EL PLACER DE SERVIR

Durante los últimos días he tenido la oportunidad de ayudar con las inscripciones en la escuela de mi hijo. No ha sido un trabajo pesado, pues únicamente he tenido que revisar que las personas traigan todas las formas requeridas y que éstas tengan la información correcta.

Es la primera vez que estoy del otro lado, brindando un servicio, y con agrado he visto que muy pocas personas se han molestado o ‘han hecho la chueca’, tanto de un lado como del otro.

El año pasado que me tocó inscribir a mi hijo fue un calvario, ya que era nuevo en esa escuela y el proceso era mucho más largo. Estuvimos ahí varias horas en la mañana y tuvimos que regresar en la tarde, claro que eso fue porque a mi hijo no le correspondía esa prepa, y a pesar de que habíamos solicitado la transferencia y ésta había sido aprobada, sus papeles fueron enviados a la otra escuela. Ya se imaginarán que yo estaba como agua para chocolate, y más cuando vi que algunas personas se metían en la fila. No sé si fui grosera con quienes me atendieron… ¡espero que no!  Me tocó ver  gente amable y gente no tan amable. Por eso, cuando este año recibí el correo electrónico solicitando voluntarios para las inscripciones, no dudé ni un segundo en anotarme.

Es muy interesante estar del otro lado de la barrera, uno puede mostrar o no todas las cualidades que le gustaría que tuvieran las personas que brindan un servicio. Por supuesto que yo traté de dar lo mejor cada día ayudando en lo posible a quienes tenían algún contratiempo, atendiéndolos con una sonrisa, y  poniéndome en sus zapatos. No sé si lo logré, pero para mí fue algo muy satisfactorio.

Al ver a algunas personas molestas,  me acordaba de lo que la Sra. Meléndez (Presidenta de la Sociedad Protectora de Animales de Delicias y la Región cuando yo vivía allá), le dijo una vez a una empleada que la trató mal: “A usted no le gusta su trabajo, ¿verdad? Eso es muy triste, ya que se refleja en su desempeño. A leguas se nota que usted es una buena persona, pero no está haciendo lo que le gusta, cambie de trabajo”… Como por arte de magia, la actitud de la señorita cambió. Y es que muchas veces las personas se sienten incomprendidas y solo necesitan que alguien les haga caso. Recordando eso, cuando devolvía a alguien porque no cumplía con los requisitos, les recordaba que desgraciadamente todos teníamos que cumplir con ellos y les decía que sentía mucho que tuvieran que dar tantas vueltas. Invariablemente, como con la señorita de la historia, les cambiaba la cara y se iban más contentos.

También recordaba el poema de Gabriela Mistral que estaba colgado en casa de mis papás cuando yo era niña (El Placer de Servir), y di gracias a Dios por este tipo de voluntariado que me permitió realmente servir a los demás. Y lo que es más padre, lo disfruté muchísimo…yo creo que en alguna vida anterior fui Secretaria, pues me encantó hacer ese trabajo.

En conclusión,  no importa de qué lado de la barrera estemos, procuremos siempre tratar a las personas con amabilidad y respeto, para que cuando Dios nos pregunte al final del día: ¿Serviste hoy?, podamos contestar con un sincero  ‘Sí’.

El Placer de Servir

      Toda naturaleza es un anhelo de servicio.
      Sirve la nube, sirve el viento, sirve el surco.
      Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú;
      Donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú;
      Donde haya un esfuerzo que todos esquivan, acéptalo tú.
      Sé el que aparta la piedra del camino, el odio entre los
      corazones y las dificultades del problema.

      Hay una alegría del ser sano y la de ser justo, pero hay,
      sobre todo, la hermosa, la inmensa alegría de servir.
      Qué triste sería el mundo si todo estuviera hecho,
      si no hubiera un rosal que plantar, una empresa que emprender.

      Que no te llamen solamente los trabajos fáciles
     ¡Es tan bello hacer lo que otros esquivan!
      Pero no caigas en el error de que sólo se hace mérito
      con los grandes trabajos; hay pequeños servicios
      que son buenos servicios: ordenar una mesa, ordenar
      unos libros, peinar una niña.
      Aquel que critica, éste es el que destruye, tu sé el que sirve.
      El servir no es faena de seres inferiores.
      Dios que da el fruto y la luz, sirve. Pudiera
      llamarse así: “El que Sirve”.

      Y tiene sus ojos fijos en nuestras manos y nos
      pregunta cada día: ¿Serviste hoy? ¿A quién?
      ¿Al árbol, a tu amigo, a tu madre?

Gabriela Mistral.

PAYASEANDO

Hoy voy a tocar un tema un bastante sensible, por lo que de antemano ofrezco una disculpa a quien se sienta ofendido.  Y antes de comenzar, aclaro que afortunadamente, hay sus honrosas excepciones, ¿OK?

El tema es la educación de los hijos y la obsesión de algunos padres por mandarlos a escuelas caras. Y ustedes dirán, a ella qué le importa… pues sí, la verdad cada quien puede hacer lo que se le dé su gana, pero no puedo evitar exponer mi punto de vista.

Veamos. Cuando yo era niña estudié en escuela particular porque nuestra situación económica así lo permitía. Después de una de las crisis de finales de los 70´s, mis papás me cambiaron a una secundaria de gobierno y como la situación no mejoró para cuando me tocó ir a la prepa, seguí en ese tipo de escuela. Al poco tiempo llegó el momento de estudiar una carrera, y jamás me pasó por la mente entrar al Tec de Monterrey, que era la universidad más cara de la ciudad en ese tiempo. ¿Por qué? Porque tenía los pies sobre la tierra, al igual que mis papás y toda mi familia. Entré al Tec de Chihuahua e hice la carrera de Ingeniería Industrial en Producción.

¿Qué me pasó por haber estudiado en escuela particular el Kínder, la Primaria y un año de Secundaria? NADA.

 ¿Y qué me pasó por haber estudiado el resto de la Secundaria, la Prepa y la carrera en escuelas de gobierno? Lo mismo, ¡NADA!

¿Aprendí más en una que en la otra? Definitivamente no, y ¿saben por qué? Porque el que es buen gallo, en cualquier gallinero canta.

Un claro ejemplo de esto es mi esposo, quien estudió en una prestigiada universidad mexicana DE GOBIERNO, se graduó con honores y forjó una carrera a base de inteligencia, perseverancia, ética y muchos valores más. Él no necesitó estudiar en Harvard o en qué-sé-yo-dónde para ser un triunfador.

Entonces, ¿por qué muchos papás que estudiaron en escuelas de gobierno hasta dejan de comer con tal de que sus hijos vayan a una escuela cara o elegante…? Me no comprende… ¿Qué tiene de malo una Universidad Nacional o un Instituto Tecnológico (no el de Estudios Superiores de Monterrey)? ¿Por qué los papás insisten en crear lepes fantoches y presumidos?  ¿Por qué esa obsesión por darles a los hijos lo que ellos no tuvieron? Estamos creando una generación de niños que dan todo por sentado, no les cuesta trabajo conseguir nada. Y ¿quiénes son los culpables? Los papás…

Desgraciadamente, la frontera con México no se escapa. Cuando nosotros llegamos de Chihuahua, hace ya varios años, inscribimos a los niños en una escuela particular, pues pensábamos que las públicas –de gobierno- eran una porquería. Al cabo de un año, nos dimos cuenta que era completamente al revés. En las escuelas públicas  los niños iban más adelantados que en la privada, por lo que decidimos cambiarlos, y hasta la fecha estamos felices de haberlo hecho. Cuando estuvieron en la privada, me salían ronchas de escuchar a algunas mamás odiosas amenazar a sus hijos con “cambiarlos a la pública” si no hacían esto o lo otro… ¡Por favor! ¡Ya quisieran tener los fondos y los programas que tienen estas escuelas! Pero no, para muchos papás lo que importa es el qué dirán, el relacionarse con gente ‘bien’… prrrttt!

En fin, nuestros hijos aún son chicos y no saben ni qué van a estudiar. Cuando ese momento llegue, nosotros los apoyaremos en lo que podamos para que estudien una carrera, con los pies bien puestos sobre la tierra.

He dicho.

p.d Se me olvidaba algo. Debo aclarar que, como en todo, hay dos caras de la moneda. Ni todos los padres e hijos de las escuelas caras son sangrones, ni todos los padres e hijos de las escuelas públicas son sencishitos y carismáticos. Un aplauso para toda la gente sencilla. Y ahora sí, he dicho.

ESCOGIENDO MI FUNERAL

El otro día me puse a pensar cómo me gustaría que fuera mi funeral. Yo creo que son pocas las personas que dejan por escrito sus deseos al respecto, y sin ánimos de controlar a nadie, solo hay dos cosas que  me gustaría fueran diferentes: el color de la ropa y los arreglos florales.

Empezamos por el color. ¿Se han puesto a pensar por qué la gente se viste de negro en los funerales? Buscando un poquito en la red, encontré que hace muchísimos años, la gente pintaba su cuerpo de ese color para pasar inadvertidos ante el alma del muertito, porque tenía miedo que, no teniendo ya dónde vivir, el occiso buscara otro cuerpo y dijera ‘de aquí soy’. Esto tiene sentido, ya que los habitantes de algunas tribus africanas (cuya piel es muy obscura) se cubren con cenizas blancas. En los países budistas como India, Japón o China, sin embargo, el color del luto es el blanco. Para ellos, este color expresa la idea de “venir vacío, irse vacío”, aunque algunos dicen que es porque el blanco contrasta con la tez morena (en el caso de la India).

En lo personal, yo veo la muerte como algo hermoso… el paso hacia la luz, donde nos desprendemos de todo aquello que nos ata en la Tierra, por lo tanto, no veo por qué debemos vestirnos como si estuviéramos tristes… ¡al contrario! Me encantaría que la gente fuera a mi funeral vestida de colores alegres, ya que la luz clara es más alta en vibración y deja pasar la luz, pero si alguien no tiene ropa blanca o clara… ¡qué importa!!!

Recuerdo un funeral hermoso de un amigo de la escuela –Memo Casavantes, un tipazo-, que murió de cáncer. Yo no estuve cerca de él durante los meses previos a su fallecimiento, pero los que sí tuvieron esa oportunidad dicen que él, haciendo gala de una paz inmensa, los consolaba, en lugar de que fuera al revés. Su funeral fue muy concurrido, y los que lo acompañamos al panteón tuvimos que esperar a que su esposa saliera de la iglesia. Yo nunca había visto algo así. Ella, con un hermoso vestido beige, se subió a su Vochito llevando las cenizas de su amado esposo. Sin pompa ni ceremonia, solo paz y amor.

Desde entonces me atrajo la idea de ir de blanco a los funerales, aunque nunca lo he hecho. Bueno, más o menos… para el velorio de mi papá usé una camisa blanca con anaranjada, pues quería demostrar que estaba feliz porque mi querido Gordo ya no sufría más. Tal vez por eso una de mis primas –Carolina- cuando me vio, me dijo con una gran sonrisa: “¡Felicidaaades!”, e  inmediatamente se dio cuenta que estaba en un funeral y que aparentemente no era apropiado decir eso.  Se disculpó conmigo, pero las dos acabamos atacadas de la risa, pues fue muy gracioso y nada fuera de lugar, ya que ese gran ser que tuve como padre había terminado su misión y eso ameritaba una calurosa felicitación.

Y bueno, la segunda petición o deseo es que las personas en vez de gastarse una lana en una corona o un súper arreglo floral, solo manden una flor (sin florero porque si no luego que hace mi familia con tantos… mejor que alguien ponga uno mediano) y que el dinero que les sobre lo donen a alguien que lo necesite (cualquier asociación para el cuidado de ancianos, niños, animales, etc, o tal vez alguna persona que estuviera en apuros económicos, o por qué no, pueden adoptar un perrito o un gatito callejero). Tengan por seguro que esa solitaria flor representará mucho más que todos los arreglos florales del mundo y ustedes habrán puesto su granito de arena en la vida de alguien.

Así que ya lo saben. El día que yo deje mi cuerpo físico, hagan lo que les de su gana, pero si pueden y quieren, concédanme esos dos deseos. ¡Ah! Y no me saquen la garra frente al ataúd, recuerden que el oído es lo último que se pierde. Si lo hacen, se exponen a que les jale las patas, ¿eh?, jajaja, no se crean.

HABLANDO DE POMPAS

Algo que no puedo entender de la moda actual para adolescentes son los pantalones caídos. No importa que los chavos traigan calzones (por lo general bóxers) muy padres, a mí me da mucho asco, especialmente si “se echan uno”…¡jajaja!

Y es que parece como si los chavos de hoy se avergonzaran de sus pompas. En mish tiemposh , (principios de los 80´s) los muchachos usaban los pantalones a la altura para la cual habían sido diseñados. Por lo general todos andaban de mezclilla, aunque también había unos (los vaqueros) que usaban pantalones de un material similar, de colores, súper ajustados y de cuadritititos. La verdad es que era algo agradable a la vista. Y aquí permítanme hacer una aclaración. El hecho de que una mujer admire el trasero de un hombre (vestido, aclaro), no quiere decir que también va a admirar “el asunto”, pues contrariamente a lo que muchos machos podrían pensar, es raro que las mujeres digamos que lo primero que nos atrae de ellos es “aquellito”. Por lo general, su cara es lo que nos llama la atención: sus ojos, su sonrisa, pero ver a alguien que presume descaradamente sus atributos frontales… ¡OMG, qué asco!

A una amiga mía no solo le gustaba ver a los muchachos pompudos…. ¡también los quería tocar!… Para su fortuna, podía deleitarse con 3 chavos… los más nalgones de la prepa. No andaba con ninguno de ellos, pero eso no era impedimento, ya que era muy listilla. Cada vez que veía a alguno de ellos en las escaleras o en la cafetería (lugares que siempre estaban a reventar), ponía a sus amigas en alerta. Ya sabíamos que ella se colocaría justo detrás del chavo y que nosotras tendríamos que empujarla. Claro que el chiste era que su mano estaría “casualmente” abierta, justo a la altura de las pompas del inocente sujeto, jajajaja.

¿Qué sería de mi amiga con la moda de este tiempo? ¿Le gustaría verles hasta la cocina, o preferiría dejarlo a la imaginación ? ¿Ustedes qué opinan?

UBUNTU

El otro día vi la película “In my country”, que en resumen trata sobre unas reuniones de la Comisión para la verdad y la reconciliación que se llevaron a cabo en Sudáfrica después de las atrocidades del Apartheid.  Se juntaba toda una comunidad con un representante de la iglesia y otros líderes. En un lado ponían al acusado de asesinar -y en su mayoría, torturar- a X persona, pero no era un juicio. Al centro pasaba algún familiar de la víctima y contaba los pormenores sobre su desaparición. Entonces el asesino daba santo y seña de la tortura (si es que la hubo) y muerte de la misma. Después de confesar su crimen, solicitaba la amnistía, en muchas ocasiones sin el menor asomo de remordimiento.

En la película aparecieron varios casos desgarradores, pero sin lugar a dudas el más impactante es el de un niño que ha perdido el habla desde que asesinaron a sus padres. A él lo llevan ante la comisión para que escuche al asesino rendir su testimonio. El hombre cuenta cómo asesinó a los dos, sin darse cuenta que el niño estaba presente en la habitación. La escena es realmente conmovedora, ya que el asesino se muestra en verdad arrepentido, a tal grado que se compromete a pagar por sus estudios de por vida. Después de hablar, se acerca al niño y le pide perdón de rodillas. El niño lo mira fijamente, y todo parece indicar que le va a escupir, ya que sus caras están extremadamente cerca, pero el niño le echa los bracitos al cuello.

Esto a los ojos del resto del mundo puede parecer absurdo, sin embargo los sudafricanos, siendo un país con tantas carencias,  nos dan una gran lección. Esa filosofía de reconciliación nacional que inició con la liberación de Nelson Mandela se llama Ubuntu, y su objetivo final es el perdón. El Reverendo Desmond Tutu, quien encabezó la comisión de la verdad, dijo en alguna ocasión: “Una persona con Ubuntu es una persona abierta y siempre disponible, que respalda a los demás y no se siente amenazada cuando otros brillan en algo, porque está segura de sí misma, ya que sabe que pertenece a una totalidad que se decrece cuando otras personas son humilladas o menospreciadas, cuando otros son torturados u oprimidos”. O como dijeran los Hombrecitos Verdes de la película ‘Buzz Lightyear’: “Somos uno… estamos unidos”.

¡Qué alejados estamos los mexicanos de eso! ¿Veremos algún día un juicio en el que los sicarios cuenten todas sus atrocidades y pidan perdón? ¿Será que algún día tendremos la capacidad de aplicar esa maravilla de filosofía  en nuestras vidas? ¿Será que podremos escuchar y comprender a los demás con un respeto total y absoluto? ¿Que podremos entender a los que sufren? ¿Que reconoceremos nuestros propios errores y sabremos perdonar? ¿Será…? Sinceramente, espero que sí…

DÍA DEL PADRE

Un año más de celebración del Día del Padre… con ellos de cuerpo presente, o en espíritu. En mi vida ha habido dos papás súper importantes: el mío y el de mis hijos. Sin lugar a dudas, han sido los mejores padres del mundo. Pero, ¿qué hace que un papá sea el mejor? Para contestar a esta pregunta, tendré que echarme un rollo primero.

Comenzaré por decir que algunas mujeres piensan que la vida no es justa y que los hombres la tienen más fácil que nosotras. Esto puede ser cierto a nivel laboral, sin embargo creo que en lo que respecta a los hijos, somos las mujeres las que les llevamos una gran ventaja a los hombres. Somos  nosotras quienes los llevamos en nuestro vientre por nueve meses, siendo testigos directos del milagro de la vida. Somos nosotras quienes experimentamos los cambios en nuestro cuerpo, quienes tenemos el privilegio de dar a luz, y posteriormente, de disfrutar de ese pequeño gran milagro cuando amamantamos y cuidamos a nuestros hijos, creando así un lazo de amor indisoluble.

Pero la naturaleza es sabia, y cualquier persona que cuide a un bebé (o a otra persona de cualquier edad) y que responda a sus necesidades físicas y emocionales, podrá establecer fuertes vínculos con éste (Teoría del Apego de John Bowlby), así que los papás también pueden –y deben- crear esos lazos de amor.  “Se ha visto en investigaciones que la atención del padre y su interacción afectuosa con el bebé aumenta en los 3 primeros meses si tiene experiencias con su bebé sin ropas, con el cambio de pañales y la mirada cara a cara durante las 3 primeras horas de vida.” (Vínculo entre padres e hijos: observaciones recientes que alteran la atención perinatal. – John H. Kennell, MD* y Marshall H. Klaus, PhD).

Por lo tanto, creo que el título de Mejor Papá del Mundo se lo llevan aquellos padres que no solo apoyan económicamente a los hijos, sino que también llenan sus necesidades afectivas y están presentes en su vida. Aquellos que no solo ocupan el mismo espacio que sus hijos, sino que interactúan con ellos y les dan su amor.

Afortunadamente la vida me premió con dos papás así: el mío y el de mis hijos.

De mi esposo diré que me encanta su entrega y su compromiso con ellos. Como es una persona muy reservada, no mencionaré detalles. Solo agregaré que doy gracias a Dios por tenerlo en mi vida. ¡Mejor padre no hubieran podido tener mis bebés!

En cuanto a mi papá, yo creo que no le importa que lo ventanee… y si sí, pues ya no está aquí para reclamar, jajaja.

Como Médico, tuvo el privilegio de traer al mundo a cinco de sus seis hijos. Según él, por eso todos nosotros somos tan felices, pues lo primero que vimos al arribar a este mundo, fue su cara… jajaja, algo hay de eso.

Él trabajó incansablemente toda su vida para darnos siempre lo mejor. Fue un papá que no descuidaba a la madre de sus hijos y que balanceaba trabajo y familia, yéndose con ella de parranda mientras fueron jóvenes, y llevándonos a todos de vacaciones, mientras se pudo.

Siempre alegre, honesto, recto, trabajador, justo, simpático, defensor de las causas nobles. Por él aprendí a respetar la vida de los animales:

“…fue él quien me inculcó el amor a los animales una tarde que yo debía atrapar insectos para llevar al día siguiente a la escuela. Mi papá me vio cuando salí al patio con un frasco en la mano y me preguntó qué iba a hacer. Le expliqué que nos habían dejado de tarea atrapar tres insectos para luego disecarlos. Con mucha tristeza, me dijo que los seres humanos no teníamos derecho de matar a un animal, por más pequeño que éste fuera. Desgraciadamente, tuve que cumplir con mi tarea y llevé una mosca grandota, un chapulín y una araña, pero sus palabras se me quedaron grabadas por siempre. Hasta la fecha, no soporto que maltraten a los animales, ni siquiera a las hormigas.” (Mamá con Soda, Laura Jurado, agosto de 2011).

Y bueno, ya que menciono mi libro, ni para qué me quemo el coco tratando de explicarles lo buena onda que era mi papá. Mejor copiaré otra sección donde lo describo a la perfección:

“Cuando llegaba mi papá del consultorio por la noche, dejaba el carro en la entrada del portón o lo metía hasta la cochera por el corredor. Cuando hacía esto último, las cuatro hermanas nos asomábamos por la ventana de nuestro cuarto y le cantábamos: ‘ ♫ El Pelón Sopipo, pipo pipo pipo…’, luego corríamos a la ventana del suyo para seguirle cantando. En cuanto abría la puerta le  brincábamos los seis hijos… ¡nos podía a todos!

Pero no siempre llegaba temprano. Muchas veces regresaba cuando ya estábamos nosotros acostados y solo lo oíamos platicar con mi mamá: ¡”Tuve 25 particulares y 23 “isteros” (por decir un número.)”! Para mí, hablaban en clave, no sabía quiénes eran los famosos “isteros”. Luego entendí que eran pacientes que tenían servicio del ISSSTE (Instituto de Seguridad y Servicios Sociales para los Trabajadores del Estado), porque mi papá era el responsable de un puesto periférico de esa institución. Los “isteros” no pagaban consulta, el ISSSTE le pagaba a mi papá independientemente del número de pacientes que atendiera. Obviamente, él hubiera preferido atender a más particulares, sin embargo a la hora de la consulta no hacía diferencias entre unos y otros: a todos los recibía con la misma dedicación y empeño.

Y es que, aunque su sueño había sido convertirse en un gran cantante, siempre demostró una gran pasión por curar y por ayudar a sus enfermos. No solo escuchaba sus dolencias del cuerpo, sino también las del alma: era médico, psicólogo, consejero legal, amigo. ¡Muchas personas le decían que se aliviaban tan solo de verlo! Los adultos recibían algo más que una consulta, ya que los bombardeaba con innumerables chistes. ¡Las carcajadas se oían hasta la sala de espera, y los pacientes que ahí se encontraban se volvían impacientes queriendo recibir su dosis de buen humor! Su encanto se extendía también a los niños, prometía no inyectarlos, y  les hacía magia. ¡En cuanto empezaba la función, se olvidaban de sus dolencias!

Nunca le gustó operar pero realizaba todo tipo de curaciones; por ejemplo, aliviaba con gran éxito las quemaduras, sin dejar prácticamente cicatrices. También era muy bueno para el diagnóstico. Entre sus logros más grandes se puede contar el de un señor que tenía 20 años con hipo y el de una señora a quien le salvó un pie gangrenado, amarrándole los tobillos uno con otro durante varios meses.

Hacía visitas a domicilio, y cuando eran casos urgentes prendía una sirena que colocaba en el techo de su carro. Por muchos años, no tuvo horario. Sus pacientes lo buscaban ¡hasta en la madrugada!, y él se levantaba sin importar lo cansado que estuviera. Un día atendió  ¡a 70 pacientes! Empezó a las 7 de la mañana y regresó a la casa alrededor de las 12 de la noche, casi al borde de un infarto.

En una ocasión, tuvimos por unos días a un niñito que estaba muy grave. Mi papá invitó a sus papás a que se quedaran con nosotros para poder monitorear al bebé, quien afortunadamente se recuperó por completo.

¡Era muy guapo y lo celábamos bastante! A veces se ofrecía a llevar a alguna señora en el carro. Inmediatamente alguna de nosotras se pasaba al asiento de enfrente para que la ‘vieja’ no fuera de volada con él.  ¡Y es que era un tipazo! Todos los días andaba de traje, impecable, oliendo a loción, con sus uñas muy limpias y bien cortadas… ¡la pulcritud personificada!

Le gustaba jugar con nosotros. Lo peinábamos, y él dejaba que le pusiéramos brochecitos… ¡hacíamos lo que queríamos con él! Era súper lindo, más de una vez recibió a los pacientes con sus brochecitos puestos (¡jajaja!, pero no es que le gustara usarlos ¿eh?).

Su pelo empezaba a ponerse gris y llegamos a proponerle que nos diera un peso por cada cana que le quitáramos. Obviamente no quiso, argumentando que lo íbamos a dejar pobre y pelón.

También nos gustaba acompañarlo cuando hacía sus ejercicios. Como mencioné anteriormente, él tenía unas mancuernas con las que había logrado ponerse en forma y nosotros usábamos las nuestras (¡unos flamantes botes de desodorante!). Respirábamos profundamente mientras levantábamos los botecitos y exhalábamos con tanta fuerza como si hubiéramos hecho un gran esfuerzo. ¡Como disfrutábamos esos momentos juntos!

A pesar de que no estuvo mucho tiempo con nosotros por su trabajo, él fue, junto con mi mamá, el responsable de que mi vida haya estado llena de amor y alegría. ¡Fue una gran bendición el tenerlo como padre!” (Mamá con Soda, Laura Jurado, agosto de 2011).

Y bueno, podría seguir toda la tarde contando anécdotas de mi querido Gordo, pero no los quiero aburrir. Solo les diré que aún después de haber dejado su cuerpo físico, él se las ingenia para hacerse presente en mi vida:

“Pero el Gordo no solo se hizo presente en mis sueños. Al año siguiente me estuve acordando mucho de mi papá el día de su cumpleaños.  En la tarde fui a buscar una bolsa para la basura, y al sacar la caja, me brincó una foto que se había caído de un cajón, donde estamos él y yo bailando en la boda de  Carolina (Nora)… ¡Me dio tanto gusto verlo! ¡Fue como si me hubiera dicho que estaba feliz!

Lo más curioso es que dos años después, cuando faltaba un día para su cumpleaños, sucedió algo muy parecido. Ese día me puse a buscar fotos en un cajón, para un trabajo de Sofía (Catalina). Entre otras, encontré una donde estaba el Gordo celebrando su cumpleaños en un restaurante, con un pastel enfrente. Le comenté a mi hija que era muy raro el haberme encontrado precisamente esa foto un día antes de su cumpleaños. Al verla se me ocurrió escribir algo para mis hermanos como si viniera de parte de mi papá y anexarle la foto, así que la puse aparte. Empecé a guardar todos los papeles y fotografías que había sacado, cuando de repente la del cumpleaños me brincó de una carpeta… ¡la había guardado sin darme cuenta! ¡No me queda la menor duda de que el Gordo sigue presente en nuestras vidas, que es inmensamente feliz, y quiere hacérnoslo saber!” (sí… Mamá con Soda, etc., etc.).

Todos los días lo recuerdo, igual que a mi mamá, pero ayer ese recuerdo cobró más fuerza al encontrarnos mi hija y yo en el super a nuestros tíos (de cariño) Rafa y Mine Marroquín con una de sus hijas y dos de sus nietas. Curiosamente en ese momento llegó también uno de mis hermanos con su esposa y nos pusimos todos a platicar. Obviamente, no pudimos dejar de mencionar a mis queridos Gordos, especialmente a mi papá, pues él siempre le decía a Rafa que era su gran amigo. Nos dimos mil abrazos de despedida, pero el último fue el más importante, pues le dije al Sr. Marroquín: “Este abrazo se lo manda mi papá”. Estoy segura que el Gordo ha de haber estado muy complacido con eso.

En fin, ya fue mucho rollo. Por este medio le pido a Dios que ilumine a todos los papás del mundo para que siempre sepan guiar los pasos de sus hijos con amor.

¡Felicidades Papás!