¡TAN GÜENO QU´ERA!

¿Han visto cómo de repente un pensamiento te lleva a otro y a otro y a otro? Pues así me sucedió el otro día cuando me puse a pensar en el funeral de la mamá de una amiga. Yo no estuve ahí, pero fácilmente pude imaginar los abrazos, las lágrimas, las palabras de consuelo, los recuerdos bonitos y hasta divertidos que diferentes personas tendrían de la buena señora.

Y entonces pensé: bueno, ¿y por qué nos esperamos a que alguien muera para decir cosas positivas de él o de ella?

¿Y si instituyéramos que en los cumpleaños realmente nos volcáramos a celebrar la vida del festejado y a hacerlo sentir especial? ¡Imagínense qué bonito sería! Digo, no tenemos que olvidarnos del “Felicidades/Que tu día esté lleno de muchas sorpresas/Te mando un abrazote/Come mucho pastel…”, simplemente lo vamos a complementar con lo que diríamos en su funeral, ya que en estos generalmente se nos olvidan los defectos del difuntito.

Pues con eso de que estamos en una era de materialización gracias al prana que fluye ahora más que nunca, hace tres jueves tuve la oportunidad de presenciar mi idea hecha realidad. ¿Cómo? En el festejo de cumple de mi querido doctor Carlos Mendoza, un extraordinario médico que de la Oncología se pasó a la Acupuntura y a la Psicoterapia Gestalt. Con ello y con meditación, ha logrado mejores y más rápidos resultados para sus pacientes. Y algunos suertudotes tenemos la dicha de reunirnos con él una vez por semana para sanar, para aprender, para abrir los ojos del alma.

Me pudo encantar cómo en el festejo, uno a uno fuimos diciéndole lo que él y/o sus terapias significaban para nosotros. Hubo lágrimas, risas, abrazos, chistoretes, pero, sobre todo, mucho amor volcado hacia esa gran persona.

Yo le repetí lo que en alguna ocasión le había dicho: que me sentía muy afortunada por contar con su guía, especialmente en estos tiempos apocalípticos, que una imagen que tenía muy clara era de la Tierra vista desde el espacio, y luego un acercamiento a nosotros, su pequeño grupo reunido alrededor del Maestro, absorbiendo todo ese conocimiento e intentando entender la locura que ahora vive la humanidad. También le dije que sentía como si él fuera Sócrates y nosotros sus discípulos; le conté de la idea que había estado revoloteando en mi mente y que ahora, gracias a él, a lo que inspira, se hacía realidad.

Varios de mis compañeros le dijeron que lo veían como a un padre, que era un ángel, un hermoso ser de luz, que estaban eternamente agradecidos por su presencia en sus vidas.

El doc no cabía en sí de la emoción. Su siempre amplia sonrisa se hizo aún más grande y se quedó así por mucho tiempo. Las comisuras de sus labios eran misteriosamente jaladas por unos hilos… sí, unos hilos dorados, bañados de amor, con los que él pacientemente fue tejiendo las historias de sanación de cada uno de nosotros.

Fue realmente hermoso. Y me di cuenta de lo afortunada que soy, ya que cuento con los mejores maestros: los martes tengo la dicha de participar en el taller de narrativa del célebre novelista regio Kato Gutiérrez. ¿Han leído su blog o sus libros? ¿Han escuchado su podcast? ¡Uf! Precisamente el día que comencé a escribir esto, terminé Cuatro Segundos… ¡qué creatividad, qué manera de entrelazar historias y de salpicarlas con su bella prosa! ¡Aplausos, mi estimado Kato, en verdad que los martes son los nuevos viernes para mí, gracias por eso!

Los miércoles los estoy llenando de música, mi esposo y yo tenemos tres semanas de haber comenzado a tomar clases de canto con el extraordinario José Sandoval, quien tiene una carrera impresionante en el mundo de la música, tanto en México como en Estados Unidos. En este país, acompañó ni más ni menos que a Frank Sinatra (no es la primera vez que tomo clases de canto, desde hace varios años quise aprender, mi maestro era un joven y talentoso músico, pero se me atravesó la bronquitis y tuve que dejar las clases. Luego, hace como uno o dos años, intenté con otra excelente maestra, sin embargo, a pesar de que ella tenía muy buen método y de que es una hermosísima persona, nunca pude vencer la vergüenza de realmente soltar la voz).

Algunos domingos medito con un selecto grupo de mujeres, dirigidas por mi querida canalizadora Alexandra Treviño, a quien el destino puso frente a mí cuando entré a trabajar en los seguros. Con gran firmeza, pero a la vez con dulzura, nos lleva a enfrentar nuestros demonios.  Y ni qué decir de las asistentes, especialmente de la hermosa Claudia Delgado, ella invariablemente recibe mensajes para todas las que estemos ahí.

¿Así o más privilegiada?

Por eso, con más ganas vuelvo a mi propuesta para los cumples. Cambiemos la tan socorrida frase de funeral “tan güeno qu´era” por “tan güeno qu´eres”.

Estoy segura de que sería un regalazo para nuestra autoestima, ya que todos tenemos cosas buenas, solo necesitamos unos de otros para recordarlas.

¿Qué dicen? ¿Les late? Arre pues.

¿Y LA LIMONADA APÁ?

El día de ayer tenía los mismos planes que había tenido los últimos sábados y domingos, levantarme, dar de comer a los perros, tomar mis suplementos y la proteína, y sentarme a dos ignacias a sacar dos de mis más grandes pendientes: las millas que recorrí el año pasado (para la declaración de impuestos) y la revisión de Mamá con Soda.

¿Revisión? ¿Cómo para qué o qué? Pues porque después de varios meses en un taller de narrativa con el gran Kato Gutiérrez (un regio que hace honor a su gentilicio), me di cuenta de lo que es literatura en verdad. Y con esto no estoy satanizando a mi primer bebé literario, si lo escribí y publiqué fue simplemente porque sentí el impulso de hacerlo, mas nunca pensando que ganaría el Premio Nobel con él.

Así que un buen día me animé a contratar sus servicios de tallereo (corrección de estilo), y ahora tengo una descomunal tarea frente a mí.

Hace ya casi un mes que me envió el primer paquete con sus observaciones, y todavía es hora de que no me siento a trabajar en ellas.

Y bueno, ayer que no sé por qué fregados decidí ponerme a lavar ropa y lavar platos en lugar de hacer lo que había dicho, de repente me cayó el veinte al sentirme súper culpable por postergar -una vez más- mis pendientes. Y me di cuenta de que estaba haciendo las cosas no solo con desgano sino así como “¡chin, otro fin de semana desaprovechado!”.

Ese descubrimiento no me gustó en lo absoluto, ya que me pude percatar de que NO ESTABA EN EL AQUÍ Y EN EL AHORA y eso me producía una especie de ansiedad.

¡Ah cabrón! ¡Y yo que juro que cuando la vida me da limones hago limonada! ¡Nombre… nada más alejado de la realidad!

Y me di cuenta de que eso me pasa en muchas otras ocasiones, así que ahí les va una lista de las que me acuerdo:

Cuando estoy apurada y alguien me intercepta para contarme algo y yo me frustro, NO HAGO LIMONADA.

Cuando veo el polvo en mis muebles y quiero huir a Las Malvinas porque no tengo ayudante, NO HAGO LIMONADA.

Cuando alguna amiga quiere desahogarse diciendo únicamente cosas negativas y yo me desespero, NO HAGO LIMONADA.

Cuando un cliente potencial me dice que no y yo me agüito, NO HAGO LIMONADA.

Cuando estoy platicando con alguien que no me deja emitir palabra y me empiezo a traumar porque no puedo hablar de lo que A MÍ me sucedió o de cómo YO lo resolvería, en lugar de simplemente escuchar, NO HAGO LIMONADA.

¡Ups!

Confieso que al principio me desinfló un poco el hecho de ver de frente a mi lado oscuro, pero sé que estaría peor si nunca lo hubiera descubierto.

En fin, espero ser la única en el mundo a la que le pase eso, pero por si las dudas, los invito a pensar qué están haciendo con sus limones.

¡Abursito!

SANACIÓN

Laura Jurado 2021

Tengo una niña herida.

No sé qué le pasó, no sé quién la lastimó. Tan solo sé que tiene una herida que necesita atención.

Los opinólogos dicen (desde su trono de sabiduría inventado por ellos) que hay que dejarla así, que son chiplerías, pero no, yo veo el dolor que esa herida provoca en mi niña y siento la necesidad apremiante de ayudarla a sanar.

No es una herida que se vea, no es una cortada supurante o un hueso quebrado… vamos, ni siquiera a moretón llega.

No, su herida es interna y eso hace más difícil el proceso de sanación, pues cuando ella abre su corazón entregándose a aquello que le fue otorgado desde antes de nacer y alguien descalifica lo expresado por ella, mi niña sufre.

Sí, ya sé que debes sembrar tu propio jardín en vez de esperar a que alguien te lleve flores, no por nada se convirtió en uno de mis poemas favoritos cuando me aquejaba el mal de amores, pero mi niña no sabe cómo hacerlo… y yo tampoco sé cómo ayudarla.

Tengo una niña herida.

Por fortuna no todo el mundo descalifica sus dones. Ella está rodeada de personas que reconocen, aplauden, y hasta agradecen su talento. Pero eso no sana su herida… la cura no va por ahí. Lo único que esos cariñitos hacen es ayudarla a olvidarse momentáneamente de su herida.

Hoy intentaré algo diferente para sanarla. La traeré a este espacio sagrado en donde ella y yo nos expresamos; la sentaré en mi escritorio poniéndole una cobijita para que no le cale lo frío del vidrio. La abrazaré con fuerza, le besaré las mejillas despejándole el pelo de la frente, y le diré lo orgullosa que estoy de sus escritos… lo feliz que me hace al verla expresarse con tal maestría. Le contaré que cuando leo lo que ella escribe, mi corazón se llena, invadiéndome un sentimiento de plenitud y de satisfacción. Le confesaré que cuando yo era adolescente soñaba con ser escritora. Le contaré de aquello que escribí la noche anterior a mi viaje a Albuquerque con la Banda de Guerra. Y le pediré perdón a esa adolescente por haberme burlado de lo que ella se atrevió a plasmar en un cuaderno. ¿Quién era yo para truncar sus sueños de escritora? Nadie.

Wow… nunca lo había visto así. Invito entonces a mi adolescente herida, la veo entrar por la puerta, tímida pero feliz porque por fin reconocí el daño que le hice.

Se sienta en una silla junto a mí. Y aquí y ahora mi niña, mi adolescente y yo nos fundimos en un abrazo, liberando años y años de sufrimiento. Mi adolescente me mira a los ojos y agradece mis disculpas. ¡Quiero decirle tantas cosas! La abrazo con más fuerza y le muestro lo grande que es su don… le leo todos los comentarios que la felicitan por sus escritos y le piden que nunca deje de escribir… pero sobre todo, abro mi corazón y le muestro cómo se ilumina al leer y releer lo escrito por ella. Y reconozco su grandeza.

Mi niña observa la escena, fascinada. Abrazada a nosotras dos, susurra a mi oído: ‘Yo nunca estuve herida, no tengo nada que hacer aquí. Regreso al lugar que me pertenece’.

Y como en las películas de Hollywood, mi niña se hace chiquita, chiquita y vuela hacia mi corazón donde se instala y se pone a jugar con los perros y gatos que ahí también viven.

Mi adolescente y yo nos quedamos solas, tomadas de las manos. Su mirada cambia… su postura también. De pronto ya no es una muchachita tímida sino una joven mujer que reconoce y atesora el gran don que le ha sido otorgado.

La invito… no… le pido que por favor siga escribiendo, que se exprese a través de estos dedos cincuentones que tanto disfrutan hacerlo.

Mi muchachita asiente con la cabeza, agradecida y entusiasmada hasta la médula. Me besa las mejillas y la frente, me da un último abrazo, y se hace chiquita como mi niña y vuela a mi corazón. Ahí la espera ya un lugar especial que le he preparado, un escritorio hermoso con una compu deseosa de ser tocada por esos talentosos dedos. Ella llega, prende un incienso, acaricia a las mascotas, le guiña un ojo a nuestra niña y se sienta como una reina en su trono, dispuesta a volcar su corazón en cada palabra.