Mi senior citizen

Otoño / 24 de septiembre 2014

Hoy llevé a mi viejito al doctor. No, no hablo de mi papá, sino de mi perro Manolo que ya tiene 13 años. Algunos dicen que esa raza –Golden Retriever- puede vivir de 10 a 12 años, pero otros dicen que de 12 a 14. De cualquier manera, ya es un venerable ancianito. 

¡Me recuerda tanto a mi papá en sus últimos años! Los dos eran fuertes en sus tiempos mozos, pero se fueron consumiendo poco a poquito… sus movimientos se volvieron lentos… sus cuerpos se fueron enjutando y los dos comenzaron a tomar largas siestas durante el día.  El subirse a un carro comenzó a representar un problema para ambos, especialmente para Manolito… atrás quedaron los días en que se subía de un brinco a la cajuela; ahora viaja en la parte de en medio de mi camioneta y tengo que ponerle una hielera que le sirva de escalón. 

A mi papá le llegó su hora a los 82 (casi 83) años. A mi Manolito aún no le ha llegado, pero estamos conscientes de que –como dice la canción- el final se acerca ya. 

Pues bueno, como les decía al principio, hoy lo llevé al doctor. Su corazón latía con poca fuerza y sus patitas traseras le temblaban. Lo bajé y se veía contento, sin embargo –a diferencia de otras veces- no quiso entrar a la veterinaria. Pensé que tenía ganas de hacer pipí, así que lo llevé; sí hizo, pero de todos modos seguía teniendo miedo. Como pude, lo convencí y entramos. También, a diferencia de otras veces, ya no llegó trepándose al mostrador para saludar a las empleadas. 

Su médico de cabecera lo revisó y me dijo que el miedo era porque, al igual que muchos humanos, presentía que sus días estaban contados y no sabía qué iba a pasar con él, así que me recomendó que le hablara y le explicara que somos un espíritu viviendo una experiencia en un cuerpo que nos sirve para ello y que cuando éste se acabe, volveremos al Hogar de donde todos venimos y muy probablemente de nuevo tomaremos otro cuerpo para seguir con nuestro aprendizaje. Si bien todo esto me lo sabía de memoria, me sorprendí al darme cuenta que nunca había pensado que eso también sucedía con los animalitos, así que comencé a tener largas pláticas con mi viejecín. 

Otoño / Noviembre 2014

Mi Manolito se ve cada día más fregado. Yo había pensado que el frío le iba a caer mejor pues se iba a librar de los calores que lo hacían zambullirse varias veces al día en la alberca, pero no. Su respiración, antes agitada por las elevadas temperaturas, se ha vuelto como la de un fumador empedernido. El veterinario dice que tiene agua en los pulmones, por lo que le ha recetado un diurético –además de la medicina para la tiroides, el corazón, la presión y no sé cuántas cosas más. Sus tratamientos de acupuntura (que consiste en aplicarle un antiinflamatorio en diferentes puntos del cuerpo) que hasta hace poco recibía cada seis meses, son ahora mensuales. Lo mismo la prueba muscular o kinesiología aplicada. Para los que no lo sepan, esta es una técnica en la que la mente subconsciente puede comunicar sus necesidades a través del cuerpo. En el caso de Manolo, lo que el doctor hace es llamar a uno de sus asistentes, pedirle que se ponga de pie y que extienda un brazo hacia un lado, con la palma hacia abajo y el otro hacia donde está el perro. Entonces el doctor debe empujar hacia abajo el brazo de su asistente con una mano, colocando con firmeza la otra en su hombro para ayudarlo a mantener el equilibrio y comienza a preguntar cómo están los pulmones, el corazón, los riñones, su energía y deseo de vivir. Si lo que se pregunta está muy bien, el brazo extendido permanece fuerte y no es fácilmente empujado hacia abajo. Sin embargo, si los niveles son bajos, el brazo extendido se pone muy ñango (débil) y puede ser empujado hacia abajo con facilidad por el doctor. Este método lo ha utilizado en más de dos ocasiones para saber si una nueva medicina le está haciendo bien o no. Yo me quedo con el ojo cuadrado cada vez que el doctor me dice las respuestas, especialmente en lo que respecta a su deseo de vivir, pues siempre ha sido muy alto. 

Esta última consulta fue a finales de noviembre, la próxima tendrá que ser antes de que salgamos de vacaciones.

Invierno / Diciembre 2014

Qué mala onda. El doctor me dice que la salud de Manolito va de mal en peor. Le comento que vamos a pasar las vacaciones a Chihuahua y él, con la prueba muscular, le pregunta cuáles son sus planes. Manolo contesta que aunque se siente de la tiz, todavía no se quiere ir ya que es muy feliz con su familia y asegura que estará aquí para cuando regresemos. Y así es. Pasamos Navidad en Chihuahua y de regreso lo encontramos muy bien. 

Invierno / Febrero 2015

Mi viejecín ha estado muy mal. Hace unos días lo llevé a su cita mensual y no ha parado de vomitar. El doctor me dijo que le diera Pepto Bismol y suero, pero sigue igual. De plano tuve que regresar al consultorio para que lo alimenten y mediquen por vía intravenosa; mi hijo me ayudó a subirlo al carro, ya que el inocente no tiene fuerzas ni para pararse. Tuve que dejarlo ahí todo el día. Cuando regresé por él, el doctor me dijo que probablemente había llegado el momento de “dormirlo”. Con lágrimas en los ojos, le dije que no pensaba que estuviera sufriendo, que esa –por el momento- no era una opción. El ayudante me ayudó a subirlo a la camioneta…el pobre se veía igual de jodis que en la mañana. Cuando llegué a la casa, no tenía idea de cómo lo iba a bajar, ya que ni mi esposo ni mis hijos estaban ahí y yo no debo cargar cosas pesadas (se me bota la clavícula). Por fortuna, en ese momento pasó uno de mis vecinos y fue quien me ayudó. Ya adentro de la casa, mi viejecín se instaló en su camita, ya no vomita pero sigue sin comer ni tomar agua y batalla mucho para respirar.

Esa noche le mandé un mensaje a Lynn. Ella es un ser muy especial que coordina un grupo de meditación y constantemente está enviando correos electrónicos  (a personas normales como yo, pero también a muchos sanadores) en los que pide ayuda a los ángeles para alguna persona (o animal) en particular. Le comenté que Manolito llevaba dos días sin comer y que aunque ya se veía mejor, su veterinario me había dicho que no esperara ningún milagro. 

Nos fuimos a dormir, esperando que el doctor estuviera equivocado. A la mañana siguiente traté de hacer que se parara para que fuera al baño, pero fue prácticamente imposible. Mi hijo y mi esposo no estaban en casa, así que la pobre de mi hija fue la que tuvo que cargarlo. Como las dos íbamos a andar en la calle toda la mañana, el veterinario me sugirió que lo dejara afuera en el solecito. Sacamos una de las camitas, lo acostamos sobre ella y lo tapamos con una cobijita. 

Cuando regresamos, varias horas después, ya no estaba donde lo habíamos dejado, se encontraba en el jardín, mucho más repuesto. A la mañana siguiente, cuando salí a darle de comer a Chano y a Chon (o sea, Toby y Chuy), me sorprendí al voltear a la puerta de la cocina y verlo paradito, esperando que alguien le abriera. Salió como rayo, directo a su plato… sorprendida le serví su comida, misma que engulló con singular alegría.  De ahí se fue a tomar agua, dio un pequeño paseo por el jardín y regresó agotado a acostarse… ¡se había recuperado!!!

Cuando lo llevé de nuevo a consulta, el doctor no lo podía creer. Entonces le conté acerca de Lynn y su cadena de oración. 

— Usted me dijo que no esperara un milagro, pero no podía quedarme cruzada de brazos- le dije, a lo que él respondió que definitivamente, la parte espiritual es mucho más importante que la física. Por supuesto que saliendo de ahí le conté la buena nueva a Lynn y una vez más, le di las gracias de todo corazón. 

Así pasaron las semanas, todo aquel que había visto a Manolito en las últimas, no dejan de sorprenderse de lo bien que está. Y es que sí, desde ese día, mi viejecín ha estado irreconocible. Corre-vuela-se acelera (bueno, más bien trota), juega, nada, le gana la pelota a Chuy y se deja chiplear. 

Invierno / Principios de marzo 2015

Consulta. El doctor piensa que la acupuntura fue demasiado para Manolo, por lo que en esta ocasión decide no ponérsela. Me cuenta que él ha encontrado a dos de sus perritas después de que éstas han dejado su cuerpo físico. Llego a la casa y platico con mi venerable ancianito. Le digo que si su espíritu quiere regresar con nosotros, busque la manera de hacernos saber dónde está, pero que no tiene que ser así. Él es libre de ir a donde le plazca. 

Primavera 

23 de marzo 2015

Consulta. Como digo una cosa, digo otra. Manolito ha andado batallando con  una patita, por lo que el doctor decide volver a utilizar la acupuntura. Todo bien, dentro de lo que cabe. 

25 de marzo 2015

La respiración de mi niño cada vez es más fea… qué impotencia.  Ya comenzó nuevamente a vomitar.

26 de marzo 2015

Sigue la vomitadera, por más que lavo las camitas y limpio todo el piso, el comedor apesta a vómito. Pobrecito mi viejito. Pa’acabarla de amolar, se recetó los dos platos de croquetas que la Alegría del Hogar sirvió a los gatos… digo, por si no había vomitado lo suficiente, ¿verdad? Lo bueno es que en ningún momento ha dejado de tomar agua. Mi hermano Álvaro me dice que le dé Gerber de pollo, voy a la tienda pero no consigo. Lo llevo de nuevo a consulta. El veterinario recomienda pollo con arroz, así que de regreso le compro unas latas en PetsMart. Como es un tragaldabas, está ansioso por comer, se las sirvo y se acaba una en una sentada. Claro que en la noche vuelve a vomitar… 

Ese fin de semana nos vamos a Chihuahua, les encargamos nuestras mascotas a los vecinos, quienes me informan por Whatsapp que todo está bien. Aparentemente, Manolo no ha vomitado. 

Lunes 30 de marzo. 

Regresamos ayer de Chihuahua. Como dije, aparentemente, mi niño no ha vomitado… todo fue que entrara a la casa para que nos diéramos cuenta que seguía igual.  Los pedazos del pollo están enteros, por lo que decido cocerlo yo misma con un puñado de arroz. Solo eso le doy de comer.

Martes 31 de marzo. 

Me despierto  para ir a ver a mi nene y  desde el pasillo me llega el inconfundible olor a vómito. El inocente yace de lado en medio de éste, sin fuerzas para moverse. Trato de levantarlo, pero no puedo… las patitas se le hacen como a Bambi y vuelve a caer sobre su vómito. Mi hijo me ayuda a sacarlo para que haga pipí, luego se lo lleva cargando a la camioneta para llevarlo con el veterinario. 

A las 11:30 recibo una llamada del doctor… esa que por tantos meses habíamos temido. Al hacerle la prueba muscular, Manolo ha dicho que el momento ha llegado… su viejo cuerpo ya no le funciona y él está listo para partir. Le pregunto si me da unos minutos para consultarlo con mi esposo, pero le digo que por si las dudas, le ponga suero y la medicina que él considere pertinente. Le llamo a mi marido y le doy la triste noticia. Él está de acuerdo en que debemos ayudarlo a que deje de sufrir. Le aviso también a mis hijos y cuando éstos salen de la escuela, nos vamos todos para allá. Ahí encontramos a mi esposo, quien llegó directo del trabajo –por fortuna no andaba de viaje- con cara de funeral –literalmente. Mi nene está parado sobre una cobija, los niños, mi geme Nora, su hijo y yo lo abrazamos, le damos las gracias por tantos años de amor, yo le paso los recados de mis demás hermanos, cuñadas y sobrinas a quienes horas antes les había comunicado la noticia, pidiéndoles luz para que la transición fuera lo menos dolorosa posible. Entonces le decimos al doctor que estamos listos. El ayudante se lo lleva a un cuarto contiguo donde lo suben a una mesa y comienzan a buscarle una vena en la otra patita. Yo me asomo tímidamente y el doctor me dice que podemos pasar, si así lo deseamos. Entramos los cuatro, después de ponerle el catéter, nos dicen que es hora de administrar el medicamento. Mis hijos se encuentran frente a él y lo miran fijamente a los ojos, buscando su alma. Yo le quito el collar, todos lo besamos y le deseamos un buen viaje. Mi niño solamente respira con dificultad, no sé si entiende lo que está a punto de suceder. La sustancia mortífera entra en sus venas y él se desvanece en brazos del ayudante, dejando salir por la boca parte del líquido que tenía en los pulmones. Al ver nuestro dolor, el doctor nos recuerda que solo ha muerto su cuerpo… su espíritu ha emprendido el viaje de regreso al Hogar. 

¿Nos volveremos a ver? Estoy segura que sí… no sé si en esta vida –él encarnado en el cuerpo de otro animalito- o en el Más Allá, donde –dicen- cruzaremos juntos el Puente del Arco Iris.

Con amor para mi adorable viejecín Manolo, uno de los más grandes regalos de la vida nos ha dado: noble, amoroso, obediente, educado, cariñoso… cautivador. 

El tan temido cambio de horario

El 8 de marzo cambió aquí la hora y la próxima semana -el 28- cambiará en México. 

Siempre me ha llamado mucho la atención que esto afecte a tantas y tantas personas. Los memes y comentarios inundan las redes sociales, haciendo alusión a que nos robaron una hora de sueño y que no se han podido adaptar. 

¿Por qué sucede esto? Según lo que investigué en la sección de educación de www.lainformación.com, los culpables son los ritmos circadianos,  los cuales se adaptan a la luz del día y a la noche. Cuando se cambia la hora, hay una ligera alteración de estos ritmos. Algunas personas pueden tener dificultad para dormirse y mucho sueño al despertar. Los sistemas que regulan el sueño cambian de persona a persona. Hay quien se siente descansado durmiendo 7 horas, otros necesitan dormir más. Por esta misma razón habrá gente que se sobreponga al cambio de hora al cabo de dos días y otros que lo hagan al cabo de más tiempo.

Todo esto está muy bien, pero hay algo que no entiendo. 

Digamos que yo me duermo todos los días a las 10 y me levanto a las 6, dando un total de 8 horas. El día que cambia el horario dormiría una hora menos, o sea 7, ¿verdad? Pues no necesariamente,  porque como es domingo, me puedo quedar en la cama a recuperar esa hora “robada” y las que quiera. Lo que en realidad nos están “robando” es una hora de vigilia porque como al día siguiente hay que ir a trabajar, yo me acuesto a la misma hora -10 de la noche- y duermo mis 8 horas de siempre. ¡Pero eso solo va a suceder ese día!!! Entonces, ¿por qué algunas personas la hacen tanto de emoción? ¿Qué no es más fácil pensar: “OK, cambió la hora, pero eso no me  afecta en nada porque ya me quedé un rato más en cama”?

Bien dice el dicho: “A todo se acostumbra uno, menos a no comer”, refiriéndose literalmente a “no comer”, no a comer más poquito o con menos frecuencia. 

Nuestra mente es una maravillosa máquina a la que podemos (¡y debemos!) controlar. Nosotros somos los vigilantes de lo que la mente produce, o sea, los pensamientos. Ya había hablado de eso antes, pero creo que aquí aplica perfectamente. ¿Que viene el cambio de horario? ¡Deja de quejarte y de mandar memes al respecto! ¡Convéncete tú solit@ de que todo está bien, que es domingo y que te puedes quedar en la cama y si no puedes regalarte esa(s) hora (s), entonces acuéstate el día anterior una hora más temprano!

Yo hago un ejercicio similar cuando regresamos de Chihuahua (para los que no sepan, entre Chihuahua y El Paso se encuentra Villa Ahumada, la cual es parada obligatoria para comer algo -por lo general, burritos o quesadillas). Si antes de que lleguemos al pueblo no tengo hambre,  le pregunto a mi esposo si nos vamos a parar. Si la respuesta es no, no pasa nada (éjele, “quialcabos” que ni quería); pero si es sí, en menos de diez minutos los jugos gástricos comienzan a trabajar y para cuando llegamos, le entro con ganas a un deliciosísimo burrito de frijoles. 

Claro que no en todos los aspectos de mi vida aplico el auto coco-wash. Hay situaciones o cosas con las que he batallado mucho para adaptarme. 

Por ejemplo, cuando nos cambiamos de la entonces pequeña ciudad de Nuevo Casas Grandes a la capital del estado, Chihuahua, sufrí mucho para hacerme a la idea de que ya no viviríamos en aquella casa tan grande –según yo- en la que había nacido y vivido por diez años. Recuerdo que la dibujaba y soñaba despierta con ella, recorriendo todas sus habitaciones y su enorme pasillo. Admiraba los álamos de enfrente y todos los árboles de atrás. Me zambullía en la pila que mi papá había mandado construir para nosotros (no hizo alberca porque le parecía muy peligroso) y a la que brincábamos apenas salía el sol. Alucinaba pensando por qué no la traíamos piedra por piedra a Chihuahua… Digo ‘alucinaba’ porque claro que eso sí se hace, pero con mansiones, no con una casa normal (y pa’ acabarla, de adobe). 

No sé cuánto tiempo tardé en dejar ir mi vida pasada (de la cual, la casa era solo la punta del iceberg), una vida con un papá rico (no millonario) que con su trabajo de médico honrado y muy reconocido hizo que mis primeros diez años no conocieran la palabra “carencia”.

Y es que al cambiarnos a Chihuahua en busca de un futuro mejor (léase universidad para las mujeres sin tener que vivir en casa de asistencia), como decía mi papá de sí mismo: dejamos de ser cabeza de ratón para ser cola de león. Y aprendimos que la vida da muchas vueltas y que nadie la tiene asegurada. Vivimos muchos años en casa de renta y aunque tuvimos la oportunidad de volver a tener una vivienda propia, gracias a un crédito que daba el I.S.S.S.T.E a sus empleados, no quisimos dejar  esa casa en la que éramos tan felices con los maravillosos vecinos que nos habían tocado.  Creo que fue en ese momento que como familia soltamos aquella casa de nuestros sueños. Años después, preocupado ya mi papá por su inminente vejez (y la de mi mamá), compró la que sería su última morada y junto con los tres hijos que aún quedábamos en casa, nos mudamos… Nuevamente era tiempo de aceptar el cambio y dejar ir. 

En general, yo me considero una persona adaptable (llevo 5 cambios de ciudad en mi vida de casada). Claro que hay algo que me ha costado un poco de trabajo aceptar (mi incipiente pancita), pero gracias a Dios tengo a mi lado un gran maestro (mi marido) que me ayuda con eso. Y es que no entiendo cómo si me alimento sanamente (bueno, entre comillas… batallo mucho para comer frutas y verduras), tomo suficiente agua, hago ejercicio, etc., por qué esa “#$%&/ (chingada, pa´que me entiendan) panza no quiere desaparecer!!! La respuesta de mi marido es muy sabia: hemos llegado a una edad en la que nuestros cuerpos comienzan a cambiar y DEBEMOS ACEPTARLO. ¡Toiiiiiinnnn! (Lo mismo aplica para la celulitis). 

Así que bueno, ¿por qué no ponemos cada quién de nuestra parte e intentamos ser más tolerantes y comprensivos? 

Yo intentaré aprender a vivir con esta pancilla –sin descuidar mi salud, claro- y ustedes –los que batallan con el cambio de horario- intentarán convencerse de que nadie les robó nada y que todo está bien. 

¿Le entran?

La paleta de fresa

Tengo algunas semanas tomando el taller “Las Ocho Etapas de la Vida”, el cual está basado en la teoría de Erik Erikson. La terapeuta que nos lo imparte se llama Haydée Carrasco y estoy encantada, ya que es buenísima para explicar -¡y para dar terapia!-.  El día de ayer tuvimos la antepenúltima clase y vimos  la edad adulta –de los 19 a los 35 años. Me llamó mucho la atención que algo sumamente importante de esta etapa es la elección de pareja, ya que ésta te puede llevar a conseguir tus sueños y -por consiguiente- a ser feliz, o a enterrarlos y ser desgraciado.

Y es que ¿cuántas personas se casan o tienen una relación duradera con alguien que no saca lo mejor de ellas? Muchas.  De acuerdo a Haydée, cuando esto sucede, hablamos más bien de relaciones de codependencia que de amor. 

Muchas personas se casan porque sienten pasos en la azotea, porque creen que se les va a pasar el tren, están deslumbradas con el dinero o la posición social de la otra persona, etc. 

Si me lo permiten, antes de continuar con lo del taller, voy a abrir aquí un paréntesis para ventanear a un amigo por algo que sucedió hace más de veinte años. Habíamos ido a comer él y yo con la que ahora es madrina de mi hijo (María). En un momento de la plática salió al tema mi reciente rompimiento amoroso. A pesar de que quien fuera mi novio por más de un año tenía un sinfín de cualidades, el amor que un día nos unió dejó de existir y poco a poco me fui dando cuenta que no teníamos mucho en común. No me malinterpreten, este joven era una excelente persona formado con valores en una hermosa familia y me trataba como reina, sin embargo no éramos el uno para el otro. Así se lo conté a mi amigo (María era mi confidente y ya lo sabía) y mientras yo hablaba, él abría más y más la boca.

—¡¿Quéeeeeeee?! –y entonces dijo algo que jamás esperé de un hombre: ¿No tienes miedo de quedarte?

Sin poder dar crédito a lo que escuchaba, hice ‘¡Plop!’ como Condorito. 

Pues no, no tenía miedo de quedarme…  ¡Tenía terror de no seguir mis instintos y de unirme a alguien por las razones equivocadas, de no ser feliz y de que él tampoco lo fuera!

No sé qué sería de ese amigo de la comida, le perdí la pista hace mucho tiempo. Creo que sí se casó… espero que lo haya hecho de manera consciente y que sea muy feliz. 

En mi caso, el amor tocó de nuevo a mi puerta y heme aquí casada desde hace veintidós años con un maravilloso hombre que me apoya y me ha ayudado a ir en busca de mis sueños. 

Se cierra el paréntesis. 

Bueno, pero ¿qué pasa cuando tu pareja no saca lo mejor de ti? Que si aún no sabemos quiénes somos, esto nos va a hacer más daño que bien. 

Para explicarlo,  Haydée nos dio un ejemplo muy claro:  

Considerando que todos somos una chispa de Dios (sí, toooooodos, hasta el más jijo), vamos a imaginar que alguien en esencia es una paleta de fresa. ¿Qué pasa al entrar al vientre materno? Pues que los rollos que la mamá traiga en ese momento, los que viene arrastrando de toda su vida y la carga genética (o sea, los rollos de todos sus ancestros) se le “pegan”, en este ejemplo, sumergiendo la paleta de fresa en chocolate. 

Pues bien, esa paleta de fresa ahora con cubierta de chocolate comienza su existencia y a lo largo de su vida se le irán agregando más capas (golpes, etiquetas, penas), quizá algunas grageitas, nueces, coco, etc. El caso es que para encontrar el verdadero sabor de esa persona, hay que ir quitando capa por capa y aunque eso es un trabajo individual, el amor puede ayudar tremendamente.  Y aquí es donde entra la importancia de elegir nuestra pareja: Si te toca estar con alguien que no te ama, triste tu calavera, ya que esa persona te revolcará más y tu confusión –o tu alejamiento de tu verdadero “Yo”- será cada día mayor. 

¡Toinnnn!

¿Y qué es descubrir tu verdadero sabor? Saber qué es lo que quieres hacer con TU vida (cuáles son TUS sueños) y hacer todo lo posible por lograrlo.  Como dice acertadamente mi hermana Nora: venimos a la vida a expresar NUESTRO SER, no el SER de los demás. 

Así que ya lo sabes, SI TU PAREJA TE ALEJA DE TUS SUEÑOS, ES TIEMPO DE QUE TE ALEJES TÚ DE ELLA… cuéntaselo a quien más confianza le tengas y… mucho ojo! 

Y TÚ QUÉ HORAS TRAES

¿Y TÚ QUÉ HORAS TRAES?

Hace unos días me llegó una hermosísima presentación con motivo de la Cuaresma (El ayuno que a Dios le agrada), la cual habla de que a Él / Ella le gustaría que dejáramos de hablar de los demás, de juzgar, de estar enojados, de quejarnos, etc. y de inmediato la compartí con mis amigas de la prepa y otras personas. A todas les gustó mucho, pero los comentarios de dos de ellas (Pupis y Leonor) me dejaron pensando. 

Pupis dijo: “Hermoso, Guny y muy cierto, aunque a algunos nos hacen falta los pequeños sacrificios para fortalecernos interiormente y así poder lograr todo esto. Gracias por compartir este video tan lindo”. 

¡Toinnnn! Pupis me cayó la boca, ya que sin ser mocha, es el vivo ejemplo de lo que el amor de Dios puede hacer por una familia.

Leonor, por su parte escribió: “Qué hermoso video, ¿me dejas compartirlo? Te hace pensar muchas cosas”. Ella me hizo reflexionar y me dio la pauta para escribir esta gunicharrita.

Ambos comentarios me dieron una buena lección, pues nunca había entendido por qué la gente sigue las órdenes –para mí absurdas y obsoletas- de la Iglesia (como dejar de comer carne para aturrarse de los deliciosos platillos de Cuaresma y/o no ser mejores personas). Siempre había dicho –metichemente, claro: “Mejor que dejen de comer prójimo”. 

El asunto de la ceniza tampoco escapaba a mi ‘juzgómetro’: Si me encontraba a alguien ese miércoles exhibiendo su cruz en la frente y poniendo cara de mártir, se me revolvía el estómago.  

Ese día, mis amigas hicieron que me cayera el veinte, ya que sin darme cuenta, había caído en mi propia trampa… “mejor que dejen de comer prójimo” ¿Y tú qué horas traes? –me dije.  De repente, pude ver claramente que lo que por años había pensado de quienes hacen esos “sacrificios”, también aplicaba a mí. Así pude descubrir horrorizada la tremenda viga en mi ojo: ¡No soy mejor que aquellos a quienes he criticado toda la vida!

Por si eso fuera poco, ayer pude percatarme nuevamente de ello.  Había ido con mi marido a Sam´s a comprar algo para el jardín y mientras esperábamos a que nos lo trajeran, él se fue a ver otras cosas y yo me quedé parada en la salida. Algunas personas me sonreían y yo les devolvía la sonrisa. De repente, escuché mis pensamientos y me di cuenta que estaba juzgando: Qué feisitos niños, Qué guapa señora, Ay ese cómo se cree, Qué bonita pareja, Qué cuerpazo,  Qué comida tan poco saludable lleva esa familia, etc.).  Me sentí avergonzada de mí misma y el Espíritu (o sea, YO) regañó a la mente que está a su servicio…  ¡Yaaaaa…Deja de estar juzgando! 

Dándome cuenta de mi falta de caridad, me dispuse a ver a todos como seres de luz. Me imaginé que en el tercer ojo (el entrecejo) veía la flama de una vela y decía mentalmente: “Este es un ser de luz”, “Todos somos seres de luz“ y cosas por el estilo. Como a la cuarta persona, me traicionó el subconsciente y al ver a una chava un poco pasadita de peso, pensé: “Este es un ser de luz… ¡con unas caderas descomunales!”. ¡Jajajajajaja, qué difícil! No pude más que reír de mi estupidez y de mi incapacidad para dejar de juzgar. 

Cuando regresó mi esposo, le platiqué lo sucedido y le pregunté si él podía dejar de hacerlo. Me contestó que no, pero que cuando se descubría juzgando a alguien, lo imaginaba en otra situación, por ejemplo, si fuera su amigo o pariente, lo más probable es que no le cayera mal.

Mi mamá, por su parte, siempre se ponía en los zapatos de los demás. Cuando alguno de nosotros criticaba la actuación de alguna actriz o actor, nos decía: “Bueno mijita, es que así le ha de haber dicho el Director que lo hiciera”… Y aunque no hubiera sido así, ¿a mí qué me importa cómo se ven, cómo actúan o qué hacen los demás?

Así que, por experiencia les digo: la próxima vez que defiendan un punto con mucha pasión, tómenlo como un foco rojo y piensen un poquito si ustedes no están cayendo en lo que tanto aborrecen. O lo que es lo mismo, antes de fijarse en lo que hacen los demás, tengan mucho cuidado, no vaya a ser que alguien más llegue y les diga:

“¿Y tú qué horas traes?”

“El ayuno que a Dios le agrada”

Ayuna de juzgar a otros, llénate del Cristo que vive en ellos.

Ayuna de soltar palabras hirientes, llénate de frases que purifican.

Ayuna del descontento, llénate de gratitud.

Ayuna de enojos, llénate de paciencia. 

Ayuna de pesimismo, llénate de optimismo.

Ayuna de quejarte, llénate de apreciar lo que te rodea. 

Ayuna de presiones que no cesan, llénate de oraciones.

Ayuna de amargura, llénate de perdón.

Ayuna de egoísmos, llénate de comprensión a los demás.

Ayuna de desaliento, llénate de esperanza eterna en Jesús.

Ayuna de todo lo que te separe de dios, ¡llénate de Amor!

El ayuno que yo quiero es este: 

Suelta las cadenas injustas

Desata las correas de yugo

Deja libres a los oprimidos

Acaba con todas las opresiones

Comparte tu pan con el hambriento…

Hospeda a los pobres sin techo

Dale ropa al desnudo

Entonces invocarás al Señor y Él te escuchará…

NAVIDAD EN FEBRERO

Hoy es ocho de febrero de 2015. Acabo de despertar y lo primero que hice fue sacar a mis tres perros y darles de comer. Caminando por el pasillo, mis ojos se encontraron con nuestro hermoso árbol de Navidad… -y aquí se oye el sonido de un disco al rayarse- ¿Quéeeee? ¿Un árbol de Navidad en pleno febrero? Sí, leyeron bien. Y no solo eso, en el patiecito interior aún tenemos esferas colgando de un árbol y otras adornando las macetas.  ¿Me volví loca, o qué? Pues no, nunca he estado más cuerda, pero este año decidí que esos adornos me llenaban el alma y que no tenía por qué privarme de ellos. Hice un consenso con mi marido y mis hijos y todos estuvieron de acuerdo en que lo dejara (bueno, en realidad les pregunté solamente por el árbol, no por lo de afuera, pero pa’l caso es la misma). Mi hijo sugirió que cambiáramos los adornos del árbol con cada temporada. Al principio, me pareció una tarea titánica y totalmente agringada, pero ahora que lo pienso mejor, no es una mala idea. Si bien, no lo dividiría como la mercadotecnia lo hace (día de San Valentín, primavera, Pascua, de la Madre, del Padre, verano, la Independencia, Acción de Gracias, otoño y nuevamente Navidad), probablemente podría comenzar con dos tipos de adorno: primaverales y los que ya tengo y de ahí ir viendo qué se me ocurre. 

Y es que estamos tan acostumbrados a vivir bajo las normas de la sociedad que muchas veces nos privamos de cosas que nos gustan. 

Esta decisión me hizo recordar a la mamá de unas queridas amigas mías: la señora Martha Alvídrez de Aguayo. En su casa se podía encontrar el árbol de Navidad en pleno junio, ya sin ninguna esfera y bastante maltratado porque los gatitos que ahí vivían se daban vuelo colgándose de las ramas como mini Tarzanes, ¡se veían muy simpáticos!

Obviamente, como adolescente nunca lo entendí (y confieso que ni de adulta, jajaja), apenas ahora a casi 30 años de distancia, entiendo el por qué. 

La señora Aguayo era una mujer sumamente alegre y parlanchina que disfrutaba la vida al máximo sin importarle lo que los demás pensaran de ella. Algunas veces te abría la puerta en camisón aunque no se acabara de levantar ni estuviera a punto de acostarse… me imagino que simplemente tenía calor y quería andar cómoda. 

Siempre te recibía con una gran sonrisa y te platicaba vida y obra de todo el mundo… no le paraba la boca, jajaja. Una vez me tocó ir a hacer un trabajo a casa de mi prima Susanita con unas amigas. Todas llegamos muy puntuales… todas, menos Adriana, hija de la señora Aguayo. Le pedí el teléfono a mi prima y me fui a hablar a una de las recámaras para poder oír entre tanta boruca. Me contestó su mamá:

—Hola señora, ¿cómo está? Habla Laura Jurado, estoy buscando a Adriana

—Hola mijita, yo muy bien, gracias. Fíjate que no sé si está porque hace rato escuché ruidos en la cocina, me asomé y estaba Carlos comiendo con unos amigos. Uno de esos niños es hijo de una señora que conocí en el super y bla, bla, bla… Por cierto, Marcela se fue a una fiesta anoche y bla, bla, bla. Nombre, pero Chivín trajo un perro y bla, bla, bla, y yo pensé que Curro se había ido a la tienda y bla, bla, bla, aunque más bien creo que Elsa es la que salió con Víctor porque bla, bla, bla, pero Claudia se ha de haber quedado…bla, bla, bla. Y mi marido no ha llegado del Tec porque bla, bla, bla.

Esa conversación duró como media hora!!!! Mis amigas se asomaban a cada rato a ver si iba a venir Adriana o no y yo solo podía hacerles señas de que aún no lo sabía, jajaja.

Por fin, sin decirme nada de lo que yo realmente quería saber, remata la ilustre señora Aguayo:

—Ay bueno mijita, ya no me estés quitando mi tiempo, ¿eh? Adiós. 

¡Jajajajajajajajajajajajajajajajajajaja, casi me tiro al piso a reírme y todas las amigas junto conmigo!

Y es que así era la señora… ella vivía la vida y hacía lo que disfrutaba, sin importarle para nada lo que los demás pensaran de ella. En este caso, le gustaba platicar y aprovechaba cualquier momento para hacerlo. 

A todos nos caía súper bien.

Dos años después, Adriana y yo entramos a la Escolta del Tec y un 10 de Mayo fuimos a dar gallo con los de la Banda y la otra Escolta (varonil). Era una serenata muy diferente, ya que lo que se tocaba primero eran marchas militares. ¡Ah, pues la señora Aguayo, toda acoplada, salió a disfrutar de la serenata en vivo y en directo, pero no solo eso, también les decía a los muchachos qué marcha tocar, ¡jajajajaja, se las sabía todas!!!

En verdad era un deleite estar cerca de ella. Y bueno, a 18 años de haber dejado su cuerpo físico, sigue inspirando con su forma de ser y desde el Otro Lado aplaude mi decisión de dejar el arbolito de Navidad. 

Ojalá que todos lleguemos a ser tan alegres y despreocupados de la opinión de los demás como lo fue ella. 

Su paso por esta Tierra en realidad fue muy corto, pero por fortuna lo vivió como ella quiso. Que esta gunicharrita sea un pequeño homenaje a esa señora de la hermosa sonrisa, a quien le mando un abrazo gigante y otro para su esposo, hij@s y niet@s. 

¡Gracias por sus enseñanzas, señora Aguayo!

AL ACECHO DE MIS PENSAMIENTOS

No cabe duda que los comienzos tienen algo especial: la enjundia se siente en el aire. Este enero, por ejemplo, lo empecé con el pie derecho al asistir con mi esposo a una plática sobre pensamiento positivo. Esta fue organizada por la misma señora que el año pasado inspiró la gunicharrita “Como la luz de una vela”. 

Invité a varias de mis amigas y todo ese día estuve intercambiando mensajes con ellas. Poquito antes de las seis de la tarde, recibo uno de mi amiga Claudia, diciéndome que iba saliendo de su casa. “¿Por qué tan temprano? –pensé, si la plática era a las 7:30. Luego recordé que ella vivía en Horizon y esto era del otro lado de la ciudad. 

Mi esposo llegó como a las 6:40, le di de comer y le dije que tendríamos que salir a las 7:15. A las 6:55 me entra la duda del horario y abro el correo con la invitación… ¡la plática era a las 7:00! Le llamo a la organizadora (con la que ya había hablado dos veces ese día) y le pregunto si podemos llegar un poquito tarde. La señora como que se saca la onda, pero al decirle que llego en diez minutos, me dice que está bien. A las 6:58 le digo a mi marido, corro a lavarme los dientes y salimos derrapando llanta. Afortunadamente, el lugar quedaba a tan solo cinco minutos, así que llegamos justo cuando la señora terminaba de presentar al expositor, un joven español. 

Nos sentamos a escuchar. El chavo comenzó preguntándonos por qué habíamos ido a la plática, cuál era nuestra misión, quiénes éramos. Luego pasó a los pensamientos, los cuales –nos dijo- son semilla y energía.  Semilla  porque son creadores… de lo bueno y de lo malo; energía porque tienen la habilidad de transformar nuestro estado de ánimo. 

Nos hizo ver que nuestras circunstancias actuales son producto de nuestros pensamientos pasados (¡bien por eso!). 

A continuación se dispuso a clasificarlos:

  1. Pensamientos Útiles (los que sirven para llevar a cabo nuestras rutinas: ‘me voy a bañar’, ‘voy a preparar tal cosa de comida’, etc.)
  2. Pensamientos Inútiles (preocupaciones y elucubraciones,  por ejemplo, ‘ay, fulanito viene en la carretera, ojalá que no le pase nada’ o ‘híjole, se me hace que zutana no me saludó por lo que le dije el otro día… sí, eso ha de haber sido, pero qué payasa, ¿por qué se enoja?… bla, bla, bla’.
  3. Pensamientos Positivos (esto es obvio, ¿no? Por ejemplo: ‘qué rico bañarme con agua calientita’, ‘qué felicidad tener a mi familia’,  ‘adoro a mis gatos’, ‘qué amable la gente con la que me topo’ etc.).
  4. Pensamientos Negativos (‘todos son unos idiotas’, ‘fulanita se cree mucho’, ‘no soporto a X persona’, ‘el dinero no me alcanza para nada’, ‘odio mi cuerpo’, etc.)

El joven  expositor nos explicó que no necesitamos pelearnos con nuestros pensamientos, simplemente estar conscientes de ellos y así poder elegir cuáles queremos tener. Luego hicimos una pequeña meditación en la que deberíamos de sembrar un pensamiento positivo. Claro que yo tenía tanto sueño que me dormí, pero a la mayoría de los asistentes les gustó mucho. 

Nos dejó tarea para la semana: convertirnos en los guardianes de nuestros pensamientos, o sea, estar conscientes de su presencia e identificarlos. 

Salimos de ahí congelándonos (hacía un frío de la tiz y habíamos dejado los zapatos afuera), pero encantados con esa valiosísima información que habíamos recibido. 

De inmediato me puse –como dice el título- al acecho de mis pensamientos, ¡es padrísimo estar consciente de ellos! Desde entonces he tenido algunos negativos, muchísimos útiles, otros inútiles (no de preocupación, sino tratando de adivinar por qué actuó de determinada manera una persona que me lastimó e imaginándome todo lo que dice… ¡qué desgastante  y la neta, qué inútil!) y muchos otros positivos, la mayoría de agradecimiento. 

¡Ah, pero eso no es todo lo que aprendí en la semana! Al día siguiente de la plática me fui a la primera clase de un taller que estoy tomando: “Ocho Etapas”. No les voy a contar de qué se trata, pues es otro rollo. Solamente les quiero compartir algo que ahí aprendí y que también estoy empezando a poner en práctica. Haydée –la terapeuta- nos sugirió que todas las noches identificáramos algo de lo que estemos agradecidas y algo de lo que no nos sintamos orgullosas (y aquí es donde entran los pensamientos positivos y los negativos que tuvimos en el día o los que tengamos en ese momento). Cuando escuché esto, me acordé que unos tres o cuatro años atrás, yo había comenzado algo similar con mis hijos. La diferencia era que debíamos escribir muchísimas cosas de las que estábamos agradecidos (no recuerdo el número… ¿20? ¿50? No sé, solo sé que era algo excesivo, por lo cual la práctica no nos duró ni una semana). 

Esta versión más ‘light’ me entusiasmó e hice planes para saliendo de ahí pasar a una tienda a comprar un cuaderno súper bonito y tal vez unas plumas de gel de colores para comenzar esa misma noche. Sin embargo, mi hija me cambió la pichada al pedirme que fuera por ella a la escuela porque se sentía mal (estaba muy resfriada). 

Esa noche, mientras me lavaba la cara, me acordé de lo que iba a comprar y dije para mis adentros: ‘¡Chin, no fui por el cuaderno! Bueno, pero a ver… ¿qué hubiera escrito hoy?’ Les juro que en menos de dos minutos ya tenía una larga lista de cosas qué agradecer y una o dos de las que me arrepentía o no me sentía tan orgullosa. En ese momento me di cuenta que no necesitaba un cuaderno bonito ni unas plumas de gel de colores… es más, no necesitaba escribirlo, ese “corte de caja” mental fue suficiente para aterrizarme. 

Y claro que no tenemos que esperarnos a la noche para hacerlo. Hace unos días, por ejemplo, salí al jardín y mi corazón se llenó de gratitud al disfrutar del aroma de la chimenea, los rayos del sol en un día frío, mis tres adorados perros corriendo, el hecho de tener a mi marido trabajando ese día desde la casa, que ese día había venido la Alegría del Hogar y mi casa lucía impecable… y por si eso fuera poco y no me cupiera ya más amor en el corazón, de allá arriba me mandaron mi pilón al escuchar de repente un sonidito que me parecía conocido; al voltear hacia los árboles, veo no un pájaro carpintero, sino ¡dos!

En ese momento maté dos pájaros (valga la redundancia) de un tiro: identifiqué muchos pensamientos positivos y escribí en mi cuaderno mental todo aquello que agradecía hasta ese momento. 

Con una gran sonrisa y sintiendo un calorcito especial en mi corazón, entré a mi casa y di gracias por estar consciente de aquellas cosas que en ese momento me hicieron sentir la mujer más afortunada del mundo. 

Y colorín colorado, la gunicharrita se ha terminado.