El Mejor Psicólogo

Regresábamos de Chihuahua. Era un día de marzo de 2014, y mis hijos y yo volvimos a tocar el tema de un hermanito para Paco, nuestro hermoso gato. Y ya sé que mi maestro de narrativa me la va a hacer de emoción porque me voy por lo fácil diciendo “hermoso” en lugar de describirlo, pero es que no quiero quitar los reflectores del protagonista de este relato, así que continúo.

Aunque teníamos cuatro perros y un gato, sentíamos que a Paco le hacía falta un compañero. Mi esposo ya tenía meses diciendo que no, que ya eran demasiadas mascotas, pero ese día por fin cedió.

Habíamos cruzado por el puente de Santa Teresa, por lo que nos fuimos directamente al albergue de Canutillo. Vimos varios gatos, yo me enamoré de una de pelaje parecido a Paco. Ya era grande y su dueño había muerto, eso la había vuelto muy huraña. Mi corazón desbordaba de amor hacia ella, deseaba mostrarle que podía ser amada de nuevo, sin embargo, mis hijos se inclinaron por un gatito más chico, de pelo corto, al que habían operado de una patita. Ellos me dieron sus razones y yo les di las mías, pero no nos pusimos de acuerdo. Nos fuimos a la casa, y no sé cuánto tiempo pasó hasta que comprendí que yo ya había tenido el privilegio de escoger a Paco, así que les di luz verde. ¡Mis hijos -entonces de 17 y 15- estaban felices!

La verdad el gatito estaba muy bonito. En el albergue le habían puesto “Zorro”, por su mascarilla negra. Siguiendo la tradición instituida por mi mamá, yo le cambié el nombre a Zorry, y pronto se convirtió en el bebé de mi hija. Paco, por su parte, nunca lo aceptó. Como que era más amigo de los perros que del pobre Zorry, a cada rato le daba sus buenos zapes.

Pues bien, les decía que se convirtió en el hijo de mi hija, pero no solo eso, se convirtió también en su mejor amigo, su terapeuta, el confidente perfecto para cuando le daba el mal de amores.

Se puso muy gordito, corría y se le movían los pellejos para un lado y para el otro. Yo pensaba que era por tragón, pero un día leí que los gatos engordan porque absorben nuestras penas. Al enterarme de que su gordura era producto del amor a mi hija, lo amé más. Este año comenzó a bajar de peso, me dio miedo que fuera a ser lo mismo que Paco: falla renal. Lo llevé al veterinario, y después de hacerle pruebas, concluyó que la comida de lata le estaba haciendo daño.

Bueno, eso es en lo físico, pero en lo emocional, me puse a pensar que como mi hija ya no se deprime como antes, tiene un novio que la ama, y es más segura de sí misma, era ya muy poco lo que Zorry pudiera limpiar. De todos modos, le bajé al consumo de comida en lata.

Hoy es domingo. El miércoles en la noche se apareció por la cocina y me hice loca para no darle. No insistió y se fue por croquetas. Fue el último día que lo vi.

Al día siguiente (el jueves) no regresó. Ni el viernes. Ni el sábado. Pregunté a algunos vecinos. Puse anuncios en las redes sociales, y nada. Ayer en la tarde le mandé la foto a dos personas que me faltaron, y una de ellas me marcó de inmediato para darme la terrible noticia de que un animal salvaje lo había matado. Sus hijos lo encontraron en un jardín que estaba pegado a su casa. La mamá fue a ver de qué se trataba y llamó al departamento encargado de recoger animales muertos. Le pregunté si traía un collar antipulgas, ya que la Gatita nos había traído unos visitantes días atrás y tuvimos que fumigar y ponerles tratamiento y collar a ambos. Esperaba que me dijera que no, por desgracia no fue así.

Me consuela pensar que tuvo una muerte rápida. Me consuela también pensar que, terminada su misión de apoyo a mi hija, su bella alma debía dejar ese cuerpecito blanco y negro para seguir iluminando a otros.

Gracias amado Zorry por llegar a nuestras vidas. Gracias por darle tanto amor a mi hija en sus años más difíciles. Reconozco tu grandeza de espíritu y me inclino con respeto ante ti. Buen viaje chiquito hermoso. Gracias por todo y por tanto.

Facebook Comments

Leave a Reply

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.