El primer año de gunistorias

DE MANTELES LARGOS

En la vida hay dos cosas importantes qué descubrir: las lecciones por aprender y la misión por realizar. Yo supe desde hace mucho tiempo cuáles eran algunas de mis lecciones: Cuidar lo que salga de mi boca, ya que soy especialista en meter la pata, y ser más paciente y tolerante. Esto último se me quedó muy grabado cuando leí  una frase en un libro que decía: “Paciencia y tolerancia: unas de las virtudes más importantes” (o algo así). Recuerdo que me impactaron tanto estas palabras, que le leí la frase a mi mamá, y me imagino que me llamaron mucho la atención porque era algo que yo tenía que desarrollar.

En cuanto a la misión, estoy convencida de que aquello que nos apasiona, nos acerca a ésta. En mi caso, mi pasión es escribir. He descubierto que tengo una necesidad por contar por escrito todo lo que sucede a mi alrededor, y cuando lo hago, lo disfruto muchísimo (soy una chismosa disfrazada, jajaja). Claro que no estudié para ser escritora, pero eso no me detiene.

Pues bien, esta escritora “wannabe” está hoy estoy de manteles largos, ya que hace un año nació mi segundo bebé literario: el blog www.gunistorias.com. Como sucede en muchas familias, éste no fue tan planeado como el primogénito (el libro “Mamá con Soda”), pero no por eso, es menos importante. 

Y es que desde hace muchos años me coqueteaba la idea de escribir. De hecho, hace poco me encontré una hoja escrita por mí cuando era adolescente. No recuerdo exactamente qué decía… solo sé que la rompí porque me caí gorda, ¡jajaja, pues sí! El escrito se sentía totalmente falso; no pude reconocerme en él, y eso –creo yo – es algo fundamental en cualquier cosa que hagamos. 

Hoy se cumple un año de ese segundo parto. ¡Ah, qué poco preparada estaba para ese gran paso! Al igual que escribir  y sacar a la luz un libro no es nada fácil (se necesita agarrar pluma y papel -o compu-, vaciar la mente de lo que en ésta nos remolinea, buscar quién lo publique o publicarlo uno mismo, hacer presentaciones y comenzar a venderlo), escribir un blog tampoco lo es…bueno, escribir en sí no lleva tanto tiempo, pero crear el blog son palabras mayores (a menos de que te quieras desprender de unos 500 dólares para que alguien más te lo haga).

Si bien es cierto que nos ha tocado vivir en una época en la que la tecnología está al alcance de todos, yo no tenía la menor idea de cómo crearlo. Aclaro: no es que me considere una inútil en cuestiones de computación, para nada… sin ser una experta, manejo varios programas y sé navegar en la red. ¡Ah, pero que no me pongan a programar o a hacer cosas que requieran más “ciber-coco”  porque ahí sí patino! De hecho, en “Mamá con Soda” hablo de eso, y con mi permiso, aquí les comparto un fragmento que prueba la dificultad que mi cerebro tiene para eso de la programación: 

“Pero no en todas las materias tuve tanta suerte como en Cálculo. Una de ellas era Programación. En ese tiempo las computadoras no venían con los programas ya instalados y las clases eran para aprender a hacerlos. Los dos primeros meses estuve feliz porque saqué 100 en el examen, ¡y cómo no, si era pura teoría! Después de eso empezamos a aplicar lenguajes. Pronto se llegaron los exámenes  ¡y…oh decepción, no alcancé el 70! Mi amiga Lilia (Liz Tavares) me acompañó al laboratorio para hablar con el maestro, y le pedí que por favor me subiera la calificación a 70. Obviamente el profesor no quiso hacerlo; entonces, sintiéndome totalmente frustrada, comencé a llorar. ¡El pobre no hallaba ni dónde meterse! Con lágrimas en los ojos, le dije que me había atrevido a pedirle eso porque, por más que me esforzaba, no le entendía nada a programación. De repente, me percaté que él traía puesto un sweater muy bonito, e inoportuna como siempre, le dije con la voz entrecortada: “Qué bonito sweater, profe…”, ¡jajaja, el inocente, todo cohibido, solo atinó a darme las gracias y a ponerme el 70! En ese momento me di cuenta de lo poco acertado de mi comentario, pero ya no podía hacer nada. Cuando salimos, mi amiga Lilia (Liz) no aguantó la risa y me dijo que me había visto muy obvia, pero yo le expliqué que no había sido esa mi intención, sino que realmente el sweater me había parecido muy bonito, ¡jajaja! ¡Gracias Ingeniero Hinostroza y gracias a todos mis demás maestros y maestras!”. 

Eso fue en el Tec, y durante toda mi carrera nunca aprendí a programar. La única vez que lo hice (con un programa específico) fue pocos años después, cuando trabajé como Ingeniero de Calidad en la maquiladora Cirmex.  Ahí, o aprendía DBase III, o me corrían…digo, nunca me lo pusieron así, pero el saber manejar el programa era una de la funciones de mi puesto. Mi jefe contrató a alguien para que nos entrenara a otros dos ingenieros y a mí durante varios sábados. Al principio parí chayotes, pero poco a poco fui agarrándole la onda. De algo sirvieron las veces me quedé hasta tarde en el trabajo, corriendo programas hasta obtener el resultado deseado.  Desgraciadamente, eso solo me ayudó con ese programa en particular, pues mi cerebro no siguió desarrollando esa habilidad. 

En fin, volviendo a lo del blog, una de mis queridas primas (Lucy Alonso), tuvo a bien darme una carrilla impresionante para que lo creara, por lo cual me dispuse a investigar cómo carambas se hacía eso. Pasé varias horas buscando en internet, y un día encontré “por casualidad” el sitio de un francés radicado en España (Franck Scipion – Ingresos al Cuadrado) que prometía ayudarme a crearlo (pongo lo de ‘por casualidad’ entre comillas, pues nada es casualidad, y curiosamente, esa vez que me topé con su blog, estaba buscando algo relacionado con mi mamá). El señor, muy amable, tenía un programa de varias semanas, en las que te iba guiando paso a paso sobre todos los aspectos de la creación de un blog. Seguí sus consejos, compré el dominio, el alojamiento, etc., y… y… y… me atoré, jajaja. Entonces recurrí al plan B: pedirle ayuda a mi puberto. Él es muy listillo para muchas cosas, especialmente para la computación, pero “en casa de herrero, cuchara de palo”: como él nunca había hecho un blog, y no le interesaba realmente ayudarme, de inmediato se dio por vencido. Seguía el plan C: pagarle a alguien. Por fortuna, di con el amigo de una amiga, quien me ayudó a terminar lo que ya había empezado y me dio el empujón para que mi primera publicación (‘post’) saliera a la luz. Creó una conexión con Facebook, pero como tuve que cambiar mi contraseña una vez que él hubiera acabado los arreglos, algunas cosas se vinieron abajo. No importaba… ¡yo estaba feliz de poder publicar y de que la gente me enviara sus comentarios! Meses después, mi bella colega, Mariana Narváez me ayudó a componer unos detallitos… ¡totalmente gratis!!!  

En este momento, el blog no es perfecto, pero esa no era mi intención al crearlo. Yo lo que quería era un sitio relativamente permanente (digo, más permanente que Facebook) para publicar mis escritos. Algunos de ustedes recordarán que al principio las publicaciones eran semanales, sin embargo tuve que espaciarlo una semana más. Preferí publicar con menor frecuencia que echar a la basura todo mi esfuerzo, o como dicen por ahí: “lento pero seguro”. Y aquí entra la cuarta lección que debo aprender: la constancia. ¿Cómo sé que necesito aprenderla? Porque es algo con lo que siempre he batallado… soy muy buena para inventar cosas, pero muy mala para hacerlas con regularidad. Este blog, al igual que un hijo de carne y hueso, no solo me da satisfacciones, sino también me ayuda a ser mejor. 

Para finalizar, puedo decirles, como toda mamá cuervo, que estoy encantada con mi bebé (bueno, con los dos). Muchas veces lo he dicho y lo seguiré diciendo: yo no estudié para ser escritora, así que gunistorias.com y mi Facebook son una especie de talleres virtuales, y  quienes me hacen el favor de leerme y retroalimentarme, mis grandes maestros. 

Vaya pues mi agradecimiento a todos aquellos que se han dado el tiempo de leer mis relatos, que se han tomado la molestia de contestar a mis escritos, ya sea en la propia publicación, o en mi Facebook, y/o que han recomendado el blog a otras personas.  

La neta, la neta, la neta… ¡Sin ustedes, las gunicharritas no serían nada!  

¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Muchas gracias!!!!!!!!!

p.d. Y tú, ¿qué esperas para hacer lo que te apasiona?

Vecinos II

¿Se han fijado que cuando uno se cambia de casa hay muchos factores que se pueden elegir? Me refiero al rumbo, la calle, la casa, el color, el tipo de construcción (de uno o dos pisos), que tenga o no alberca, con o sin jardín, vista, seguridad, etc. Sin embargo, aunque también podamos escoger el vecindario, es rarísimo que elijamos a nuestros vecinos. Y qué mal, porque ellos pueden hacernos la vida más placentera, más difícil… o simplemente pasar desapercibidos. 

Yo he tenido la fortuna de contar con excelentes vecinos desde que nací (en Nuevo Casas Grandes, Chih.) hasta la fecha. La vida mandó a mis papás a vivir enseguida de un hermoso matrimonio: Don Manuelito Villalobos y su esposa Gilda (la Muñequita del Pastel, como cariñosamente le decía mi mamá). Ellos tuvieron una familia grande…bueno, me refiero al número de hijos, porque de estatura todos salieron igual de lindos que sus padres: tamaño petite. Aparte de ser vecinos, los Villalobos y mis papás fueron también compañeros Leones; trabajaban incansablemente para ayudar a los más necesitados, y se la parrandeaban bien y bonito. Aunque nos ganaban en número de hijos (ellos eran 9 y nosotros 6), más o menos ahí nos dábamos en cuanto a las edades. Eso fue algo que mis dos hermanas (Thalía y Nora) y yo aprovechamos al máximo, pues teníamos con quién jugar todo el día (Teresa, Susy e Hilda). Y bueno, es que a pesar de tener una familia numerosa, siempre era padre salir al patio y asomarse por la barda a ver quién de ellas andaba por ahí. Podíamos durar horas platicando, cada quien en su casa.  Hubo un tiempo en que nos las cotorreamos Nora y yo; comenzamos a pararnos en el cofre del carro de mi papá, dejándolas con la boca abierta al vernos tan altas… las muy simples inventamos que nos habían comprado una nube y que estábamos encima de ella, jajaja, pero muy pronto nos descubrieron y se acabó el chiste. 

Jacalera desde chiquita, me gustaba mucho ir a su casa… Los señores eran súper buenas personas y nos recibían con mucho cariño. La única que no parecía disfrutar con nuestra visita era la abuelita… ¡nos regañaba por todo! Pero bueno, prestábamos oídos sordos a su mala cara y –como dijera mi mamá- la gozábamos.  Cuando íbamos a su casa, nos encantaba subirnos al carrusel que tenían en el cuarto de tele. ¡Ah qué mareadotas nos poníamos! 

Pero yo creo que lo más padre era cuando por las tardes/noches nos juntábamos los Villalobos (a veces con sus primos) y nosotros con los demás niños de la cuadra (los hijos de Doña Cruz y Chimano, que también eran 9, y ‘las Carmelas’, unas niñas que vivían enseguida de los “Doñacruces”). ¡Nos dábamos vuelo jugando a los Encantados, a la Roña o al Bote…ya se han de imaginar el relajo que se hacía con tanto leperío! Cuando era hora de dormir, mi papá salía a buscarnos, pero a veces no nos encontraba porque nos íbamos a casa de Doña Cruz a que nos contara historias de terror y nos diera de cenar… ¡Híjole, salía con cada charra! Claro que en la noche no podíamos dormir del miedo, y mi papá se enojaba mucho con ella por asustarnos, y con nosotros por andarla oyendo. 

Otra que nos llegó a poner nuestros buenos sustos fue la abuelita de los Villalobos, pues como en dos ocasiones nos dijo que al día siguiente se acababa el mundo… ¡qué cosa tan espantosa! Mis papás trataban en vano de calmarnos; a mi mamá le dolía nuestra angustia, y a mi papá le daba coraje que nos dijeran esas cosas y nos dejaran aterrorizadas.

En fin… Con las Villalobos nos tocó también incursionar en el teatro: entre Susy, Hilda, Nora y yo escribimos una obra, y comenzamos a ensayar todas las tardes en la tienda de su familia: “El Madrigal de la Luz”. Cuando estuvimos listas pedimos permiso a mis papás para presentarla en la casa, e invitamos a todos los niños del vecindario. El improvisado teatro quedó en el corredor del lado izquierdo (por afuera de la casa), y mis hermanos nos ayudaron desde la azotea a abrir y cerrar el telón. Ya ni me acuerdo de qué se trataba la obra, solo recuerdo que era muy graciosa y que los asistentes se rieron mucho. Ésta terminaba con un desmayo de Nora y el cierre del telón. 

Apenas terminamos, nos dispusimos a contar las ganancias. ¡Sacamos alrededor de 30 pesos! Nos los repartimos entre las cuatro y salimos corriendo a comprar dulces. Claro que hubiéramos ganado más dinero si mi mamá no se hubiera interpuesto en nuestro negocio, ya que teníamos pensado vender galletas con leche condensada, pero no nos dejó. Según ella, ya era suficiente con cobrar la entrada, y con la ayuda de mis hermanas, las repartió entre todos los niños que asistieron. ¡Ni hablar! 

Otras familias que vivían por ahí y con los que a veces nos juntábamos, eran los Prieto (una de las hijas, amiga mía también: Anrín), los Villanueva y los Ortiz, entre otros. 

Pero el gusto no nos duró mucho. A los pocos meses de haber celebrado mis 10 años nos cambiamos a la ciudad de Chihuahua, donde afortunadamente también encontramos muy buenos vecinos: los Barriga. La señora y mi mamá se hicieron amigas. Sus hijas eran más chiquitas que yo, por lo que no llegué a juntarme tanto con ellas. 

En esa casa solo duramos un año y nos cambiamos a unos departamentos. Tuvieron que pasar dos años para que mi vecina de enfrente (Verónica Avitia) hiciera su aparición en mi vida y se convirtiera en mi gran amiga y confidente. Aunque éramos muy diferentes (ella, súper alivianada y moderna, y yo más bien un poco ñoña), nos entendimos muy bien. También a su casa me encantaba ir; la señora y el Profesor eran buenísimas personas y a ellos les gustaba que su hija se juntara conmigo porque pensaban que yo era muy buena niña… ahí disculpen, jajaja. 

Esa cuadra estaba llena de buenos vecinos… ¡Cómo olvidar a los Cabrera, a las Rico, los Samaniego, los Uranga, los Lara, etc…! Sin embargo, como la única constante es el cambio, nuevamente nos mudamos a otra casa, la última en la que viví de soltera. Ahí ya no hice amigos, pues solo había niños muy chicos, pero también encontramos mucha amabilidad a nuestro alrededor. 

Y así podría pasarme más horas hablando de todos los que han sido mis vecinos, pero creo que me tardaría mucho. Solo diré que en la casa donde ahora vivo con mi esposo y mis hijos, la mayoría son gringos, y para mi sorpresa, igual de amables –o más- que todos los que ya mencioné. El único pero que les pongo es que no tienen hijos de la edad de los míos, y eso me entristece un poco. Sin embargo, luego recuerdo que la vida nos da lo que necesitamos para aprender y crecer… Si a mis hijos no les ha llegado un vecino que se convierta en su súper amig@, por algo será. 

Finalmente, puedo concluir que QUIEN ENCUENTRA UN BUEN VECINO, ENCUENTRA UN TESORO, por lo tanto, yo soy ya millonaria con las hermosas personas que Dios ha puesto en mi camino a lo largo de mi vida.  A todos ellos… ¡¡¡GRACIAS!!!

Nota: Esta semana tuve el placer de volver a ver a Hilda, después de chorromil años. Nos reímos como locas –locos, porque ahí estaban su esposo y su cuñada- y me sentí feliz de poder continuar una relación como si no hubiera pasado el tiempo. Esa reunión fue la que me motivó a escribir esto… ¡Gracias!

TU BRÚJULA INTERNA

jAntes que nada, permítanme aclararles que no estoy en contra de ninguna religión ni creencia. Si bien, no comulgo con algunas ideas de ciertas religiones, no soy nadie para criticarlas ni para juzgar a quienes las siguen. Felicito calurosamente a quienes se dan el tiempo de estar con Dios, dentro o fuera de una iglesia.

Comenzamos.

Hace varios años llegó a mis manos un libro fascinante: ‘The Lazy Way to Crystal Understanding’, de Rudi Wyrsch. En éste, el autor cuenta una historia que me gustó mucho y que me voy a permitir reproducir aquí:

“Hace muchísimo tiempo, los dioses decidieron que enviarían algunas almas al planeta Tierra. Sabiendo que en algún momento las almas iban a querer regresar a casa, se reunieron para ver dónde sería mejor esconder la llave con la cual podrían volver. La junta fue muy larga, hasta que todos estuvieron de acuerdo en que se escondiera en el Polo Norte. Entonces enviaron a las almas, les dieron un cuerpo, y éstas comenzaron a vivir los dramas que normalmente se viven cuando se tiene uno de ellos (un cuerpo). Hubo algunas a los que esto no les gustó, así que comenzaron a buscar la llave. Duraron un buen tiempo sin poder encontrarla, hasta que se les ocurrió ir hasta el Polo Norte, la encontraron y en poco tiempo, todas regresaron al Hogar. El experimento había fallado.

Los dioses tuvieron otra junta. Esta vez eligieron con más cuidado el nuevo escondite. Después de mucho deliberar y discutir, llegaron a un acuerdo: la esconderían en un lugar llamado ‘el tercer ojo’ (arriba de la nariz, entre las cejas). Y desde entonces, la llave ha estado ahí, y el experimento ha sido muy exitoso. Los dioses sabían que después de acostumbrarse a las cosas en la Tierra, todo el mundo buscaría la respuesta (la llave) fuera de ellos, lo que hacía del tercer ojo un gran escondite”.

Y así estamos… la mayoría seguimos buscando respuestas en el exterior, cuando todo el tiempo las tenemos dentro de nosotros…

¿Qué por qué me puse ahora a filosofar? Ah, pues porque estos últimos días he tenido la oportunidad de asistir a dos lugares aparentemente distintos entre sí, pero que en realidad no lo son, ya que en ambos se trata precisamente de eso, de buscar la famosa llave en nuestro interior.

El primero de estos fue un centro budista, aquí en la ciudad. A pesar de no saber mucho del Budismo, siempre me ha llamado la atención, pues me parece que es una filosofía amorosa y congruente. Un día platiqué con una amiga, quien me habló del lugar y me dijo que ella quería ir con su hija a una meditación. Llegando a la casa le conté a mi esposo y al día siguiente nos lanzamos los dos.

Pero antes de continuar, quiero hacer un paréntesis para explicar la diferencia entre Buda Gautauma, el fundador del Budismo, y el Buda gordito y sonriente que todos conocemos.

El primero era un príncipe llamado Siddhartha que vivió al norte de la India (actualmente Nepal), en el siglo V ó VI antes de Cristo. Cuando él nació, su padre llamó a un sabio –como era la costumbre- para que viera a su hijo. El sabio dijo  que ese bebé se convertiría en un gran asceta (alguien que se dedica a la vida espiritual) o en un gran rey. Al escuchar esto, su padre decidió que su hijo jamás se enteraría que en la vida hay sufrimiento, miseria y muerte, por lo que lo confinó al palacio, y lo rodeó de placeres y riquezas. Sin embargo, Siddhartha tenía una cita con el destino; un día salió del palacio y vio cuatro cosas: un anciano, un enfermo, un muerto y un renunciante (alguien que está libre de los apegos). Cuando supo que las tres primeras eran algo inevitable para los humanos, se conmovió muchísimo y decidió renunciar –a sus 30 años- no solo a la vida en palacio, sino a su esposa e hijo, para ir en búsqueda de la respuesta al dolor y el sufrimiento humanos. Ahí descubrió que los extremos no dejan nada bueno; el hecho de llevar una vida de renuncia extrema en el bosque no le daría la paz y la autorrealización que él buscaba, sino que solamente le debilitaría la mente y el cuerpo. De igual manera, tampoco la vida que él llevaba en el palacio se lo daría; era necesario encontrar un punto medio.

Un día, Siddhartha decidió sentarse a meditar, con el firme propósito de no moverse hasta haber comprendido la verdadera naturaleza del Ser. Bajo una higuera, estando en meditación profunda, experimentó el grado más alto de conciencia (Nirvana). A partir de ese momento, Siddhartha Gautama fue conocido como Buda, “el Iluminado”. Cabe mencionar que él nunca dijo que era Dios, sino más bien un guía o un “indicador del camino”.

Por su parte, el Buda gordito y bonachón fue un monje budista llamado Budai (con ´i´) que vivió hace más de 1,000 años. Era un hombre pleno y feliz, amoroso y de buen carácter. Por eso le empezaron a decir “Buda”, pero él nunca alcanzó la iluminación.

Se cierra el paréntesis y continuamos con la ida al centro budista.

Cuando llegamos, había gente afuera del lugar, como que se acababa de terminar un servicio. Esperamos unos minutos y luego nos hicieron pasar, no sin antes indicarnos que nos quitáramos los zapatos y los dejáramos ahí afuera. Cuando entramos, me mortifiqué al ver cojines en el piso, ya que me es muy difícil meditar en una posición incómoda, pero luego me brillaron los ojitos al ver que también había sillas. En total éramos diez personas: una señora ya grande, cinco adultos jóvenes, dos señores más grandes que nosotros: el instructor (un italiano muy simpático) y el que era como su brazo derecho; mi esposo y yo (ni mi amiga ni su hija fueron).

Buda 1

La plática estuvo muy interesante. Entre otras cosas, nos hablaron de las cuatro nobles verdades, expuestas por Buda:

  1. El sufrimiento existe
  2. El sufrimiento tiene un origen
  3. El cese del sufrimiento es posible (así lo demostró el mismo Buda)
  4. El camino para el cese del sufrimiento es el Noble Sendero Óctuple (o Sendero Medio, llamado así para evitar los dos extremos, tanto la búsqueda de la felicidad a través de los placeres sensuales, como la mortificación de uno mismo).

Los ocho factores del Noble Óctuple Sendero son:

I)                        Recta comprensión

II)                      Recto pensamiento

III)                    Rectas palabras

IV)                    Recta acción

V)                      Rectos medios de vida

VI)                    Recto esfuerzo

VII)                  Recta atención

VIII)                Recta concentración

(Nota: para que sea efectivo, se debe de cumplir con los ocho factores)

Conforme el instructor hablaba, yo sentía que todo aquello tenía sentido… Luego de una larga sesión de preguntas y respuestas, pasamos a la meditación, para lo cual repetimos unos mantras (palabras, sílabas o frases sagradas que se recitan para invocar a la divinidad o como apoyo de la meditación). Aunque comenzamos con el clásico OM, me sorprendió que no alargaran la sílaba. Pero no solo me sorprendió, también me decepcionó un poco porque siempre me ha gustado mucho la vibración que se genera al hacerlo de esta manera, y más cuando hay muchas personas diciéndolo al mismo tiempo. Eso lo experimenté hace muchos años, cuando todavía éramos novios y mi esposo y yo fuimos a un curso en Chihuahua. Ahí tuvimos la maravillosa oportunidad de participar en una meditación con otras 80 personas, aproximadamente…sí, adivinaron, con el OM alargado. ¡Fue algo tan hermoso, se escuchaba como un tren! A mitad de la meditación, de plano abrí los ojos, esperando verlo (el tren) frente a mí… obviamente no había nada.  Lógicamente, salimos de ahí muy en paz.

En fin, volvamos a la meditación en el centro budista. El que el OM no fuera alargado era lo de menos; lo importante era que estábamos ahí, repitiendo ese poderoso sonido. Luego continuamos con otros mantras. Terminamos, y después de platicar un poco con el instructor, nos retiramos muy contentos y relajados.  

Hasta aquí del centro budista.

El otro lugar al que tuve oportunidad de asistir, dos semanas después,  es el Centro Saint Germain en la ciudad de Chihuahua. En este centro se comparten las enseñanzas de los Maestros Ascendidos, se reafirma la presencia de Dios en cada uno de nosotros y se practica la Ciencia de la Palabra Hablada, entre otras cosas.  En cuanto entré al lugar, mi espíritu brincó de emoción como si hubiera llegado a casa.

Y bueno, antes de platicarles lo que se hace en ese centro, debo aclarar que no soy experta en el tema y que la mayoría de la información la tomé de las páginas citadas al final de esta historia.

Empezaré por contarles acerca de la Presencia YO SOY (o Yo Divino), que es nada más y nada menos que la presencia de Dios (el Único) en mí y en todos los seres humanos…sí, en todos, hasta en el más malo.

Presencia Yo Soy 2

Bueno, pues en ese centro se reconoce a la Presencia YO SOY y se invoca a los ángeles, arcángeles y Maestros Ascendidos. Pero, ¿quiénes son ellos? Comparando a Dios con el Sol, los ángeles y los arcángeles son los rayos, y Dios los creó para que estuvieran a nuestro servicio y contestaran a nuestras oraciones; son un vínculo que nos une a Él/Ella. Los Maestros Ascendidos, por su parte, son almas que vivieron en la Tierra y que por su espiritualidad se liberaron de la rueda de la reencarnación. Son los iluminados y los santos de Oriente y Occidente. Hay varios Maestros Ascendidos: Jesús, María, Buda Gautama, Saint Germain y Shiva, entre otros.

¿Y cómo se hacen las invocaciones? Por medio de la Ciencia de la Palabra Hablada. Como todos sabemos, la plegaria hablada es el meollo de las grandes religiones, como el Padre Nuestro, el Ave María, los Salmos y otras oraciones cristianas; los Shema y Amidah judíos; el Shahadah, que es la confesión de la fe de los musulmanes; los mantras Budistas; y la recitación de los Vedas Hindúes. La Ciencia de la Palabra Hablada es una combinación de oración, meditación y  visualización (Decretos Dinámicos). Se pone especial énfasis en afirmaciones que utilizan el nombre de Dios: YO SOY EL QUE YO SOY.

Los Maestros han dicho que este es el método más efectivo –hasta hoy- para propósitos espirituales.

Sin embargo, un decreto no es una oración común; los decretos difieren de éstas porque han sido tomados de las palabras de los santos y maestros de Oriente y Occidente.

Uno de los decretos más poderosos es aquel que incluya a la Llama Violeta, la cual es una energía de alta frecuencia que deshace lo negativo. Recitar decretos de Llama Violeta por cinco o diez minutos diarios puede ayudarlos a mantener un sentimiento de paz durante todo el día.

Y bueno, si recitar decretos por cinco o diez minutos es poderoso, ya se han de imaginar lo que sucedió ese domingo que en compañía de dos de mis hermanos y de otras personas, decretamos por cerca de dos horas.

¿Qué fue lo que más me gustó de la filosofía del Centro Saint Germain? Que tiene el apoyo de los más grandes Maestros que han pisado la Tierra, así como el de los ángeles y arcángeles, sin perder jamás de vista al Ser más importante: Dios.

Por todo lo anterior, salí de ahí feliz, sintiéndome energizada y con mucha paz, y di gracias a Dios por haberme permitido vivir esa experiencia.

Ahora tendremos que ver qué otra cosa nueva se cruza por mi camino, pues si algo he aprendido en los últimos tiempos es que nada es estático. Aunque desde que era adolescente me he inclinado más por una espiritualidad que no conozca barreras, mis creencias han cambiado a lo largo de los años y probablemente lo seguirán haciendo. Por lo pronto, mi brújula interna, en ambos casos, me dijo que estaba en el camino correcto.

Y ahora sí… Namasté, que quiere decir “El espíritu de Dios que vive en mí, reconoce y saluda al espíritu de Dios que vive en ti”. ¡Hasta la próxima!

 

Fuentes:

http://espiritualidaddiaria.infobae.com/¿conoces-la-fascinante-historia-de-buda/
http://www.taringa.net/posts/offtopic/17263154/Por-que-hay-un-Buda-gordo-y-uno-flaco.html
http://psicologos.mx/coincidencias-del-budismo-y-la-psicologia-gestalt.php
http://www.oshogulaab.com/BUDA/TEXTOS/4NOBLESVERDADES.htm
http://tslargentina.org/

Tío Luis

PASARÁN MÁS DE MIL AÑOS…

Hace una semana murió uno de los dos hermanos de mi papá que aún quedaban: el tío Luis, quien era el sexto de 7 hijos. Una semana antes había cumplido 86 años y me dio mucho gusto felicitarlo por teléfono. Lo escuché tan lúcido como siempre y de muy buen humor que jamás me imaginé que se iría tan pronto. Y es que la vida es así: hoy estamos aquí y mañana quién sabe, por eso es importante demostrar lo que sentimos por nuestros seres queridos.

Confieso que no le hablaba tan seguido, solo hasta hace unos cuantos años comencé a llamarle el día de su cumple, y decidí empezar a hacerlo, pues mi papá se emocionaba mucho cuando le hablaban sus sobrinos. Invariablemente, cuando lo llamaba, le preguntaba acerca de lo que era importante para él: su familia y su música.

Tuvo la fortuna de casarse con una linda mujer, mi tía Ludi, quien siempre fue la clásica mujer abnegada, al pendiente de su esposo, hijos y nietos… igualito que mi mamá. ¡Había tantas similitudes entre las dos familias! Para empezar, aunque nunca nos pareció que los dos hermanos se parecieran mucho, el correr de los años nos desmintió: tenían la misma complexión, los mismos dichos, la forma de vestir, de caminar y de gesticular. Las señoras no se quedaban atrás. Ellas también tenían la misma complexión, cocinaban delicioso (bueno, mi tía Ludi sigue haciéndolo, ya que ella afortunadamente aún vive), las dos tuvieron problemas de rodillas, etc.

Entrar a la casa de mi tío era como entrar a la de mis papás… los muebles eran muy parecidos, ¡incluso los papeles y objetos amontonados a la orilla del trinchador! Yo tuve la fortuna de ir a visitarlos cuando vivían en Cuernavaca. Mis hijos eran muy chiquitos, pero todavía se acuerdan de la vez que fueron a visitar a los “abuelos”, ya que con tanta similitud, era fácil que se confundieran. Años más tarde, cuando mis queridos gordos ya habían dejado su cuerpo físico, mis tres hermanas los visitaron… la impresión al ver a mi tío fue tal, que rompieron a llorar.

Pero había algo en lo que no se parecían los hermanos Jurado: sus respectivas profesiones. Mi papá, queriendo ser cantante, tuvo que estudiar Medicina, pues el Viejo (como llamaban a mi abuelo) se negó a seguirle pagando las clases. Y vaya que era bueno, tenía una gran voz, y él y sus hermanos solían llevar gallo (serenata)  a cuanta chica guapa se les pusiera enfrente.

Mi tío, por su parte, hizo de la música su profesión y fue uno de los fundadores del Trío Señorial (el mexicano, no el colombiano). Con éste llegaron a actuar en lugares tan lejanos como Japón, y por lo que descubrí en internet, también daba conciertos de guitarra él solo. El siguiente es un fragmento en el que se habla de mi tió y de mi abuelo, el violinista y compositor Nicasio Jurado. Aunque intenté obtener el párrafo completo, solo salió esto:

“…privilegio de escuchar en la serie al virtuoso guitarrista Luis Jurado, el 26 de febrero de 1961. El programa estuvo compuesto con partituras de Albéniz, Granados, Bach y de números de música popular; pero todos  LUIS JURADO (hijo de don Nicasio, el compositor famoso), quedó emplazado para deleitar a los concurrentes a los jueves reglamentarios, en una fecha más o menos próxima.” (Columna, Issues 14-19, Unidad Mexicana de Escritores).

Sus hijos adquirieron el amor por la música, y junto con su padre, pudieron plasmar en un cassette las bellas composiciones que mi abuelo nunca quiso grabar. Tuve el privilegio de entregarle ese cassette al Gordo y de verle la cara cuando escuchaba de nuevo la “Fantasía Cósmica”, una de las obras más aclamadas de mi abuelo.

Pero bueno, volvamos a su muerte. Hace unos días, una persona que conozco me preguntó en un mensaje por facebook si mi tío había fallecido el día 13; contesté que no, que había sido el 16. Como esta persona es médium y vidente, me intrigó mucho su pregunta, y la respuesta me dejó todavía más sorprendida. Esta persona me dijo que el día 13 había tenido una visita espiritual/angelical con una canción en particular, pero que no sabía con quién era la conexión ni conocía la melodía. La parte de ésta que más le llamaba la atención era: “Pasarán más de mil años, muchos más, yo no sé si tenga amor la eternidad, pero allá tal como aquí, en la boca llevarás sabor a mí”… Con esas palabras, buscó la canción en youtube y descubrió que se trataba de “Sabor a mí” (composición de Álvaro Carrillo, popularizada por el Trío Los Panchos). A mi amigo le pareció muy lindo, porque al día siguiente era 14 de febrero, pero como nunca supo con quién hacer la conexión, únicamente oró por quien fuera que lo necesitara. Dice que en ese momento mi nombre cruzó por su mente, pero aún no entendía por qué. Al día siguiente volvió a escuchar la misma canción en su cabeza y preguntó (a sus ángeles y/o guías, supongo) con quién tenía que ver, y si debía ponerlo en facebook o no. La única respuesta que recibió fue que no lo pusiera. Dos días después, mi tío dejó su cuerpo físico y yo publiqué una foto  con la siguiente leyenda:

La familia Jurado Rubín está de fiesta recibiendo en el cielo a uno más de sus integrantes: Luis, el penúltimo hijo, quien se despojó ya de su cuerpo físico. Apenas hace una semana lo felicitaba aquí por su cumple, y hoy lo vuelvo a hacer, pero por haber terminado su misión en esta tierra y pasar a la Vida en el Otro Lado. En esta foto aparece él del lado izquierdo, luego mis tías Viola, Lala y Alma, así como mi adorado Gordo (mi papá) del lado derecho. Abajo: mi tío Horacio, el abuelo Nicasio Jurado Hoyos y el tío Silvio. Por increíble que parezca, la única que queda (aparte de las tías políticas) de esa gran familia es mi tía Alma, con sus noventa y pico de años. Sin lugar a dudas, hoy hay fiesta en el cielo… Juana Luz Rubín puede abrazar de nuevo al pequeño que dejó hace un poco más de 80 años. ¡Gracias por tu vida y tus enseñanzas, querido tío! ¡Disfruta del reencuentro con los tuyos, y por supuesto, con Dios!

Al momento de leer esto, mi amigo recordó la canción y vio la otra publicación en la que felicitaba a mi tío por su cumple. Ahí mencionaba que había pertenecido al Trío Señorial. Entonces pensó que tal vez por ahí era la conexión y por eso me preguntó.  Lo primero que me vino a la mente fue que tenía algo que ver con mi tía, pero cuando le volví a hablar para preguntarle me dijo que no, pero sí tenía que ver con él, ya que era una de las canciones que tocaba.

Entonces, una de mis hipótesis –que puede no ser acertada, pero me gusta- es que mis tíos Silvio y Horacio, así como mi papá, estaban esperando ya a su hermanito Luis para llevar serenata en el Otro Lado.

Otra es que fueron sus papás; su mamá dejó su cuerpo físico hace más de 80 años, y su papá, 48 años atrás. Me  los imagino a los dos, esperando con ansias a su hijo (pasarán más de mil años, muchos más…). Aunque mi abuelo odiaba la música popular (era medio mamilas en cuanto a ese tema, él… de música clásica pa’rriba), tal vez esa fue la única manera de que mi amigo pudiera relacionar un suceso con el otro.

He llorado mucho con esta canción… me parece increíble que el amor pueda traspasar las dimensiones y vencer a la muerte. Al mismo tiempo, la fascinación que siento al pensar en estas dos hipótesis es muy grande y doy gracias a Dios, no solo por la vida de mi tío, sino por este inesperado regalo.

Ahora casi toda la familia está reunida de nuevo. De los 7 hijos, solo queda Alma, la mayor, quien sigue siendo un ejemplo de vida, dando amor a raudales.

Hoy hay fiesta en el cielo… Yo me quedo con el grato recuerdo de la familia Jurado Rubín recibiendo a su pequeño, mientras todos cantan “Sabor a mí”…

¡Háblele!

Esta Gunicharrita está escrita desde la culpabilidad, y ofrezco a través de ella una sincera disculpa a quienes haya hecho sentir no apreciad@s.

Les cuento. El miércoles pasado me llamó una amiga con la que hace tiempo no hablaba. Lo primero que me dijo fue: “Si me espero a que Laura me llame, jamás lo va a hacer”… Híjole, me sentí bien mal, pero la verdad es que entre la casa, mi esposo, los hijos, los perros, el gato, el súper, la comida, el gimnasio, las clases de italiano, de canto y de prepa abierta (esta última, como maestra), ciertas llamadas telefónicas, el tiempo frente a la compu, llámese Facebook, correo electrónico, traducciones, blog ó libro, se me pasan las semanas volando.

Lo peor es que al día siguiente me llamó otra amiga que me había dejado recado semanas atrás, y prácticamente me dijo lo mismo. 

A las dos las quiero mucho, y desgraciadamente  tienen razón. Aunque tenía la intención de llamarles, por una cosa o por otra, no lo hice. Lo peor de todo es que no son las únicas a las que he descuidado. Inclusive, hay personas que me mandan correos (mi suegra –que es bien buena onda- entre ellas) o mensajes y digo: “ahorita les contesto”… ¡y no lo hago! 

¿A ustedes les pasa esto? Yo creo que sí, ¿no? ¿Y por qué sucederá? He estado pensándolo y llegué a la conclusión de que es porque somos animales de rutina, y por mucho que deseemos hablar con una persona, si ésta no pertenece a nuestro “círculo rutinario” –por así decirlo- , ¡no le hablamos!  Lo raro es que a veces hablamos frecuentemente con personas que no necesariamente son importantes en nuestra vida y dejamos fuera a las que sí lo son…bueno, afortunadamente a mí ya no me pasa eso, pero hubo un tiempo en que TENÍA que hablar todos los días con una dizque amiga porque si no lo hacía, ardía Troya. Qué flojera, ¿no?

¿Cómo podemos remediar esto? 

Bueno, se me ocurre hacer una lista de personas importantes en nuestra vida –y a las que normalmente no les hablamos- y asignarles una frecuencia. Por ejemplo:

Petra Pérez: 1 vez al mes, Juanita Juárez : cada dos meses, la tía Chonita: 3 veces al año…y así por el estilo. Obviamente, no tiene caso agregar a las personas con las que regularmente estamos en contacto. Una vez que tengamos la lista, pasar los nombres a nuestra  agenda o calendario (yo prefiero éste último, mismo que coloco en un lugar visible porque si no, se me pasan los eventos).

Algo también muy efectivo es proponernos contestar los correos y los mensajes en cuanto nos lleguen… o por lo menos en 24 horas. 

Estoy segura de que si hacemos estas dos cosas, haremos felices a más de una persona y dejaremos de estar expuestos a recibir una carta como la que le mandaron a Eufemia: 

♪ No me escrebites, 
Y mis cartas anteriores no sé sí las recebites, 
Tu me olvidates 
Y mataron mis amores el silencio que les dites
 ♫

…o como la otra que no sé a quién iba dirigida, pero que hizo que quien la envió se pusiera a llorar muy cerca de las botellas: 

♫ Te escribí una carta y no me contestaste 
fui a buscarte ya cambiaste dirección 

Bueno, ya están avisados. No se sorprendan si de repente reciben una llamada o un mensaje de mi parte. 

¿Y ustedes qué…? ¿Le entran?

“¡Háblele……………………………………………………………o escríbale!”

TAN ÚNICA COMO UN UNICORNIO AZUL

Hace unos días celebramos el aniversario luctuoso de mi querida madre… El 19 de noviembre de 2004 abandonó su cuerpo físico y nos dejó el corazón y la mente llenos de su amor y de bellos recuerdos.

He escrito mucho sobre ella, hasta un libro. Su presencia constante en mi vida, después de que abandonara este plano, ha sido mi fuente de inspiración. La recuerdo todos los días y la siento muy cerca de mí. Hay ocasiones en las que el recuerdo es más fuerte, y muchas veces éste es disparado por canciones.

El año pasado escribí en mi muro de Facebook que la recordaba con una en particular, pero hoy quiero hacer un recorrido por las canciones que más la traen a mi memoria y que invariablemente me hacen llorar cuando las canto. Comenzamos.

La primera fue “Noviembre sin ti”, del grupo Reik, pues aunque no me gustaba tanto, el título le quedaba a la perfección.

La segunda, “Me dediqué a perderte” de Alejandro Fernández. Esta canción no solo me la recordaba a mí, también a mi geme Nora. Las dos nos sentíamos un poco culpables, pues casi al final de su vida, notamos que su carita ya no era tan alegre… tal vez estaba deprimida. Yo recuerdo que cuando la veía (más o menos una vez al mes) no le ponía la atención que ella merecía… “Me dediqué a perderla“. Sin embargo, eso nunca pesó en mi conciencia, pues teniéndola frente a mí, me llegué a cuestionar si cuando ella muriera yo me iba a sentir culpable de no interactuar tanto con ella, y la respuesta fue no… así era nuestra relación… así era yo.

La tercera es de la que hablé hace un año… “Tú de qué vas”… ¡Híjole, de ésta me llega prácticamente toda la letra!

“Si me dieran a elegir una vez más, 
te elegiría sin pensarlo, 
es que no hay nada que pensar. 
que no existe ni motivo, ni razón 
para dudarlo ni un segundo 
porque tú has sido lo mejor, que tocó este corazón, 
y que entre el cielo y tú yo me quedo contigo. 

Si te he dado todo lo que tengo, 
hasta quedar en deuda conmigo mismo, 
y todavía preguntas si te quiero, 
tú de qué vas 

Si no hay un minuto de mi tiempo, 
que no me pasas por el pensamiento, 
y todavía preguntas si te quiero…”

La cuarta,  “Mi Unicornio azul”, de Silvio Rodríguez, pero cantada por Guadalupe Pineda.

” Mi unicornio azul
ayer se me perdió,
y puede parecer
acaso una obsesión,
pero no tengo más
que un unicornio azul
y aunque tuviera dos
yo solo quiero aquel.
cualquier información
la pagaré.
mi unicornio azul
se me ha perdido ayer,
se fue”

Precisamente el 18 de noviembre de este año me empecé a acordar mucho más de ella, y de esa canción. Estaba lavando platos y la busqué en youtube. ¡No paraba de llorar y la ponía una y otra vez! Y es que, sin lugar a dudas, ella es como un unicornio: algo único y extremadamente valioso.

Pero no son esas las únicas canciones. Hay otras que no necesariamente me dicen algo con la letra, únicamente me la recuerdan porque ella las cantaba. Por ejemplo, siempre que llegábamos a su casa, nos recibía con un abrazo, y mientras cantaba la elegantísima canción de Rigo Tovar: “¡Oh qué gupto (gusto) de volverte a ver!, nos hacía que bailáramos hasta que terminaba la estrofa.

Y bueno, ahora que se acerca la temporada de fiestas y pasan todo el día canciones navideñas por la radio, no puedo más que sonreír de nostalgia (y sí, moquearle cuando la ocasión lo permite) cada vez que escucho “Feliz Navidad” de José Feliciano. Invariablemente, su imagen viene a mi mente y la veo cantándola como una niñita… feliz, con los brazos semi doblados, los dedos índices levantados, y ella moviéndose para los lados, marcando cada sílaba de la canción. Y es que era, a pesar de ser toda una señora, en su interior seguía siendo una niña. Le encantaban las caricaturas, especialmente las de “La Pequeña Lulú” y “Franklin y sus amigos”.

En fin, no puedo más que estar agradecida con Dios, no solo por haberme dado una hermosa madre y una hermosa familia, sino por habernos dotado de dos cosas invaluables: las visitas en los sueños y nuestros recuerdos. Durante las primeras, volvemos a vivir -en otro plano- junto con nuestros seres queridos y sentimos de nuevo su amor. Y cuando la vida o estas visitas terminan, nos quedamos con los recuerdos y podemos revivir esos bellos momentos.

Vaya pues todo mi amor a mi adorada madre, donde quiera que se encuentre en el aniversario de su liberación… ¡Feliz Cumpleaños de la Nueva Vida, Hermosa!