si ves un hermoso amanecer, el aroma a tierra mojada te provoca nostalgia o te emocionas con la llegada de un bebé, toma papel y pluma (o tu compu) y escribe todo lo que sientas. No importa que no tenga sentido ni que sean oraciones o párrafos, pueden ser solamente ideas, sentimientos. A lo mejor en ese momento no puedes hacerlo, no importa, hazlo en cuanto puedas, pero cuidado, mientras más tiempo pase, la emoción irá desapareciendo y entonces aunque lo recuerdes a la perfección, lo que escribas sonará hueco. En mi caso, he notado que el sentimiento me puede durar uno o dos días, así que me da tiempo de plasmarlo en papel (o compu). 
  2. Verifica tu ortografía. Si no quieres depender del corrector de la computadora, lee muchos libros y consulta las palabras que no te sepas, así aumentarás tu vocabulario.
  3. Asegúrate que tu escrito tenga tres partes: introducción, cuerpo principal y conclusiones. 
  4. Sé tu primer crítico. Revisa, revisa y revisa lo que escribiste, hasta que quedes satisfecho. Si no te gusta, lo más probable es que a los demás tampoco. Luego pide la opinión de una o dos personas. 
  5. Publica en donde puedas, expón tu trabajo para que mucha gente lo lea y te retroalimente. Facebook es realmente una gran escuela de la que puedes aprender mucho. También lo es el tener un blog propio, si es que cuentas con suscriptores que se tomen el tiempo de comentar tus escritos.
  6. No te lo tomes demasiado en serio. Relájate y disfruta la escritura. Si tienes ganas de escribir, hazlo. Si no, ponte a hacer otra cosa y regresa más tarde u otro día. 
  7. Todos tenemos una historia que contar. Solo debemos recordar eso de “Entre comer y rascar, todo es empezar”… La escritura y cualquier cosa que quieras hacer requiere, antes que nada, de romper la inercia. Y como dijo Luis Miguel: 

♪ Decídete, no lo dudes más, decídete… ♫

Por último, a todos aquellos que me han apoyado de una u otra manera para que hoy cumplamos dos años… 

¡G R A C I A S!

Mi senior citizen

Otoño / 24 de septiembre 2014

Hoy llevé a mi viejito al doctor. No, no hablo de mi papá, sino de mi perro Manolo que ya tiene 13 años. Algunos dicen que esa raza –Golden Retriever- puede vivir de 10 a 12 años, pero otros dicen que de 12 a 14. De cualquier manera, ya es un venerable ancianito. 

¡Me recuerda tanto a mi papá en sus últimos años! Los dos eran fuertes en sus tiempos mozos, pero se fueron consumiendo poco a poquito… sus movimientos se volvieron lentos… sus cuerpos se fueron enjutando y los dos comenzaron a tomar largas siestas durante el día.  El subirse a un carro comenzó a representar un problema para ambos, especialmente para Manolito… atrás quedaron los días en que se subía de un brinco a la cajuela; ahora viaja en la parte de en medio de mi camioneta y tengo que ponerle una hielera que le sirva de escalón. 

A mi papá le llegó su hora a los 82 (casi 83) años. A mi Manolito aún no le ha llegado, pero estamos conscientes de que –como dice la canción- el final se acerca ya. 

Pues bueno, como les decía al principio, hoy lo llevé al doctor. Su corazón latía con poca fuerza y sus patitas traseras le temblaban. Lo bajé y se veía contento, sin embargo –a diferencia de otras veces- no quiso entrar a la veterinaria. Pensé que tenía ganas de hacer pipí, así que lo llevé; sí hizo, pero de todos modos seguía teniendo miedo. Como pude, lo convencí y entramos. También, a diferencia de otras veces, ya no llegó trepándose al mostrador para saludar a las empleadas. 

Su médico de cabecera lo revisó y me dijo que el miedo era porque, al igual que muchos humanos, presentía que sus días estaban contados y no sabía qué iba a pasar con él, así que me recomendó que le hablara y le explicara que somos un espíritu viviendo una experiencia en un cuerpo que nos sirve para ello y que cuando éste se acabe, volveremos al Hogar de donde todos venimos y muy probablemente de nuevo tomaremos otro cuerpo para seguir con nuestro aprendizaje. Si bien todo esto me lo sabía de memoria, me sorprendí al darme cuenta que nunca había pensado que eso también sucedía con los animalitos, así que comencé a tener largas pláticas con mi viejecín. 

Otoño / Noviembre 2014

Mi Manolito se ve cada día más fregado. Yo había pensado que el frío le iba a caer mejor pues se iba a librar de los calores que lo hacían zambullirse varias veces al día en la alberca, pero no. Su respiración, antes agitada por las elevadas temperaturas, se ha vuelto como la de un fumador empedernido. El veterinario dice que tiene agua en los pulmones, por lo que le ha recetado un diurético –además de la medicina para la tiroides, el corazón, la presión y no sé cuántas cosas más. Sus tratamientos de acupuntura (que consiste en aplicarle un antiinflamatorio en diferentes puntos del cuerpo) que hasta hace poco recibía cada seis meses, son ahora mensuales. Lo mismo la prueba muscular o kinesiología aplicada. Para los que no lo sepan, esta es una técnica en la que la mente subconsciente puede comunicar sus necesidades a través del cuerpo. En el caso de Manolo, lo que el doctor hace es llamar a uno de sus asistentes, pedirle que se ponga de pie y que extienda un brazo hacia un lado, con la palma hacia abajo y el otro hacia donde está el perro. Entonces el doctor debe empujar hacia abajo el brazo de su asistente con una mano, colocando con firmeza la otra en su hombro para ayudarlo a mantener el equilibrio y comienza a preguntar cómo están los pulmones, el corazón, los riñones, su energía y deseo de vivir. Si lo que se pregunta está muy bien, el brazo extendido permanece fuerte y no es fácilmente empujado hacia abajo. Sin embargo, si los niveles son bajos, el brazo extendido se pone muy ñango (débil) y puede ser empujado hacia abajo con facilidad por el doctor. Este método lo ha utilizado en más de dos ocasiones para saber si una nueva medicina le está haciendo bien o no. Yo me quedo con el ojo cuadrado cada vez que el doctor me dice las respuestas, especialmente en lo que respecta a su deseo de vivir, pues siempre ha sido muy alto. 

Esta última consulta fue a finales de noviembre, la próxima tendrá que ser antes de que salgamos de vacaciones.

Invierno / Diciembre 2014

Qué mala onda. El doctor me dice que la salud de Manolito va de mal en peor. Le comento que vamos a pasar las vacaciones a Chihuahua y él, con la prueba muscular, le pregunta cuáles son sus planes. Manolo contesta que aunque se siente de la tiz, todavía no se quiere ir ya que es muy feliz con su familia y asegura que estará aquí para cuando regresemos. Y así es. Pasamos Navidad en Chihuahua y de regreso lo encontramos muy bien. 

Invierno / Febrero 2015

Mi viejecín ha estado muy mal. Hace unos días lo llevé a su cita mensual y no ha parado de vomitar. El doctor me dijo que le diera Pepto Bismol y suero, pero sigue igual. De plano tuve que regresar al consultorio para que lo alimenten y mediquen por vía intravenosa; mi hijo me ayudó a subirlo al carro, ya que el inocente no tiene fuerzas ni para pararse. Tuve que dejarlo ahí todo el día. Cuando regresé por él, el doctor me dijo que probablemente había llegado el momento de “dormirlo”. Con lágrimas en los ojos, le dije que no pensaba que estuviera sufriendo, que esa –por el momento- no era una opción. El ayudante me ayudó a subirlo a la camioneta…el pobre se veía igual de jodis que en la mañana. Cuando llegué a la casa, no tenía idea de cómo lo iba a bajar, ya que ni mi esposo ni mis hijos estaban ahí y yo no debo cargar cosas pesadas (se me bota la clavícula). Por fortuna, en ese momento pasó uno de mis vecinos y fue quien me ayudó. Ya adentro de la casa, mi viejecín se instaló en su camita, ya no vomita pero sigue sin comer ni tomar agua y batalla mucho para respirar.

Esa noche le mandé un mensaje a Lynn. Ella es un ser muy especial que coordina un grupo de meditación y constantemente está enviando correos electrónicos  (a personas normales como yo, pero también a muchos sanadores) en los que pide ayuda a los ángeles para alguna persona (o animal) en particular. Le comenté que Manolito llevaba dos días sin comer y que aunque ya se veía mejor, su veterinario me había dicho que no esperara ningún milagro. 

Nos fuimos a dormir, esperando que el doctor estuviera equivocado. A la mañana siguiente traté de hacer que se parara para que fuera al baño, pero fue prácticamente imposible. Mi hijo y mi esposo no estaban en casa, así que la pobre de mi hija fue la que tuvo que cargarlo. Como las dos íbamos a andar en la calle toda la mañana, el veterinario me sugirió que lo dejara afuera en el solecito. Sacamos una de las camitas, lo acostamos sobre ella y lo tapamos con una cobijita. 

Cuando regresamos, varias horas después, ya no estaba donde lo habíamos dejado, se encontraba en el jardín, mucho más repuesto. A la mañana siguiente, cuando salí a darle de comer a Chano y a Chon (o sea, Toby y Chuy), me sorprendí al voltear a la puerta de la cocina y verlo paradito, esperando que alguien le abriera. Salió como rayo, directo a su plato… sorprendida le serví su comida, misma que engulló con singular alegría.  De ahí se fue a tomar agua, dio un pequeño paseo por el jardín y regresó agotado a acostarse… ¡se había recuperado!!!

Cuando lo llevé de nuevo a consulta, el doctor no lo podía creer. Entonces le conté acerca de Lynn y su cadena de oración. 

— Usted me dijo que no esperara un milagro, pero no podía quedarme cruzada de brazos- le dije, a lo que él respondió que definitivamente, la parte espiritual es mucho más importante que la física. Por supuesto que saliendo de ahí le conté la buena nueva a Lynn y una vez más, le di las gracias de todo corazón. 

Así pasaron las semanas, todo aquel que había visto a Manolito en las últimas, no dejan de sorprenderse de lo bien que está. Y es que sí, desde ese día, mi viejecín ha estado irreconocible. Corre-vuela-se acelera (bueno, más bien trota), juega, nada, le gana la pelota a Chuy y se deja chiplear. 

Invierno / Principios de marzo 2015

Consulta. El doctor piensa que la acupuntura fue demasiado para Manolo, por lo que en esta ocasión decide no ponérsela. Me cuenta que él ha encontrado a dos de sus perritas después de que éstas han dejado su cuerpo físico. Llego a la casa y platico con mi venerable ancianito. Le digo que si su espíritu quiere regresar con nosotros, busque la manera de hacernos saber dónde está, pero que no tiene que ser así. Él es libre de ir a donde le plazca. 

Primavera 

23 de marzo 2015

Consulta. Como digo una cosa, digo otra. Manolito ha andado batallando con  una patita, por lo que el doctor decide volver a utilizar la acupuntura. Todo bien, dentro de lo que cabe. 

25 de marzo 2015

La respiración de mi niño cada vez es más fea… qué impotencia.  Ya comenzó nuevamente a vomitar.

26 de marzo 2015

Sigue la vomitadera, por más que lavo las camitas y limpio todo el piso, el comedor apesta a vómito. Pobrecito mi viejito. Pa’acabarla de amolar, se recetó los dos platos de croquetas que la Alegría del Hogar sirvió a los gatos… digo, por si no había vomitado lo suficiente, ¿verdad? Lo bueno es que en ningún momento ha dejado de tomar agua. Mi hermano Álvaro me dice que le dé Gerber de pollo, voy a la tienda pero no consigo. Lo llevo de nuevo a consulta. El veterinario recomienda pollo con arroz, así que de regreso le compro unas latas en PetsMart. Como es un tragaldabas, está ansioso por comer, se las sirvo y se acaba una en una sentada. Claro que en la noche vuelve a vomitar… 

Ese fin de semana nos vamos a Chihuahua, les encargamos nuestras mascotas a los vecinos, quienes me informan por Whatsapp que todo está bien. Aparentemente, Manolo no ha vomitado. 

Lunes 30 de marzo. 

Regresamos ayer de Chihuahua. Como dije, aparentemente, mi niño no ha vomitado… todo fue que entrara a la casa para que nos diéramos cuenta que seguía igual.  Los pedazos del pollo están enteros, por lo que decido cocerlo yo misma con un puñado de arroz. Solo eso le doy de comer.

Martes 31 de marzo. 

Me despierto  para ir a ver a mi nene y  desde el pasillo me llega el inconfundible olor a vómito. El inocente yace de lado en medio de éste, sin fuerzas para moverse. Trato de levantarlo, pero no puedo… las patitas se le hacen como a Bambi y vuelve a caer sobre su vómito. Mi hijo me ayuda a sacarlo para que haga pipí, luego se lo lleva cargando a la camioneta para llevarlo con el veterinario. 

A las 11:30 recibo una llamada del doctor… esa que por tantos meses habíamos temido. Al hacerle la prueba muscular, Manolo ha dicho que el momento ha llegado… su viejo cuerpo ya no le funciona y él está listo para partir. Le pregunto si me da unos minutos para consultarlo con mi esposo, pero le digo que por si las dudas, le ponga suero y la medicina que él considere pertinente. Le llamo a mi marido y le doy la triste noticia. Él está de acuerdo en que debemos ayudarlo a que deje de sufrir. Le aviso también a mis hijos y cuando éstos salen de la escuela, nos vamos todos para allá. Ahí encontramos a mi esposo, quien llegó directo del trabajo –por fortuna no andaba de viaje- con cara de funeral –literalmente. Mi nene está parado sobre una cobija, los niños, mi geme Nora, su hijo y yo lo abrazamos, le damos las gracias por tantos años de amor, yo le paso los recados de mis demás hermanos, cuñadas y sobrinas a quienes horas antes les había comunicado la noticia, pidiéndoles luz para que la transición fuera lo menos dolorosa posible. Entonces le decimos al doctor que estamos listos. El ayudante se lo lleva a un cuarto contiguo donde lo suben a una mesa y comienzan a buscarle una vena en la otra patita. Yo me asomo tímidamente y el doctor me dice que podemos pasar, si así lo deseamos. Entramos los cuatro, después de ponerle el catéter, nos dicen que es hora de administrar el medicamento. Mis hijos se encuentran frente a él y lo miran fijamente a los ojos, buscando su alma. Yo le quito el collar, todos lo besamos y le deseamos un buen viaje. Mi niño solamente respira con dificultad, no sé si entiende lo que está a punto de suceder. La sustancia mortífera entra en sus venas y él se desvanece en brazos del ayudante, dejando salir por la boca parte del líquido que tenía en los pulmones. Al ver nuestro dolor, el doctor nos recuerda que solo ha muerto su cuerpo… su espíritu ha emprendido el viaje de regreso al Hogar. 

¿Nos volveremos a ver? Estoy segura que sí… no sé si en esta vida –él encarnado en el cuerpo de otro animalito- o en el Más Allá, donde –dicen- cruzaremos juntos el Puente del Arco Iris.

Con amor para mi adorable viejecín Manolo, uno de los más grandes regalos de la vida nos ha dado: noble, amoroso, obediente, educado, cariñoso… cautivador. 

El tan temido cambio de horario

El 8 de marzo cambió aquí la hora y la próxima semana -el 28- cambiará en México. 

Siempre me ha llamado mucho la atención que esto afecte a tantas y tantas personas. Los memes y comentarios inundan las redes sociales, haciendo alusión a que nos robaron una hora de sueño y que no se han podido adaptar. 

¿Por qué sucede esto? Según lo que investigué en la sección de educación de www.lainformación.com, los culpables son los ritmos circadianos,  los cuales se adaptan a la luz del día y a la noche. Cuando se cambia la hora, hay una ligera alteración de estos ritmos. Algunas personas pueden tener dificultad para dormirse y mucho sueño al despertar. Los sistemas que regulan el sueño cambian de persona a persona. Hay quien se siente descansado durmiendo 7 horas, otros necesitan dormir más. Por esta misma razón habrá gente que se sobreponga al cambio de hora al cabo de dos días y otros que lo hagan al cabo de más tiempo.

Todo esto está muy bien, pero hay algo que no entiendo. 

Digamos que yo me duermo todos los días a las 10 y me levanto a las 6, dando un total de 8 horas. El día que cambia el horario dormiría una hora menos, o sea 7, ¿verdad? Pues no necesariamente,  porque como es domingo, me puedo quedar en la cama a recuperar esa hora “robada” y las que quiera. Lo que en realidad nos están “robando” es una hora de vigilia porque como al día siguiente hay que ir a trabajar, yo me acuesto a la misma hora -10 de la noche- y duermo mis 8 horas de siempre. ¡Pero eso solo va a suceder ese día!!! Entonces, ¿por qué algunas personas la hacen tanto de emoción? ¿Qué no es más fácil pensar: “OK, cambió la hora, pero eso no me  afecta en nada porque ya me quedé un rato más en cama”?

Bien dice el dicho: “A todo se acostumbra uno, menos a no comer”, refiriéndose literalmente a “no comer”, no a comer más poquito o con menos frecuencia. 

Nuestra mente es una maravillosa máquina a la que podemos (¡y debemos!) controlar. Nosotros somos los vigilantes de lo que la mente produce, o sea, los pensamientos. Ya había hablado de eso antes, pero creo que aquí aplica perfectamente. ¿Que viene el cambio de horario? ¡Deja de quejarte y de mandar memes al respecto! ¡Convéncete tú solit@ de que todo está bien, que es domingo y que te puedes quedar en la cama y si no puedes regalarte esa(s) hora (s), entonces acuéstate el día anterior una hora más temprano!

Yo hago un ejercicio similar cuando regresamos de Chihuahua (para los que no sepan, entre Chihuahua y El Paso se encuentra Villa Ahumada, la cual es parada obligatoria para comer algo -por lo general, burritos o quesadillas). Si antes de que lleguemos al pueblo no tengo hambre,  le pregunto a mi esposo si nos vamos a parar. Si la respuesta es no, no pasa nada (éjele, “quialcabos” que ni quería); pero si es sí, en menos de diez minutos los jugos gástricos comienzan a trabajar y para cuando llegamos, le entro con ganas a un deliciosísimo burrito de frijoles. 

Claro que no en todos los aspectos de mi vida aplico el auto coco-wash. Hay situaciones o cosas con las que he batallado mucho para adaptarme. 

Por ejemplo, cuando nos cambiamos de la entonces pequeña ciudad de Nuevo Casas Grandes a la capital del estado, Chihuahua, sufrí mucho para hacerme a la idea de que ya no viviríamos en aquella casa tan grande –según yo- en la que había nacido y vivido por diez años. Recuerdo que la dibujaba y soñaba despierta con ella, recorriendo todas sus habitaciones y su enorme pasillo. Admiraba los álamos de enfrente y todos los árboles de atrás. Me zambullía en la pila que mi papá había mandado construir para nosotros (no hizo alberca porque le parecía muy peligroso) y a la que brincábamos apenas salía el sol. Alucinaba pensando por qué no la traíamos piedra por piedra a Chihuahua… Digo ‘alucinaba’ porque claro que eso sí se hace, pero con mansiones, no con una casa normal (y pa’ acabarla, de adobe). 

No sé cuánto tiempo tardé en dejar ir mi vida pasada (de la cual, la casa era solo la punta del iceberg), una vida con un papá rico (no millonario) que con su trabajo de médico honrado y muy reconocido hizo que mis primeros diez años no conocieran la palabra “carencia”.

Y es que al cambiarnos a Chihuahua en busca de un futuro mejor (léase universidad para las mujeres sin tener que vivir en casa de asistencia), como decía mi papá de sí mismo: dejamos de ser cabeza de ratón para ser cola de león. Y aprendimos que la vida da muchas vueltas y que nadie la tiene asegurada. Vivimos muchos años en casa de renta y aunque tuvimos la oportunidad de volver a tener una vivienda propia, gracias a un crédito que daba el I.S.S.S.T.E a sus empleados, no quisimos dejar  esa casa en la que éramos tan felices con los maravillosos vecinos que nos habían tocado.  Creo que fue en ese momento que como familia soltamos aquella casa de nuestros sueños. Años después, preocupado ya mi papá por su inminente vejez (y la de mi mamá), compró la que sería su última morada y junto con los tres hijos que aún quedábamos en casa, nos mudamos… Nuevamente era tiempo de aceptar el cambio y dejar ir. 

En general, yo me considero una persona adaptable (llevo 5 cambios de ciudad en mi vida de casada). Claro que hay algo que me ha costado un poco de trabajo aceptar (mi incipiente pancita), pero gracias a Dios tengo a mi lado un gran maestro (mi marido) que me ayuda con eso. Y es que no entiendo cómo si me alimento sanamente (bueno, entre comillas… batallo mucho para comer frutas y verduras), tomo suficiente agua, hago ejercicio, etc., por qué esa “#$%&/ (chingada, pa´que me entiendan) panza no quiere desaparecer!!! La respuesta de mi marido es muy sabia: hemos llegado a una edad en la que nuestros cuerpos comienzan a cambiar y DEBEMOS ACEPTARLO. ¡Toiiiiiinnnn! (Lo mismo aplica para la celulitis). 

Así que bueno, ¿por qué no ponemos cada quién de nuestra parte e intentamos ser más tolerantes y comprensivos? 

Yo intentaré aprender a vivir con esta pancilla –sin descuidar mi salud, claro- y ustedes –los que batallan con el cambio de horario- intentarán convencerse de que nadie les robó nada y que todo está bien. 

¿Le entran?